LA NOVELA MODERNA
CÁNTICO DE PRETERIDOS
LISANDRO OTERO




En su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias, Günter Grass definió el papel de la literatura.
La historia está hecha de estentóreas partes triunfales y de derrotas a media voz, dijo, la vida privada
está siempre interrumpida por el quehacer histórico, por ello es importante que la literatura descubra
las intimidades de la historia y muestre cuanto ocurre detrás de la tribuna de las grandes ceremonias de
Estado, así se podrá apreciar lo grande como diminuto, lo sobrenatural como verdaderamente humano.
Quizás la mejor imagen de la función social de la literatura —afirmó Grass—, se encuentra en el
cuento de Andersen El traje del Emperador, donde la mirada inocente de un niño permite ver al Rey desnudo.
Los grandes anales de una nación se ven en su perfil profundo a través de los ojos del bufón de
la corte. Para Günter Grass la literatura da voz a los perdedores, a quienes no son protagonistas de la
historia. La literatura vive de las crisis y su función es profanar cadáveres, manifestó en su memorable
discurso. Al final, todos seremos culpables o víctimas, en última instancia la imaginación tendrá la palabra definitiva.
Al conmemorarse en Francia el bicentenario de Alejandro Dumas padre, sus restos entraron en el Panteón, sitio de descanso eterno de las grandes glorias de la nación francesa. Autor de Los tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo escribió obras que le otorgaron gran popularidad, pero no le dieron el reconocimiento de los intelectuales. Finalmente los huesos de Dumas fueron destinados a yacer junto a los de Víctor Hugo, a quien muchos consideran el más grande genio literario de Francia. El caso de Dumas se ha repetido muchas veces en la literatura: el autor popular que no es reconocido en su tiempo por sus pares, muere con el estigma de su notoriedad y solamente es admitido mucho tiempo después como una figura estimable en los círculos de la alta cultura. Así ha ocurrido con Balzac y Dickens.
En la historia de la imaginación humana no hay antecedente de un minucioso y leal registro de una época como el realizado por Balzac. "La historia de mi vida, solía decir, es la historia de mi trabajo". Fue un escritor obsesivo, incansable.
Con sus novelas tejió una red de caracteres, situaciones y temas de la sociedad francesa del siglo diecinueve con los cuales compuso La Comedia Humana, una incomparable visión de su tiempo. Karl Marx le admiraba extraordinariamente y confesaba que la lectura de Balzac era indispensable para entender la estructura de clases de aquella época.
Las técnicas y la estructura de la novela moderna se deben a su mente.
Balzac comenzaba a trabajar a medianoche y no detenía su pluma, mientras ingería cantidades inmensas de café.
Al alba llegaba el mensajero de la imprenta al cual entregaba las páginas producto de la velada y se iba a dormir. Se despertaba al mediodía para recibir al enviado de la imprenta que le aportaba las pruebas de galera. Corregía, entonces, no solamente las erratas, sino que hacía modificaciones de estilo para desesperación de sus editores que sufrían el alto costo de ese método. Entonces se iba a una sucesión de fiestas y saraos, comidas, bailes, cenas y visitas de cortesía. Disfrutaba esa intensa vida social, pero esa era, también, la cantera de su trabajo. Ganaba mucho dinero por sus derechos de autor pero también derrochaba sin límites. Uno de sus grandes problemas fueron las deudas que le abrumaron durante toda su existencia y de las cuales no logró librarse nunca. Sus novelas, que se distribuían en folletines, eran leídas por millares: fue el primer autor de "best sellers" de los tiempos modernos.
Balzac era un ferviente monárquico. Fue un instrumento inconsciente de su visión objetiva del mundo pues jamás pasó por su cabeza la menor idea revolucionaria. Pero su fiel realismo, su obsesión por el detalle vivido, por el testimonio de la vida corriente, lo convirtieron, a pesar de sí mismo, en un feroz fiscal de su tiempo. Su memoria fotográfica, su poder de observación le llevaron a ser, según sus propias palabras "un competidor del registro civil". No pudo vivir para ver su plan concluso, no obstante los diecisiete volúmenes que ocupan sus obras completas. Intoxicado por la incesante ingestión de café, y por los excesos de su vida social, murió a los cincuenta y un años sin haber podido ser electo —pese a su ambición—, a la Academia Francesa.
Charles Dickens ha sido censurado por su exagerado melodrama, su sentimentalismo y caótico discurso narrativo, pero fue el supremo novelista victoriano. Mantuvo una estrecha relación con su público y estaba atento al gusto imperante, alterando sus historias para complacer a las grandes masas de lectores. Los críticos más ilustrados le censuran que sus personajes constituyen más caricaturas que retratos y le achacan su búsqueda de frases efectistas para atrapar la fascinación de sus adeptos.
Los ciclos en que se mueve la literatura son causa de perpetuo asombro. Stendhal tenía la certidumbre de que su nombre desaparecería de la actualidad literaria para reaparecer después. "Seré leído en 1936", dijo un siglo antes. Así fue. Tras un olvido de decenios retornó con fuerza. Algo similar ocurrió con Shakespeare quien, tras ser un autor de moda en el siglo XVI, se eclipsó por completo durante dos centurias para ser redescubierto en el siglo XIX.

 

Continua...