PROMETEO o la poesía épica.

Virgilio López Lemus

 

 

¡Hurraaaaaa! Debe ser el grito detonante de Prometeo. Hurra y no ¡Eureka!, ni siquiera un sonoro ¡Viva!, o un aprobatorio ¡Bravo! Hurra es grito y no exclamación benigna, pasiva, serena. No implica ira o triunfalismo, sino coraje, resolución, lanzamiento. Tampoco suena igual que ¡Evohé!, espasmo dionisíaco de los dioses en fervor de adrenalina. Hurra es un grito estentóreo de la fuerza prometeica, aliado a un ideal, a una batalla, a una conquista en proceso o consumada (del fuego, del Poder), ya sea de una Bastilla, de un Palacio de Invierno o una sede presidencial.

La poesía del hurra no puede ser metapoesía, ni adviene cargada de contenidos metafísicos, ni es una lucubración elegíaca, debe venir plena del furor de la sangre fuerte, del relato de los hechos, del dramatismo de las escenas. Esta poesía no roza, asalta. No consiste en hacer vivir la rosa en el poema, sino que arranca sus pétalos con fuerza, le quita la carne a la rosa con bríos, no bajo el susurro del suspiro, sino mediante la arrogante manera de quien impone su poder sin miedo a las espinas, con el sacrificio enérgico del derramamiento de sangre.

La poesía prometeica es epicidad, grito para cambiar el mundo, recuento de acciones, el héroe truena, no suspira, la suya consiste en una rebelión y en torno a él otros héroes gritan mientras pelean. El gemido cede el terreno a la exclamación recia, el hombre agarra, taja, ejecuta, dispara. La reflexión concede protagonismo al acto.

La poesía prometeica sabe asirse a la roca y enfrentar al águila que le devora su simbólico hígado. El Tiempo explota por una sobredimensión del Acto. El odio (¿el águila?, ¿el Tiempo devorador?) salta desde una cadena, sobre eslabones de acero, no sobre lazos de amor u ondas sutiles sobre el lago de la flor del narciso. La libertad rompe esas cadenas en el grito y en el esfuerzo.

La poesía del músculo y de la mano armada relata los pasajes de una batalla viva. Más que una consigna, el poema enfrenta un mandato, expresa la garra que ejerce el odio y la dura batalla contra esa garra. El héroe (los héroes) se agranda(n) como titan(es), resulta(n) gigante(s) enfrentado(s) a la enorme maldad. Juana de Arco ve las visiones y monta en el caballo de batalla, vestida no como una santa, sino como una guerrera. Su coraje maravilloso se expande contra el odio y prevalece sobre la intriga. Cuando muere en el fuego del Viejo Mercado, habría que haber gritado ¡hurra!, pues Juana de Arco conquista con su muerte la santidad y el Cielo.

La poesía del acto fecunda versos de sonidos bravíos, y las imágenes son como las visiones de la heroína trasfundidas en palabras, martilladas sobre el yunque del idioma.

Separémonos del drama. El hurra de la poesía no trata sobre la tragedia del Prometeo encadenado, sino cuenta y recuenta su batalla, la conquista del fuego, la entrega del don luminoso a la especie humana, la lucha incesante por la luz y contra las tinieblas. Desde esa batalla emerge la Creación, y el hombre crea, forja, avanza desde la luz, hacia la luz. La pelea contra los demonios de las sombras ya no forja el acero, sino el alma humana. La poesía prometeica da fe a esa batalla de manera directa, pegada a la acción y no a la idea de la acción. Pero también la batalla mística del alma merece el poema prometeico. Aunque aquí tratamos del asalto de la vida sobre la muerte, de la consumación de la muerte como victoria de la vida, el héroe como símbolo y metáfora, hay que advertir que el héroe irradia algo más que ejemplaridad, pues viste la túnica del sacrificio en la acción, del crecimiento de la especie por medio de la dura pelea contra el ayer, en pos de un mañana que se espera de luz, de progreso, de avances. Los grandes cambios van unidos a los grandes sacrificios, de modo que la poesía prometeica expresa el ritmo violento de los nuevos Cid o Roldán, abriendo las puertas de la Historia.

