El síndrome de Ulises

Santiago Gamboa

 

Publicamos un fragmento de la novela El síndrome de Ulises del reconocido escritor colombiano Santiago Gamboa (Bogotá, 1955), que bajo el sello de la Editorial Arte y Literatura será presentada dentro del marco de la 26 Feria Internacional del Libro en La Habana. Esta obra ha sido finalista del Premio Rómulo Gallegos y, en su traducción francesa, recibió el Premio Medicis.

Tengo algo para ti, me había dicho Paula al teléfono esa mañana, ven rápido, deja lo que estés haciendo y corre, pero ya mismo, corre al Metro y ven, así que fui a su casa curioso y expectante, como siempre que iba a verla, y al llegar la encontré con una malla de gimnasia que le forraba el cuerpo y la hacía ver muy linda. Tenía un vaso de agua mineral en la mano, pues acababa de hacer sus ejercicios matutinos, y le dije, aquí me tienes, ¿qué es eso tan urgente que quieres mostrarme? Con gran ansiedad fue a la repisa, cogió un sobre y me lo entregó. Es para ti, dijo, ábrelo. Al hacerlo vi siete billetes de doscientos y uno de cien, total mil quinientos francos, y me quedé perplejo, ¿qué es esta plata? Paula esbozó una sonrisa pícara. Es tuya, si no la aceptas la tiro por la ventana. Observé extrañado los billetes y ella dijo:

—Te voy a contar lo que pasó, ¿no te lo imaginas? Anoche me acosté con un tipo y le cobré.

¡¿Que hiciste qué?! Intenté contener la sorpresa, pero no pude. Solo atiné a decir: ten cuidado, dicen que cuando una mujer cobra por primera vez no puede volver a hacerlo sin sentir que está perdiendo plata, ¿cómo fue? Me dio los detalles. Se conocieron en el gimnasio, salieron a tomar algo a una terraza y cuando él la invitó a cenar le vino la idea (o la inspiración). Puso la mano en su cremallera y le susurró al oído: sospecho que sé lo que quieres... Después de la cena y de los tragos, que te costarán al menos mil francos, querrás echar un polvo, ¿no es cierto? Él dejó escapar una sonrisa y ella le dijo: quiero darte gusto, dame mil quinientos y nos vamos ya a tu casa. El tipo aceptó.

Al llegar a este punto volvió a insistir: quiero que te lleves esa plata, lo hice porque me divirtió la idea y porque me interesa el sexo, pero tú sabes que no la necesito. Le agradecí de nuevo. Era una época en la que no podía permitirme ciertos escrúpulos, y además me gustaba ver circular los billetes. Luego me invitó a sentarme. Tómate un café, quiero contarte algo que pasó con ese tipo, una cosa rara y, en cierto modo, alocada; se llamaba Fréderic, ¿puedes quedarte un rato? Iba a decir que tenía una cita de trabajo, pero me quedé callado (de todos modos no era cierto), así que fue a la cocina y volvió con una botella de jugo de naranja y unas galletas. Y empezó su historia.

—Si vieras su casa —dijo—, un apartamento muy moderno con un televisor ultraplano en la sala, videos de humor, juegos. En el cuarto había una cama redonda y decoración minimalista, algo increíblemente elegante; era ejecutivo de Elf Aquitaine y trabajaba en Zaire y ahí entendí por qué parte de la decoración era africana, máscaras, cetros, esas cosas. Dejé mi ropa en un sillón y me senté al borde de la cama, y bueno, la verdad es que el tipo me estimuló muy bien, con caricias y besos; después de un rato pidió que me acostara bocabajo y anunció algo nuevo, algo que yo no debía haber experimentado nunca. Le hice caso, me di vuelta y levanté las nalgas, pues imaginé para dónde iba el asunto. Conozco a los hombres y sé que para muchos el sexo no es completo si no hay sodomía. Se untó los dedos de vaselina y empezó a lubricarme, y yo pensé, qué ingenuo es si cree que va a ser el primero. Por fin me lo metió y yo imaginé que recordaba a una mujer africana, y así estuvimos hasta que se agarró de mis caderas e hizo un gesto de esfuerzo. Supuse que se iba a venir pero lo que sentí fue un gran ardor, un líquido de fuego, y comprendí: lo que le salía no era esperma sino orina, ¡el tipo estaba vaciando su vejiga! Al pensarlo tuve un orgasmo brutal, y Fréderic, agarrado a mis nalgas, continuó hasta inflarme. Cuando acabó y yo paré de gritar, con el cuerpo anestesiado, dijo que lo iba a sacar y que intentara retenerlo; hice fuerza, contraje los músculos y me llevó alzada al sanitario. Allí lo expulsé. Mientras salía me volví a venir.

