FRASEOLOGISMO
E HISTORIOGRAFÍA:
LA CONEXIÓN CUBANA



Ambrosio Fornet

 



Leyendo una amena y desenfadada historia de España1 advertí que esos rasgos estilísticos –tan distantes por no decir tan impropios del género– se expresaban mediante recursos que imprimían a la narración un fuerte tono de oralidad e inmediatez. Uno de ellos era el uso reiterado de giros fraseológicos, lo que generaba efectos humorísticos similares a los suscitados por las desubicaciones y los anacronismos a que nos acostumbró la estética posmoderna. Al distanciarse del discurso propio de la historiografía tradicional, esa estrategia discursiva producía un “extrañamiento” y por tanto, paradójicamente, una identificación del lector no especializado que quedaba atrapado como una mosca en las cálidas mallas del coloquialismo. Era obvio que el historiador se había empleado a fondo en la doble tarea de tomar distancia con respecto a su objeto de estudio –se trata, en efecto, de una obra crítica y documentada– y de borrar distancias con respecto a los lectores no especializados (el libro aparece como texto de “divulgación” y desde su mismo título declara cuál es su tono y el tipo de lector al que se orienta). La operación resulta ser un éxito: por obra y gracia de la astucia comunicativa –o, si se prefiere, de la imaginación verbal–, no es raro que lo histórico, aquí, se perciba como contemporáneo, el pasado como presente. Un ejemplo sencillo: refiriéndose a la Córdoba del siglo X y a la fama de Bagdad en esa época, el autor nos dice que esta última ciudad era entonces “el centro cultural más prestigioso del islam, el lugar al que acudían estudiosos de todas partes a cursar sus masters”. Otro: la futura Isabel la Católica es descrita a los dieciocho años, en vísperas de su boda con Fernando, como “una chica menuda, rubia, de cara redonda, ancha de caderas y con cierta tendencia a engordar”, que con un ojo puesto en el trono, además, lograba capear las intrigas palaciegas haciéndose “la mosquita muerta”. Y otro, que resumo, sobre el comienzo de la dinastía borbónica en Francia: el país estaba dividido en dos bandos irreconciliables, católicos y protestantes. El Borbón que aspiraba al trono francés era protestante. Y viendo que el todopoderoso Felipe II apoyaba desde Madrid a los católicos, se dijo: “¿Qué quieren? ¿Que reine un católico? Pues se hace uno católico y en paz. París bien vale una misa”. (Como puede verse, fue esa salida la que hizo pasar a la historia universal del oportunismo –y a nuestro propio arsenal fraseológico– el nombre de su desfachatado autor, Enrique IV.) A medida que avanzaba en la lectura y veía crecer el repertorio de dichos y modismos, se me hizo evidente que podrían dividirse en tres categorías: los que habían pasado intactos a nuestro acervo lingüístico –y eran, por tanto, patrimonio común–, los que habían pasado con modificaciones, por pequeñas que fuesen, y los que resultaban ser desconocidos entre nosotros, tal vez para los lexicógrafos, inclusive. Huelga añadir que este ejercicio siempre tendría un carácter lúdico de ser acometido –como en mi caso– por aficionados carentes de autoridad tanto en esta como en las demás disciplinas lingüísticas. Me pregunto si los propios especialistas no se verían en aprietos ante un juego semejante, porque hasta donde sé, la fraseología como sistema no es fácilmente codificable,2 supongo que por su estricta dependencia de los contextos espaciales y temporales en que se perpetúa y se renueva, sobre todo a través del habla popular. Dos de las acepciones del término –que según Corominas procede del inglés y no ingresó a nuestra lengua hasta mediados del siglo XIX– subrayan esa diversidad de origen aludiendo a los posibles emisores individuales y colectivos; por una parte, fraseología –dice el DRAE– es “el conjunto de modos de expresión de una lengua, grupo, época, actividad o individuo”, y por la otra, es el “conjunto de frases hechas, locuciones figuradas, metáforas y comparaciones fijadas, modismos y refranes existentes en una lengua, en el uso individual o en el de algún grupo”.3 Eso abre un amplio margen de error a la hora de establecer paralelismos, así que no conviene aceptar sin reservas el criterio que determinaría en cada caso la confección de las dos últimas listas (frases modificadas y desconocidas). Entre nosotros, expresiones que aún podían oírse antaño con frecuencia, como “los niños hablan cuando las gallinas mean”, por ejemplo –la forma más vulgar de reprender al niño que intervenía sin permiso en la conversación de los adultos– parecen haber desaparecido del ámbito familiar, aunque, pensándolo bien, es posible que nunca circularan fuera de las zonas rurales..., duda que abarcaría a otros giros refranescos de la misma procedencia, como por ejemplo “poner la carreta delante de los bueyes” (precipitarse, adelantarse a los acontecimientos). Y a propósito, me pregunto si todavía serán de uso común las pullas con que los insidiosos parientes solían atormentar a aquellos muchachos introvertidos que siempre parecían estar “en Babia” o “en la luna de Valencia”, o pensando “en las musarañas” o “en la inmortalidad del cangrejo”. 