Una lectura taría.
VENKO KANEV*

Leer a Lezama Lima cincuenta años después sigue siendo una ardua tarea. Mucho ha llovido desde entonces, las circunstancias históricas cambiaron y nos damos cuenta de que los acercamientos podrían ser aún más diversos y que todos los métodos de análisis serían fecundos. Podrían aplicarse métodos estructurales, semiológicos, la tradición francesa de la explicación de textos que analiza frase por frase y párrafo por párrafo, daría, como una edición crítica, buenos resultados (ver la edición de Archivos), pero llenaría miles de páginas. Los lingüistas tendrían también mucha materia para investigar desde el punto de vista fonético, sintáctico y sobre todo morfológico. Es aplicable el método generativo de Chomsky, el concepto de la norma y de los sociolectos de Coseriu, etc. Todos estos enfoques son apenas un complemento de lo que se ha hecho brillantemente por las mejores plumas del subcontinente. Y aun así no seremos exhaustivos. Por lo tanto, la novela Paradiso tiene su futuro asegurado en los medios universitarios.
Sin embargo, el papel de la crítica es servir de intermediario entre el círculo más amplio posible de lectores y el escritor. En el caso de Lezama Lima no es una tarea fácil y por eso me parece oportuno recordar las circunstancias históricas, como hacía la crítica de antaño, que sin duda contribuyen a la explicación de la obra.
Cuando Lezama Lima publica su novela Paradiso Cuba está en la primera fase de su revolución, acaba de vivir Playa Girón, la crisis de los cohetes, continúa la difícil descolonización: las guerras de Argelia, Angola, Mozambique, Africa del Sur, la guerra de Vietnam. En América Latina es la época de guerrillas, dictaduras y golpes de estado, en Europa el sistema socialista está en pleno auge económico y cultural y propugna la coexistencia pacífica entre los dos sistemas. Es la época de las ansias de saber, del afán cultural, de la esperanza. Estamos todavía lejos de la perestroika y del derrumbe de la URSS.
La novela latinoamericana está en pleno «boom». En Cuba Alejo Carpentier habla de lo real maravilloso de un continente cuya literatura está en efervescencia. Se revelan poetas y novelistas de primer orden. Y entonces aparece Paradiso que da mucho dolor de cabeza a los críticos. La aceptación de la novela al principio es variada, existen dudas acerca de si una novela de este tipo tiene valor en medio de una revolución inaudita a 90 millas de EEUU. Se cuestiona su forma y su contenido. Sin embargo, el tiempo afianza su importancia.
Cinco décadas más tarde, volvemos a leer Paradiso. En un mundo postindustrial, en sociedades sujetas a las nuevas tecnologías, un mundo revuelto y confuso, sin soluciones a la vista. Una democracia representativa que se resquebraja, pueblos europeos desilusionados, políticos sin principios ni valores morales, estados fusionados con los círculos financieros especulativos y el mundo del crimen, sobre todo en los países ex-socialistas. Todo está en movimiento, por el momento regresivo, se producen éxodos de pueblos. Fuera de la migración mediatizada del Medio Oriente está la menos conocida, la migración interna de Europa, millones de personas emigran al extranjero de los ex-países socialistas, así como de Grecia, Portugal, España, Francia... El espacio público está ocupado por una gran hipocresía, por un discurso político alejado de las realidades.
Es una época de beligerancia renovada de la Unión Europea y los EE.UU. Se exporta por la fuerza la democracia representativa, igual que en las épocas coloniales, y sus supuestos «valores» con las consecuencias previsibles como en el Medio Oriente. En Europa se tergiversan los referendos populares como en el caso de la «constitución europea» rechazada por los pueblos de Francia y Holanda y firmada dos años más tarde en Lisboa bajo otro nombre. Con el pretexto del antiterrorismo los gobiernos deforman y usan a su provecho la difusa sociedad civil, las fundaciones y las organizaciones no gubernamentales. Estamos en el así llamado «autoritarismo democrático» y en el «autoritarismo identitario », según Ignacio Ramonet y otros.
