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LO DIVINO EN LO COTIDIANO
MARILYN BOBES
La búsqueda de Dios, la purificación a través del amor terrenal y los espacios donde el poeta recorre la presencia de lo divino en lo cotidiano, pudieran ser algunas de las inquietudes más notorias en Éxodo, el poemario donde Jesús David Curbelo nos
propone una original y límpida radiografía de su yo.
Dividido en tres secciones que parecen pertenecer a tres libros diferentes, Éxodo tiene la virtud de la variación estilística a la manera en que la reclamaba Valery y con el evidente objetivo de adecuación de los contenidos poéticos a la forma de expresión más exacta.
De esta manera, la primera sección que lleva como título Lamentaciones retoma la espinela, más que la décima para ofrecernos una suerte de autobiografía íntima en la que el poeta se desnuda en una suerte de confesión que nos invita a transitar con él las arduas introspecciones que lo conducen a
una conversión muy particular, llegado a la edad de treinta y tres años.
Ser el heraldo que anuncia y nunca el juez que porfía, es el objetivo que conduce al poeta a esa revelación que al fin lo conduce al Señor, a la entrega absoluta con la que se confía a su voluntad. Décimas cultas las de Lamentaciones con cierto sabor de misticismo que en ocasiones recuerdan a Sor Juana
Inés o a San Juan de la Cruz.
Precedido por la evocación de Pedro Salinas y Constantino Cavafis, Cirios, la segunda parte del poemario, constituye un hermoso homenaje al amor con sus luces y sombras e incluso las cenizas que permiten al amante valorar lo que se construye muchas veces con intervención del dolor. Sólo el dolor, dice
Curbelo, cimenta firme el alma para la gravedad de la ventura.
Los poemas de Cirios valga la aclaración no por su tono espiritual excluyen esa carne que, como el poeta muy bien aclara, "por temor, por exceso, por fatiga, es lo único que importa".
Bellos, delicados, espirituales y sensuales a un mismo tiempo, los textos agrupados en esta sección son tal vez lo más logrado del poemario, donde la mesura prevalece sobre el desbordamiento y la sobriedad le otorga calidad de perfección.
Parques, la sección final del libro es tal vez la más conversacional y menos metafísica del volumen. En ella Curbelo juega a introducir lo cotidiano en ese paraíso personal que el poeta identifica con esos fragmentos de ciudades en los que tiene lugar la cópula, el contacto, la multiplicación.
Según Curbelo, "Dios habitó los parques desde el origen mismo de la inmutable eternidad del ser". Es por ello quizás que cada uno de los que retrata se pueblan de recuerdos, de reflexiones, de rememoraciones difusas e intemporales, para ofrecernos un reconocimiento de lo divino en lo tan humano
que rodea al transeúnte.
Escritos en largos versículos pero con la misma limpieza y economía de medios que utilizara en los textos de Cirios y de Lamentaciones, los textos de esta última sección parecen ajustarse a los requerimientos expresivos del autor en su afán por demostrarnos que el éxito es el éxodo, unirse al todo, que
es el uno.
De esta manera se llega hasta la Plaza de San Pedro en la lejana Roma, donde el peregrino no trata de maestro a Dios sino que se resigna al ardor de la catástrofe, afianza su fe en lo fugitivo que permanece y dura y da fin a este viaje que es en realidad la búsqueda de una conciliación, de
la unidad.
Éxodo es, sin lugar a dudas, uno de los libros más inquietantes y personales publicados en los últimos tiempos en Cuba. Un extraño ejercicio apuntalado por el domino del oficio y la derrota de la desesperación. Un volumen que el lector agradecer á por lo distinto y por lo enjundioso de su contenido.
Por los paisajes más sombríos del alma
YORDÁN REY OLIVA
Sepa usted, señor lector, que para nada pedimos que se nos comprenda. El alma se nos fue pudriendo junto con el cuerpo, deliciosamente. Sepa usted, que amamos el flagelo, la sodomía, ahorcar, ser
ahorcados... En las noches buscamos suculencias, porque con la noche se alimenta esta carne nuestra, osada, pútrida, sorda a nuestras voces, a las ajenas.
Pruebe, lector, a hollar con gusanos sus muslos, a beber semen, a ser un anciano que muere y cuya carne está irremediablemente viva, pruebe y verá que gustará ser uno de nosotros, regale lector, como
nosotros, su carne a los insectos.
Así coreaban los personajes de La carne de los insectos (Editorial Sanlope, Premio
"Manuel Cofiño" de cuento) de Ray Faxas, libro que pasea el espejo de Stendhal por los paisajes más sombríos del alma. Nos regala la historia deshojada, historia que
casi tomamos como nuestra, aunque ya hayamos cerrado sus páginas. Casi se llega a "asimilar" la depravación de los personajes, y me baso en una frase sacada del Paradiso lezamiano, "asimilar, en el
fondo, es dar respuesta". La carne se rebela, ofende nuestros sentidos, aún así seguimos hasta el final y es ahí donde está la trampa, somos ya cómplices, no podemos acusar de antinatural lo que aceptamos "ver" como testigos. La carne..., en su profundidad, trae a colación un tema ya tomado en la literatura: cito a H.G. Wells con La isla del doctor Moreau junto a El señor de las moscas de William Golding, donde la pérdida de los valores sociales provoca una hecatombe interna en sus personajes. La diferencia en los personajes de La
carne... es que estos aún están "aislados", son únicos y no comparten su "diferencia" con otros "distintos". En La carne de los insectos, los personajes están solos.
"Asombra la vocación de volver a contar historias cuyas reiteraciones golpean, descubren, ahondan". La editorial tunera pone a nuestro juicio este volumen de "estilo enfático y a ratos bukowskiano, cuentos depravados cuyos personajes se niegan a vivir en su carne de hombre".
Sepa usted, lector, que tampoco aceptamos condena, ya tenemos la nuestra, que es también de los insectos; sólo queremos decirle hoy, lector, cómo empezó todo y cómo seguirá más allá de estas páginas.
Continua...  |