Mario Martínez Sobrino
y sus figuras de tormenta
NANCY MOREJÓN


Uno de los menesteres más difíciles al ejercer la escritura, en cualquier género, es el de hallar un lenguajeexpresivo que casi siempre equivale a decir peculiar y, claro está, intransferible. Ese menester es el que inunda la expresión poética del libro Figuras de tormenta, de Mario Martínez Sobrino1, el cual obtuviera el Premio Nicolás Guillén 20042.
Continuador de esa línea de la poesía cubana (Florit, Brull, Ballagas) que Juan Marinello escogió llamar
poesía pura, Martínez Sobrino alcanza en este conjunto de poemas un raro encanto que se desprende
desde su primera lectura y nos hace adherirnos a lo que, por su parte, había declarado el poeta y narrador
Guillermo Rodríguez Rivera cuando apuntaba que éste:"es un libro de profundidad y de trascendencia,
con originalidad y perfección en la composición".
Considerado por la crítica nacional como un miembro de la generación que algunos estudiosos han querido
llamar "del cincuenta", Martínez Sobrino ha creado un sostenido cuerpo literario atendido por los más
firmes seguidores del oficio que son los poetas mismos y esos amigos lectores que, al final de cada edici
ón, vienen a dar fe por cuenta propia —y en tertulias privadas— de cómo los enriqueció tal verso, tal imagen, tal elipsis. De muchos años atrás data la experiencia poética para este autor cuya cultura literaria lo
conduce a leer con soltura varios idiomas que han enriquecidosu producción.
Figuras de tormenta se destaca por la coherencia de sus temas y el acabado de su forma mientras revela
a los lectores un universo intransferible transitado por lecturas que conforman su excelente factura. De
Mariano Brull a Luis Marré hasta Salvatore Quasimodo y Vinicius de Morães, pasando por Luis Cernuda y ciertos aleccionadores pasajes de la Biblia, el espectro de estos poemas nos acerca a un poeta en plena madurez, de gran selección de recursos estilísticos así como de una inesperada propuesta estética.
Depositario en primer término de la tradición poética de su idioma, Martínez Sobrino nos sumerge en una lectura sugerente que permanece en las retinas por determinados hallazgos, recreaciones, a través de
las cuales nos hace volver a visitar temas tan antiguos y socorridos como es el de la eterna rosa que cantaron
mucho antes el francés Pierre Ronsard y el chileno Vicente Huidobro. Todo un cúmulo de sabores y olores
se entrelazan para dejarnos palpar el hueso limpio de una expresión exacta que se convierte a veces en
canto bíblico, en balada amorosa. Descuella en este cuaderno, por su carácter inédito, un tema quizás ajeno a la obra de Martínez
Sobrino; un eros desbordante —que Enrique Saínz ha calificado como "un erotismo de los sentidos"— se
enfrasca en una lucha de contrarios, en busca de un origen ancestral y, por eso mismo, raigalmente cubano.
Es cuando el poeta, revoloteando sobre el gran tema del senegalés Léopold Sédar Senghor, reinicia y
voltea el célebre y hoy polémico tema del cuerpo, en particular, del cuerpo de una mujer negra.
El poemario confirma su hermosura mediante la bella edición que ha hecho posible la Editorial Letras
Cubanas al concebir y realizar un diseño finísimo que incluye el célebre cuadro El espíritu de los muertos
observa del pintor Paul Gauguin.

1 Poeta, crítico y traductor, Mario Martínez Sobrino (La Habana, 1931) ha publicado: Poesía de un año treinta y cinco (1968); Cuatro leguas a La Habana (1978); Tarde, noche, otro día (1982); Dueño del terror (1992); Largo verano (1995); Cabellera de un relámpago (1998) y Helechos (2001).
2 El jurado, para esta edición, estuvo compuesto por los poetas Teresa
Melo, Guillermo Rodríguez Rivera y Francisco de Oráa.