Paula terminó su historia y yo quedé algo golpeado, ¿por qué hacía esas cosas? Le dije que había leído algo parecido en una novela de Henry Miller, pero cuando iba a ahondar en el asunto sonó el timbre y se distrajo. Yoglú, debe ser Yoglú, dijo. ¿Quién?, pregunté, y repitió ese extraño nombre, Yoglú, una amiga turca, hace conmigo los estudios de francés y quedó de venir; yo le digo Yuyú porque su nombre no hay quién lo pronuncie. Mientras iba hacia la puerta dije que me iba y agradecí la plata, ¿piensas volver a hacerlo? Nos reímos y quedamos de hablar por teléfono esa tarde (con vistas a la noche), y al abrir vi a la turca, una joven de pelo negro y ojos intensamente azules. La saludé y fui al ascensor, envuelto en ese extraño olor oriental que era el perfume de Yoglú, o de Yuyú, como la llamaba Paula, pero de inmediato debí regresar pues había olvidado la bufanda. Al abrir la puerta Paula me preguntó en español, ¿te gustaría pichártela? No supe qué contestar, con la turca delante, sonriendo y sin entender, así que dije en francés, gracias, tengo que irme, pero Paula insistió, oye, ¿no te gusta?, y yo le dije, sí, claro que sí, pero habrá que preguntarle a ella, ¿no crees? Por eso no te preocupes, dijo, no tiene novio y anda alzadita, con ganas de bajarse los calzones o quitarse la tanga, como prefieras (prefiero la tanga, pensé). Voy a organizar algo esta noche. Te prometí un mundo repleto de mujeres y voy a cumplir, ¿puedes venir a la hora de la comida? Va a ser tuya sin problemas. Yo lo arreglo todo, pero llama antes para confirma.

Luego, en el corredor, preguntó, ¿cómo va lo de tu francesa?, ¿cómo es que se llama?, y yo le respondí, se llama Sabrina, ya no importa, está con otro. Pero Paula insistió, ¿y tú estás bien? No, le dije, lejos de estar bien, en realidad bastante mal, me gustaría tenerla cerca o empezar de nuevo, ¿lo entiendes? No sé, dijo, nunca he sentido nada por un hombre que no me haya por lo menos besado. Bueno, opiné, las mujeres funcionan de otro modo, o serás tú, al fin y al cabo cada uno de nosotros es único, ¿no?, y ella repuso: yo soy atípica, eso seguro, y estoy feliz de serlo, cuando me case ya tendré tiempo de ser una mujer común y corriente. Ahora quiero explorar la vida y conocer mi cuerpo, y en esa búsqueda estoy. Bien, vuelvo donde Yuyú, no te olvides esta noche, ¿ok?

No tenía turno en el restaurante pero debí dar clase en la Academia, algo que cada día me pesaba más, pues, definitivamente, el mundo de los alumnos y el mío eran planetas muy lejanos, y en esa distancia había algo insalvable. Mademoiselle Gellert y Monsieur Lecompte, los de ese día, hablaban en un español primerizo sobre sus proyectos laborales en Venezuela y Chile, respectivamente (trabajaban para la RATP, compañía francesa de trenes que hacía el Metro de Caracas y de Santiago), y entraban en el detalle de las villas suntuosas, las ventajas salariales y los dos pasajes al año en primera clase que obtenían como reparación por alejarse de sus vidas perfectas y trabajar allá, en la periferia de la civilización. Para que aceptaran debían convertirlos en reyezuelos protegidos por una capa de sirvientes y consejeros que mimaban sus vidas, todo pagado por el país contratante o al menos incluido en el costo del servicio. El tema de la tarde fueron los preparativos del viaje. Monsieur Lecompte confesó las dudas que tenía por su adorado perro, un robusto Golden Retriever que sentiría mucho el cambio y se adaptaría con dificultad a la comida chilena; yo fingí preocupación e intenté tranquilizarlo diciendo que allá, en esos países de tinieblas, también había perros, e incluso perros muy finos que vivían mejor de lo que viven, por cierto, muchos latinoamericanos, así que el suyo estará en excelente compañía, e incluso vaticino, Monsieur Lecompte, que al contrario de lo que usted cree, la tristeza le va a venir cuando regrese a Francia, pues allá podrá tener un doméstico dedicado exclusivamente a él y dispondrá de un inmenso jardín, se lo aseguro.

