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¿Qué significa para ti escribir? ¿Un placer,
una necesidad, un medio de comunicación, una
forma de ser creador?
Escribir no siempre constituye un placer. Quien
haya pasado 16 horas seguidas en el último verso de
un soneto, que al cabo se va al cesto en parábola de
pluma, acaso me comprenda. Sabemos –qué carcajada–
que lo lúdico es lo agónico.
¿Por qué escribimos? Hace poco leí esta pregunta
en un artículo publicado por Teresa Melo.
Interrogación que en boca de la autora de El vino
del error cobra anchuras escalofriantes. ¿Y si al
morir no nos acuden alas? ¿Y si un día descubro
que no existe el poema? ¿Y si después de tantas
palabras no sobrevive la palabra? ¿Por qué escribimos?
O lo que es más terrible, ¿para quién?
¿Crees en la utilidad o la función estética o
cognoscitiva de la poesía? ¿Tiene para ti también
una función social?
Creo, con Martí, en la utilidad de la virtud.
Cuando al peso de una cruz el hombre vivir resuelve
sale a hacer bien lo hace y vuelve como de
un baño de luz. El poema es un simulacro de
salvación. Nadie podrá salvar con un soneto a
quien dispuso ya su trago amargo. Dudo que el
enorme Cesar Vallejo –perdonen la tristeza–
haya disminuido en un ápice la nervazón de
angustia que acorrala a esa bestia inmemorial
denominada homo sapiens. No obstante, la poesía
vislumbra lo que ni el más potente telescopio
consigue entrever; explora lo impalpable,
documenta el minúsculo temblor de los filamentos
más recónditos. El hombre está urgido
de poesía. Cuando el hombre se acerca a la
poesía, la poesía se acerca al hombre.
¿Cómo ves la situación del género poético
en Cuba y en el mundo en general?
En realidad no te puedo hablar del mundo, porque
desconozco lo que actualmente se escribe en
Córcega, Cerdeña y Sicilia. En lo que respecta a
nuestra querida islita, no sé qué decirte: ahí están
Heredia, Martí, Lezama… Se ha hablado mucho de
los ochenta, temporada ciertamente feraz, pero en
los noventa se publicaron excelentes libros, incluso
por autores de aquella, digamos, generación. Ahora,
en pleno XXI, las posibilidades son insospechadas,
hay quien ha publicado en lo que va de siglo cerca
de quince libros. Esto no quiere decir que todos los
cuadernos editados alcancen cotas equiparables a
Las altas horas, El lobo y el centauro, País de hojaldre,
Synergos o Consumación de la Utopía.
La publicación de malos libros no debe mirarse
como un hecho catastrófico. No puede concebirse
un movimiento literario
sin la existencia de malos autores que, al
fin y al cabo, casi siempre son excelentes
lectores. ¿No hubo malos poetas en la
generación del 27? El peor rimador anhela
ver sus octosílabos publicados alguna vez.
Hasta los vanguardistas de Alamar, tan desdeñosos
de la obra impresa, se nos aparecen con
su beligerante fonograma.
Continua...  |