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El espejo en el espejo:
un laberinto
Michael Ende
MICHAEL ENDE nació en Garmisch-Partenkirchen (Alemania),
en 1929. Su padre, el pintor surrealista Edgar Ende, fue censurado
por el régimen de Hitler y el propio Michael comenzó a
colaborar con la agrupación antinazi Frente Libre Bavariano.
Durante los años 50 trabajó como actor, guionista de espectáculos
de cabaret y escribió críticas cinematográficas, hasta que
en 1962 obtuvo su primer éxito literario con la novela Jim
Botón y Lucas el Maquinista, que recibió el premio al mejor
libro infantil alemán del año. Desde entonces y hasta su muerte
en 1995, Michael Ende publicó numerosas obras de corte
fantástico para niños y adultos, caracterizadas por una profunda
reflexión filosófica sobre el sentido del arte y de la existencia,
que le valieron el reconocimiento internacional. Títulos
como El Tragasueños, Momo, o La historia interminable, han
sido traducidos a más de 35 idiomas y adaptados para la televisión
y el cine. La recuperación que hizo de la fantasía, no
como algo irracional o escapista, sino como la esencia del ser
humano que ha sido apartado del camino por la racionalidad
y el utilitarismo propios de la sociedad de consumo, lo ha
hecho merecedor de un destacado lugar en la literatura de
nuestros tiempos.
El texto que publicamos pertenece a El espejo en el espejo: un
laberinto (1986), libro de relatos oníricos e inquietantes, donde
la imaginación del lector recorre un camino secreto de gozos y
miedos, de placeres y espantos, de sabiduría creciente y de experiencia
profunda.
El hijo se había soñado alas bajo la experta dirección de su padre
y maestro. Durante muchos años las había creado, pluma por
pluma, músculo por músculo y huesecillo por huesecillo en largas
horas de trabajo, de sueño, hasta que tomaron forma. Las había
dejado crecer de sus omóplatos en la posición correcta (era especialmente
difícil percibir con toda exactitud la propia espalda en
sueños), y había aprendido poco a poco a moverlas adecuadamente.
Había sido una dura prueba para su paciencia seguir practicando,
hasta que tras interminables y vanos intentos fue por primera
vez capaz de elevarse al aire por unos instantes. Pero luego cobró
confianza en su obra, gracias a la benevolencia y severidad inquebrantables
con que le guiaba su padre. Con el tiempo se había
acostumbrado por completo a sus alas, las sentía como parte de
su cuerpo, tanto que experimentaba en ellas dolor o bienestar. Al
final había tenido que borrar de su memoria los años en que había
estado sin ellas. Ahora era como si hubiese nacido con alas, como
con sus ojos o manos. Estaba preparado.
No estaba en absoluto prohibido abandonar la ciudad-laberinto.
Al contrario, quien lo lograba era mirado como un héroe, un
bienaventurado y su leyenda era contada durante mucho tiempo.
Pero eso sólo les estaba reservado a los dichosos. Las leyes a que
estaban sometidos todos los habitantes del laberinto eran paradójicas,
pero inmutables. Una de las más importantes decía: sólo
quien abandona el laberinto puede ser dichoso, pero sólo quien es
dichoso puede escapar de él.
Pero los dichosos eran raros en los milenios.
El que estaba dispuesto a intentarlo, tenía que someterse antes
a una prueba. Si no la superaba, no era castigado él, sino su maestro,
y el castigo era duro y cruel.
El rostro de su padre había estado muy serio cuando le dijo:
“Esta clase de alas únicamente sostiene al que es ligero. Pero sólo
hace ligero la felicidad.” Después había escudriñado largamente a
su hijo y preguntado por fin:
–¿Eres feliz?
–Sí, padre, soy feliz –había sido su respuesta.
¡Oh, si de eso se trataba, no había peligro alguno! Era tan feliz
que creía poder volar incluso sin alas, pues amaba. Amaba con
todo el fervor de su joven corazón, amaba sin reservas y sin la
sombra de una duda. Y sabía que su amor era correspondido de la
misma manera incondicional. Sabía que la amada le esperaba, que
al final del día, tras superar la prueba, iría a su habitación azul
celeste. Entonces ella se echaría en sus brazos ligera como un rayo
de luna y en ese abrazo infinito se elevarían sobre la ciudad,
dejando atrás sus muros como un juguete arrinconado, volarían
sobre otras ciudades, sobre bosques y desiertos, montañas y
mares, lejos y más lejos, hasta los confines del mundo.
No llevaba sobre el cuerpo más que una red de pescador que
arrastraba como una larga cola por las calles y callejas, los pasillos
y habitaciones. Así lo quería el ceremonial en aquella última
prueba decisiva. Estaba seguro de que la superaría, aunque no la
conocía. Sólo sabía que siempre se adecuaba por completo a la
personalidad del candidato. De esta manera ninguna prueba se
parecía jamás a la de otro. Podía decirse que la prueba consistía
precisamente en adivinar a través del autoconocimiento en qué
consistía aquella. El único mandamiento severo al que podía atenerse
decía que bajo ningún concepto debía entrar durante la
prueba, es decir, antes de la puesta del sol, en la habitación azul
celeste de la amada. En caso contrario quedaría inmediatamente
excluido de todo lo demás.
