De lo espiritual
en el arte
Vassili Kandinsky (Moscú, 1866-1944 )
Cualquier creación artística es hija de
su tiempo y, la mayoría de las veces,
madre de nuestros propios sentimientos.
Igualmente, cada período cultural
produce un arte que le es propio y que
no puede repetirse. Pretender revivir
principios artísticos del pasado puede
dar como resultado, en el mejor de los
casos, obras de arte que sean como un
niño muerto antes de nacer. Por ejemplo,
es totalmente imposible sentir y
vivir interiormente como lo hacían los
antiguos griegos. Los intentos por
reactualizar los principios griegos de la
escultura, únicamente darán como
fruto formas semejantes a las griegas,
pero la obra estará muerta eternamente.
Una reproducción tal es igual a
las imitaciones de un mono.
A primera vista, los movimientos del
mono son iguales a los del hombre. El
mono puede sentarse sosteniendo un
libro frente a sus ojos, dar vuelta a las
páginas, ponerse serio, pero el sentido
de estos movimientos le es ajeno
totalmente.
Hay, a pesar de esto, otra igualdad
exterior de las formas artísticas que se
asienta en una gran necesidad. La
igualdad de la aspiración espiritual en
todo el medio moral-espiritual, la
aspiración hacia metas que, perseguidas
primero, fueron luego olvidadas;
es decir, la igualdad del sentir interno
de todo un período puede llevar lógicamente
al empleo de formas que en
un período anterior sirvieron positivamente
a las mismas aspiraciones. Así
nació parte de nuestra simpatía, nuestra
comprensión y nuestro parentesco
espiritual con los primitivos. Como
nosotros, esos artistas puros buscaron
reflejar en sus obras únicamente lo
esencial: la renuncia a lo contingente
apareció por sí sola.
A pesar de su valor, este punto
importante de unión espiritual no es
más que un aspecto. Nuestro espíritu,
que después de una larga etapa materialista
se halla aún en los inicios de su
despertar, posee gérmenes de desesperación,
carente de fe, falto de meta y
de sentido. Pero aún no ha terminado
completamente la pesadilla de las tendencias
materialistas que hicieron de
la vida en el mundo un penoso y
absurdo juego. El espíritu que empieza
a despertar se encuentra todavía bajo
el influjo de esta pesadilla. Sólo una
débil luz aparece como un diminuto
punto en un gran círculo negro. Es
únicamente un presentimiento que el
espíritu no se arriesga a mirar, pues se
pregunta si la luz es sólo un sueño y el
círculo negro la realidad.
Esta duda y los sufrimientos aún
válidos de la filosofía materialista,
separan nuestro espíritu del de los primitivos.
Nuestro espíritu tiene una
grieta, que cuando se logra tocar, produce
el sonido de un fino jarrón quebrado,
hallado en el fondo de la tierra.
Por eso, la inclinación a lo primitivo,
como la que hoy tenemos abiertamente
tomada en préstamo, será de corta
vigencia.
Estas dos clases de semejanzas
entre el arte nuevo y las formas de
etapas pasadas, son radicalmente
diferentes. El primero es externo y, por
lo tanto, no tiene porvenir. El segundo
es espiritual y por eso lleva en sí la
semilla del futuro. Tras la etapa de la
tentación materialista, en la que aparentemente
murió y que, sin embargo,
ahora rechaza como una tentación
negativa, el alma se levanta afinada
por la lucha y el sufrimiento. Los sentimientos
más burdos, como el miedo,
la alegría, la tristeza, etc., que podrían
usarse en esta etapa de tentación
como contenido del arte, atraerán
poco al artista. Este buscará despertar
sentimientos más sutiles que en la
actualidad no tienen nombre. El artista
tiene una vida compleja, sutil, y la
obra surgida de él originará necesariamente,
en el público capaz de sentirlas,
emociones tan matizadas que
nuestras palabras no las podrán manifestar.
El espectador es hoy incapaz, salvo
en excepciones, de tales vibraciones.
Desea hallar en la obra de arte una
simple imitación de la naturaleza que
le sirva para algún fin práctico (el
retrato en su significado corriente,
etc.), o una imitación de la naturaleza
que traiga consigo cierta interpretación
(pintura impresionista), o finalmente,
estados de ánimo disfrazados
de formas naturales (lo que se llama
emoción).1 Todas estas formas de ser
auténticamente artísticas, cumplen
una finalidad y son (también en el primer
caso) alimento espiritual, y especialmente
en el caso tercero, en el que
el espectador encuentra una relación
con su alma. Naturalmente, tal relación
(o re-sonancia) no se queda en la
superficie: el estado de ánimo de la
obra puede profundizarse y modificar
el estado de ánimo del espectador. En
cualquier caso, estas obras evitan que
el alma se envilezca y la sostienen en
un determinado tono, como el diapasón
con las cuerdas de un instrumento.
Sin embargo, la depuración y la
extensión de este tono, en el tiempo y
el espacio, son unilaterales y no agotan
todo el efecto posible del arte.
Una construcción grande, muy grande,
chica o mediana, dividida en diversas
salas. Las paredes de las salas llenas
de cuadros chicos, grandes,
medianos. A veces miles de pinturas
que reproducen por medio del color
trozos de naturaleza: animales en luz
y sombra, tomando agua, junto al
agua, echados sobre la hierba; a su
lado, una crucifixión realizada por un
artista que no cree en Cristo; flores,
figuras sentadas, caminando, paradas,
a veces desnudas, muchas mujeres
desnudas (algunas vistas en perspectiva
desde atrás); manzanas y bandejas
de plata, retrato del Consejero N;
anochecer; dama en rosa: platos
volando; retrato de la baronesa X;
gansos volando; dama de blanco; terneros
en la sombra, con manchas de
sol amarillas; retrato de su excelencia
el Sr.; dama en verde. Todo esto se
halla impreso en un libro; los nombres
de los artistas, los nombres de los
cuadros. La gente tiene estos folletos
en la mano y va de un cuadro a otro,
busca y lee los nombres. Luego se va,
tan pobre o tan rica como entró, y se
deja absorber inmediatamente por sus
preocupaciones, que no tienen nada
que ver con el arte. ¿Para qué vinieron?