4 En fin, a lo que iba. La categoría más numerosa –aquella de los sintagmas que han pasado sin cambios al acervo criollo o, más exactamente, a lo que consideramos nuestra norma culta– tiene poco interés, puesto que revela una línea de continuidad que se da por descontada. Del centenar de casos disponibles podría entresacar algunos botones de muestra, desde las locuciones que el hablante emplea como simples muletillas (“algo es algo”, “vaya usted a saber”, “a todo esto”, “lo que son las cosas”...), hasta los giros fraseológicos del tipo “lo uno por lo otro”, “a sangre y fuego”, “el qué dirán”, o “de mal en peor”, pasando por frases proverbiales como “mantenerse en sus trece”, “ir viento en popa”, “salir el tiro por la culata” o “no dejar títere con cabeza”. La segunda lista –la de las diferencias– sería más interesante si pudiéramos atribuirle un grado mayor de estabilidad, pero en general es un conjunto lábil, expuesto como está a la acción doblemente corrosiva del tiempo y las circunstancias, sobre todo en lo que concierne a la comunicación oral. Hecha la salvedad, pudiéramos armar una lista –bastante reducida, por cierto– con frases como “estar en mantillas”, que para nosotros sería “estar en pañales”, “hilar delgado” (“hilar fino”), “arrojar la toalla” (“tirar la toalla”), “el saber no ocupa lugar” (“el saber no ocupa espacio”), o “arrimar el ascua a su sardina” (“arrimar la brasa a su sardina”). A ellas cabría añadir algunas en desuso, propias del lenguaje escrito, que fueron sustituidas por otras totalmente diferentes pero con el mismo valor semántico (digamos, “jugarse el todo por el todo” en vez de “poner toda la carne en el asador”), o bien el caso contrario, frases que nunca se incorporaron o simplemente desaparecieron del habla criolla, como “a la chita callando” (disimuladamente), “con el belfo caído” (desanimado), o “no hacerle ascos a nada” (aceptarlo todo sin reparos). Como puede verse, esta segunda lista se traslapa con la tercera, aquella en que la fraseología no facilita sino, por el contrario, entorpece la comunicación: los momentos –escasos, eso sí– en que el autor recurre a un lenguaje localista o sectorial que para nosotros es chino. Mejor dicho, que sin dejar de ser reconocible y, por analogía, descodificable, visto desde este lado del charco parece un tanto exótico. Así como a aquel viejo campesino español le resultaba incompresible que los franceses llamaran fromage al queso, sí a nosotros nos sorprende oír decir que a X la cultura “lo traía al fresco” o que a Y lo hospedaron “a mesa y mantel”, o que sería insensato “dar capotazos a toro pasado” o “cruzar un erizo con un pez”. En este sucinto inventario habría que incluir también alguna perla del refranero local, como por ejemplo, “mejor camellero en África que porquero en Castilla”. La conexión cubana que quisiera establecer, a propósito de la Historia de España contada para escépticos, tiene dos aristas que apuntan, de un lado, al uso colectivo y del otro, al uso individual de la fraseología en nuestro medio, este último representado por un caso semejante al de Eslava Galán. El colectivo no hace más que confirmar un rasgo ya aludido del corpus: su inestabilidad o, si se quiere, su vulnerabilidad. De los casi quinientos ejemplos recogidos por Zoila Carneado en La fraseología en los diccionarios cubanos, cerca de las dos terceras partes parecen haber caído en desuso, sobre todo en el curso de los últimos cincuenta años.5 El autor cubano cuya actitud se asemeja a la del español –o viceversa, puesto que aquel precede a este–, es Raúl Roa, quien parte de premisas ideológicas similares en lo que atañe a la función desmistificadora del género (el mismo talante, por lo demás, del lector que al toparse con una evidente falsedad histórica comenta, entre irritado y resignado, que “así se escribe la historia” queriendo decir, justamente, que así no debiera escribirse). Un estudio de la fraseología en Roa –su habilidad para mezclar lenguajes de distinta procedencia, el dictamen con el modismo, lo burlón con lo solemne– sería tarea de la estilística genética y probablemente terminaría revelando lo que ya se sabe desde los tiempos de Buffon, que el estilo es el hombre. En el caso de Roa se trata de una prosa desmelenada que incorpora todos los recursos del alegato tradicional, pero sazonándolo con dicharachos asociados al sarcasmo y el choteo. Un buen ejemplo sería esa parte de la biografía de su abuelo mambí 6 –a quien, dicho sea de paso, sus amigos consideraban “un tipo de ampanga”–, en la que Roa trata el gran tema de su propia generación, la traumática experiencia colectiva simbolizada por la Enmienda Platt. Fue ella la que contribuyó a establecer en 1901 el escenario en que se desarrollaría el conflicto triangular entre el presidente de los Estados Unidos, William McKinley, el Generalísimo Máximo Gómez y los improvisados legisladores de la Asamblea del Cerro, estos últimos encargados de negociar con el primero la retirada del ejército interventor y la proclamación oficial de la República. Roa asegura que McKinley, dándose cuenta de que su plan sobre la Isla no era cuestión de “soplar y hacer botellas”, decidió “atajar la candela” cortejando a Gómez a espaldas de los asambleístas. Cuando el Viejo, que obviamente “no había calado en la gandinga” de los yanquis, cayó en la trampa “como mansa paloma”, McKinley se percató de que lo demás era “pan comido”. Los asambleístas emplazaron a Gómez y este, como buen cascarrabias que era, se limitó a responder con un exabrupto: “Yo me limpio con la Asamblea”. La frase selló el destino inmediato de la Isla y abrió la brecha por la que se colaron los esperpénticos personajes de la Gran Farsa de la República; a partir de entonces –concluye Roa–, “el pitiyanqui de cuello blanco, automóvil a plazos, empaque de ringo rango y club social de medio pelo abundará como la verdolaga”, y además, al amparo de “la ley del embudo del imperialismo”, muy pronto la Isla se verá invadida por “una turba de negociantes y mercaderes de toda ralea, dispuesta a adueñarse hasta de la farola del Morro”. Puesto a contar la historia sin pelos en la lengua, Roa encuentra en la fraseología un instrumento de comunicación infalible. Es evidente que el tono coloquial y el humor resultante contribuyen a reforzar la función ideológica del texto, el alcance de su denuncia.