Cambia la visión del mundo. Teóricos como Bernard Henri Levy, André Glucksmann, Luc Ferry, Alain Finkielraut en Francia vanaglorian el neoliberalismo que a través de la criminal terapia de choque arruina sistemáticamente a países antaño florecientes y proclama que el estado es una institución obsoleta. Otros como Jacques Attali sostienen que el nomadismo es una fuente de riqueza y fundador de civilizaciones, pero obviamente toma en consideración solo la libertad de movimiento de los capitales. Son teóricos de la globalización y de sus ejecutores como la Comisión Europea. Los medios de comunicación están enteramente en manos de unos cuantos oligarcas y no cumplen su papel.
La artificialidad y la virtualidad invaden la vida del hombre corriente, de nuestro lector, que se aleja cada vez más de sus raíces y su humanidad. La alienación se propaga, las relaciones de trabajo se degradan lo que provoca miles de suicidios. La inseguridad y la lucha contra el terrorismo modelan deformando la vida social. Es la época de la gran estafa en finanzas y en las relaciones comerciales, jurídicas y políticas. Es la época de la decepción y la desesperanza.
Cambian las mentalidades. El lector pierde sus referencias, está desorientado, escéptico, descreído, irónico y muy apresurado, o indiferente como todo buen consumidor. Prefiere lecturas cortas, rápidas. En las artes prevalece el postmodernismo. Hemos pasado del «neo» (neorromanticismo, neobarroco, etc.) al «post» (postmodernismo) y ya algunos investigadores franceses usan el término «postdemocrático» para designar la sociedad actual.
La literatura postmoderna siguiendo la corriente se aleja en cierto modo de la realidad social. Desaparecen los relatos épicos que no faltan en la realidad. Los grandes relatos son des-construidos, se pregona el desorden, se interrumpe la relación de causa a efecto, la lógica narrativa pierde importancia, lo que Lezama Lima llamó hace décadas «la vivencia oblicua». La obra puede carecer de mensaje, el sinsentido irrumpe con frecuencia. Los personajes obedecen a impulsos sicológicos, sin objetivo, ni sentido expreso. El escritor postmoderno privilegia los mini-relatos, las historias insignificantes, personales, limitadas en el tiempo y el espacio, que no pretenden universalidad, ni aspiran a la verdad para todos. Las proezas colectivas realizadas por comunidades humanas no tienen valor y desaparecen de la literatura, queda el individuo atrapado en su propia trampa. Lo universal cede su lugar a un individualismo exacerbado, a una subjetividad extremada. El psicoanálisis, el método preferido del escritor postmoderno, hurga en el inconsciente y el subconsciente, en las emociones, sensaciones, vivencias. Usa y abusa de ciertas nociones como la perversión, la imagen en el espejo, etc. La literatura postmoderna usa mucho la parodia, profesa una visión irónica del mundo, plagada de escepticismo. Así lo serio se convierte en un juego sin sentido, se practica un humor vacío, sin finalidad, se recurre a lo absurdo. El mensaje no tiene importancia. Temas muy frecuentados son el crimen con crueldades patológicas, los problemas del sexo: masculino, femenino y el tercero, o sea, el género tanto en los estudios como en las obras literarias. Lo híbrido es la palabra en boga: hibridez de géneros, de estilos. La misma historia se cuenta y recuenta de varias maneras, el texto aparece fragmentado, discontinuo y ambiguo. Algunos dicen que no es necesario escribir bien. La lectura se vuelve también incierta, múltiple y aleatoria.
Estas características son conocidas y practicadas por una u otra tendencia. Ahora se yuxtaponen formando un conjunto y caracterizan a numerosos escritores.
¿Cómo leer entonces hoy día a Paradiso? ¿Cómo leer la novela en el contorno descrito? La literatura postmoderna trajo nuevas normas literarias que pretenden ser antinormas, pero sin la rebeldía de las vanguardias, más bien lo contrario, con un marcado conformismo. ¿Seguir destacando sus méritos literarios como el uso libre de los géneros, el barroco de la expresión, el lenguaje hors norme, o como heredera de tradiciones literarias cubanas y anunciadora de un futuro incierto? ¿O tratar de leerla con los ojos del siglo XXI del que no podemos sustraernos, en un contexto nuevo, en un mundo trastornado y turbulento? ¿Qué podríamos encontrar para mantener su vigencia y disfrutarla en esta lectura tardía?