Los Prometeos de Goethe, Nietzsche y Kafka hablan del júbilo de la transformación del hombre común en héroe. Hesíodo incorporó su historia al panteón de los dioses e hizo del hombre un Titán, un héroe que pelea ante los dioses por el mejoramiento humano, el protagonista de una rebelión justa, justificada, de modo que junto a la inevitable carga poética se añade el pasaje a la historia del pensamiento. Tertuliano cambia el signo de la batalla y nos ofrece un Verus Prometheus en Cristo, y reinterpreta los libros de los Apóstoles desde la poesía de los Hechos. Ese Cristo prometeico desaparece en la Edad Media, rendido por los avatares del culto, de la fe sin disputa, del dogma sostenido como nada más allá.

El Renacimiento nos trae una nueva mirada de Prometeo como héroe del conocimiento, del cambio bien pensado y sopesado por el influjo filosófico. Un Prometeo del pensamiento irrumpe en la poesía con energía nueva, aparece la que hemos de llamar «poesía social» rendida al virpolitikon, llena de intención política propia del tiempo que se consuma y se consume en su fuego. Ahora se trata del fuego de ideas, luz de ideas, rompimiento de las sombras por medio del ideal, del ideario, de la ideología.

Las revoluciones, desde la francesa hasta la bolchevique, desde las guerras del pueblo hasta las guerrillas, han replanteado el contenido de la poesía épica y la han reconvertido en poesía política, que exalta a una Louise Michel o a un Ernesto Che Guevara desde un lirismo contaminado por el virpolitikon, por la acción y el ejercicio de la batalla.

Prometeo se ha convertido en símbolo de la libertad absoluta y ya desde Calderón de la Barca, en 1669, se advierte la dura pelea contra los dogmas establecidos, y el héroe prometeico en su obra La estatua de Prometeo rebasa lo trágico (y de una pieza teatral se trata) para iluminarnos con su contienda por los ideales. La lucha humana en pos de ideales preestablecidos, razonados, pasa por Bacon en su «Prometeo o la condición humana », y por Voltaire, quien ve en Pandora el enfrentamiento a un Dios terrible, cruel y jansenista, de modo que su Prometeo combate contra un tirano divino. Prometeo en batalla contra un dios anticipa al pueblo contra el rey. La tragedia puede revertirse, el magnicidio, cortarle la cabeza al rey, resulta la epicidad de la ruptura de las cadenas.

El romanticismo, sobre todo en el siglo xix, reinterpretó a Prometeo desde otra epicidad, que unas veces es la del hombre en pos de su liberación, de un pueblo en busca de su independencia o también de la batalla científica. La ciencia y el Estado moderno comparten el nuevo brillo prometeico, la poesía refleja el advenimiento de pueblos enteros en función de una identidad que los define y los separa como nación, y también, desde Elizabeth B. Browning se descubre un Prometeo armado de ciencia y arte, en busca de un destino mejor.

Víctor Hugo convirtió su versión de Prometeo en el genio incomprendido, en tanto que para Byron resultó ser el luchador contra el Destino. Leopardi lo hace apostar por la libertad, y en Shelley Prometeo se libera y ofrece la libertad como paradigma humano.

Prometeo se abre al orden cósmico pero también se incluye en la pelea de la identidad. Con Camus, el héroe ha descendido a los infiernos y representa al hombre en su batalla por el auto perfeccionamiento. La rebelión es moral y estética, tiene orden de cruzada de pueblos y del individuo como ser que se perfecciona. La poesía no puede estar de espaldas a estas batallas.

