La travesía
Luisa Valenzuela
Les presentamos un fragmento de uno de los libros más relevantes que serán presentados en la Feria Internacional del Libro de La Habana en su edición veintiséis, en febrero de 2017: La travesía. En esta novela publicada por la Editorial Arte y Literatura encontramos una profunda indagación del sentir humano —con sus contradicciones, certezas e inseguridades—, a través de una búsqueda personal y colectiva. La protagonista de esta obra, una mujer antropóloga, está en un constante análisis individual y en el camino de encontrar su realización, en un medio muchas veces hostil y otras, hilarante. Este libro resulta un profundo retrato íntimo y social -que tiene como escenarios las ciudades de Nueva York y Buenos Aires, grandes protagonistas también de la novela-, en el cual muchas personas podemos vernos reflejados. Según la crítica internacional, La travesía reafirma a su autora como una de las plumas más lúcidas, lúdicas y vigorosas de América Latina.
Luisa Valenzuela (Argentina, 1938), muy reconocida escritora y periodista argentina, con más de 30 libros publicados y traducidos en todo el mundo. Sus cuentos y ensayos aparecen en innumerables antologías internacionales. Entre sus novelas están Hay que sonreír (1966), El gato eficaz (1972), Como en la guerra (1977), Cola de lagartija (1983), Novela negra con argentinos (1990) y Realidad nacional desde la cama (1990), por solo citar algunas. Valenzuela es autora también de una gran cantidad de libros de cuentos, además de ser una notable ensayista.
NAVEGACIÓN A CIEGAS
No cuestionó sus actos aquel mediodía de viernes mientras dejaba un elegante portafolios negro en el guardarropas del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el MoMa para los conocedores. Como antropóloga estaba adiestrada para estudiar conductas ajenas, no la propia. Se trataba de un portafolios pequeño, casi una cartera de hombre, lujoso y lleno, y de la mejor fabricación y el mejor cuero porque en estos intercambios no se puede andar con mezquindades y todo debe tener estilo. Tampoco ella en ningún momento sintió la tentación de abrirlo para espiar el contenido. Podía hacerse una idea bastante acertada de todos modos, dado que se había dejado tentar y había colaborado en la redacción de la carta con las instrucciones.
El sábado anterior a falta de mejor programa ella había acompañado a Ava Taurel, famosa dominatrix licenciada para servir a usted, por las calles de Greenwich Village en busca de un antifaz. Ava la había tomado de sorpresa al llamar para invitarla a una fiesta. Juntémonos por la tarde, así charlamos un rato, nos conocemos tan poco, le había dicho por teléfono. Se juntaron, no más, y apenas hechos los saludos Ava le informó a quemarropa que debían salir en busca de un antifaz porque se había conseguido un futuro cliente muy formal, y no quería que él le vea la cara en la fiesta si es que él llega a la fiesta, por eso mismo, vayamos a buscar uno, la conminó.
Muy formal no será si aspira a ser cliente tuyo, murmuró ella. De todos modos le gustó la idea de andar buscando un antifaz por el Village esa tarde de sol, tan lejos de todo carnaval o Halloween que antifaces no habrían de encontrar. Fueron encontrando, eso sí, otros pertrechos útiles para el oficio de Ava que ella compró al azar de las tiendas del ramo, cosas como las sandalias rojas de taco stiletto de diez centímetros de alto y largas tiras para aprisionar las pantorrillas en bellos barrotes simétricos. La simetría, le explicó Ava con toda paciencia, es lo más respetado en ese oficio suyo, todo un arte hecho de constricciones y repliegues.
Y ella, humilde observadora, solo pudo preguntarse qué cuernos estaba haciendo allí mientras Ava procedía a detallarle que el futuro cliente no debía reconocerla porque le estaba preparando una perfecta cita a ciegas, ceguera unilateral, aclaró, porque yo del hombre sí sé lo suficiente como para armarle la trampa en la que va a caer gozoso y también dolorido como corresponde.
Esa misma noche de sábado tendría lugar la fiesta. Ava la había invitado a ella para avisparla un poco, le dijo riendo, porque parecerás muy mundana pero en el fondo eres una antropóloga cándida ignorante de las verdaderas verdades de la vida. Por eso mismo se imponía cambiarle el look, y mientras bogaban en pos del inhallable antifaz aprovecharon para buscar el atuendo adecuado. Debía ser una prenda insinuante, cosa de no desentonar en tan especial evento. Ella se resistió a muchas de las sugerencias de Ava, hasta encontrar por fin en una tienda de usados un vestido de raso negro, lánguido, con un tajo en la espalda.
