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REFRESCO DE PANELA = GUARAPO CON LIMÓN
Evocaciones de la 17a Feria del libro de Bogotá

(
raúl AGUIAR)


IMAGÍNENME EN EL AEROPUERTO de Bogotá, acabado de llegar, muerto de sueño (la última noche en Cuba fue de total insomnio y en los aviones dormir es imposible), fumando como un poseso después de tres horas prohibitivas, constatar que no hay nadie esperándonos y que llevamos a retortero un montón de maletines, mochilas y cajas con toneladas de libros, desamparados en un país donde la probabilidad de un asalto a las doce del día es casi del 50 por ciento, o al menos es la paranoia con la que llega un novato a Colombia. Por suerte no tenemos que esperar demasiado. Viene un auto del motel a recogernos después de una llamada por celular y arrancamos. En el camino el chofer nos explica que los motociclistas están obligados a llevar un chaleco con los números de la chapa bien a la vista como medida obligatoria para evitar los sicarios en motocicleta. También que hoy, sábado, está vigente el sistema de pica y placa, o sea que solamente pueden salir los autos con una numeración determinada, y que esto se hace por la superpoblación de automóviles, para evitar los atascamientos. La medida no resuelve mucho porque entonces la gente se compra dos autos con diferente numeración y la medida no les afecta. En Bogotá no hay guaguas, solo minibuses que son obras de arte. Un millón de ellos. También el transmetro, una especie de camello colombiano, que tiene una avenida para el solo y se mueve a buena velocidad y por supuesto, sin tanta gente como los camellos cubanos. Hay tantas tiendas y fondas por todos lados que es imposible ver una fachada de pared limpia, todo está lleno de carteles y letreros y mucha publicidad.
Por fin llegamos al hotel Gran América y conocemos a nuestro anfitrión, Efraín Cifuentes, gran amigo de Cuba y un hombre tan serio como servicial. Me dan una habitación con el sueño de todo cubano: un televisor con sesenta y pico de canales. Estoy tan rendido que Julito me dice que se van para la Feria y yo le contesto que voy a dormir un poco. Un error. Me levanto y ya es de noche. Hace un frío como en Europa (nunca he ido a Europa, pero así me lo imagino). Los cubanos no han regresado y no lo harán como hasta las diez de la noche, me dice Efraín, porque seguro que después de cerrar el stand se irán a comer por ahí. ¿Y la Feria está muy lejos?, le pregunto. No, solo a tres cuadras. Entonces le pregunto como llegar y decido irme para allá.
Imagínenme. Yo en Bogotá, de noche, muerto de frío, con las manos en los bolsillos y regalándome en una ciudad donde la probabilidad de que te asalten es del 80 por ciento, (o al menos esa es la paranoia con la que llega un novato a Colombia), pensando en que estoy en un universo total de incertidumbre, y que estoy tan loco que tomé por un camino equivocado porque no veo a nadie y ya hace 15 minutos que estoy camino y no aparece la feria por ningún lado. Por fin veo a una pareja y les pregunto. Me contestan rápidamente y siguen con su andar apresurado. Luego comprendo que es a mí a quien le tienen miedo. Un muchacho me ve fumando un popular de la bodega y me pregunta si vendo baretos (marihuana). Ya entiendo el miedo de la pareja. Por fin llego a Colferias. Un alivio infinito. Hablo en la puerta, explico que soy un escritor invitado y me dejan pasar. El stand cubano está en uno de los peores lugares de la Feria. Bloque 3, segundo piso, al final, después de todos los stands de las universidades colombianas. Un stand pequeño, abarrotado, lo poco que nos podemos pagar sin caer en gastos excesivos. María Mederos, la directora de la Cámara cubana del libro haciendo malabares para conseguir más mesas y sillas. Al rato llega un cubano con su esposa colombiana y una niñita preciosa y me invitan a probar el café colombiano y una cerveza. Conversamos sobre Cuba y nuestros amigos comunes. Quedamos en vernos mañana en el lanzamiento de mi libro. A eso de las nueve cerramos el stand con papel precinta y salimos de la feria a buscar comida barata. El canoso nos lleva a una fonda cercana. Como no tengo dinero colombiano, María es la que me invita y nos decidimos por unos “sandwichs cubanos”. Los pongo entre comillas porque aquello no era ni un sándwich, ni cubano, ni nada. Horrible. Regresamos al motel, me bañé heroicamente y me acosté con toda la ropa debajo de todas las colchas y el sobrecama, a ver películas hasta que me quedé dormido. Así fue mi primer día en Colombia.
El día siguiente nos enteramos de que habían subido el precio de la entrada a la Feria casi al doble. Me dediqué a pasear por los stands, mi deporte favorito. Mirar libros sin poder comprarlos. Conocí a un periodista independiente colombiano, Jaime Torres, un hablador maravilloso, quien prometió conseguirme entrevistas en los principales medios de difusión de Bogotá. Ya por la noche, a la hora de la presentación, nos llegamos a la sala León de Greiff y nos dijeron que a última hora habían cambiado la actividad para otro lugar. Este otro salón estaba en un lugar laberíntico, llovía y ni siquiera el letrero estaba iluminado. Por supuesto y como era de esperar, solo vinieron dos gatos. Eso no se hace. Y como no se hace, protestamos. Se decidió entonces suspender el lanzamiento y presentar mi libro Figuras junto con la revista Tricontinental el viernes.
