II



En la antesala del hacer absoluto el discurso crítico de Piñera (que contiene el gesto metacrítico de disentimiento) se pliega en su negación, cancela su trascendencia simbólica, para afirmarse en la inmediatez del sujeto que lo enuncia como objeto intrascendente y efímero, al tiempo que el sujeto (sujeto ahora de la renuncia, instancia que se hace visible, se afirma en nuestro discurso), como principio activo absoluto, se reserva un acto de creación pura; sin embargo, en el límite en que este se hace visible desde el más acá del discurso, la manifestación de este acto es conforme al de la renuncia que lo inaugura: este hacer pragmático es reconocible, como condición de ese discurso que se renuncia, ya en la oclusión del continuo del ser expresado (como negación absoluta, conclusión de cualquier expresión, renuncia última), ya como oquedad inefable (como apertura al hacer absoluto). En su ensayo “Contra y por la palabra” encontramos la afirmación siguiente: “De modo que acudamos al CORVISPOLJERE y arrojemos al TANEVOTE todas las palabras muertas” (Piñera, 1969: 267). “CORVISPOLJERE” y “TANEVOTE” son ese momento de oclusión que declara la risa o el horror ante la pérdida del sentido3 (ante la experiencia de franquear sus límites, a lo que hemos sido conducidos desde que, por la presencia del artículo, podemos reconocer en estas palabras a dos sustantivos, o sea, un principio de categorización e identificación), pero también son la oquedad que inaugura la experiencia positiva de ambos términos, su afirmación histórica en un decir que se vivencia como épica experiencia inmediata. La autenticidad de esta experiencia se practica primero como desgarradura, cuando la imposibilidad de la paráfrasis (el diferir hacia el sentido, posible un poco antes dentro de los límites del discurso) surte el efecto de una caída, de una mutilación esencial, la experiencia del espesor de la renuncia como finitud positiva y absoluta. No se trata del sentido inconcluso que busca el próximo significante que lo autorice, una falta que ha de saldarse en el futuro, como sutura, en el advenir del significante; se trata de un hacer signado por la finitud pragmática, “inteligible” en este primer momento de desgarradura, inscrita como huella somática, como herida. Sin embargo, en lo “absoluto auténtico” de esta experiencia esa falta no se experimenta, esa herida es indiferenciable. Hacer uso de términos como “desgarradura”, “herida”, etc., en los que se reconocería una extensión débil y que aluden (en la medida en que este grado de extensión les es adjudicado), más que a la fractura del discurso, a las acepciones que los vinculan al “cuerpo” –si puede así llamarse al semblante del que ha dejado de ser sujeto de la enunciación–; lejos de querer autorizarse en la crítica a un aparato exegético definido o canonizado (crítica que se afirma de facto), busca estrechar la distancia con los modos en que Piñera se ha dado a pensar,4 incluso más allá de su corpus crítico ensayístico que es el que aquí nos ocuparía inmediatamente. Tales términos sin embargo no aluden a lo sensible –a no ser de un débil modo sinestésico–, quieren más bien hacer visible el momento de la inscripción de una falta constitutiva, que se abandona ciertamente, pero que viene signada por la renuncia. Con ello conservamos una especie de “momento sujeto”, instancia investida en el “sujeto de la renuncia” al que daremos posteriormente justificación. Un cuento como “La Caída” (Piñera, 1944) hace que estas categorías se justifiquen ad hoc ergo propter hoc. Dos alpinistas caen por un precipicio. Esta no es la caída del desvanecimiento moral,5 sino otra que la precede lógicamente, pues aquí se señala eufemísticamente la inminencia de la pérdida del sentido. Al caer, los dos personajes (uno de los cuales es el narrador) se ven privados sucesivamente de diferentes partes del cuerpo. La desgarradura, la herida, son aquí ciertamente inmediatas como lesión física, mas al mismo tiempo su status se subvierte para adquirir la calidad simbólica que antes les señalábamos. Una distancia irrecuperable separa el cuerpo que se afirma (en los límites del discurso del narrador y ante los límites del sentido) del de la fragmentación física que lo niega: mientras ocurre esta fragmentación la voz del narrador sigue nombrándose a sí mismo por sus ojos y a su amigo por su barba. Sin embargo, si el narrador afirma esta unidad, no es su voz quien la niega, no es el agente que dota a esta desgarradura de una nueva calidad ontológica; de hecho él llega a afirmarse en la posterioridad del acto de fragmentación como la voz que relata; por tanto, la fragmentación física no niega en sí la existencia del cuerpo, en todo caso la “afirma” como fragmentación (para el dominio del discurso, de la inteligibilidad) desde el más allá de su existencia pragmática.6 Aquí, como antes, la conmutatividad es impracticable, ese más allá se coordina positivamente con el más acá del discurso que se “cura” de él. Esta “cura” (en el sentido heideggeriano del término) señala el hecho de tomarlo a su cargo. Sin embargo, al tomarlo a su cargo, tal como hacemos aquí, más que ejercer una acción