Cultura y desarrollo*
Armando Hart Dávalos
Hace 200 años, fueron pronunciadas tres palabras claves a las que hay que darle un valor genuinamente universal: libertad, igualdad y fraternidad. Este es un reto para cualquier época histórica que aspire a superar la llamada Edad Moderna. No puede haber una nueva era si no se plantea consecuentemente materializar lo que estos tres conceptos encarnan como expresión humanista.
Lo que se esconde en las esencias del caos postmoderno es, precisamente, la necesidad de darle un valor genuinamente universal al ideal democrático y de liberación humana que los hombres más preclaros de la Edad Moderna se plantearon como su más noble aspiración.
Bien sé que la visión realista y racional a que todo hombre está obligado me debe hacer reconocer que ya mi generación no lo verá. Pero los hombres honrados que aspiran a ser revolucionarios o que han alcanzado un alto nivel de cultura espiritual, no pueden éticamente renunciar al pensamiento humanista entendido en su acepción más universal, porque no pueden vivir sin ese sueño.
La humanidad de hoy solo podrá alcanzar lo posible si sueña con este «imposible». Como esto solo puede asumirse como una aspiración o meta con la cual enfrentar el drama de una humanidad fracturada en las ideas y en las luchas por sus intereses económicos, hay que empezar por lo que se halla en la esencia de las mejores y más nobles ideas que el hombre ha venido concibiendo y elaborando durante milenios.
Federico Engels, ante la tumba de Carlos Marx, dijo que el hombre necesita, primero comer, vestir y tener un techo, y luego crear vida espiritual. Esta es una verdad del sentido común que el marxismo elevó a categoría filosófica, sin embargo, no está en contradicción con Engels, sino precisamente todo lo contrario, destacar esta verdad del sentido común. Sin vida espiritual sería metafísico hablar de humanidad, dado que ella no tiene existencia real sin la cultura que ha creado o está en posibilidades de crear, la cual constituye su originalidad en el reino animal.
Podemos, pues, reconocer como conclusión científica que «no solo de pan vive el hombre». Me valgo de la expresión de Engels para decir que ambas verdades han estado ocultas en malezas ideológicas de siglos. Debemos aspirar a considerarlas como piedras angulares de cualquier visión filosófica postmoderna que se respete. Para hacerlo, el reto está, precisamente, en el tema central de ese evento Cultura y Desarrollo.
Antes de referirme más concretamente a este aspecto, quiero describir algunos de los obstáculos que nos está oponiendo la dispersión y el caos de ideas presentes en nuestro mundo. El fin del milenio levanta mareas de especulaciones, predicciones, incógnitas e interrogantes de la más variada especie. Los mensajes transitan un amplio espectro que va desde los que reviven las profecías apocalípticas de Nostradamus hasta los que todavía imbuidos por la euforia que causó el estrépito de la caída del muro de Berlín piensan que el siglo XXI será el del capitalismo triunfante y boyante, panacea para la solución de todos los problemas del mundo.
Se inventan palabras de moda al amparo de estas últimas creencias: postcapitalismo. El filósofo austríaco Peter Drucker no solo la acuña, sino llega a decir «que la nueva sociedad será a la vez no socialista y postcapitalista es casi seguro».
Se nos quiere seducir con una supuesta novedad: la fórmula neoliberal. Se apuesta ciegamente a las fuerzas del mercado, se cantan elegías a las privatizaciones, incluso se descalifica el proyecto burgués del Estado Benefactor.
¿Qué ha resuelto este mundo etiquetado con sufijos subyugantes?
