PSIQUIATRAS SIN ATRIBUTOS

(Sobre la locura en La pesquisa y Las nubes, de Juan José Saer)

Adriana Rodríguez Alfonso

 

 

Al escritor argentino Juan José Saer le encantaba burlarse de Freud. No es que negara la genialidad del psiquiatra, ni tampoco que se afiliara a la lista de escritores empeñados en demostrar los vínculos -o, más bien, la ausencia- entre literatura y psicoanálisis.1 Lo que perturbaba a Saer era la firmeza con la que los métodos freudianos decían aclarar el mundo. Acciones cotidianas, frases grises y sueños sin importancia se cargaban ahora de significado y el universo humano se convertía en una cosa redonda y explicable, un rompecabezas perfecto donde cada pieza ocupaba un lugar y todo, absolutamente todo, tenía sentido.

En los relatos de Saer, lo único seguro es la duda. Esta obsesión por la incertidumbre -que prolonga las especulaciones de Macedonio Fernández- es tema central en muchas de sus novelas y cuentos, y contagia también a su escritura misma. Su lenguaje es siempre aproximativo y nunca concluyente: oraciones interminables, entrecortadas por aclaraciones que no conducen a ninguna parte; descripciones meticulosas en los que el tiempo se dilata y la acción -o lo poco que hay de ella- se ralentiza hasta el cansancio, componen una sintaxis extraña 2 y delirante, en la que la misma razón de ser del lenguaje es cuestionado. Saer se pregunta continuamente: ¿pueden las palabras decir algo verdadero sobre aquello que nombran, sobre el mundo? Convencido de esa sospecha, el argentino, al escribir, sigue los procedimientos de un ciego: sus frases palpan y manosean las paredes de lo real, pero esos tanteos son siempre provisionales y nunca verán la luz.

En sus borradores inéditos, Saer escribe: «el psicoanálisis es de algún modo la ciencia del error».3 Si para él todo era absolutamente trivial y los días eran poco interesantes, es comprensible que descalificara los métodos de Freud. Para el siquiatra, en cambio, el día a día, aburrido y cotidiano, estaba plagado de pequeños sucesos trascendentales y la vida de todos era un gran drama épico del que éramos protagonistas indiscutibles. Robert Musil comentó: «Quien gusta del psicoanálisis no tiene prisa. El sentido de la familia recobra aquí su significado original. Nos enteramos de que la tía Guste había dicho frases definitivas cuando la sirvienta dejó caer un plato. Y que no eran tan absurdas como creíamos. Viéndolo bien, eran más interesantes que un proverbio de Goethe».4 Es comprensible que Saer, obsesionado con la Nada y el sinsentido de nuestros actos, se burlara como Musil.

Pero ese rechazo no implica un desinterés por los desvaríos de la mente. De hecho, Saer hace de la locura uno de sus desestabilizadores favoritos: su propia existencia problematiza la solidez de la realidad y hace trizas una definición insensata, la «normalidad» de los cuerdos. Esos locos incómodos ponen a prueba la supuesta coherencia de nuestros actos y se erigen en sus libros como profetas. Saer lleva al extremo la «lucidez» del delirio, y la demencia de sus personajes, más que un desorden, es la consecuencia de un exceso de razón. En ese historial clínico que son sus novelas, La pesquisa y Las nubes ocupan un papel principal.

A La pesquisa y Las nubes no solo las une la demencia, sino también una expresa voluntad autoral. En términos cronológicos, la segunda comienza justamente donde termina la primera. Aunque Santa Fe, Pichón Garay, Tomatis y el resto de los personajes habituales de Saer no tienen aquí mucho protagonismo, funcionan como una especie debackground que introduce, relata o comenta las historias centrales que se cuentan en las dos novelas. En La pesquisa, Pichón Garay regresa a Argentina y relata a sus amigos un escandaloso suceso policial acontecido meses atrás en París. Las nubes, por otra parte, comienza con la llegada a la capital francesa de Tomatis, quien ha venido a devolverle la visita a Pichón. Antes del encuentro, Garay hojea un manuscrito donde se cuenta la peregrinación de cinco locos a un manicomio. A diferencia del relato de La pesquisa, esta vez no hay interrupciones: leemos justo como imaginamos que lo hace Pichón, con sorpresa, con ansiedad, con estremecimiento.