Con el vestido en bolsa ella se dejó guiar a lo largo de la calle Ocho hasta Broadway, donde se pusieron a manosear las pilchas de los puestos callejeros. En el cuarto o quinto puesto Ava se entusiasmó con unos bustiers de cuero calado, toda una promesa, y decidió probarse uno. En medio de la vereda se sacó la blusa, se calzó el bustier y sus enormes tetas rebalsaron dándole el aire triunfal de quien se sabe majestuosa y no grotesca. Algunos paseantes se detuvieron a aplaudir, alguno le dijo te queda estupendo, cómprate el dorado, no te compres el negro, estaban en el Village a no olvidarlo, Ava se sentía feliz. Cuidado, le sopló ella, su cliente formal quizá fuera uno de esos que andaban por allí paseando el perro.
Imposible. El hombre formal según podía inferirse por su voz parecía ser de traje y corbata y diminuto teléfono celular, solo caminaba a la vera de Central Park, vivía justo al lado del Museo de Arte Moderno, casi seguro allí mismo trabajaba, sería un curador o un alto ejecutivo, hombre culto, y perro no tendría, no, no parecía ser su estilo.
Él debe llevar una vida ordenada, de ninguna forma asociable con la cita a ciegas que él mismo había contratado recurriendo no a una Miss Lonelyhearts como hubiese sido lógico, sino a una Miss Lonelyasses de insospechables consecuencias.
Y la misión le tocó a esta que se hace llamar Ava Taurel y se dice amiga de ella, a pesar de ser solo una conocida de conocidos a quien ella acompañó hasta más allá de Lower Broadway enmascarando sus incomodidades.
Me tienes que inventar un buen argumento, le fue pidiendo Ava a lo largo del trayecto; no que a mí me falte imaginación, te puedes suponer, soy de las mejorcitas en este rubro que requiere imaginación sutil y mucha chutzpa, pero mi nuevo cliente tan formal exige una cita a ciegas como la gente, algo totalmente inédito y desconocido, y yo lo mío me lo conozco demasiado, qué quieres que te diga, se iba autoaplaudiendo Ava por las calles ya sin rumbo fijo, sin buscar más antifaz alguno.
Ava habló y habló, en inglés por supuesto, reclamándole a ella un buen guion para armar la trama, y ella solo pudo pensar en apersonarse ante el hombre de marras, hombre quizá decente además de formal —pero son todas ilusiones, como siempre, se dijo— para tratar de salvarlo, aunque ¿quién tiene derecho a salvar al otro de sus propios fantasmas?
La cita a ciegas sería un salto al vacío, un borramiento. Y ella al final de la caminata y de la tarde empezó a inferir que lo suyo en cambio se limitaba a mirar, lo suyo era ver en lo posible desde todos los ángulos, tratando de no perder detalle.
Qué tanto taparte la cara, le dijo por fin a Ava. Que el ciego sea él, le dijo; vendale los ojos, encapuchalo, tenelo tabicado como decían los torturadores de mi Argentina lejana.
Buena idea aunque para nada original, suspiró entonces Ava.
Ella se alzó de hombros. Mil años atrás en las clases de etnografía había aprendido a no intervenir para modificar el comportamiento de la especie bajo observación. Olvidate, le dijo.
Ava no era de las que abandonan su presa y acabó convenciéndola con el señuelo del MoMa como sede de la acción. Juntas urdieron la trama.
Y a las doce del mediodía del siguiente viernes, respondiendo al plan preestablecido, ella dejó el portafolios-cartera en el guardarropas del museo, guardó el talón en un sobre que le había entregado Ava para el caso y se dirigió a la taquilla a comprar la entrada, no fuera que alguien la estuviese observando. Después, como quien quiere consultar algún catálogo, dio media vuelta y se dirigió a la librería del museo. Hojeó unos libros, inspeccionó las postales y al ratito escapó a la calle. Se dirigió entonces al lobby del edificio contiguo para entregarle al conserje el sobre que solo encerraba el talón del guardarropas. Es un mensaje urgente, le dijo. Por motivos quizá de defensa propia evitó fijarse en el nombre del destinatario o en el número de su apartamento.