El escritor uruguayo Eduardo Galeano, en página admirable y lúcida nos recuerda que «este mundo del fin del siglo, que convida al banquete pero cierra la puerta en las narices de la mayoría, es al mismo tiempo igualador y desigual, pues nunca el mundo ha sido tan desigual en las oportunidades que brinda, pero tampoco ha sido nunca tan igualador en las ideas y costumbres que impone; la igualación obligatoria que actúa contra la diversidad cultural del bicho humano, impone un totalitarismo simétrico al totalitarismo de la desigualdad de la economía, impuesto por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otros fundamentalistas de la libertad del dinero». Y añade Galeano: «en el mundo sin alma que se nos obliga a aceptar como único mundo posible, no hay pueblos, sino mercados; no hay ciudadanos, sino consumidores; no hay naciones, sino empresas; no hay ciudades, sino aglomeraciones; no hay relaciones humanas, sino competencias mercantiles». Es realmente vergonzoso que las conquistas culturales y de la invención humana más fascinantes de la segunda mitad de la actual centuria, se utilicen para estimular las más bajas pasiones. ¿Es acaso inevitable que la conquista del espacio extraterrestre se halle acompañada por aventuras de dominación ideológica a partir de la globalización hegemónica de las transmisiones vía satélite? ¿Tenemos que conformarnos con la idea de que la maravilla de las redes informáticas se utilicen para la dictadura de los monopolios de la información? ¿Cómo justificar que en nombre de los hallazgos de la ingeniería genética y la biotecnología, de la síntesis química más elevada, se sigan prohijando en laboratorios estratégicos de los Estados Unidos experimentos de muerte y horror, como lo ejemplifican las secuelas de la Guerra del Golfo no solo para la población civil iraquí sino incluso para las propias tropas de intervención norteamericanas, víctimas de desórdenes psíquicos y nerviosos provocados por la experimentación de nuevas y terribles armas? ¿Por qué la realidad virtual y los CD-ROM, capaces de almacenar y difundir imágenes enaltecedoras de la obra humana, tienen que convivir con la ciberpornografía?
Los exégetas conservadores de la postmodernidad, del postcapitalismo, y el neoliberalismo no ofrecen respuestas a estas temibles interrogantes. Solo aspiran, como lúcidamente lo ha denunciado el ensayista español, participante de nuestro evento, Ramón Fernández Durán, a construir el Estado de la Simulación del Bienestar, es decir, una ilusión, un entretenimiento de los sentidos y no satisface las necesidades y urgencias de las grandes mayorías.
En esencia, se han pervertido las coordenadas de la cultura, ética y desarrollo. En esencia, se trata de que el único modo de sobrevivir y salir adelante es saneándolas y poniéndolas.
Lo primero que necesitamos es tomar conciencia del papel de la cultura en la encrucijada ante la que nos situamos. Si la cultura, como todos entendemos, es la suma de la creación humana, no puede ser ajena al hombre mismo. Es decir, mientras no asumamos que el hombre es producto de la cultura y a su vez, en intensa e inseparable dialéctica, su agente protagónico, estaremos reproduciendo en la práctica, aún cuando esto se oculte mediante formas sofisticadas, modos de extrañamiento y alineación que reducen inequívocamente sus libertades y potencialidades vitales.
La cultura no puede ser limitada a adorno de la vida, no puede ser entendida como accesorio. Divorciada de los espacios concretos de realización de individuos, grupos o sociedades, además de implicar el desmantelamiento de la identidad humana y cultural de las comunidades, implicaría darle la razón a quienes pretenden sacralizar un nuevo orden de productores y consumidores, de tecnócratas y empleados, de ejecutivos y subordinados, lo que en el fondo, y a pesar de todos los afeites con que se quiere maquillar la realidad, sigue siendo un mundo dividido entre explotadores y explotados.
Mucho menos la cultura puede ser presentada como un proceso aséptico. Mantiene vigencia el reclamo del poeta español Gabriel Celaya, cuando decía en versos memorables: «Maldigo la poesía concebida / como un lujo cultural de los neutrales / que lavándose las manos se desentienden y evaden; / maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse». Porque la cultura, quiérase o no, es una realidad objetiva entrañablemente comprometida con el destino humano y no es integral y profunda cuando se le despoja de una vocación activa transformadora.
Hay, por tanto, que asumir la cultura en su especificidad e historicidad, como espiral ascendente e integradora resultado del hombre mismo a través de sus edades.
