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Celebración del no del siempre verde

Jamila Medina Rios
Antonio Herrada Hidalgo (Holguín, 1992): Un pino nuevo según la retórica martiana; más (por decisión propia) casuarina. Universitario, geógrafo, poeta. Mayor de edad. Voz que traspasa los 21 años (dejando atrás la frontera sacrosanta de Arthur Rimbaud, y también la vara con la que fuera medida la tamaña inocencia, la tamaña barbarie del fusilamiento de los 8 estudiantes de medicina, aquel 27 de noviembre de 1871). Varado en ese umbral, se pregunta suspicaz por el valor simbólico del verde que te quiero ver; negado a la etiqueta, al narigón con que enyuntan y parcelan desde antaño a las jóvenes promesas en la Isla, aunque a sabiendas de que aún le quedan otras líneas de fuego que cruzar: los 27 de los suicidas del rock&roll, y la marca de agua de los 35, más allá de los dulces estuarios de la AHS.
Su mirada (su savia) no afluye hacia el lomerío que es el altar de la palma gloriosa. Prefiere los campos de tiro, frente a los campos arados, donde asoman su espiga o su tronco amenazante las plantas invasoras de la patria que yo misma he enumerado en País de la siguaraya, y de los que me permito citar un matorral:
algarrobo de olor/ romerillo/ caña brava
caucho o castilla elástica/ golondrino/ casuarina/ cañuela/
marabú
jacinto y lenteja de agua/ espartillo/ cerraja
almendro de la India/ farolito chino/ caisimón de anís
yerba de guinea (panicummaximum)/ yerba de elefante
eucaliptos/ tulipán africano/ amor seco/ lengua de vaca
malva de cochino/ sauco amarillo/ verdolaga
escoba amarga/ pica-pica/ cundiamor[«Kurhotel
(La reforestación)»].
Desde la cubierta, donde alza su porte, entre el diente perro de la costa de Gibara, jíbaro, ese ejemplar de casuarina, Antonio Herrada se arma (se intitula) él mismo caballero de las huestes de las especies invasoras. Y nos referimos con el término a animales, plantas u otros organismos que afectan la composición, la estructura o los procesos de sistemas naturales o seminaturales, poniendo en peligro la diversidad biológica nativa; esos que se propagan sin asistencia humana en medios desequilibrados por el propio hombre, que se clasifican en autóctonos (nativos) o alóctonos (introducidos), y que por lo general no poseen contendientes naturales que controlen el crecimiento de su población. Ingeniero de ecosistema, el poeta repasa, pues, más que los soleados malecones habaneros, los arrecifes de otras bahías; o los muros en carne donde quedaron sembradas las balas de tantas ejecuciones coloniales. Así, más que pasar lista a Anacleto Bermúdez, Alonso Álvarez de la Campa, Pascual Rodríguez y Pérez, Carlos Augusto de Latorre, Ángel Laborde, Carlos Verdugo, Eladio González y Toledo, José de Marcos y Medina…, divaga entre los cuerpos de cuatro poetas «jóvenes» (si bien no tanto según los cánones del romanticismo incendiario y revolucionario). Y los hace pasar por las armas otra vez (desterrados, desternillados de risa, tuberculosos, fusilados en fin): con 35 años, José María Heredia (1903-1839) y Plácido: Gabriel de la Concepción Valdés (1809-1844), con 38 Juan Clemente Zenea (1832-1871) y con apenas 29, el mismísimo Julián del Casal, de quien también escribí en Primaveras cortadas: «De laca en los pliegues del kimono/ patinando el dibujo de las ramas y rebrotes del cerezo/ y de su tronco rojo vino brillante/ explotándole/ como la carcajada de un cuervo en plena boca:/ La Habana, 1893» («Cajas laqueadas antes de otoño»). Cuatro cajas laqueadas antes del otoño, cofrecitos destilados de un bosque no precisamente de pinos…
Instalado en los intersticios de un error literalmente monumental, como una lapa asechando en los entresijos de la roca, Antonio Herrada sonríe, la mirada despierta, para dejarnos ver/saber que nananina. Porque en el memorial que se alza para conmemorar la muerte contra natura de aquellos ocho estudiantes sobre cuyos cuerpos se supone que debimos echar raíces y dar fruto, no es pinar lo que cunde, sino, para ser exactos,casuarina equisetifolia. Ese árbol de propiedades nada épicas, astringente; que más que avivar juventudes, cura el acné juvenil; que menos que bélico, se asocia con las islas del Pacífico; que sin nacionalidad definida, si bien se sepa su origen, se ha dado en llamarle australiano, pero también de París. Por si fuera poco, al travestido de pino se le llama, árbol de la tristeza, y lo mismo roble de río y palo hierro que roble hembra, lo mismo palo res o roble toro que cola de caballo… Difundidas por el viento (anemocorias) sus semillas, hacen de él un sospechoso contumaz; más cuanto sus agujas (no precisamente punzantes) le dieron nombre al asemejarlo al áspero plumaje, que más bien parece pelaje, de un ave australiana del pleistoceno: el casuario, ese pájaro negro, grande y solitario, nunca volador, que se desplaza por las selvas lluviosas tropicales para poner sus huevos sobre el suelo boscoso, mientras se alimenta de animales, frutas caídas, hongos.
