Premio Ateneo de Crítica Literaria 2005
Destrucciones
(Del pensar
en Virgilio
Piñera)
Pablo Argüelles Acosta
Confrontamos aquí el pensar de Virgilio Piñera.
Cifra y conclusión desde la “lúcida” posteridad,
mostrar cómo se obran conciertos, tentando el
mantra que exponga la unidad del individuo, primera
por prescripción del verbo que lo muestra
como destino infalible de los esclarecimientos del
objeto (“pensar de Virgilio Piñera”). Pero de lo que
aquí se trata es de cursar las vías en las que tales
seguridades encarnan, para encarnar al fin estas
vías en objeto. Tentemos entonces este ejercicio
del objeto a sus condiciones de inteligibilidad,
precisemos conceptos y destinos, destrucciones
al modo de Piñera, que contengan ese nervio de
“inestable estaticidad”:
[…] en “Las Furias” hay dos “momentos” que
expresan dos “movimientos”. Se pide al amor su
goce, pero viene enseguida el tema de la indecisión.
Inmediatamente se solicita a las Furias
este mismo goce pero también se teme la satisfacción,
la felicidad del goce prometido. Es, si tú
quieres, el tema de “El Conflicto”; el único tema
que me interesa; es mi teoría de las destrucciones…
(Piñera, 1941a: 273)
Esto comentaba, en carta escrita a Lezama
Lima, con motivo de la publicación de “Las
Furias”, sin embargo no tenemos referencias de
tales destrucciones, si no comisas, reveladas,
hasta la reciente aparición de un texto reflexivo
que permaneciera inédito, “De la destrucción”
(Piñera, s/f). Destrucción, en el momento de
franqueamiento por la asunción inevitable y
consciente del ineluctable contrario, punto
inefable de ruptura de ese “hilo de música o
indiferencia asistidora” que conserva el “principio
de seguridad” (:10). A él se opone el “principio
de destrucción” que Piñera establece en su
necesidad para el sujeto de desgarrada autenticidad:
“[…] dicha destrucción debe comenzar,
con toda necesidad, por un supuesto que será el
sustentáculo de toda la fábrica: tomará al ser en
proceso destructivo como ya de antemano destruido
a lo que más tarde sería su total y real
destrucción”; en este punto “[toda] la utilería de
la vida: pasiones, alegrías, temor, risa, simulación
y demás no serán, como se dice, experimentadas
al uso, o sea, humanamente sino idealmente”
(:11).
Buscamos, entonces, dar cuenta de la sacudida
conceptual supuesta en el curso de tal destrucción.
Seguimos el “lugar de pensar” de Piñera
–más allá de distinciones genéricas, pero privilegiando
los textos explícitamente críticos o ensayísticos–
como mise en abyme, apertura, oquedad
decimos, a la manifestación indiferenciada del
hacer, pero también, tentando equivalencias,
como oclusión, un cierre definitivo y puntual de
la posibilidad del discurso en la imposibilidad de
cualquier hacer en la negación. Hablamos de ese
más acá de la razón, un más acá del discurso que
contempla un más allá del hacer. Hablamos de
sus sujetos, uno de la renuncia, otro en su posterioridad
–clivage subjetivo–, del ser histórico, del
individuo, de “Piñera”, hablamos de nosotros que
hablamos. Sentamos flexibles horizontes de inteligibilidad,
pues no seguimos los textos en su
positividad histórica o su encadenamiento cronológico,
más bien cometemos (verdad de
Perogrullo) nuestra perspectiva hermenéutica,
que, sin embargo, “co-mete” al otro, aunque le
mida sus distancias. Después seguimos a Piñera,
escrutando lugares, desentrañando límites, revelando
los significantes que lo obseden: la poesía,
el teatro, la experiencia, modos de ser retóricos
frente a otros más auténticos, centro, vida,
acción… Las razones en que insiste pero también
dónde las revoca, que es el precio de situar y no
callar (asunción de método casi no falseable) el
inconstante fundamento del “sujeto histórico” en
el límite “último” en que tales razones adquieren
justificación.
Si aceptamos el criterio que les reserva a la crítica
y al ensayo un valor de verdad privilegiado y
que les garantiza una voluntad afirmativa con
respecto a los restantes géneros; cabría esperar
nuestro consentimiento en situar “al centro” de la
personal cosmovisión de Virgilio Piñera su labor
de crítico y ensayista, lo que equivaldría, recíprocamente,
a definir en estos términos al sujeto a
quien se les adjudica. Sin embargo, estamos lejos
de admitir pasivamente estas y otras conclusiones,
de fijar como principio de inteligibilidad
incontestado las exclusiones que ahí se practican
y los principios en que se fundamentan.
Tendremos en cambio que mostrar dónde se justifican,
pero también dónde carecen de validez, lo
que nos lleva, incluso, más allá del reconocimiento
implícito de esta perspectiva exegética en su
negación, a cifrar en otros modos la comprensión
de la labor de este autor, al tiempo que la labor
misma queda entendida como proceso –en el que
se incluye asimismo el papel de nuestra perspectiva
exegética, de nuestra distancia hermenéutica–
y no como el resultado pasivo (los textos) al
que se limite el análisis. Ese es el caso cuando nos
vemos forzados a reconocer que sólo el supuesto
de no afirmar: “el pensamiento de Virgilio Piñera”
en el acto mismo de su enunciación consigue
actualizarlo.
Esta distancia contradictoria, de la manifestación
a la inmanencia, que no consta en este caso
por la negación desde una perspectiva diacrónica
de un pensamiento supuesto unitario (lo que es
incuestionable), quedaba señalada en la obra de
Piñera como renuncia al pensamiento o apertura
positiva a un no-pensamiento. Sin embargo, se
trata ahora de nombrar esta instancia que rehuye
su posibilidad de existencia en su constitución,
pero sin negarle una voluntad de sentido, un
modo de afirmarse, como Piñera pudo haber pretendido:
Su labor de ensayista y crítico, al igual que la
de poeta, quedó colocada por el propio Piñera,
en la dimensión total de su obra, en un segundo
o tercer lugar. […]. Desconfiaba de las ideas,
de los sistemas ideológicos, de los supuestos de
toda crítica literaria. Solía decir que terminado
cualquiera de sus textos, podría escribirlo al
revés, afirmando lo contrario, y que resultaría
igualmente válido. (Arrufat, 1995: 40-41)
La adjudicación por el sujeto de la enunciación
de un no-ser a nivel de la inmanencia, sólo consigue
un aparente rechazo del ser de su discurso, pues
este se afirmaría entonces, por su manifestación, no
como no-ser sino como finitud pragmática; he
aquí el peligro de seguir consecuentemente estas
renuncias. Así, el rechazo por el propio autor de
esta zona de su labor intelectual, corre el riesgo
de comprometer toda una dimensión esencial en
la articulación de su discurso, la dimensión cognoscitiva.
1 Puesta esta dimensión en cuestión, el
autor, entendido como sujeto de la enunciación,2
quedaría señalado como sujeto de un hacer pragmático
(la propia enunciación inclusive) que
toma en el límite la forma de apertura indiferenciada,
pero que queda señalada desde el discurso
de la renuncia, porque es desde aquí y sólo desde
esta instancia que este hacer puede gozar de ese
status. El más allá del hacer pragmático no puede
definirse intrínsecamente como tal pues se coordina
positivamente con el discurso que lo define;o sea, el hacer pragmático sólo puede “pensar”
tal discurso como otro hacer pragmático que le
es contiguo: la conmutatividad es impracticable.
Continua... |