Comprender el papel funcional de la cultura nos lleva a dos momentos: el primero, a tomar en cuenta cómo esta es la espina dorsal que sostiene, articula y da sentido a la producción material y de conocimiento, o sea, a los procesos que garantizan la reproducción social del hombre. Se suele olvidar, en tal sentido, una de las más importantes contribuciones de Carlos Marx a la comprensión de este problema, cuando al hablar de las relaciones de producción se refería en El Capital a hombres concretos que bajo condiciones concretas se apropian de las producciones de la naturaleza de un modo adaptado a sus propias necesidades e imprimen a ese trabajo una condición exclusivamente humana».
Ese es uno de los rasgos tipificadores del papel funcional de la cultura. Otro momento de ese rol debe considerar que la cultura no solo está encerrada como abstracción en la cabeza de los hombres y que solo se objetiva en la producción, sino que también y de manera decisiva, se expresa en la organización social, en los preceptos jurídicos, en la instrumentación de políticas, en la ética social, en las manifestaciones ideológicas, etc. Este momento de la cultura, y es lo que no entendió el socialismo real y el capitalismo manipula descarnadamente para castrarlo y adocenarlo, no constituye una relación homóloga con la base material, sino de carácter dialéctico: tiene expresiones autónomas, anticipatorias, independientes y, por supuesto, una existencia real y desempeña un papel catalizador.
Esas cualidades son sistemáticamente tergiversadas y denigradas por la práctica «cultural» de las sociedades capitalistas desarrolladas, en tanto poseen y controlan los medios y canales de realización y circulación de la creación humana, desde la formación académica hasta los más avanzados centros de investigación, desde fundaciones compradoras de talentos hasta los medios masivos de difusión más poderosos, desde los recursos materiales hasta el dominio de la imagen. La llamada globalización de las relaciones económicas, sociales y políticas contemporáneas no reconoce la universalidad como valor y menos aún la diversidad, sino las más despiadadas formas de hegemonía y homogeneización.
Si en el capitalismo la visión pragmática no le permitió comprender la síntesis integradora de la cultura, de la cual deriva su papel funcional de vasto alcance social, aunque sí emplearlo para fines específicos de dominación y opresión, en el socialismo real una visión aldeana e ingenua, dicho en su sentido más peyorativo, le impidió situar la cultura en su perspectiva histórica e integradora.
No se trata únicamente de lo acontecido en el campo estricto de la cultura artística y literaria, donde el normativismo estético concibió el llamado realismo socialista, empobrecedor de formas y contenidos y paradigma del más rancio conservadurismo. Lo más grave fue la subestimación del legado cultural de la historia humana en un sentido más vasto y que desembocó en la tergiversación y reducción del propio legado filosófico en que se inspiraba la revolución encabezada por Lenin. Negando en la vida cotidiana la herencia de Marx, Engels y Lenin, creyeron que los hombres eran meras fuerzas productivas y que la construcción del socialismo era el resultado de inexorables e irreversibles leyes económicas, con lo que olvidaron el papel de la superestructura, de la auténtica espiritualidad, de la voluntad creadora de todos y cada uno de los hombres y, al hombre mismo en su riqueza e ilimitada capacidad de soñar.
Cualquiera que sea la conclusión a que se arribe acerca de las causas que motivaron el derrumbe, es evidente que la superestructura política, jurídica y cultural fue incapaz de producir los cambios necesarios a favor del socialismo, y que la acumulación durante décadas de profundas transgresiones éticas se convirtió en un freno para promover un cambio de formas económicas y jurídicas que respondieran a las nuevas necesidades generadas por el crecimiento de las fuerzas productivas que el socialismo mismo había ya logrado en los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial.
Todo esto tiene que ver con la forma contradictoria, de carácter antagónico, que llegó a tener la relación entre cultura y desarrollo. Esta es una experiencia histórica que la humanidad entera debe estudiar.
La cultura está situada en el sistema nervioso central de la civilización; desempeña en la historia social el papel sintetizador que en la vida juega el metabolismo humano. En la cultura hacen síntesis los elementos necesarios para la acción, el funcionamiento y la generación de una vida cada vez más amplia. El egoísmo y los egocentrismos, enlazados con las luchas económicas, sociales y políticas, limitan su capacidad socializadora. La síntesis de economía y cultura es la única solución.