Sonrió al pensar en la severidad casi furiosa con que su respetado
y bondadoso padre le había comunicado este mandamiento.
No sentía la más mínima tentación de quebrantarlo. Ahí no había
peligro alguno para él, en ese aspecto estaba tranquilo. En el
fondo nunca había entendido bien todas aquellas historias en las
que un mandamiento semejante hacía que alguien se sintiese
precisamente impulsado a vulnerarlo. En su marcha por las desconcertantes
calles y edificaciones de la ciudad-laberinto había
pasado ya varias veces ante la construcción en forma de torre en
cuyo piso más alto, cerca del tejado, vivía la amada, y dos veces
incluso ante su puerta, sobre la que figuraba el número 401. Y él
había pasado de largo, sin detenerse. Pero eso no podía ser la verdadera
prueba. Habría sido demasiado sencilla, excesivamente
sencilla.
A todas partes donde llegaba se encontraba con desdichados
que le miraban o seguían con ojos admirados, nostálgicos o llenos
de envidia. Conocía a muchos de ellos de antes, aunque tales
encuentros no podían producirse nunca intencionadamente. En la
ciudad-laberinto, la situación y disposición de las casas y calles
cambiaba ininterrumpidamente, por eso era imposible darse cita
en ella. Cada encuentro sucedía casual o fatalmente, según como
se quisiera entender.
Una vez el hijo sintió que la red que arrastraba quedaba prendida
y volvió sobre sus pasos. Bajo el arco de una puerta vio sentado
a un mendigo cojo que enganchaba una de sus muletas en
las mallas de la red.
-¿Qué haces? –le preguntó.
-¡Ten piedad! –contestó el mendigo con voz ronca–. A ti no te
pesará, pero a mí me aliviará mucho. Tú eres un hombre dichoso y
escaparás del laberinto. Pero yo permaneceré aquí para siempre,
porque nunca seré feliz. Por eso te pido que te lleves una pequeña
parte al menos de mi desdicha. Así participaré un poco en tu
evasión. Eso me daría consuelo.
Los dichosos raramente son duros de corazón, tienden a la compasión
y dejan participar a otros de su abundancia.
-Está bien -dijo el hijo-, me alegra poder hacerte un favor con
tan poco.
Ya en la siguiente esquina se encontró con una madre angustiada,
vestida con harapos, acompañada de tres niños hambrientos.
-Supongo que no nos negarás a nosotros –dijo llena de odio– lo
que concediste a aquel.
Y prendió una pequeña cruz sepulcral de hierro en la red.
A partir de ese momento la red se hizo cada vez más pesada.
Había un sinnúmero de desdichados en la ciudad-laberinto y
todos los que se encontraban con el hijo prendían cualquier
cosa en la red: un zapato, una prenda de vestir o una estufa de
hierro, un rosario o un animal muerto, una herramienta o hasta
una puerta.
Caía la tarde y se aproximaba el final de la prueba. El hijo
avanzaba penosamente paso a paso, inclinado hacia adelante
como si luchase contra una gran tempestad inaudible. Su rostro
estaba cubierto de sudor, pero todavía lleno de esperanza,
pues creía haber comprendido en qué consistía su misión y se
sentía, a pesar de todo, con las suficientes fuerzas para llevarla
a cabo.
Entonces anocheció y seguía sin venir nadie para decirle que ya
bastaba. Sin saber cómo había llegado con la interminable carga,
que arrastraba, a la terraza de aquella casa como una torre en la
que estaba la habitación azul celeste de su amada. Nunca se había
percatado de que desde allí se divisaba una playa, aunque tal vez
esta no había estado nunca en aquel lugar. Profundamente preocupado,
el hijo se dio cuenta de que el sol descendía detrás del
horizonte brumoso.
En la playa había cuatro hombres alados como él y, aunque no
podía ver al que hablaba, oyó claramente cómo eran absueltos.
Preguntó a gritos si le habían olvidado, pero nadie le prestó atención.
Tiró con manos temblorosas de la red, pero no logró quitársela
de encima. Gritó una y otra vez, llamó a su padre para que
viniese a ayudarle inclinándose todo lo que podía sobre la barandilla.
En la última luz del crepúsculo vio cómo allí abajo su amada,
envuelta en velos negros, salía conducida por la puerta. Luego
apareció, tirado por dos caballos negros, un coche negro cuyo
techo era un gran retrato, el rostro lleno de dolor y desesperación
de su padre. La amada subió al coche y este se alejó hasta que desapareció
en la oscuridad.
En ese instante el hijo comprendió que su misión había sido ser
desobediente y que no había superado la prueba. Sintió cómo sus
alas creadas en sueños se marchitaban y caían como hojas otoñales,
y supo que nunca volvería a volar, que nunca podría ser otra
vez feliz y que, mientras durase su vida, permanecería en el laberinto.
Pues ahora formaba parte de él.
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