discursiva de reconocimiento de una “zona inhóspita” para el dominio del discurso, se le muestra por y para este, como una función constitutiva, entendiendo por función no tanto la acción positiva del hacer pragmático sobre el discurso, como la condición “estructural” que la hace posible: esa oquedad a la que antes hacíamos referencia. El modo en que este hacer pragmático se muestra es la negación, con lo que se formula de hecho la paradoja de mostrar lo que se niega: al negar la persistencia de un cuerpo en el que se afirma por el narrador como resultado de la fragmentación física, el discurso sienta el principio de la unidad del cuerpo como condición de su inteligibilidad (del cuerpo y de sí mismo), afirmándolo primero, para reconocerlo después tautológicamente frente a su fragmentación. Preguntarnos, a propósito de este cuento, por “el pensamiento de Virgilio Piñera” implica especificar las condiciones de existencia de cada uno de los términos ante la circunstancia de esta interrogación, que supone la afirmación inicial de un pensamiento atribuido a una instancia determinada. Esta atribución reclama a “Piñera” (el que se enuncia, no el sujeto histórico), en primer lugar, como la instancia que media entre “un pensamiento” y “un cuento” a ella adjudicados. La atribución que se orienta al cuento como obra de ficción pretendería identificar al “pensador” con el cuentista, mediación que, si bien aceptada con respecto a Piñera sujeto histórico, es tácitamente negada en el acto de asignación de valores de verdad a los géneros discursivos que opone un Piñera del “decir recto”, al del “decir ficticio”.7 La ficción de Piñera se reconocería, de acuerdo con este paradigma de asignación de valores, ya como el discurso de un no-Piñera (y por lo tanto sería imposible establecer una mediación común entre el pensamiento y la ficción), ya como una negación absoluta, o bien como situada en el más allá del hacer pragmático, de donde preferimos rescatarla como discurso (incluso para que, en un segundo momento, concluyamos relegándola nuevamente a ese ámbito del hacer puro), no porque con ello postulemos una verdad superior (pues, como hemos visto, para hablar son necesarias las exclusiones), sino porque en nuestro caso tal exclusión estaría sólo fundamentada en un acto que buscaría cerrar el diferir de nuestro discurso con una acción cuya legitimidad no estaría garantizada más que por la arbitrariedad de una clausura pragmática. Recíprocamente la “recuperación” de la ficción de Piñera como pensamiento queda fuera de los límites de este trabajo: si la delimitación del corpus puede estar aquí parcialmente sujeta a criterios genéricos, no reconocemos que en esta distinción pueda manifestarse a priori ninguna correspondencia con otros tantos modos de pensar (o no-pensar). En este sentido, las discriminaciones genéricas en la elección del corpus suponen decisiones que se sitúan en una anterioridad pragmática a la enunciación de nuestro texto (no como discriminación genérica propiamente dicha sino como exclusión de textos), independientemente de que puedan concluirse correspondencias a posteriori, justificadas o no como resultado de la asunción por parte de Piñera de tales correspondencias. Estas correspondencias se harán notar en todo caso como la concurrencia en el espacio textual que es nuestro discurso de una manifestación del “pensamiento de Virgilio Piñera” y una denominación -extrínseca a este espacio- que nombra la zona de la obra de este autor a la que tal manifestación se ha hecho corresponder (su ficción, sus escritos de la década del 40, o sus colaboraciones en Ciclón, etc.). En estos términos acordamos que Piñera sea la instancia común del pensar y la ficción (de un pensar supuesto con anterioridad a cualquier distinción genérica). Por otra parte, la atribución que se orienta al pensamiento se ha manifestado aquí no en la exposición de un cuerpo positivo de creencias dentro de los límites del discurso sino en el movimiento desde la inicial disyunción afirmativa, que, a su vez, suscita la posterior afirmación por y para el discurso del sujeto de la enunciación en la renuncia (una deserción al discurso que es la negación del sujeto a la “cura”, a tomar a su cargo el mundo, pero que a la vez es sólo reconocible porque nosotros tomamos a nuestro cargo a ese sujeto como sujeto de la renuncia, nos curamos de él), afirmación de un sujeto por y para el discurso (el que lo toma a su cargo, ya no el que postula la distancia definitiva de sí mismo, enunciada por ese mismo sujeto) que es desde donde se reconoce luego la renuncia como un acto límite del discurso; pero también, desde donde se muestra el “sujeto” de la acción indiferenciada en el más allá del hacer pragmático reclamando ese acto de renuncia, esa desgarradura, para hacerse inteligible. Como en el relato bíblico es el poder del hombre de “decir que no” el que inaugura su historia y su reconocimiento: La méta-histoire de l'homme se dit désormais dans la dialectique sans fin du blasphème contre Dieu qui est la même chose que la mort et de la puissance incompréhensible et inépuisable du pardon.8 (Sichère, 1995: 74, 77)

 

Continua...