Las circunstancias avivan la tea incendiaria, confirman el no del siempreverde que se prefiere otoñal y que prefiere no sostener como atlas el futuro, que el mañana no se contemple a través suyo. Ni escudo ni punta de lanza. Ni LPV con la AKM en ristre. Ni semilla ni cielo protector. Desarticular, deshabilitar, desdramatizar, desarmar los escenarios en que hemos sido colocados para ser las piedras de toque del ara de los sacrificios nacionales. Apurar la edad para ser pronto el pabilo quemado y apagado, el yerro en el blanco, la ceniza; dejar atrás las lindes en que éramos potencialidad, inflorescencia («La frontera es una flor que alguien siembra a mis espaldas») y dar por fin la espalda al «bosque uniforme», para ser un ejemplar solitario (casuario, casuarina, polvo y no pólvora).
Desprendido de los apuntalamientos, me interesa cómo el poeta-geógrafo conecta sus voces, sus grafomanías (estas fotos que a veces se emparentan con las ilustraciones de un herbario) con las de otros hombres no precisamente tropicales (si bien sabemos que las latitudes y longitudes, los hemisferios, son esa líneas relativas, esos trazados políticos que se nos han impuesto, naturalizando como tantas otras las diferencias históricas y económicas…). Así, mientras me quedo esperando que despierte a Rubén Martínez Villena, Raúl Hernández Novás, Ángel Escobar o Juan Carlos Flores…, toca a la puerta mejor de otros a ratos longevos angloparlantes, exploradores a cuya obra ingente debemos las primeras muestras de flora australiana y también por qué no, la diseminación de la invasora casuarina: Matthew Flinders (1774- 1814), A Voyageto Terra Australis: Undertaken for the Purpose of Completing the Discovery of that Vast Country, presente; Robert Brown (1773-1857), con su Prodromus Florae Novae Hollandiae et Insulae Van Diemen, presente; e incluso el ilustrador austriaco Ferdinand Lucas Bauer (1760-1826), que le dio colores al asunto para que los volúmenes lograran venderse, presente.
Por otra parte, en el entrelugar donde se planta para parlamentar un jardín botánico mejor que un jardín de la infancia, un plantío diverso y no un pinar hierático, las disquisiciones de Herrada, diseminaciones también, entremezclan y superan política y botánica. Roza el papel moneda (hecho de celulosa, es decir de algodón) y las jerarquías por las que los héroes terminan eternizados, etiquetados también del 1 al 1000. En nuestro caso: Martí, el Che, Maceo, Gómez, Camilo, Calixto García, Céspedes, Frank País, por fin Ignacio Agramonte y apenas como marca de agua Celia Sánchez… rehuyendo orientaciones obligantarias, se trasvasa, se trasplanta, se destierra, pero pone oído a la música de la taladura, más estridente cuanto más ancho el tronco; y escucha el susurro asfixiado de la pata de gallina que pintó Gerald Herbert Holtom (1914- 1985) para representar el desarme nuclear y que ha llegado a representar la paz y con sus pululaciones de lo subversivo a la alienación al consumo un leve garabato llevado a veces sin conciencia de su origen.
La canción solitaria, que no solemne, de Antonio Herrada no constituye, pues, sino titilantes lullabies de alertas. Con la brevedad y la crueldad de las nanas, con la síntesis de las rondas infantiles o del Flag Information Code, se nos presenta, para espantar o atraer el insomnio como una pesadilla proteica. La casuarina se confunde con el pino. El polvo en las manos con la pólvora. El ruido del árbol, caído con el de la descarga cerrada del fusilamiento. Sin embargo, el poeta no parece confundido, aun relativizando coordenadas, su voz es meridiana, transfronteriza. Conoce la falsedad del verde y la cuchilla de Damocles de la poda. Pero tampoco quiere quedar para semilla. Por eso se abre, y aunque quiera derribar todo, por debajo, una savia sabia permanece alimentando algo que puede que no sepamos todavía que es, pero que nos defiende de la vegetal servidumbre de la sangre. Un viento fresco pasa. Se propaga la vida como sea, también por el agua, con los animales, con las explosiones. Así, desatado en una tierra de nadie, la especie invasora, que el poeta nos delata plantada nada menos que en la mente, irguiéndose al centro de nuestro imaginario, termina dando sombra también, sin presentar resistencia del medio, pacífica y rápidamente... Al abrigo de sus ramas, prospera un canto plural, heterodoxo, multicolor y hasta blanco y negro… Contra la tala y la bala, contra los que quedaron mudos frente al muro, y cuyos versos con suerte respiran sobre la piedra, o en el fondo de un bolsillo en un papel doblado en cuatro, en ocho, sino ramificados por el aire y otros puntos cardinales, diseminados, «fusilados» en boca de los amantes tímidos,risueños, burlando toda trascendencia, resuena este trino o sonsonete desestabilizador y lógicamente, movilizador… como esos árboles que llaman camineros
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