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II
Hacia la segunda mitad de la década del noventa, otras conmemoraciones
alentarían la actividad historiográfica; en este
caso los centenarios del inicio de la Guerra de Independencia y la
caída de José Martí, en 1995, y tres años después –1998– el de
la intervención norteamericana que dio término a aquella contienda
y liquidó el imperio colonial español. Por tratarse de acontecimientos
que se anudan en torno a un mismo proceso, estas
conmemoraciones propiciaron la continuidad –y el mayor alcance–
de las investigaciones, cuyos resultados también se vieron
favorecidos por una reanimación de la actividad editorial. Los
problemas clásicos de aquella etapa histórica –el estado y perspectivas
de la guerra al producirse la intervención de Estados
Unidos, las motivaciones de esta, las tendencias dentro del movimiento
independentista, etcétera– fueron colocados una vez más
sobre el tapete, para examinarlos a la luz de nuevas fuentes
–tanto cubanas como españolas y norteamericanas–, en un
esfuerzo de revisión cuyo resultado más abarcador y sobresaliente
es la obra de Rolando Rodríguez (1998). Mientras unos autores
reanimaban viejos puntos de controversia –R. Cepeda (1898),
G. Placer (1998), R. Rodríguez La O (1998)– o rescatan relevantes
piezas documentales –E. Leal (1992), en otros–, resulta evidente
el interés por esclarecer zonas mal conocidas del acontecer, como
la conducción del Partido Revolucionario Cubano tras la muerte
de Martí (I. Hidalgo, 1999) o reexaminar ciertos antecedentes y
movimientos alternativos como el autonomismo, sobre el cual
consigue ahora ver la luz una monografía escrita años atrás por
Mildred de la Torre (1997). Resulta además apreciable la intención
de situar los problemas en un amplio contexto, bien sea
indagando sobre los nexos sociedad–política (M. C. Barcia, 1998),
o guerra y economía –considerados por Fe Iglesias (1999) en una
bien informada monografía sobre la transición de la manufactura
a la industria en la producción azucarera–, o también en la
determinación de la influencia política de los intereses económicos,
como lo ensaya Oscar Zanetti (1999) con un estudio que
contribuye al análisis causal del conflicto y la transición finiseculares
desde la perspectiva de la dimensión internacional de dicho
proceso. Precisamente en este último sentido inciden los trabajos
de Sergio Guerra (1999), R. González Patricio (1998), S. Morales
y A. Sánchez Andrés (1998) y Rafael Rojas (2000), quienes exploran
distintas facetas en el trasfondo diplomático del proceso
independentista.4 Como cabe esperar, la historia militar es uno de
los géneros que se beneficia de las conmemoraciones, que en su
caso se extienden a lo contemporáneo, pues coincidían en 1998
las celebraciones del treinta aniversario de las principales victorias
del Ejército Rebelde en la lucha contra la tiranía de Batista.5
Al igual que en otras esferas, aquí se aprecia la reiteración de
algunos asuntos tradicionales –por ejemplo, las expediciones,
retomadas por César García del Pino (1996)–, a la vez que el interés
por abrirse a nuevos temas como la inteligencia militar (R.
González Barrios, 1990), la logística (R. Izquierdo Canosa, 1990 y
1998), o las operaciones navales (G. Placer, 1997), así como un
novedoso intento por aprehender el fenómeno bélico desde el
lado social (Y. Díaz, 1996 y 1998). Otro sector que se reanima al
calor de las conmemoraciones es la historia de las ideas, dentro
del cual, tanto en trabajos breves como en algún ensayo, se manifiesta
interés por destacar el rol fundamental del discurso emancipatorio
en el desarrollo del pensamiento cubano; las realizaciones
de mayor alcance en este campo continúan, no obstante,
dedicadas a personalidades, y no sólo a la de Martí, sino también
a Félix Varela, sobre quien Eduardo Torres-Cuevas (1995) publica
una profunda y enjundiosa monografía.