El resto de la semana lo repartí entre ir con Jaime a diferentes emisoras de radio y redacciones de periódicos a hacer entrevistas, conocer de Colombia, sus cosas buenas y malas, la corrupción de sus gobernantes y, por supuesto, de su vida (había estado en Cuba dos veces, antes y después de la Revolución, había sido un poco de todo, militar, marinero, fundador de periódicos y de emisoras radiales, era íntimo amigo de Pablo Armando Fernández y del náufrago del relato de García Márquez) y me confesó su sueño más querido: lograr el apoyo de las instituciones cubanas para inaugurar un busto de José Martí en Bucaramanga, su tierra natal y según él, la cuna de la independencia latinoamericana. La comida bogotana seguía sin gustarme mucho, pura comida basura, si acaso el pollo y la sopa, todo lo demás con demasiada grasa y mala elaboración. Recuerdo una pizza hawaiana (como la cubana pero con trozos de piña) que me destrozó el estómago por dos días.
Ya con un poquito de dinero colombiano (había logrado vender algunos de mis libros), pude darme el gusto de comprar otros, entre ellos la Rayuela de Cortázar y una Teoría de la novela, muy útil para mi trabajo. Visité la gran exposición audiovisual Presencias, dedicada a Julio Cortázar, un recorrido por toda su vida y su obra, a través de fotografías, fragmentos de sus textos y videos que me pareció en general un buen homenaje a ese gran escritor argentino.
Y por fin llegó el tan ansiado viernes. La sala estaba abarrotada. La presentación estuvo muy buena, solo que el presentador previsto nunca se presentó y Teresita tuvo que asumir ese papel. De todas formas salí contento, se me acercaron muchos jóvenes, les autografié mis libros y conversé un poco con ellos acerca de Cuba, sobre el centro Onelio y lo que se estaba escribiendo en estos momentos. Un grupo e muchachos me invitaron a ir a la Universidad Nacional a hablar sobre Cuba. Les contesté que por desgracia, al día siguiente ya me marchaba para Cali. Por supuesto, me quedé con ganas. No tuve oportunidad de conocer otros escritores, ni de interactuar más con esa parte de la juventud bogotana que como pude constatar, admiraba a Cuba y su Revolución.
Al día siguiente me despedí de la delegación cubana, de Efraín, Jaime y de tantos nuevos amigos y tomé un avión para Cali. Paco Rengifo, profesor de humanidades, un tío de mi novia Ariadna, había resuelto un espacio para dar conferencias y lanzar mi libro en varias universidades de allá. Paco y Rosalba, personas estupendas también, muy hospitalarias, me alojaron y se dedicaron a mí a tiempo completo.
La primera noche, cuando llegábamos a la casa, vimos un gran tumulto y la presencia de policías acordonando la zona. Habían asesinado a un “lavaperros” (un mandadero de los narcotraficantes) en la misma esquina. Tres casas más allá, había una fiesta con música salsa y las personas bailaban como si no hubiera pasado nada. Entonces descubrí la capacidad que tienen los seres humanos parta acostumbrarse a las situaciones más insólitas y violentas. Los colombianos han aprendido a vivir sus vidas rutinarias con la muerte al lado. En todos los rostros solo había curiosidad, nunca temor.
Di conferencias en tres universidades caleñas: la del Valle, Buenaventura y la de Santiago. La Universidad de Buenaventura es para los estudiantes de altos ingresos. Parece un hotel cinco estrellas, con canchas de fútbol, piscinas, un gran lago con fuentes, patos y hasta un cisne negro que costó su millonada de pesos. Para sus estudiantes la única preocupación es la carrera y no se habla de política ni hay graffitis en las paredes. La de Santiago es término medio. La Universidad del Valle es para los estudiantes de más bajos recursos. Un fuerte movimiento de izquierda, en la facultad de Derecho tenían una columna gigantesca dedicada al Ché y un busto de Camilo Torres. Por doquier se veían graffittis en contra del gobierno y a favor de las luchas revolucionarias. Jóvenes inteligentes, muy preparados y que me hicieron millones de preguntas sobre Cuba y nuestro sistema. Todos soñaban con visitar la isla.
Cuando llegué a la casa y puse el noticiero, me enteré de que cinco minutos después de habernos marchado de allí, un gran grupo e estudiantes habían hecho una manifestación de solidaridad con los obreros en huelga de ECOPETROL y habían sido reprimidos por la policía con gases lacrimógenos.
En fin, tres semanas intensas. Caminé por las calles, tomé taxis, buses y hasta el transmetro bogotano. En Cali, a pesar de que sentí mayor peligro y los secuestros y muertes estaban a la orden del día, las personas eran más cálidas, más parecidas a los cubanos. Perdí el miedo, conversé, escuché y conté cosas, hice nuevos amigos, fui al cine y a otros lugares interesantes y conocí personas maravillosas. La comida inmejorable, nada que ver con la de Bogotá. Observé también de una manera patente la injusticia social. En cada semáforo, en cada esquina, niñitos haciendo acrobacias o vendiendo chucherías para ganar unos pesos.
Mis anfitriones, Paco y Rosalba, se convirtieron en mis segundos padres, ya sé que tengo otra familia por allá. Me habría gustado conseguir la invitación de alguna universidad para regresar a dar algún taller pero no fue posible. Me habría gustado también interactuar con jóvenes escritores, participar de sus peñas y talleres, pero no hubo tiempo ni los contactos precisos. Regresé con la certeza de que nuestros pueblos son iguales en su esencia. Nos acercan muchas más cosas de las que nos alejan. Y no porque sean adictos al refresco de panela, que en esencia es guarapo de caña con limón. Tenemos los mismos sueños y deseos, problemas parecidos. Colombia es un país maravilloso y terrible al mismo tiempo. Pero lo más admirable es su gente. Te enseñan a vivir a tope, sin miedo a nada ni a nadie.



 

Julio 2004
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