Mademoiselle Gellert, muy atenta y preocupada, dijo que ella tenía dos gatos pero que no pensaba llevarlos a Caracas, y esto a pesar de que los gatos se sobreponen a todo, pues con el calor y la contaminación los mininos podrían enloquecer, así que prefería dejarlos en casa de su madre (ella es joven y soltera), lo que parecía bastante prudente, ¿no creen? Y así se fue construyendo un diálogo, y a medida que hablaban yo hacía pequeñas correcciones o anotaciones lingüísticas, siempre con gran delicadeza y sin dar la impresión de interrumpir, pues según la directora (que es argentina) este tipo de enseñanza requiere tacto ya que se le da a grandes jefes de empresa, poco acostumbrados a que alguien de menor rango los contradiga o corrija. Yo miraba el reloj cada cinco minutos pero el segundero se arrastraba despacio, como un reo hacia el patíbulo. El tiempo era lento y debía sobreponerme. Entonces le dije a Mademoiselle Gellert que si a los gatos les gusta permanecer en casa no tendrá ningún problema, pues en Caracas hay aire acondicionado hasta en los ascensores, a lo que ella respondió, con cierta altivez, que tener un gato encerrado es un crimen y que prefería verlos cada tres meses, en Francia, antes que hacerlos vivir esa experiencia, así dijo, «esa experiencia». Mientras hablaba yo observé sus atuendos, ropas finas y elegantes, y luego vi mi reflejo en el cristal de la ventana, con mi camisa mal planchada («en frío»), un saco de paño con el forro interior rasgado y, sobre todo, los zapatos de costuras reventadas. El decoro en mi aspecto era algo cada vez más difícil de lograr, pues la ropa envejecía y los botones saltaban sin que yo pudiera hacer nada, y así, recordando la ducha matutina en la piscina pública, volvía a hablar de la sensibilidad de los gatos y a fingir interés por el Golden Retriever, y para que el tiempo corriera veloz me imaginaba a Mademoiselle Gellert desnuda, muy abierta de piernas, o de espaldas con el culo levantado, mirando a Constantinopla, pero el reloj era implacable en su andar, tic-tac, tic-tac, un segundo es el tiempo que uno emplea en decir mil uno, mil dos, mil tres, y casi podía contarlos en las cuatro horas de clase, con una pausa al final de la segunda hora para tomar café en la esquina (los alumnos tenían la costumbre de invitar a los profesores, pero si esto no era seguro prefería decir no y fumar un cigarrillo).

Me intrigaba el plan de Paula y, sobre todo, el modo en que Yuyú respondería. No era difícil suponer que estaban de acuerdo, a lo mejor fue la misma Yuyú la que se lo propuso. Imaginé la escena. Yuyú diciéndole: oye, las hormonas se me salen por debajo de las uñas, consígueme a alguien, y Paula, tengo a alguien, buen polvo y sin problemas, un tipo fresco, amable, algo así pudo haber ocurrido. Tal vez Yuyú estuviera ahora tan nerviosa como yo, era posible, y al pensarlo escuché otra voz, un tono extraño que decía, o, más bien, que gritaba, ¿esto es un pasado simple o un subjuntivo? Y yo, perdón, Monsieur Lecompte, ¿podría repetirme la pregunta? La cara de mi alumno enrojecía de cólera al notar mi distracción. Disculpe, estoy algo enfermo. Es un pasado simple.

A las ocho de la noche salí al bar y llamé a Paula, y le dije que iría al filo de la medianoche. Ella no preguntó por qué ni insistió en que fuera más temprano, simplemente dijo: está bien, solo que nos encontrarás a todos un poco beodos. ¿A todos? Sí, dijo, vienen algunos amigos, te esperamos. Tenía curiosidad por la turca, pero al salir de la Academia y recordar la plata de Paula, se interpuso otro deseo más urgente, algo que no hacía desde mi llegada a esta ciudad: ir a cine. Y eso fue lo que hice. Fui a Le mari de la coiffeuse, de Patrice Leconte, un filme bello y triste que había visto anunciado en el televisor de un bar, una historia en la que el amor es tan perfecto que ella prefiere el suicidio antes que exponerse a su decadencia, dejarlo todo cuando el amor está en su punto más alto, como en esa pieza teatral de La Rochefoucauld en la que un príncipe le propone el suicidio a su amada en la noche de bodas, diciéndole, «de vivir, querida, ya se encargarán los sirvientes », porque la vida desgasta y corroe. Al salir del cine quise postergar el encuentro, así que fui a comer un cuscús al Salambó, un restaurante tunecino, regado con una botella y media de vino gris de Marruecos, lo que me dejó en un agradable estado de ebriedad que juzgué óptimo.