Sabemos que Lezama Lima es poeta, narrador y ensayista, que intentó crear su propia estética que dificulta a los investigadores. Julio Cortázar y otros disiparon los malentendidos ideológicos. Abel Prieto hizo un excelente estudio de Lezama Lima como ensayista. Cintio Vitier estudia con mucha perspicacia su prosa y dice que dos cosas dificultaron la aceptación de Paradiso: el escándalo del sexo y el hermetismo. En la lectura actual el escándalo del sexo ya no es escandaloso. Las mentalidades evolucionaron mucho desde la publicación del libro hace 50 años acerca de la libre sexualidad o la homosexualidad.
El hermetismo es inquietante. En cierta medida diría que se agrava cuando pienso en las nuevas generaciones que no llegan a la imagen a través de la palabra escrita. Por otro lado, tengo en cuenta también que la literatura del boom educó a los lectores de más edad en la lectura compleja de varios niveles.
Si el estilo barroco dificultó la lectura en numerosos pasajes, otras características la hicieron muy atractiva. Lo cubano, lo nacional despierta reminiscencias, recuerdos, cariño por lo propio. Pero, como ya decíamos, carece de alcance épico, lo apreciamos dentro de la vida cotidiana, del sentir íntimo. Lo cubano no significa encerrarse en lo nacional, sino situarlo en el mundo, compararlo con lo ajeno, con el Otro. A través de múltiples referencias a diferentes mitologías y culturas, a la filosofía, el arte, con el uso de expresiones y palabras en francés, en latín o en italiano... Lezama también trae el mundo a su texto. El escritor parte de su mundo interior y se abre hacia el exterior para reinventar la literatura.
Se concibe Paradiso como una «novela total». El uso de varios géneros hace pensar en la «totalidad» observada por los críticos. Junto a «lo inmediato y familiar», dice Roberto Méndez Martínez, aparece todo el resto, la «summa», citando a Lezama. Lo inmediato es la historia de su familia, de una familia cubana, en su entorno cubano, con sus conflictos y festejos, costumbres y desviaciones. Y dice «Nada más ajeno a Lezama que la novela realista […] asunto, personajes y situaciones, son apenas el signo visible de algo invisible en las que el devenir narrativo es un modo perceptible de discurrir sobre verdades trascendentales y esclarecer enigmas » (p. XIV del prólogo). Y tiene razón, pero quedan esparcidos signos visibles que apreciamos también por su significación y valor. De este modo la realidad persiste en la historia de la familia, en las referencias a la cocina y la cubanía inherente. La cocina es un elemento mayor que resalta en Paradiso. Las múltiples explicaciones de cómo preparar un plato tienen la virtud de existir por sí mismos como fragmentos literarios y exponentes de lo cubano. Todo gran escritor ensalza el valor literario de la cocina. En la obra de Carpentier, de G. G. Márquez, de Laura Esquivel en Como agua para chocolate o Isabel Allende en Afrodita abundan las referencias a la cocina.
Junto con la historia de la familia lo cubano invita al deleite del texto: en las costumbres, los modales, los usos cotidianos, las relaciones familiares, la cocina… Incluso en «la desatada imaginación erótica, tan cubana también». Lo cubano visto como una mezcla de lo criollo y lo español incluyendo la alta cultura cubana: la ópera, la música, el ballet... y la poesía con mayúscula.
Roberto Méndez Martínez define la literatura de Lezama de la manera siguiente: «En una elipse muy propia de su estética, la tradición medieval y barroca entronca con el mundo de las vanguardias, pasando por encima del costumbrismo y el realismo» (pp. XIV-XV del prólogo). Esta vasta caracterización revela la dificultad de encerrar a Lezama en una definición rigurosa y tiene el mérito de mostrar la riqueza de la obra. Cintio Vitier hace un análisis formidable desde este punto de vista des-ocultando relaciones inesperadas y sorprendentes con otras literaturas, con religiones y mitologías diferentes...