Cada cuadro guarda misteriosamente
toda una vida, una vida con
muchos sufrimientos, dudas, horas de
entusiasmo y de luz. ¿Hacia dónde va
esta vida? ¿Hacia dónde busca el alma
del artista, si también se entregó en la
creación? ¿Qué anuncia?
Iluminar las profundidades del corazón
humano es la misión del artista,
dice Schumann. El artista es un hombre
que lo sabe dibujar y pintar todo,
dice Tolstoi.
De estas dos definiciones sobre la
función del artista elegimos la segunda,
pensando en la exposición descrita
anteriormente; con mayor o menor
habilidad, virtuosismo y energía, surgen
en el cuadro objetos relacionados
entre sí por medio de la pintura, más
tosca o más fina. Esta armonización
del todo en el cuadro es el medio que
conduce a la obra de arte. Esta es
mirada con ojos fríos y espíritu indiferente.
Los expertos admiran la factura
(así como se contempla a un equilibrista),
gozan la pintura (como se goza
con una empanada).
Las almas hambrientas se van hambrientas.
La muchedumbre camina por las
salas y encuentra las pinturas bonitas
o grandiosas. El hombre que podría
decir algo no ha dicho nada, y el que
podría escuchar no ha oído nada.
Este estado del arte se llama l'art
pour l'art.
La eliminación de los sonidos internos,
que son el ser de los colores, la
dispersión de las fuerzas del artista en
la nada, es el arte por el arte.
A través de su habilidad, fuerza
inventiva y emotiva, el artista desea la
recompensa material. Satisfacer su
ambición y su codicia se alza como su
destino final.
A cambio de un trabajo profundo y
solidario entre los artistas, aparece la
lucha por estos fines materiales. Todos
se lamentan de la excesiva competencia
y la excesiva producción. Odio, partidismo,
camarillas, intrigas y celos son
los resultados de este arte materialista
al que se ha robado su sentido.2 El
espectador se aleja tranquilamente del
artista, que no le encuentra sentido a
su vida en el arte sin fines, sino que
busca objetivos más importantes.
Comprender es formar y aproximar
al espectador al punto de vista del artista.
Ya dijimos que el arte es hijo de su
tiempo. Un arte así sólo puede repetir
artísticamente lo que está reflejando
nítidamente la atmósfera del momento.
Este arte, que no guarda ningún germen
del futuro, que es sólo hijo de su tiempo
y que nunca crecerá hasta ser engendrador
de futuro, es un arte castrado. Tiene
escasa duración y moralmente muere en
el instante en que desaparece la atmósfera
que lo ha originado.
El otro arte, capaz de evolucionar, se
basa también en su época espiritual,
pero no sólo es eco y espejo de ella,
sino que contiene una energía profética
vivificadora que actúa amplia y
profundamente. La vida espiritual, en
la que también se halla el arte y de la
que el arte es uno de sus más fuertes
agentes, es un movimiento complejo
pero determinado, traducible a términos
simples, que conduce hacia adelante
y hacia arriba. Este movimiento
es el del conocimiento. Puede adoptar
muchas formas, pero en el fondo mantiene
siempre un sentido interior idéntico,
el mismo fin.
Son oscuras las razones por las que
todo movimiento progresivo y ascendente
debe realizarse con el sudor de
la frente, con sufrimientos, malos
momentos y penas. Cuando se ha concluido
una etapa y se ha superado otro
escollo del camino, una mano perversa
e invisible arroja nuevas piedras que
parecen cerrar y borrar por completo
el camino por el que se andaba.
Entonces aparece un hombre parecido
en todo a nosotros, pero que tiene
dentro de sí una fuerza visionaria y
misteriosa. Él observa y enseña. Por
momentos desea liberarse de ese don
superior que a menudo es una pesada
cruz. Pero no puede. A pesar de las
burlas y los odios, lleva hacia adelante
y hacia arriba el pesado y reacio carro
de la Humanidad que se detiene entre
las piedras.
En algunas ocasiones, cuando no
queda ya nada de su ser físico en la tierra,
se usan todos los materiales para
reproducirlo ya sea en mármol, hierro,
bronce o piedra. Como si representara
algo el cuerpo de estos servidores del
hombre, mártires casi divinos, que
despreciaron lo físico y sólo valoraron
al espíritu. El recurso del mármol
demuestra que una gran multitud ha
llegado finalmente al lugar que en su
día ocupó el ahora homenajeado.
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1 _Lamentablemente se ha abusado también
de esta palabra, que describe las intenciones
poéticas de un alma viva y artística, y finalmente,
se la ha tomado a burla. Pero, ¿ha
existido alguna palabra que la muchedumbre
no haya tratado de profanar?
2_ Las excepciones, escasas y aisladas, no cambian
este sórdido y funesto panorama; se
trata además de artistas cuyo credo es el arte
por el arte. Sirven a un ideal superior, que
finalmente no es más que la dispersión sin
objeto de su fuerza. La belleza externa es un
elemento formativo de la atmósfera espiritual,
pero al margen de su lado positivo (ya
que lo bello es bueno), tiene el defecto del
talento no aprovechado hasta el agotamiento
(talento en el sentido evangélico).
Traducción: Elisabeth Palma
Ilustración: Michael-Ann Belin.