Cuando abrieron la puerta escuché música de Santana y vi luces bajas. Paula me saludó con un gran abrazo y, al hacerlo, noté que estaba ebria. Luego me presentó a sus amigos, un alemán, un sueco y una venezolana, más Yuyú, que tenía puesta una falda azul y una camisa de orlas en los brazos (se parecía a Heidi, la pastorcita). Tomaban whisky. Me serví un vaso y empecé a seguir la charla. Por esos días parecía inminente la guerra, pues Irak (no sabíamos que sería la Guerra del Golfo I) había invadido Kuwait hacía poco apropiándose de sus pozos de petróleo y de sus riquezas, razón por la cual una coalición de naciones dirigida por George Bush (no sabíamos que sería «Bush padre») se cernía sobre la región, en fin, ustedes lo recordarán. El sueco, que se llamaba Gustav, dijo que Kuwait debía ser liberado y todos opinamos que sí, aunque de otro modo. No nos parecía que la guerra y la muerte de civiles tuviera que ser condición necesaria. Peter, el alemán, dijo que era de Dresde y habló del bombardeo inglés con fósforo líquido durante la Segunda Guerra Mundial, donde tanta gente murió carbonizada (ciento veinte mil personas). Yuyú dijo que deberían bombardear el palacio presidencial de Bagdad, lo que escandalizó a todos, pero Paula cambió la charla y habló de música, y así fue pasando el tiempo hasta que las luces se bajaron y, de repente, vi a Paula acercarse a Gustav e invitarlo al baño, algo que me sorprendió y, al mismo tiempo, me recordó el motivo de mi visita. Entonces me dediqué a conquistar a Yuyú, que posiblemente ya estaba conquistada y que era bastante silenciosa y tímida.

Era de Ankara pero su familia vivía en Estambul, y me preguntó, ¿has estado? No, le dije, qué más quisiera, Estambul es un sueño, cuéntame cómo es. Habló del palacio de Topkapi, de la Mezquita Azul y de Agia Sofía, o Santa Sofía, los tres monumentos más visitados de la ciudad, pero también de las aguas azules del Bósforo, llenas de medusas, o de la Avenida Istikal, cerca de su casa, y de la torre de Galata, y esto decía Yuyú cuando la puerta del baño se abrió y vimos emerger a Gustav encendiendo un cigarrillo y detrás a Paula, así que le propuse, sin más preámbulos, ¿quieres ir al baño conmigo? Sí, respondió con sencillez, como si lo estuviera esperando. Al entrar y cerrar la puerta dijo: perdona un segundo, un segundo solo, tengo que orinar, y se sentó en el sanitario. La vi limpiarse y bajar el agua. Enseguida se levantó y dijo, ya estoy lista, perdona. Sin agregar nada me besó, metiendo su lengua en mi boca con una extraña pasión que no coincidía con lo que acababa de hacer. Luego se bajó la falda hasta el tobillo. Con la cintura desnuda cogió algunas toallas, las extendió en el piso y se recostó sobre ellas, bocarriba. Al ver su pubis me vino una idea peregrina, y pensé: por ese orificio voy a entrar al Islam, esa hendidura en la carne de Yuyú me va a bautizar a una nueva fe. Era la primera musulmana con la que iba a hacer el amor, aunque Yuyú, aristócrata turca, podía no ser musulmana sino ortodoxa o incluso católica, pero en fin, no iba a preguntárselo en ese momento, entre otras cosas porque al instante dijo, ven, ponte este condón, se abrió la camisa y sacó dos tetas pequeñas, dos ligeras protuberancias en su pecho, casi infantiles, así que le pregunté, ¿cuántos años tienes?, y ella dijo veintitrés, ¿por qué lo preguntas?, por nada, tienes un cuerpo inocente que resplandece, y eso le debió gustar porque a partir de ahí empezó a moverse con brío y luego, pasados unos minutos, se dio vuelta y me ofreció sus nalgas. Hazlo desde atrás, pero no por el ano. Después la sentí venir con un leve temblor de muslos, que eran como dos marmóreas columnas. Nos vestimos y regresamos a la reunión.

Paula había abierto otra botella de whisky y encendía un cigarrillo de hachís, que pasaba de mano en mano y que yo rechacé, pues me sienta mal, y así seguimos bebiendo y ellos fumando hasta que ocurrió algo extraño y fue que Paula estiró la mano y la deslizó bajo la falda de Yuyú, en un gesto que podría ser pícaro o inocente, de afecto amistoso, y que me causó aún más perplejidad al ver que se levantaban e iban al baño.

