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UNA NOVELA DE RIVERÓN*
Antón Arrufat
Ignoro si a los amigos de Rogelio, reunidos aquí esta tarde, les ha pasado lo que a mí, si han tenido lo que podría llamarse «una impresión personal».
Él y yo nos tratamos desde hace mucho tiempo. No estoy seguro en qué momento exacto lo conocí. Tal vez, como él mismo diría, fue una tarde y de «forma aleatoria». Como escritores nos hemos leído, sin mentiras ni falsos elogios. Tengo todos sus libros con amistosas dedicatorias, «cariño incansable », «sincero, sin trampas ni alardes», «tu obra De las pequeñas cosas me hizo hace veinte años descubrir esta obsesión: ¿qué es la literatura?». Hemos viajado juntos, habitado el mismo hotel y el mismo cuarto, caminado la ciudad de Buenos Aires, dictado conferencias el mismo día y en lugares iguales: él acerca de la cuentística nacional, yo sobre la poesía. Podríamos formar un álbum de recuerdos conjuntos, con decenas de fotos. Diversas ocasiones merendamos en los altos de una cafetería de Obispo que lleva el nombre de un Santo. He comentado más sus libros que escrito sobre ellos, lo que él sin embargo ha hecho sobre los míos, con frecuencia y generosidad, admirable percepción crítica y prosa de inesperados adjetivos. Su cuento, «El retorno», lleva una dedicatoria con mi nombre. En otros aparezco como un personaje más, y en «La morada del ser», escrito en el 2015, se encuentra una manera de criticar mi cuento «Fractura», en una forma curiosa: convertir el texto crítico en el relato de un amor frustrado entre dos de sus personajes. Lo he visto, el pelo largo y luego casi al rape, y ya en la cincuentena, siempre delgado, vestir pulóveres juveniles, sin exceso de carne en la cara, expresión tensa, a ratos una sonrisa y de pronto el aire burlón irremediable. Camina siempre un buen trecho, distraído o más bien, como le gustaría decir, lleno de precauciones. Sé que ha asistido al gimnasio, levantado pesas y realizado ejercicios abdominales.
Vuelvo al aquello de la «impresión personal ». ¿En qué consiste tal impresión? Rogelio no es hablador, no es un hombre locuaz, sus conversaciones están llenas de silencios, o de pausas, como se diría en una pieza teatral. Distancia, misterio, lejanía. Tampoco es particularmente sociable. Apenas me lo encuentro en una reunión, en la presentación de un libro o en la entrega de un premio. No asiste a conferencias ni a recitales. Nunca lo vi en conciertos ni en una función de teatro. La vida literaria no existe para él. Si es amistoso, no es nada sociable. Ha publicado varios libros y obtenido diversos premios literarios, pero ha evitado siempre el rumoreo cultural, buenos y malos, de la ciudad letrada. He visto fugazmente a la madre y a sus hijos. Nada sé de los padres de Rogelio ni de su vida en Placetas, lugar donde nació y vivió durante su infancia, si no me equivoco. Estas precauciones, estas distancias y soledades voluntarias y buscadas, sí han contribuido sin duda, a mayor libertad y tiempo para escribir, a la vez, sin duda, a la peculiar soledad en la que se encuentra su obra. Rogelio Riverón no es autor usual de las antologías, y su bibliografía personal, bastante escasa, se halla en desacuerdo con el valor de su escritura y la cantidad de sus publicaciones. En ciertos personajes de sus cuentos y novelas, tal actitud, diré consciente, suele repetirse en sus propias vidas narradas. Me gustaría citar una sentencia que figura en boca de uno de ellos, y que dice así: «apartarse de la desvencijada carrera por sobrevivir».
Por tanto, este acto, tan merecido, es a la vez sorprendente e inesperado.
No cabe duda que uno de los principios de la crítica literaria cubana es su incuestionable falta de curiosidad. Buscar, correr riesgos, acercarse a un autor apenas conocido, descubrirlo, presentarlo a posibles lectores, no la entusiasma. Prefiere repetir lo sabido, y casi siempre con las mismas palabras y apreciaciones idénticas. Arriesgarse no se halla en el listado de sus pasiones. Suele parecer tal crítica tradicional y perezosa, que ha sido escrita por una sola persona.