Una metáfora del mundo contemporáneo
FRANCISCO LÓPEZ SACHA

Aunque Armando Cristóbal Pérez ya era un autor reconocido dentro de la novela policial cubana, este libro, Las puertas del infierno también son verdes obedece a otra poética narrativa, en la cual, a mi modo de ver, el autor conserva un elemento de su etapa anterior que es el dato escondido, el efecto sorpresa, algo que no siempre podemos prever y que nos sorprende en el final del texto. Lo interesante de este libro es que va a narrarnos un fenómeno que vivimos los cubanos desde la perspectiva del mundo occidental, del mundo caribeño, y del mundo socialista, que fue el derrumbe de la Europa del Este. Armando Cristóbal hace un proemio, en el cual un viajero —como un narrador del siglo XVIII— ha dejado algunas crónicas sueltas sobre aquel desastre histórico y político, y este mismo viajero o un alter ego, está recomponiendo esos fragmentos en nueve historias. Cada una de ellas va a tocar un fragmento de ese mundo caído entre 1989 y 1991, entre el desplome del "Muro" de Berlín y la desintegración de la antigua Unión Soviética.
¿Qué me importa destacar de estas historias? Primero, el carácter de su manera de contar. Creo que el lector se va a enfrentar con cuentos que tienen un argumento, un desarrollo, un final. A mí personalmente,
como narrador, me gustan los cuentos que tengan argumento y que tengan una historia. Luego, se va a encontrar con que el narrador, muy hábilmente, le está dando una pista para luego darle otra. Y así le crea una peripecia muy inusual que —como decía Aristóteles— es siempre agradable para el lector. Y en tercer término, la cosmovisión del libro, los temas que el libro toca. Porque están tocados desde dentro, desde la
experiencia de una persona que vivió el mundo socialista y que vivió también su caída.
Y el juicio que estos cuentos emiten, es un juicio ético, un juicio moral sobre lo que aquel mundo significó. Es lo más importante, lo más resaltante —a mi juicio— en cualquiera de estas nueve historias. A aquel
mundo le faltó ética, le faltó razón moral, y muchos personajes se dejaron vencer, cayeron, se destruyeron porque no era un mundo moral, era un mundo donde la simulación, el engaño eran, digamos, la pauta para
seguir un ritmo burocratizado de la vida. Y esa misma burocratización los hizo sucumbir y perecer.
En el libro hay tres historias en particular, que naturalmente no voy a contar, sólo les recomiendo su lectura: "Pequeña música nocturna", sobre un encuentro familiar luego, evidentemente, de la caída del "Muro"
de Berlín; es una historia muy conmovedora. Otra historia es "Indagación junto a la catedral", que es la reflexión de un viejo luchador comunista ante la circunstancia de un desplome inesperado y brutal. Y por último, la historia que se denomina "Auto de fe", donde se ve la sinuosidad, digamos,
el carácter doble, que algunos de esos personajes que dirigieron o participaron en la dirección de aquellos procesos políticos, muestran ahora, una vez que ese mundo se ha caído.
El cuento que da título al libro parece un cuento de Cortázar. Ya no se refiere al mundo real, sino a una gran vitrina, a la vitrina donde se va "a tomar, a comprar, a vender". Y donde hay una enorme metáfora, no sólo
del campo socialista, sino una enorme metáfora del mundo contemporáneo, una metáfora de la globalización. Este es un cuento que también me llama la atención por el carácter metafórico de su enfoque.
Naturalmente, Armando Cristóbal está entrando en un terreno poco dúctil, pero para el cual tiene suficiente información y conocimiento de base, para desplegar un estilo natural, sencillo, donde predomina un
narrador en segunda persona, que va hablándole al lector como si conociera la verdadera sicología de los personajes, y luego remata el cuento con un guiño, con un impacto, con una conmoción, con algo que nos hace meditar y reflexionar.
Es un acierto, pues, que la Editorial Letras Cubanas haya dado a conocer esta mirada inédita sobre un fenómeno tan importante en la historia universal; y que haya hecho un trabajo tan orgánico en términos de
lo que yo llamo unidad poética de un texto.

Continua...