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1_ Juan Eslava Galán: Historia de España contada para escépticos. Madrid, Editorial Planeta, 2004 (Col. Divulgación/Historia).

2_ Cf. Zoila V. Carneado Moré: La fraseología en los diccionarios cubanos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, n. 22, 1985, pp. 7–26 y 124.

3_ La tercera acepción incluida en el DRAE se relaciona con esa diversidad, pero en sentido negativo: es “conjunto de expresiones intrincadas, pretenciosas o falaces. A veces, palabrería”.

4_ Debo el recordatorio al pintor Ramón Alejandro.

5_ La autora trabajó con cinco obras de consulta (el Diccionario provincial de voces cubanas, de Esteban Pichardo, el Vocabulario cubano, de C. Suárez, el Léxico mayor de Cuba, de E. Rodríguez Herrera y Un nuevo catauro de cubanismos, de Fernando Ortiz), las que abarcan una muestra amplia y representativa, pero forzosamente limitada de casos. Téngase en cuenta, además, que como fenómeno social el lenguaje no cesa de reflejar los cambios que se producen en la conciencia colectiva, especialmente radicales y constantes en nuestro medio a partir del triunfo de la Revolución. Piénsese en la cantidad de fraseologismos racistas, por ejemplo, que desde entonces cayeron en desuso o sólo se emplean solapadamente.

6_ Cf. Raúl Roa: Aventuras, venturas y desventuras de un mambí. Pról. de A. F. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1970.