II




Orlando era el más ágil de nosotros. Siempre descubría un rincón distinto y salía a la luz por el lugar menos esperado. Era negro, tenía los dientes grandes y separados, y hacía trampa en las bolas. En esa época hacer trampas estaba bien visto, era signo de astucia y de inteligencia. También bailar el trompo, danzar en ese círculo de tierra sin cruzar la raya, ganar en las postalitas, gritar la banca pierde y se ríe, el punto pierde y se va, colarse en el cine por la cortina de terciopelo rojo, subir a galerías y escupir hacia abajo, y engañar a Arsenio, el dueño de la Subida de Varona, con el truco de la moneda de dos centavos. Y desde luego, jugar a los escondidos y ganar, ganar siempre.
En ese tiempo, difuso y extraño, mientras se rumoraba a la hora de comer que había unos alzados en la Sierra Maestra, aquel barco que se iba destruyendo era también un sitio de reunión. Allí hablábamos, de noche o de día, de los platillos voladores y de la vida en Marte, el lejano planeta de nuestros sueños, y nos imaginábamos en una nave espacial, con escafandra y todo, volando a lo desconocido. Tito Bolaños nos prestaba muñequitos de Buck Rogers y los Titanes Planetarios, y queríamos lanzarnos en paracaídas sobre la Luna, sobre el planeta Mongo, y combatir a los hombres de arcilla y viajar con Taguarí a la selva del Amazonas.
La selva, siempre la selva.
Los gorilas y las serpientes boas nos quitaban el aliento, los enanos reductores de cabezas, los caníbales, los leones sedientos al pie de una pradera, y nosotros en una expedición, con cascos ingleses y fusiles de mirilla telescópica, como John Nelson y Jackie el Pecoso, y las jirafas con sus altos cuellos, y los mandriles amigos de Tarzán, y los templos ocultos de la diosa Kali. La selva, África, los planetas, el río Amazonas, nuestros grandes misterios y la televisión, que veíamos de tarde en el cuartel.
Bajábamos la loma de Purísima y nos reuníamos encima de La Kaba y mirábamos desde el precipicio el enorme solar que tenía un olor a turrón porque allí se botaban los desperdicios de la fábrica de dulces de Contreras. La Kaba, hacia abajo, con una zanja sucia y llena de agua que le daba la vuelta y las casitas minúsculas del reparto Gutiérrez. El pasto verde, verde, y los puntos luminosos del mediodía y el temblor en las piernas, y nosotros mirando el farallón, que era un riesgo de hombría y no un misterio. Cruzábamos despacio, haciendo equilibrio con los brazos, sin mirar hacia atrás ni hacia abajo, hasta llegar a un tubo de la cañería, el único asidero, el punto más difícil del viaje. Aquí empezaba la aventura, la nuestra, nuestra aventura de ganar o perder. El farallón se hacía más inclinado en lo adelante y terminaba a unos pocos metros en una mata de guásima, frondosa y enorme, cuyas ramas finales tocaban la punta del estrecho corredor de cemento.

Y luego el aire, el aire.
Corríamos hacia el vacío, temblando, con el miedo a caer, afincando los pies en todas partes, en un raro equilibrio, atraídos por la dura pendiente hasta alcanzar las ramas y gritar y deslizarnos de una vez por el tronco.
Ah, La Kaba, las mañanas enteras bajo el sol jugando a la pelota, la casa de lo alto que parecía un minarete árabe, los durofríos de la Niquereña, las bicicletas de Peraza y el paseo Adelaida donde había tantos pájaros que ensordecían, y los árboles de boliches rojos que se cruzaban por encima y tapaban el cielo. Y nosotros caminando en grupo, buscando cuevas de arañas y tesoros ocultos en los solares que no conocíamos, o en la acera del gremio de los panaderos, viendo la loma de Purísima con el primer barranco, el barco abandonado y las casas de tejas, y el sol sobre las torres de la iglesia, y el mar, y los cayos, moteados de verde.
Nosotros, solos, un mediodía, frente a un recio flamboyán de ancha copa, con las ramas dispersas en lo alto. Orlando está delante, oscuro, sudoroso, con la cabeza rapada. Tito a mi lado, con los labios abiertos, el pelo rubio que le cae en la frente, los ojos grandes, castaños, con algo de verde en el iris, y el árbol sin nombre, el árbol de la tierra que nunca habíamos visto. Detrás un cielo pálido y debajo la hierba de Guinea con sus espigas blancas, meciéndose, ondulando. Todo el rojo del árbol sobre nosotros en su ramaje luminoso y fino y el aire suave que traía su nombre en el ardor crepitante.
Días gastados y no recordados en el barco, en los bultos de avena del patio del cuartel, tras el órgano de los Borbolla por las calles de tierra, todos juntos, que fuimos boy scouts, que leímos a Homero y a Salgari en la biblioteca de los Lobatos, que estuvimos en La Demajagua cuando aún no era Parque Nacional, y vimos las catalinas del ingenio incrustadas en el tronco del jagüey; el dibujo caprichoso de las ruedas alrededor del árbol; que fuimos en camión a la Sierra Maestra, que fumábamos Gener con filtro en las oscuras y lluviosas noches. Tito y yo a solas, en su última casa en la ciudad, en la penumbra del atardecer, vestidos con blue jeans y con aquellas camisas de guinga que nos daban a los maestros en Educación, frente a un millar de hojas que Tito me acaba de conseguir para que pase en limpio mis primeros cuentos, en dos balances de pajilla, con los ojos aguados por el recuerdo de aquello que perdimos. Tito mueve la cabeza rubia, un poco más oscura que antes, mueve la cabeza con pesar y abre los labios para decirme algo, pero no se atreve, y mientras cae la tarde, y tomamos cerveza, se decide de pronto, me mira a los ojos y me dice:
–Pancho, me voy del país.
Estábamos los tres, aunque solo estuviéramos dos. También estaba el farallón, La Kaba, el flamboyán enorme cargado de flores, el colegio Bazán, la Cubanita y los árboles de boliches rojos del paseo Adelaida. Estaba el mar, la selva de los sueños, los gorilas y el planeta Marte. Estaba todo aquello que debía estar. Y está Tito, como el cadáver de Patroclo, insepulto y no llorado.
Entre los dos se hizo un largo silencio. Yo salí de su última casa, sabiendo que no lo vería nunca más, con el millar de hojas envueltas en un nylon y la cara mojada. Empezaba una fina llovizna, después un aguacero, luego el diluvio.


Continua...