Muchos de los artículos escritos por historiadores cubanos en
torno a la contienda final por la independencia y el conflicto del
98, están dispersos en las páginas de revistas y libros colectivos
publicados no sólo en Cuba, sino también en otros países.6 Una
evaluación rigurosa del significado historiográfico de lo producido
en la isla al calor de las conmemoraciones requeriría un examen
detallado de tales publicaciones, pues en ellas se abordan temas
como los de la identidad y construcción nacionales, las actitudes
intelectuales frente a los acontecimientos de fin de siglo o la dinámica
tradición–modernización, cuyo tratamiento no llega a alcanzar
envergadura monográfica. Sin embargo, aun si nos mantenemos
en un plano de mayor generalidad, no resulta aventurado
afirmar que lo más significativo en cuanto a las proyecciones historiográficas
de la bibliografía examinada es su creciente énfasis
en el aspecto social de los problemas que investiga. Dos obras, a
nuestro juicio, ilustran con claridad esta tendencia, una es Herida
profunda (F. Pérez Guzmán, 1998), el primer estudio de cierta profundidad
en torno a la reconcentración de la población civil por el
gobierno español durante la Guerra de Independencia y, la otra,
Una sociedad en crisis: La Habana a finales del siglo XIX –de María
del Carmen Barcia (2000)–, que analiza, como lo indica su título,
la situación social en la capital cubana durante los últimos meses
de aquella contienda. Esa “socialización” del discurso histórico se
deja sentir también en muy diferentes ámbitos temáticos, pues en
la historia económica, la investigación más trascendente de la
década, una monografía sobre el sector industrial orientado al
mercado interno debida a María Antonia Marqués Dolz (2002),
aborda el problema colocando un énfasis muy especial en las
características y el papel del empresariado.7 Similar tendencia
puede apreciarse en el estudio de Mercedes García (2000) sobre la
explotación de plantaciones azucareras por la Compañía de Jesús
en el siglo XVIII o en un tema de tan convencional apariencia como
el desarrollo del complejo de fortificaciones habanero en aquella
misma época, para cuya investigación Francisco Pérez Guzmán
(1997) toma como eje los problemas del financiamiento y de la
fuerza de trabajo empleada.
Y no se trata de indicios aislados, pues dentro del amplio
espectro temático de la llamada “historia social” se insertan, en
medida creciente, las novedades de la historiografía cubana.
Algunos temas inéditos de la historia urbana y del modo de vida,
del imaginario o de las mentalidades colectivas, así como las primeras
aplicaciones del enfoque de género, comienzan a confluir
con los trabajos acerca de la cuestión étnica, las estructuras y los
movimientos sociales –entre otras líneas ya “establecidas”–, en
una dinámica que acrecienta paulatinamente el campo de investigación.
En esta tendencia participan autores muy destacados,
como Jorge Ibarra (1995) –con un abarcador acercamiento
estructural a la sociedad republicana– o Gloria García (1996), que
valiéndose de testimonios de los propios esclavos traza un singular
panorama de las conductas de estos para hacer valer sus
“derechos”, y también otras figuras ya conocidas como Carlos
Venegas (1990), Ernesto Chávez (1991), Gabino La Rosa (1991) y
Lohania Aruca (1993). Incluso temas más convencionales dentro
de la historia cultural son objeto de novedosos acercamientos,
como lo testimonian el estudio de Ambrosio Fornet (1994) sobre
el libro y la actividad editorial en los siglos XVIII y XIX, la historia
de la educación debida a Enrique Sosa y Alejandrina Penabad
(1997) o el estudio de Zoila Lapique (2002) sobre la litografía.
Una consideración particular en este contexto debe hacerse de
los aportes realizados por la más reciente promoción de historiadores
cubanos. Salidos de las aulas universitarias a finales de los
años ochenta y principios de los noventa, estos investigadores
iniciaron su vida profesional dentro de las difíciles condiciones
económicas ya aludidas, lo cual retrasó sin duda la publicación de
sus primeros trabajos. Por lo general receptivos respecto a las
concepciones y procedimientos en boga a escala internacional,
jóvenes autores como Oilda Hevia, Blancamar León, Marial
Iglesias, Manuel Barcia, Julio C. González y Ricardo Quiza –por
mencionar sólo algunos– han orientado sus investigaciones hacia
áreas poco exploradas de la historia social, como las mentalidades,
la simbología cívica o ciertas pautas pedagógicas, así como
a formas encubiertas de la resistencia esclava, el movimiento
feminista, las fiestas populares o la marginalidad. Con los resultados
por ellos obtenidos, se han hecho presentes en el escenario
historiográfico las acciones, creencias y condiciones de existencia
de la gente común, ciertas facetas apenas exploradas de la conciencia
social, así como sutiles procedimientos de lucha y de
dominación, entre otros asuntos que enriquecen y renuevan
nuestras imágenes del pasado.8
Las innovaciones no se circunscriben, desde luego, a la esfera
de la historia social; ya cuando finaliza esta etapa de análisis
aparecen los primeros trabajos sobre historia ecológica –R. Funes,
1999 y 2001–, una prometedora línea de trabajo si se tiene en
cuenta la magnitud de los problemas ambientales en la historia
cubana. El influjo de las tendencias mundiales también se percibe
en el énfasis narrativo de ciertos textos históricos. La narración
había conservado una visible presencia en la historiografía
de las décadas precedentes, pero desempeña un papel determinante
en los trabajos con que Newton Briones (1998 y 1999)
reconstruye interesantes episodios de la lucha contra la dictadura
de Gerardo Machado. El estilo narrativo predomina también en
otros libros que tratan el proceso revolucionario con marcado
acento testimonial, tanto entre algunos dedicados a los años 50
–J. M. Cuesta (1997) y A. Hart (1997), por ejemplo– como en los
que cubren acontecimientos posteriores (A. Núñez Jiménez, 1998
y 1999 y L. Buch, 1999).
 
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