Isla en la Historia.


Oscar Zanetti

 

OSCAR ZANETTI nació en La Habana en 1946. Es doctor en Ciencias Históricas. Ha publicado, entre otros títulos: El proceso de la investigación histórica, Caminos para el azúcar, en colaboración con Alejandro García, Premio Elsa Goveia de la Asociación de Historiadores del Caribe, Los cautivos de la reciprocidad, Comercio y poder. Relaciones cubano-hispano-norteamericanas en torno a 1898, Premio Casa de las Américas por el Centenario de 1998 y Las manos en el dulce, Premio 2004 de la Academia de Ciencias de Cuba. Publicamos un fragmento de su libro Isla en la Historia, recién editado por Unión, obra en la que el autor, como señala Sergio Guerra Vilaboy, nos descubre los presupuestos teóricos y metodológicos con que ha sido escrita la historia de nuestro país –en particular durante el siglo XX– poniendo ante nuestros ojos su intencionalidad social, política e ideológica.

“Marcha de la nación cubana hacia el futuro”.Basamento del monumento a Máximo Gómez, proyectado por el escultor Aldo Gamba e inaugurado en 1935



La última década


La desaparición de la Unión Soviética y el bloque socialista europeo al iniciarse la década del 90 tuvo un tremendo impacto sobre la sociedad cubana. El país vio cómo se cortaban de improviso sus principales vínculos comerciales y financieros, mientras Estados Unidos recrudecía los esfuerzos para ahogar el proceso revolucionario. Junto a la acelerada caída de los indicadores económicos y el visible deterioro de las condiciones sociales, la crisis presentaba también otro cariz, que a los efectos de este análisis resulta el más importante; al quebrantar realidades que se creía irreversibles, el giro histórico cuestionó los fundamentos del paradigma marxista y proyectó la crisis hacia el ámbito ideológico y cultural. La búsqueda de nuevas fórmulas económicas y los reajustes políticos, tuvieron que acompañarse entonces de una reconsideración de los supuestos culturales del proyecto revolucionario. Así, a la vez que el marxismo pasaba su experiencia por el tamiz de la crítica, la Revolución cubana se afincó en los valores autóctonos acentuando los tintes nacionalistas de su discurso en persistente confrontación con los Estados Unidos. En las nuevas circunstancias la Historia de Cuba recupera su entidad como disciplina en los distintos niveles de enseñanza, proceso que había comenzado desde finales de los años ochenta como parte de la llamada “rectificación”. Las bases institucionales de la historiografía también experimentan cambios; se reorganizan centros de investigación, se amplía la red de museos y archivos, mientras que las necesidades de conservación patrimonial y el auge del turismo impulsan la difusión del esquema de las oficinas de historiadores de ciudades a casi todas las capitales de provincia. Las organizaciones gremiales surgidas en la década anterior –Unión de Historiadores de Cuba y las sección cubana de ADHILAC, así como la de Historia, en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba–, al igual que las instituciones académicas, aumentan la frecuencia de las conferencias profesionales y se reanudan los Congresos Nacionales de Historia, aunque muchos de estos empeños se verifican en condiciones de una severa penuria, que llega incluso a paralizar durante algún tiempo la gestión editorial. La presencia de la historia nacional y las invocaciones patrióticas se hacen casi cotidianas en los medios de difusión y ganan por igual espacio en el discurso político, el cual convoca a la resistencia en el espíritu de Baraguá y proyecta hacia el presente el valor simbólico de la protesta que pronunciara Antonio Maceo al finalizar la Guerra de los Diez Años –entre otros hitos de la gesta independentista–, movimiento a cuya influencia no permanecerá ajena la historiografía. La desaparición del “campo socialista”, por otra parte, facilitó el avance de la tendencia hacia el incremento de los contactos culturales y académicos con otros países, que había comenzado a esbozarse en los 80. Con más de una década de retraso, los historiadores cubanos entraban en conocimiento del post–estructuralismo, la microhistoria, los métodos y concepciones de los llamados “terceros Annales” y otras corrientes de la historiografía mundial, por más que las carencias materiales constituyesen una seria dificultad para esa actualización informativa.1 La ausencia –ya señalada– de síntesis históricas capaces de recoger los resultados investigativos de las últimas décadas, fue uno de los problemas fundamentales heredados por esta etapa. Tras la creación del Instituto de Historia de Cuba en 1987, dicha institución convocó a un nutrido grupo de especialistas para llevar a cabo la redacción de una historia general concebida en cinco volúmenes, la cual fue redactada, en su mayor parte, durante un lapso bastante breve. Pese a que las diferencias de criterio entre los autores resultan perceptibles, esta obra (Instituto de Historia de Cuba, 1994-1998) descansó en fundamentos teóricos comunes y un plan bien definido, lo cual le permitió salvar con bastante decoro los problemas de coherencia tan frecuentes en los grandes proyectos colectivos. Los procesos políticos, económicos y sociales, tratados con cierta profundidad en los tres tomos publicados, se engarzan también de manera apropiada para ofrecer una lógica del desarrollo histórico de la sociedad cubana, que representa de por sí un progreso apreciable respecto a cualquier síntesis precedente. Sin embargo, la periodización adoptada, así como el desigual espacio concedido a cada etapa, la presencia todavía pobre del sujeto popular y, sobre todo, el superficial tratamiento de los procesos culturales, constituyen claros indicios de que esta es todavía una obra de transición. Lo peor, por otra parte, es que ese proyecto permanece inconcluso, al igual que otra síntesis de más directa utilidad docente –E. Torres–Cuevas y O. Loyola (2001)– concebida al finalizar la década. 2 En medio de adversas circunstancias económicas, el quehacer historiográfico de los noventa se vio animado por importantes conmemoraciones. La primera de ellas, el V centenario de la presencia europea en América –o del “encuentro de culturas”, denominación eufemística adoptada para el tradicional “descubrimiento”– no motivó tantos trabajos en torno al acontecimiento en sí o a su polémica interpretación, como sobre las inmigraciones hispanas en Cuba, en gran medida por el manifiesto interés de instituciones españolas en promover publicaciones sobre el tema.3 De tal suerte, convergieron en este asunto investigadores con mayor o menor experiencia en la materia –Jesús Guanche (1991a y 1991b), Coralia Alonso (1991), entre otros–, y también historiadores consagrados, como fuera el caso de Moreno Fraginals (1993), que con su análisis del aporte demográfico derivado de los desplazamientos de contingentes militares españoles a Cuba, develó un novedoso ángulo del fenómeno migratorio.

Continua...