¿Qué dice el propio autor? Cuando le preguntan cuál es su método de trabajo contesta: «Yo no tengo método de trabajo […], el método cubano de trabajo intelectual es la suma de poquedades» (p. 29). Y continúa en este sentido. Escribir para él es penetrar en «el hálito de la palabra». Y es más explícito, a su manera, cuando le preguntan sobre la misión de la literatura. Eh aquí lo que contesta: «Nunca un sentido directo o inmediato de catequesis, pues nadie ve porque se le indique en la dirección del índice, sino cuando se nos caen las escamas de los párpados y el ojo refractante del pez deja paso al ojo penetrado por el rayo del hombro». Y prosigue en el mismo párrafo: «Cuando me entero de la condicional de un rastreador, pido idéntico pulso para el escriba. Conoce el peso de la hoja y sus destrezas al caer, relacionados con la cercanía del arroyo, el mugido aconsonantado con el crepúsculo del desierto, la recurva secreta del tigre para huir del nido de serpientes. Así descubrir en una sentencia la intención de nuestros pasos, no olvidar tampoco cuando digo “la espiral del tiburón, primer réquiem” que en francés se le dice al tiburón “requin”. […] ¿Misión de la literatura? Quitarle horas al sueño y profundizar el sueño.» (Valoración múltiple p. 35). A estas frases se les pueden atribuir múltiples significaciones, yo destacaría ante todo que afirman la «soberanía» de la literatura.
Estas palabras y la propia obra me hacen pensar en algunos postulados de la literatura postmoderna: procedimientos como la mezcla de tendencias, de géneros, de un barroco -meta en sí mismo que no aclara, sino oscurece el sentido o lo elimina, oculta intenciones, rompe la lógica narrativa… Un barroco más bien culterano que conceptista, si hemos de volver a las fuentes. Al polo opuesto de Carpentier quien describe, aclara, llega hasta las raíces de eventos y cosas, que parte de una ideología abierta y abarcadora, que exterioriza rasgos, características profundas, evidencia lo oculto, explica lo latinoamericano con un estilo llamado por algunos «barroco», pero que no se justifica en Carpentier a diferencia de Lezama. Lezama Lima escribe a veces párrafos cuyo valor no es más que literario. En Carpentier cada palabra designa un objeto u objetivo.
Yendo por este camino se podría afirmar que se observan en Lezama otros rasgos de la literatura postmoderna como el uso actual del psicoanálisis o de la sicología como se decía antes. El niño José Cemí y su relación con el padre, el sufrimiento por la ausencia de la figura del padre (en términos psicoanalíticos). Los temores del niño esperando a sus padres en la casa vacía. Esta impresión de postmodernidad se refuerza con la importancia sicológica concedida a la madre y su presencia en la novela.
No obstante si la prosa barroca de Lezama dificulta la comprensión, tiene el mérito de producir el placer de la lectura. Cuando el sentido se desvanece, el lector se puede dejar llevar por los sentidos y las sucesivas imágenes sin buscar la significación… Aquí quisiera destacar un aspecto inexplicablemente menos explorado de Lezama. Es su noción del juego. En la sociedad actual el juego adquiere una importancia mayor. Una gran parte de las emisiones de la televisión son juegos interminables. Juegos de toda clase invadieron el internet, la cantidad de casinos aumenta vertiginosamente, el juego penetra en la publicidad. La predisposición para el juego del homo ludens o el hombre lúdico de Huizinga es explotada a fondo por el comercio, el juego es un componente esencial del consumismo actual. Lezama Lima, en mi lectura tardía, juega sin cesar con la lengua. Tira al aire letras, sílabas, palabras, oraciones y luego las ordena y desordena, crea su propio orden. Hace lo mismo con los conceptos y las referencias culturales y así aparecen combinaciones inusuales, extrañas.
Me parece también que se presta poca atención a que Lezama Lima cultiva lo extraño, crea situaciones en que a un relato, diríamos clásico en la forma y el contenido, le sigue otro extraño o estrafalario, o se cuenta algo semejante con una visión diferente, inhabitual y surge un ambiente de extrañeza turbadora.
Emir Rodríguez Monegal, (citado por Roberto Martínez), ha escrito que para «leer hondamente Paradiso habrá que esperar algunos años». Y termina el texto con las palabras siguientes: «la novela reclama nuevas lecturas y nuevas exégesis». Es lo que intentamos hacer ahora, sin buscar necesariamente una nueva definición. Lo que hoy nos conmueve, lo que no se debería soslayar en el entorno actual es que la novela transpira lo humano, que está transida de la humanidad de un señor que hace su juego literario.