El fuego ofrece una buena imagen de la poesía épica. El héroe lo roba al Sol. Habría que discutir si en verdad hay allí un robo, pero el acto es épico, y el «castigo» resulta cruel: el héroe sobrevive con sus entrañas abiertas. El águila es metáfora del pago del esfuerzo: quien batalla y se entrega a la pelea sin miramientos, con energía y voluntad indoblegable, siente el pico clavado en sus entrañas como ruptura del sí mismo. La epicidad es el ejercicio de la acción, cada día el héroe se esfuerza al aprendizaje de la luz. El fuego es su meta, el hígado devorado es la concatenación, el resultado marginal del esfuerzo. El fuego celeste también es telúrico y mortífero. Los mortales se enfrentan a la inmortalidad. Lo efímero porta lanzas contra la eternidad, quiere conquistarla, y con ello alcanzar honor. La pelea ética del hombre es contra la muerte, que es la sombra, la aniquilación, la nada, el mal, el desgarramiento total del ser en el olvido.

Luego, algunos poetas han visto a Prometeo desde el lirismo de la tristeza, del soñador, del colmado por el ideal, del redentor, de los revolucionarios salvadores de los grupos humanos, o de toda la especie.

El Prometeo de José Vasconcelos es un vencedor, pero otros poetas y pensadores lo ven como perdedor. No es que la especie humana se divida pragmáticamente en ganadores y perdedores, como resultado del pragmatismo llevado a filosofía de imperio. El ser humano no se forma en la Historia para convertirse en un comprador, en un consumidor y nada más, su trayectoria desde las cavernas aúna al que gana y al que pierde, porque su batalla vital implica ganar y perder, como par dialéctico y no mero fatalismo. De todos modos, quien compra, gana y pierde, da y toma. Todo logro humano posee esa dialéctica.

La poesía prometeica relata esos avatares. Es una poesía que cuenta más que canta y se escribe en el dolor o en el fragor, con la asistencia de la Historia y con elevamiento de lo mítico que puede haber en la especie humana, el hombre y la mujer elevados a mitos, que actúan siempre como referencias.

II

Prometeo y Narciso, tan distantes, sin embargo entonan parecidas canciones de batalla. Sus instrumentos son los mismos: la resistencia, y los resultados individuales parecidos: el ser se consume en su propia lid. Se diferencian en el grado de exposición ante la pelea en las circunstancias, el uno socializa, grita el hurra a toda voz, el otro se ensimisma, ni siquiera exclama una queja. Ninguno de los dos peca por soberbia, simplemente batallan. No hay el pecado de hybris, sino la poesía de esa batalla.

El hombre común se eleva sobre el superhéroe, porque la resistencia diaria es más enérgica que la heroicidad de unos minutos, la heroicidad casual, o causal, que se consume en un fuego instantáneo. El hombre y la mujer que resisten ante el tiempo privaciones y miserias, y que adoptan el anticonformismo como lema de vida, devienen metáfora sencilla y cotidiana de lo mejor de la especie: su titanismo, que consiste en la no resignación y en la fe del progreso para su mejoramiento. La resistencia no es pasiva, sino batalladora, fundadora, transformadora. Nuestra es la capacidad de ser mejores y de transformar el mundo. La resaca negativa, el lado oscuro de la especie, deben ser derrotados. La ciencia contra la contaminación, el arte a favor del mejoramiento humano, resultan dos de los medios visibles de la epicidad contemporánea.

Prometeo se aviva en cada ser humano capaz de heroísmo, y el mito se recrea en la heroica batalla colectiva a favor de la luz. El Prometeo de la redención siempre tiene ante sí la «lucha final» y no el Apocalipsis, su dirección conduce hacia la victoria sobre los elementos, sobre el mal, sobre aquello que no permite avanzar en la plenitud de la libertad, entendida como don de progreso.

