DIGO
Puedo seguir sembrada en la costumbre
de cosechar luceros y tristezas
y vestir, como siempre,
esta inquietud de todo que me abrasa
con un poco de lirio y de pereza.
Los caminos de sombra, fabricados
por mi manera insólita,
puedo cruzarlos todos
como si dentro nada me doliera,
aunque la sangre se me escapa toda
como una fiera huyendo de otra fiera;
aunque una rebelión de cosa pura
—paloma desalada, mansa oveja—
con apenas un soplo
le arrancara la piel a mi tigresa.
Puedo, digo,
ser la misma viajera
del único lugar que no ha existido;
llegar a él y echarme sobre el tiempo
para mi pobre sueño de tinieblas.
Puedo seguir en todo, pero
ahora sin ti le temo a mis fantasmas
y me preocupa no creerme buena.
NO PARECE LEJANO
Ávida la esperanza milagreando
alrededor del corazón,
lo vuelve un delicado pájaro sangriento.
Una a una las horas van como pequeños
predecesores de un desastre
hasta que llega
el desgarrado disculparse del amanecer.
Y así va el tiempo.
Parece que fue hoy. La mano,
igual a entonces
cerrada y temblorosa, apresa
solo el sueño que no tuvo,
siquiera sitio nuevo a donde ir.
LA SOMBRA
Si acaso un algo
pequeño, seco, elemental y duro,
como un mural de sombra incomprendida
ha de alzarse
entre la gente y yo.
De nuevo y para siempre
hago causa común junto a la sombra.
Ella no engaña nunca,
acude a su hora
con esta,
mi múltiple costumbre de no ser.
AVISO A LOS QUE VIVEN EN CANÁ
Canaenses:
Hasta que dios regrese
(si es que vuelve)
no habrá milagros.
Un poco de agua turbia
no puede ser torrente de buen vino,
ni un breve pez sin nombre
todos los peces que en la mar habitan.
Un pan es mucho pan
solo en sus manos.
En las nuestras
no llega ni a migaja entre los labios.
Así que, mientras vuelve, por si tarda,
hagamos redes, barcas,
ganemos tiempo
en la cosecha del trigo y de las frutas
y, sin apuros, démosle
a cada asunto el tiempo necesario.
ORACIÓN
Sea siempre en mí este viento
que me empuja hacia
el propicio sitio donde adquiere
la inmensidad de su color la sangre.
Sea siempre en mí,
repito, el viento
que me deja donde
es el cuerpo toda la mansedumbre
y el corazón
la única violencia.
ÁFRICA
Cuando yo te mencione
o siempre que seas nombrada en mi presencia
será para elogiarte.
Yo te cuido.
Junto a ti permanezco como el pie
del más grande árbol.
Pienso
en las aguas de tus ríos y quedan
mis ojos lavados.
Este rostro, hecho
de tus raíces, vuélvese
espejo para que en él te veas.
En mi muñeca,
vas como pulsera de oro
—tanto brillas, suenas
como escogidos cauríes para
que nadie olvide que estás viva.
Todo sitio al que me dirijo
a ti me lleva.
Mi sed, mis hijos,
la tibia oleada que al amor me arrastra
tienen que ver contigo.
Esta delicia de si el viento suena
o cae la lluvia
o me doblegan los relámpagos,
igual.
Amo esos dioses
con historias así, como las mías:
yendo y viniendo
de la guerra al amor o lo contrario.
Puedes
cerrar tranquila en el descanso
los ojos, tenderte
un rato en paz.
Te cuido.