El propio Lezama Lima se adelanta al tiempo. Es muy reveladora su carta del 3 de agosto de 1975, citada por Cintio Vitier: «Creo que cometemos un error, usar viejas calificaciones para nuevas formas de expresión. La hybris, lo híbrido me parece la actual manifestación del lenguaje. Pero todas la literaturas son un poco híbridas […]. Creo que ya lo del barroco va resultando un término apestoso, apoyado en la costumbre y el cansancio. Con el calificativo de barroco se trata de apresar maneras que en su fondo tienen diferencias radicales. García Márquez no es barroco, tampoco lo son Cortázar y Fuentes,
Carpentier parece más bien un neoclásico, Borges mucho menos. […] La palabra barroco se emplea inadecuadamente y tiene su raíz en el resentimiento. Todos los escritores agrupados en este grupo son de innegable talento y de características muy diversas» (p. XLVIII del prólogo de Cintio Vitier).
Lezama rechaza las definiciones rotundas y las clasificaciones. Ya su obra se resiste a toda clasificación. En la carta citada Lezama habla con mucha anticipación de lo híbrido, palabra muy de moda de la literatura postmoderna. Me atrevo a entrever ciertas características de esta literatura desde el punto de vista del lector actual. Además de ofrecer al lector una cultura casi inabarcable se podría especular que él anuncia esta literatura, que se le podría considerar un precursor. No calificaría a Lezama de escritor postmodernista, pero creo que muchos escritores de esta tendencia se pueden reconocer en su obra.
Tres escritores cubanos se resisten a las clasificaciones: Lezama Lima, Cabrera Infante y Severo Sarduy. Y hasta cierto punto Virgilio Piñera que es un caso aparte. No basta con decir que son barrocos o neobarrocos. Me atrevería a sostener que Cabrera Infante es otro antecedente de la literatura postmoderna por su fragmentariedad, por la vacuidad de algunos de sus escritos, por las distintas maneras de contar una misma historia, aunque el maestro es Raymond Queneau en Exercices de style, por la falta aceptada de sentido, por el juego exorbitante, explícito y la ironía, etc. La ironía que es también habitual en Lezama para concebir la existencia humana. Ver al mundo a través de la decepción del hombre con una mirada irónica y escéptica es un rasgo frecuente de la postmodernidad.
Pero de mi lectura tardía se desprende también otra sensación o tal vez intuición, o conclusión, de que Lezama nos quiere decir que la literatura en todas las circunstancias exteriores sean estas políticas, sociales, aun bélicas, tiene su derecho a existir como tal, con una libertad ilimitada en el uso de su principal instrumento -el lenguaje, en la forma de ver el mundo e introducirlo en sus obras. Y la pregunta ¿cómo, en definitiva, leer hoy día a Lezama? queda en pie.
La bibliografía acerca de Lezama Lima es muy abundante y de gran calidad. Nos ha sido muy útil la buena edición cubana de Paradiso, preparada por Rogelio Riverón de 1991 de la Editorial Letras Cubanas (tercera edición) publicada en 2006, prologada por Cintio Vitier y Roberto Méndez Martínez. Asimismo la excelente edición crítica de Paradiso, coordinada por Cintio Vitier, de la Colección Archivos de 1988, impresa en España con ediciones simultáneas en Argentina, Brasil, Colombia y México.
Me ayudó en la confección de esta impresión la edición de sus ensayos, titulada Confluencias de la editorial Letras cubanas, preparada por Virgilio López Lemus, prologada por Abel Prieto, de la Editorial Letras cubanas, de 1988.
En cuanto a la crítica hemos de mencionar la edición en Valoración múltiple de la Casa de las Américas de 1970 con una recopilación de textos sobre José Lezama Lima, apenas 4 años después de publicada la novela que lo consagra definitivamente en Cuba, pese al titubeo inicial. Y por supuesto, los dos tomos, titulados Poesía y Prosa, de los trabajos presentados en el simposio internacional de la Universidad de Poitiers en Francia, celebrado en 1982, publicados en 1984 que lo consagran en Francia.
Las citas en el texto fueron tomadas de estas ediciones.
*Académico búlgaro, establecido en Francia. Leyó su texto «Una lectura tardía» en el Coloquio Internacional «Pensamientos en La Habana. A cincuenta años de Paradiso», La Habana, noviembre de 2016.
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