Esa poesía vibra en las alas de una Victoria, y como poesía, resuelve la esencia del mito en descripción de batallas, transmite el acto heroico con una sucesión de versos que implican fuerza del lenguaje, apela a un entramado tropológico que debe hacer brillar la expresión. La poesía épica actual muestra mayores dificultades de escritura que la lírica, el esfuerzo por domar el mensaje y por adoptar las formas adecuadas y el lenguaje preciso, requiere del mejor ingenio, de poetas muy dotados y de sensibilidad social aguzada.

Antaño pudieron ser cantadas las hazañas del Cid Campeador o la manera en que Roland blandía su espada Durandal para imponer el bien. Pero en la historia posterior a la Revolución Francesa, la poesía épica ha asumido un rol político que se observó más que nunca en torno a las revoluciones socialistas. La poesía épica acompañó batallas a favor de la libertad contra disímiles tiranías, y luego fue expresión sincera y firme de las revoluciones sociales. Un Prometeo revolucionario asombró el entorno poético del siglo xx, transformó al lirismo en epicidad o sumó el carácter épico al lirismo.

La poesía épica en los nuevos tiempos se viste de tono conversacional, acude a recursos propios de la narrativa (ese modo poético de las epicidades diversas), como el realismo y la descripción, narra y fija escenas, exalta a sus héroes. Pero sobre todo, implica muchas veces un grado de politización que se ha advertido en particular en los poetas de las «izquierdas», de Maiakovski a Neruda. La política ocupó los espacios y los tiempos, la lucha pasa por su vórtice, el panorama mundial la refleja. La poesía no ha dado la espalda a la política. Hacerlo, hubiera sido casi suicida. En la vida política hay héroes y antihéroes, Prometeos activos y Epimeteos filosofantes, existen los que actúan y los que piensan antes y tras las batallas. Las armas tampoco ceden su espacio en la vida y quizás la gran batalla prometeica consista en sutilizar la política para que ella también sustituya las armas, la violencia física, el asalto del mundo con bombas y terrores. La poesía tiene el deber de esas crónicas. Si no lo hace en verso, la prosa le arrebataría el campo expresivo.

Pero el poeta no suele ser el político, el hombre de acción, el Prometeo del acto. Su labor sí que es prometeica, la creación que implica expresión de epicidades, es el héroe de la palabra, de la batalla expresiva, del dominio y amoldamiento estético del idioma, y de las ideas que expresa. El poeta ocupa otro escalón, fundamental, del proceso creativo de la poesía, pero él no es la poesía, ella es la materia de su labor, la que ofrece resistencia, la que puede comer su hígado mientras él lidia por expresarla, por definirla, por atraparla antes de que escape su definición mejor. El creador no es lo creado, el poeta no resulta siquiera dueño de la poesía, sino su «laborante», su «obrero», su «servidor» u «operario ». El poeta que viva de la vanidad de serlo, o del excesivo orgullo de «su obra», suele quedar por debajo del valor prometeico que ella implica. Eso, en tanto poeta. Un autor, como ser humano integrante de una comunidad, puede asumir las funciones ciudadanas que desee o que le impongan las circunstancias, y por ese camino batallar en la poesía de los actos, que ha de reflejar de alguna manera la de la escritura.

La poesía prometeica habla del fuego de la vida, a diferencia de otro fuego interior, azul, callado, que vive dentro del hombre y la mujer cogitantes. José Martí vio mejor que muchos esa dicotomía del acto poético entre la poesía que derriba y la que fortifica, y a ambas las vio como necesarias. Pero tampoco se ha de decir que los cotos metapoéticos, metafísicos o de diversos escaños de la expresión íntima o de contactos filosóficos o de formalismos experimentales, pertenezcan a lo antiprometeico, a la poesía que derriba en lugar de fortificar el espíritu. Cada cual en su sitio, en su esfera, cumple el papel brillante de expresar lo mejor del ser humano por medio de la poesía, o de describirla a ella, a la poesía esencial que convive con la materia dispersa en el cosmos.