En La pesquisa, Saer refiere la conversión de la cordura en enloquecimiento, pero en Las nubes la locura es ya un hecho incuestionable, y lo que tenemos es un estudio meticuloso de ese orden enfermo. En el primer libro, paso a paso el detective Morvan se interna en los corredores de la demencia y emprende una doble pesquisa: por un lado busca al responsable de los crímenes y, por otro, se lanza a la indagación de sí mismo. Al final, la confluencia de esas dos investigaciones es aún un misterio, pero culpable de los crímenes o no, Morvan está instalado en un manicomio y su «despertar» hacia la incertidumbre es ya un hecho.

En Las nubes la perspectiva es otra. Un joven psiquiatra estudia con ojo clínico la demencia de sus pacientes que emprenden una peregrinación bíblica, azotada por el agua y el fuego. En este entorno, asistimos al incremento, la exaltación máxima y el enmudecimiento final de los orates en sus distintas variantes. Allí, el énfasis está colocado en la fascinación que los locos ejercen sobre sus seguidores, que termina contagiando al doctor.

Sin pensarlo dos veces, Saer sostiene que la reiteración es lo que ordena el mundo de los locos: Troncoso recita, como en una letanía, las mismas parrafadas, y Sor Teresita repite el acto sexual con la misma frecuencia con la que el asesino en serie de La pesquisa descuartiza viejecitas. Ese hambre de reproducción alcanza al lenguaje, y el mayor de los hermanos, Verde, no dice otra cosa que «Mañana, tarde y noche», siguiendo una gramática trastornada en la que el significado no está dado por las palabras, sino por la entonación. En ese mundo alucinado, los dementes intentan comprender los acontecimientos a través de su reiteración. Con esto, el escritor argentino transcribe aquí la convicción borgiana según la cual el universo, sin ningún sentido especial, tiende a repetir hasta el infinito las mismas cosas. Los locos, aterrados, han descubierto este procedimiento: lo que perturba a Morvan es la semejanza «atroz» entre la ciudad de sus sueños y la de la vigilia, y el menor de los Verde, último eslabón de esa cadena reproductiva, solo puede nombrar las cosas imitando sus sonidos.

Lo anterior se relaciona con un cuestionamiento del lenguaje mismo, que está en el centro de la poética de Saer. La incapacidad de las palabras para denominar las cosas, para reflejar la esencia de aquello que nombran, es una de sus ideas fijas. Al inicio del trayecto, Sor Teresita escribe tratados absurdos donde relata su sexo imaginario con Cristo, y Troncoso abruma al siquiatra con manifiestos delirantes. Pero a medida que la novela avanza, los locos van entrando en un enmudecimiento progresivo, y en las últimas páginas de su Ars amatoria, la monja solo escribe obscenidades aisladas e incoherentes, como si la pasión la hubiera dejado afónica. Algo parecido le sucede a Troncoso, quien al final pierde la voz. Esta apuesta que los locos más elocuentes de Las nubes hacen por el silencio, se repite casi con los mismos signos en el Morvan de La pesquisa. Cuando le preguntan por los crímenes, responde con monosílabos.

Según el psiquiatra joven, los dementes «se silencian» por completo cuando llegan al manicomio. En su Historia de la locura en la época clásica, Foucault comenta que «al lenguaje del delirio no puede responder sino una falta de lenguaje, pues el delirio no es fragmento del diálogo con la razón».5 En el mundo -y en ese hospital- enloquecido no hay lugar para la razón, sobre la que el lenguaje humano se sustenta. Las expresiones son reemplazadas por el silencio, ese idioma mudo donde los lamentos son sintagmas y los chillidos oraciones.

Los locos de Saer tienen una fuerza extraordinaria. La mente se desvincula totalmente del cuerpo y esta «desconexión» hace que su fortaleza sea sobrenatural, y sus extremidades adquieren una libertad perturbadora. Pero lo fantástico no se restringe al cuerpo de los locos. Poseen, además, una agudeza insólita, una mente excesivamente despierta que los distancia de una parte de sus semejantes en la literatura latinoamericana porque en su mundo no hay lugar para los tontos y los retrasados: si el Pelele de Asturias hubiese querido entrar en el manicomio de Las tres acacias, Saer le hubiera negado el ingreso. En este sentido, el escritor está más cerca de Sábato, cuyos locos, en ocasiones, nos parecen de una lucidez inverosímil.6 Como el autor detesta la mediocridad de la vida cotidiana, aborrece con elitismo a los personajes ordinarios:7 pase loque pase, el protagonista de Las nubes nunca podrá ser el siquiatra. Lo que más inquieta a los detectives de la escena del crimen de La pesquisa es que «había casi demasiado sentido en esos asesinatos, infinitamente más de la cantidad irrisoria que una mente ordinaria se resigna a aceptar del mundo opaco y casi mudo».8 La mente ha ido «más allá» que la de los humanos corrientes; la razón de su demencia es la consecuencia de haber rebasado los límites de la cordura. Los «elegidos» de Saer, lúcidos o locos, comparten una transgresión: todos han atisbado el abismo -esa Nada en mayúsculas-, algunos han sabido mantenerse en pie, otros han caído por el precipicio.