La ya vasta obra de Rogelio Riverón, por razones diversas, es de clasificación difícil. He señalado la condición secreta de su personalidad de escritor: negarse a pertenecer a una escuela, a una tendencia, a un grupo, cualquiera que sea. Permanecer en la lejanía, en la creadora soledad, conviviendo con sus admiraciones literarias, escritores que casi todos han muerto. Según confiesa uno de sus protagonistas, con meridiana claridad: «una intrínseca disposición a no pertenecer del todo a nadie». Rogelio Riverón se ha cuidado del contagio con sus contemporáneos narradores de su generación, permitiéndole solamente a su escritura contaminarse de aquella parte de la vida que le interesa convertir en palabras. Indudable: su poética tiene una rara autonomía.
A sus varios libros de cuentos («Los gatos de Estambul», relato que me gusta destacar como verdaderamente excepcional, figura entre ellos), a su poesía, ensayos y artículos de crítica literaria, se unen hasta hoy tres novelas: la primera, Llena eres de gracia, 2003, y dos más, Bailar contigo el último cuplé, publicada cinco años después, en 2008, y una última hasta ahora, El tigre y la mansedumbre, 2014.
Por esta vez me ocuparé -tan solo brevemente- de narrar la impresión, solo esto, causada por la lectura de la primera de sus novelas, Llena eres de gracia. Esta vez ocurrió algo que no ha vuelto a ocurrir, al menos a esta escala y que yo conozca: Rogelio Riverón escribió dos veces la novela, y para cada versión escogió un título diferente. Mujer, mujer, llamó a la publicada en 1998 por Ediciones Capiro. Texto mucho más breve, que constaba de 67 páginas. La segunda versión o segundo texto posterior, al que llamó, como sabemos, Llena eres de gracia, apareció transcurridos cinco años, y no es necesario un cotejo minucioso para reconocer que la narración creció unas cuarenta páginas, añadidas al final de Mujer, mujer, páginas que significan un desarrollo y numerosas complejidades que transforman la primera versión en una obra superior. Terminada la lectura nos damos cuenta de que el segundo título implica, dada la conducta de la protagonista y su mentira sentimental, en las páginas agregadas, una ironía o mejor un violento sarcasmo. La gracia, de la que ella está llena, resulta un horror para el protagonista, que a todas luces padece un intenso amor por ella.
Esto en cierta medida es el centro irradiante de este libro: los amores frustrados, irrealizados, patéticos, levemente humorísticos, contados mediante una prosa irradiante, con incansables aciertos verbales, en la cual se mezclan -inesperadamente- un término común con un adjetivo inusual («se había dejado maniatar por un sueño impreciso», «una ventana enrejada por la que goteaba la luna», «despreocupación lastimosa», «chorreando una tristeza«, «los enredados sueños de los niños pobres», «poseía unos ojos solitarios y una bufanda blanca sobre los hombros», «fachadas apáticas» «calles de purgatorio»).
Tiene sus peligros esta manera, esta prosa casi de sabor modernista: cursilería e inutilidad, que Riverón sortea con frecuencia, si cae algunas veces, la mayoría sale triunfante.
Advierto: no quiero reducir esta novela a recursos estilísticos infatigables. El erotismo desesperado, la atracción incesante por el cuerpo de la mujer y del hombre, su misterio y extrañeza, la grandilocuencia burlona, las relaciones sexuales desmesuradas, narradas con insistencia y acierto, franqueza cercana al porno, si no fuera por el sarcasmo y la tristeza que las envuelve, no deben esfumarse ante el prodigio verbal con que han sido narrados. En sus páginas aparece la ciudad de Cienfuegos, la pobreza y el robo, los vendedores clandestinos, sus paseos y sus parques, la demencia de una madre abandonada, la relación traumática del protagonista con su padre, al borde del suicidio (relación que ha de repetirse con mayor fuerza en otra de sus novelas, El tigre y la mansedumbre), el doloroso exilio frustrado, reducido a tristes cartas impotentes, la absorbente presencia enigmática del mar y de la noche.
Cada materia novelística, para decirlo de algún modo, crea su propia manera de expresión. Creo que Riverón ha alcanzado el modo de estructurar su materia: excelentes diálogos, narración precisa, cortos capítulos, el pasado de sus personajes contado por ellos mismos, cortas y pequeñas acciones, presencia y manejo de las tres formas del tiempo, voz del personaje, prevaleciente en la narración. Todo esto mediante una eficacia verbal encomiable.
«Ella entonces se detuvo a mirarlo.
—Observa cómo sonrío para ti –le dijo–.
Debes saber que tratándose de ti me sale la sonrisa diferente, y por algo será,
Él no la creía. Ella se le encimó y lo invitó a leerle en los ojos. Después le tendió el cuaderno azul.
—Escríbeme algo, solo dos letras que me hagan feliz». Gracias por escucharme.
* Texto leído en el espacio El Autor y su Obra, dedicado a Rogelio Riverón.
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