Cumplida la primera etapa del plan habría podido retomar su vida cotidiana hasta la hora señalada, pero sintió que no debía perder el impulso o cortar la concentración o, peor aún, aburrirse. Optó por volver al museo, y almorzó tranquila en la cafetería frente al patio de esculturas y después visitó con absoluta parsimonia la pequeña sala ahí nomás, entre la entrada y la cafetería, donde su compatriota Kuitka exhibía colchones con planos de ciudades ominosas hechas para recorrer durante el sueño calles de pesadilla, colchones algo quemados o chamuscados, con marcas de cigarrillos, colchones al borde de la muerte como pueden ser quizás los que transita Ava, sospechó ella, o como podría volverse más tarde el colchón ahí arriba en el piso del hombre de la cita a ciegas quien a su vez será cegado. Un colchón que quedará regado de semen —así lo esperará él— quizá de sangre y pis, sudor y lágrimas; la indeleble marca de fluidos corporales, chamuscado quizá, hirviente. Se figuró ella.
En la planta baja del MoMa las salas grandes estaban tomadas por la obra de Kurt Schwitters. Ella pasó allí el resto de su tiempo de espera. Con minuciosidad fue siguiendo los laberintos hechos de recortes superpuestos, estudió la factura, la textura, la composición de cada collage. Eran muchos y frente a cada uno intentó contarse una historia y percibió el reflejo de su propia vida tan hecha de retazos, tan hecha de papeles e hilos superpuestos, de rostros un poco fraccionados, borrosos, ajenos.
Estoy sola en este museo, en Nueva York, en el mundo; estoy sola y tengo esta vida a lo Schwitters con apenas la ilación de los recortes, pensó.
Había llegado hasta allí para darle forma a una cita a ciegas que no la involucraba en absoluto, que no habría de brindarle satisfacción alguna o remedio a la soledad. Paciencia. Solo era cuestión de esperar un rato juntando coraje para más tarde, un poquito apenas, justo el coraje necesario para largar su parlamento sin siquiera mirarle la cara al tipo de marras, y sobre todo evitando que él le viera la cara a ella. Una cita a ciegas minimalista dentro de la otra, la concreta, tan solo gestionando la otra, orquestándola. Prefirió quedarse allí con Schwitters, no tuvo el impulso de ir al piso alto donde la colección del museo lucía en todo su esplendor. Arriba la esperaba el escenario de un encuentro impensable.
¿Quién le impidió salir corriendo? ¿Quién la obligó a enfrentarlo? ¿Había firmado un contrato, acaso? ¿La estaban vigilando? Nada de eso. Por propia voluntad se había metida en la salsa y muy por propia voluntad podría haber zafado yéndose en aquel mismo instante a su casita, y a otra cosa mariposa.
¿Acaso no sería lo más sádico de todo dejar al hombre esperando una cita a ciegas que de tan ciega se tornaría inexistente?
Hermana, se dijo ella ya un poco desprendida de sí, como en otro nivel de la conciencia, un nivel donde todo puede ocurrir, donde conviene llevar los juegos hasta sus últimas consecuencias; hermana, vos aceptaste y no solo aceptaste sino que pusiste tu grano de arena al armar esta trama, tenés que seguirla en lo que te corresponde, nada de agachadas de última hora, de huidas y mojigaterías que no es conducta propia de vos, hermana, monjita mía, dulce sor Caridad ahora metida en esta obra de bien por el lado del tortuoso deseo.
Qué tedio, Schwitters, un obsesivo, repetitivo, si tiro de ese piolín me encuentro desnuda ante él, ante el ojo clínico de aquel que tortura el papel en mil pedazos y después los cose con puntadas de armonioso desconcierto.
Si tiro... Sí, tiro.
El loco impulso de arrancar los papeles pegados para ver qué habría detrás la arrancó—precisamente— de la contemplación y no sin cierto horror comprobó que había llegado la hora. Las tan temidas, lorquianas cinco de la tarde. Corrió hasta la entrada para plantificarse frente a los porteros, debía buscar a un hombre con discreto portafolios colgándole del hombro. Optó por esperarlo al pie de la escalera mecánica, un sitio muy conspicuo pero no le importó, ella podía ser una visitante más del museo con aire algo intelectual. Simuló leer un folleto, espiando más allá a la altura de las carteras. Y de golpe lo avizoró, reconoció el portafolios, el mismoque había dejado en el guardarropas esa misma mañana.
Elegante el hombre, y joven, y para colmo vestido en la gama de los beige, bien lo hubiera podido querer ella para un día de fiesta, pero no con sus oscuras inclinaciones y la negra cartera, no.