Esa realidad frágil que Saer define con adjetivos licuados (amorfos, gelatinosos, pantanosos), opuestos a la concreción, es la que también han descubierto sus locos. Al descorrer la cortina, se han enfrentado a la Nada, al sinsentido de un mundo sin propósito ni destino, creado porque sí. Borges dijo que habíamos soñado el mundo perfecto, pero habíamos dejado algunas fisuras para recordarnos que es falso. La misión de Saer es desmentir esa perfección y remover sus grietas: sus dementes no son idiotas, sino individuos con un intelecto excesivo; su mundo no es el del absurdo, sino un caos con un orden y una lógica precisa, aunque incomprensible.

Iluminados, la relación con el mundo de los superhombres de Saer es casi mística. Sus actos y palabras son anuncios enviados por dioses antiguos, anteriores a todo nombre y a todo panteón. Cuando el siquiatra escucha a Troncoso, siente que su voz resuena «como el último mensaje del mundo, hecho de criaturas confusas, desesperadas y mortales».9 Esos locos sagrados están cerca de la idea de «posesión» que Roberto Calasso defiende en La locura que viene de las ninfas.10 Esa invasión por parte de divinidades -que Calasso asocia a las ninfas- continúa existiendo, aunque el hombre contemporáneo ya sea incapaz de reconocer sus señales. Visionarios o profetas, los personajes de Saer están atravesados por una clase de «posesión» que los hace comunicarse con soltura con esas fuerzas originarias.11

Al final de La pesquisa, Saer se burla de los siquiatras. Transcribe, paso a paso y con una lógica precisa, las razones que han llevado a Morvan a cometer los crímenes, pero se encarga de repetirnos con cinismo que todo esto es «según los psicoanalistas», como quien se ríe de los que piensan que la mente humana, el mundo en general, es fácilmente explicable. Por otro lado, desde el principio sabemos cuál será el final de Las nubes. El manicomio fue destruido hasta los cimientos y los locos dispersados y desaparecidos para siempre, de modo que todos los esfuerzos médicos por cuidar de esos desvariados no sirvieron de nada. Aunque los siquiatras de la novela merecen más su respeto -dejan a los locos hacer su voluntad y no se esfuerzan mucho en explicar sus desequilibrios-, a Saer su trabajo sigue pareciéndole absurdo. Con la misma tranquilidad de Morvan en su manicomio, se ríe de los que no tienen remedio.

1 Ricardo Piglia, por ejemplo, tiene un excelente ensayo sobre el tema titulado «Literatura y psicoanálisis », en Formas breves, Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 55-69.

2 La complejidad del lenguaje saeriano explica, en parte, por qué su obra fue casi ignorada durante buena parte de su vida. El reconocimiento tardío de este autor argentino se debe tanto a la distancia geográfica, pues vivió en Francia la mayor parte de su vida, como a la estética, ya que su escritura divergía en muchos aspectos del boom latinoamericano.

3 Juan José Saer: Ensayos. Borradores inéditos IV. Edición digital.

4 Robert Musil: «Edipo amenazado», Nexos, México D.F., n. 30, 1980, pp. 46-48.

5 Michel Foucault: Historia de la locura en la época clásica, V. 3, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1993, p. 120.

6 Los trastornados de Saer me recuerdan más a los de Faulkner: Darl Bundren y Quentin Compson forman parte de esa estirpe de visionarios demente, de destino trágico.

7 Sin embargo, la mayoría de sus personajes habituales son sujetos más o menos comunes, solo que siempre se acompañan de otros que producen extrañeza. En Nadie nada nunca, a excepción del bañista, los restantes personajes son ordinarios, pero, de algún modo, sin aquel la novela no tendría sentido.

8 Juan José Saer: La pesquisa. Edición digital.

9 Juan José Saer: Las nubes. Edición digital.

10 Roberto Calasso: La locura que viene de las ninfas, Sexto Piso, Madrid, 2008, p. 21.

11 El mundo y la mitología grecolatina por un lado, y la maternidad por el otro, trazan toda una serie de conexiones con la cuestión del «origen» en las novelas. Sin embargo, eso es tema de otro ensayo