La verdad es que iba de sorpresa en sorpresa, entonces me puse a charlar con la venezolana que, como todas sus paisanas, era muy bonita, y dada la temperatura de la reunión pensé que podría invitarla al baño y hacer carambola, entre otras porque ella debía darse cuenta de lo que pasaba. Y se lo propuse, apurando de un sorbo el whisky. Oye, cuando salgan las mujeres del baño, ¿te gustaría entrar conmigo?, pero ella, que se llamaba Lina, hizo cara de tormenta y dijo, no, chico, ¿pero quién te crees que soy? Si quieres culear ahí las tienes a ellas, y además ya te comiste a una, ¿no?, ¿o qué te metiste a hacer con la turca al baño? Le pedí disculpas, le dije, Lina, perdona, aquí todo parece posible, no lo tomes a mal, estoy un poco borracho y distorsiono las cosas, y ella dijo, pero, chico, ¿te he dado alguna señal como para que me pidas eso? No, claro que no, insistí avergonzado, y para cambiar de tema le pregunté por sus clases de francés, ¿estás progresando? Respondió que más o menos, había venido por seis meses y la verdad iba poco, se pasaba el tiempo visitando la ciudad, que es tan linda, ¿no te parece? Sí, es muy bonita, le dije, y cuando me preguntó qué hacía le contesté cosas vagas, soy profesor de español y estudio en la Sorbona, dándole a eso un halo de importancia que no tenía y que, al parecer, la impresionó, pues dijo, qué bueno, ¿y es muy difícil conseguir trabajo aquí? Más o menos, le dije, hay que tener suerte. Contó que era periodista y que antes de viajar había trabajado unos meses en el diario Economía Hoy de Caracas, ¿lo conoces?, es un periódico especializado en finanzas pero también de noticias generales, y continuó diciendo, después de estos seis meses, con el título que nos den, podré volver ahí, pero lo que yo quiero es conseguir la beca de «Periodista en Europa », una ayuda de la Comunidad Europea para hacer pasantías en diferentes redacciones europeas, algo buenísimo, y por eso pensaba «aplicar», así dijo, usando la palabra en inglés, pienso aplicar a fin de semestre, chico, porque si me sale me quedo otro año, esos son mis planes. Al oírla pensé que los míos eran bastante sencillos. Quería una casa con ducha. Quería vivir con una mujer. Quería escribir.

Un rato después Yuyú y Paula salieron del baño y se sirvieron más whisky, pero dada la hora, las cinco de la mañana, la venezolana y los dos amigos se levantaron y buscaron sus abrigos, y yo también me dispuse para salir. Pero Paula me dijo, ¿a dónde vas? Yuyú va a dormir aquí y hay espacio para los tres. Tú eres de la casa y así mañana nos contamos chismes, ¿bueno? Acepté, como todo lo que ella proponía. Luego entré al baño a orinar y a tomar aspirinas y al salir las encontré dormidas, así que me acomodé a un lado y cerré los ojos, sintiendo el ritmo de sus respiraciones, que era como el fragor apagado de una caldera.

1 Ricardo Piglia, por ejemplo, tiene un excelente ensayo sobre el tema titulado «Literatura y psicoanálisis », en Formas breves, Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 55-69.

2 La complejidad del lenguaje saeriano explica, en parte, por qué su obra fue casi ignorada durante buena parte de su vida. El reconocimiento tardío de este autor argentino se debe tanto a la distancia geográfica, pues vivió en Francia la mayor parte de su vida, como a la estética, ya que su escritura divergía en muchos aspectos del boom latinoamericano.

3 Juan José Saer: Ensayos. Borradores inéditos IV. Edición digital.

4 Robert Musil: «Edipo amenazado», Nexos, México D.F., n. 30, 1980, pp. 46-48.

5 Michel Foucault: Historia de la locura en la época clásica, V. 3, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1993, p. 120.

6 Los trastornados de Saer me recuerdan más a los de Faulkner: Darl Bundren y Quentin Compson forman parte de esa estirpe de visionarios demente, de destino trágico.

7 Sin embargo, la mayoría de sus personajes habituales son sujetos más o menos comunes, solo que siempre se acompañan de otros que producen extrañeza. En Nadie nada nunca, a excepción del bañista, los restantes personajes son ordinarios, pero, de algún modo, sin aquel la novela no tendría sentido.

8 Juan José Saer: La pesquisa. Edición digital.

9 Juan José Saer: Las nubes. Edición digital.

10 Roberto Calasso: La locura que viene de las ninfas, Sexto Piso, Madrid, 2008, p. 21.

11 El mundo y la mitología grecolatina por un lado, y la maternidad por el otro, trazan toda una serie de conexiones con la cuestión del «origen» en las novelas. Sin embargo, eso es tema de otro ensayo