Él se encaminó al baño con paso despreocupado, ella pudo prever sus movimientos como si lo estuviera viendo. Él se encerrará en el excusado, se sentará sobre el inodoro y como es hombre meticuloso bajará la tapa, a menos que tenga alguna otra ocurrencia o necesidad fisiológica además de la de seguir las instrucciones de la carta. Él se asombra y después se sonríe y quizá hasta se relama al encontrar las medias caladas de mujer, el portaligas ajustable, el corpiño y el slip de puntilla negra haciendo juego. Él se saca el pantalón. Se saca los calzoncillos y los mete en el portafolios como para no verlos más, desnudo vuelve a sentarse sobre la tapa del inodoro y continúa leyendo las instrucciones. Ella podía seguirlo con la mente, conocía la carta de memoria porque había ayudado a redactarla a pesar de no haber diseñado la idea (poco sabía de estas cosas, poco quería saber, aunque aceptaba y acepta que querría saber bastante menos poco de lo aconsejable). La carta le indica al hombre cómo vestirse debajo de su sobrio pantalón y su sobria camisa. La carta lo envía luego a sentarse en el medio del banco central en la sala de los Pollocks, de espaldas a la entrada. Y cruce bien las piernas, lo conmina, para mostrar las medias que serán la señal para quien se sentará detrás suyo y le dará las últimas instrucciones. Y no gire la cabeza, no mire para atrás: recuerde a la mujer de Lot, a Orfeo, a todo esos renuentes.
Medias caladas de encaje negro, con dibujo de florcitas, de esas que se usaban en los años 70. Ella no necesitó pasarle por delante al hombre y verle las medias que él exhibía como una provocación, medias de mujer ajenas al buen gusto, a la virilidad, a sus zapatos sport de gamuzón color café con leche. Ella le reconoció el saco, el portafolios, era él allí tan sentadito en el justo medio de ese largo y ancho banco. Lo dejó estudiar las salpicaduras del Pollock frente a sus ojos hasta volverse bizco. Que intente encontrarle algún mensaje, pensó, siempre es bueno auscultar las obras de arte en busca de mensajes. Siempre es bueno e inútil, he ahí la gracia.
A ella la elección de lugar le pareció acertada, y no solo por razón del amplio banco. De golpe recordó que en Londres a Jackson Pollock se lo llamó Jack el Salpicador, Jack the Dripper en lugar de Jack the Ripper, el juego de palabras resultaba apropiado para el caso, era de esperar que el hombre sentado haya hecho a su vez la alegre asociación. Ella le adivinó la sonrisa, no necesitó pasar frente a él para vérsela: sonrisa un poco sobradora, satisfecha, no segura de sí pero regodeándose ante la expectativa.
Respiró hondo y se sentó a espaldas del hombre sentado, usándolo casi de respaldo para que él no pudiera darse vuelta. Él se estremeció y ella cobró coraje: Acuérdese también de la Gorgona —le sopló— no solo el hecho de mirar para atrás hiere, a veces también hiere aquello que se ve.
Pucha digo, se dijo ella, ya ando saliéndome del libreto, estirando sin necesidad el parlamento. Pero en la otra espalda tensa percibió un leve escalofrío y eso logró ratificarla. ¿Gratificarla?
Apoyó la cabeza en el hueco de la nuca del hombre; ella era tanto más baja que él pero en ese momento se sintió mucho más grande porque estaba dando las órdenes. Eche un poco la cabeza para atrás si me oye bien, le susurró, y él obedeció y fue como si hubiera querido acariciarla. Yo no soy su cita a ciegas, le dijo al hombre; soy solo el portavoz que transmite las órdenes. Usted se va ahora a su casa, busca una navaja o un cuchillo filoso y corta la cartera, con cuidado porque tiene doble fondo, y lo que allí encuentre se lo va a calzar en la cabeza tapándose bien la cara y cerrando todos los cierres para obturar sus propios orificios. Pero antes no se olvide de dejar la puerta de entrada apenas entornada. Con solo la ropa interior de mujer que encontró en el portafolios y ahora lleva puesta, se tenderá usted sobre la cama y esperará, esperará. Su ama va a llegar para darle su merecido y más también, cumpliendo la cita a ciegas. Encadilante cita porque usted a su ama nunca jamás le verá la cara.
Así le dijo ella al hombre, y poniéndose de pie con total sangre fría para dar por terminada la sesión se escabulló entre el público —una figura más entre tantas figuras— y desapareció: manchita de Pollock, recorte de Schwitters, colchón desvencijado y mancillado.
Una vez fuera del museo respiró con ganas el aire del atardecer y se alegró de que por fin hubiese terminado para ella toda la loca historia de la cita a ciegas.
Caminó tres pasos y supo que no había terminado, no: recién empezaba. Debía encarar ahora su propia cita a ciegas con la parte ignorada de sí que la había empujado a meterse en el deseo ajeno.
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