El papel funcional lo tenemos que comprender y promover, en primer lugar, los políticos y actuar en consecuencia, pues lo que está en juego es la gobernabilidad del mundo, es decir, la orientación y aplicación de políticas que de no adoptarse sobre fundamentos culturales darán lugar a inevitables catástrofes que ponen en peligro la existencia misma del hombre. En segundo lugar, lo tenemos que entender los intelectuales -incluyo también a los políticos en el conjunto, de acuerdo a la acepción gramsciana de esta categoría como factores de movilización de la opinión pública y sujetos activos en la comunicación en el seno de las sociedades para revertir el crecimiento acelerado del desorden que caracteriza el mundo de hoy.
Los cubanos podemos entender esto por nuestra propia historia. La guerra humanitaria, necesaria y breve organizada por nuestro héroe nacional José Martí para independizar a la Patria del dominio colonial fue una obra de amor, de concertación de voluntades dispersas, de cultura.
Las reflexiones martianas sobre Nuestra América, que a más de una persona de su tiempo pudieron parecer irrealizables, configuran hoy en uno de los pilares esenciales sobre los cuales se levanta la perspectiva de integración continental un siglo después.
Cuando Martí nos habla de que lo primero que hay que hacer es reconquistar al hombre, nos sitúa a escala verdaderamente universal en la encrucijada donde estamos hoy: no es ya posible seguir avanzando, siquiera preservar lo que las civilizaciones han conquistado, sin una ética humanista que sea consustancial a las estrategias de desarrollo.
Esas alternativas pasan por los reclamos insatisfechos de justicia social, de desarrollo sostenible y sustentable, de defensa del patrimonio material y espiritual de la humanidad, de redistribución equitativa de las riquezas. O estos valores se promueven con voluntad y eficacia o la catástrofe sobrevendrá.
Se trata de pensar y poner en práctica una interrelación dialéctica entre la racionalidad de las estrategias de desarrollo y el cultivo de la espiritualidad, levantando las banderas de una genuina ética de carácter universal.
Pero para mí no basta plantear los problemas teóricos sin los cuales no es fácil encontrar solución. Somos políticos y hombres de estado y tenemos responsabilidades inmediatas. Por ello permítanme explicar lo que hemos hecho en Cuba en los últimos años, en relación con la economía de la cultura, lo cual servirá para mostrar que la cultura, además de su valor esencial de uso, sin el cual no habría humanidad, tiene un valor de cambio que ha sido históricamente distorsionado, ocultado y criminalmente manejado por los intereses egoístas. Nuestro deber es orientar ese valor de cambio en función de su valor de uso.
Desde que a finales de 1976 se creó el Ministerio de Cultura, comenzamos a apreciar de manera muy objetiva el hecho de que la economía de la cultura y el mercado del arte podían y debían hacer un aporte económico al socialismo, que si bien no cubría los gastos en esa amplia esfera, lo cual era imposible, ayudaría a compensarlo.
El asunto era sumamente complejo, incluso más aún que en otras esferas de la vida social, porque se trataba, precisamente, de una producción que tiene esencialmente que ver con la vida espiritual. Sin embargo, me pareció que la conclusión a que habíamos llegado no significaba tener un sentido mercantilista de las cosas, sino que podría representar una idea útil al socialismo. (…)
Obviamente, todas las líneas de producción cultural y artística no pueden autofinanciarse. No es lo mismo lo que podamos hacer en la música, en la plástica, o en sentido más limitado en el cine y en el teatro, que lo que significa en la enseñanza artística y en el libro. En este último la situación es muy compleja y exige una consideración muy especial pues el costo de la producción, la transportación, etc., crea serias limitaciones.
Para procurar un equilibro que permitiera la satisfacción razonable de todas las necesidades, creamos el Fondo de Desarrollo de la Educación y la Cultura con lo que aportan las entidades más recaudadoras y con esto sufragamos los gastos de las líneas y actividades que no pueden autofinanciarse.
Tomado de: Armando Hart Dávalos, Hacia una dimensión cultural del desarrollo, Editorial CREART, 1996, pp. 161-173.
* Fragmento del discurso pronunciado en la clausura del Encuentro Iberoamericano Cultura y Desarrollo, La Habana, 23 de noviembre de 1995
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