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II
fotos; ¿quieres ver mi colección de sellos? ¿mi
colección de discos compactos? ¿mi flamante
bicicleta montañesa? ¡He esperado tanto tiempo
este instante!
Mi amiga Beba tiene poca experiencia en el
arte de vender el culo. Comienza con rodeos, no
hay comida, dice, no hay dinero. Pupo mira sus
ojos hermosos, Tato aspira su olor mágico aunque
no hay jabón, no hay desodorante. Serás la reina
de esta casa, lo tendrás todo.
Bien, dice ella, comienza. Él se saca la pinga, la
babea abundantemente, la amasa. ¿Te la puedo
echar arriba? Ella se desnuda, se quita las más
limpias de sus ropas sucias, se toca, vamos, dice,
qué rico.
Tac, tac, la llovizna. Tato de cara al techo no ve
las fotos de las estrellas de cine, las fotos porno.
Tac, tac, los muelles de la cama. Pupo mira los ojos
de la mujer e imagina ver una luz allá en el fondo.
Tac, tac, las nalgas contra los muslos. Te amo, dice
él, soy feliz. Qué poco hace falta para ser feliz. Sí,
dice ella, sigue. Tac, tac. Es molesto hacerlo con
ambas piernas enyesadas. Los pelos mojados de
mi amiga Beba, la húmeda piel y ese olor mágico
a causa de la falta de champú, desodorante,
jabón. Las tetas desbordantes, la vulva abierta de
mi amiga Beba, los hermosos ojos, las pestañas,
tac, tac. La luz cada vez más cerca. ¿Un cocuyo?
Espera, dice él. ¿Un farol? La riega desbocado con
su leche, tac, tac, le llueve encima de la barriga y
las tetas y el hermoso cuello, tac, tac, le salpica la
cara. Definitivamente era una estrella.
Soy feliz, repite, mirar acaramelado, boca babeante,
serás la reina de esta casa, me haces tan feliz...
No quiero ser reina. Necesito dinero. Un poco
de pesos...
Por ti soy capaz de todo. Vender mi colección
de sellos, mi colección de discos compactos, mi
flamante bicicleta montañesa... Nos casamos la
semana que viene. No, mejor esta misma semana.
¿Te parece bien el jueves?
Mi amiga Beba se limpia con la toalla rosadita,
que ya está menos rosadita. Necesito dinero,
un poco de pesos. Comienza a vestirse, ponerse
las más limpias de sus ropas sucias que ya están
menos limpias. No hay comida...
¿Tienes hambre? Puedo hacerte un té...
Adiós, nos veremos cuando vendas tu bicicleta.
¡Mañana mismo! O, a más tardar, pasado
mañana... Te amo. Te amaré siempre.
Tac, tac, la lluvia tras la ventana.
Mi amiga Beba camina entre los charcos, despacito,
despacito, como si no quisiera llegar
jamás. Piensa en su amiga Helena, todo el tiempo
ha estado pensando en su amiga Helena, en
ningún momento ha dejado de pensar. En el
abrazo de su amiga Helena, en los ojos mudos y
su gesto de resignación. Su amiga Helena (que
soy yo, para ser exactos) la espera en casa, espera
que llegue con un poco de pesos allá en casa.
La sensación de estar cayendo en un pozo sin
fin. Mientras más profundo, más oscuro, mientras
más oscuro, más silencio. Helena (que soy
yo) ha olvidado las palabras, se ha vuelto pez.
Siente que su corazón y sus vísceras hace rato se
le salieron por la boca y quedaron flotando allá
arriba, en la superficie del pozo, junto con todas
las palabras del mundo. Cualquier día de estos
tocará fondo, donde no hay luz de ningún tipo, y
reventará contra las piedras. Yo, pez sin corazón,
recibo a mi amiga con la expresión más inocente
que logro desplegar. Has tardado, digo, como
si ella hubiera ido hasta la esquina a comprar
cigarros. ¿Cómo te fue? Beba se encoge de hombros,
llena el cubo de agua. Estoy sucia, me quiero
dar un baño. Bueno, sigue Helena (yo) con su
tono muy natural, mientras te bañas, haré un
poco de té, ¿tienes hambre? Beba se encoge de
hombros, sí, un poco. Es como estar jugando a
las casitas. Hago sonar los trastos en la cocina,
muy alto. Ya estoy limpia, ¿me veo limpia?, ella
sale desnuda, el agua goteando de su pelo y sus
pestañas. Se ve igual, será porque no hay jabón.
Estás preciosa, quiero decirle, eres la mujer más
hermosa de la Tierra, quiero decirle, mas no se lo
digo. Mi voz sigue meciéndose en la superficie
del pozo mientras yo sigo descendiendo imperceptiblemente.
¿Quieres contar algo?, pregunta la muda. No,
contesta Beba y lo cuenta todo. O, si no todo, al
menos parte de las cosas, una gran parte.
Después cierra los ojos, intenta dormirse. Piensa
que resbala nadando al fondo del océano. Pero no
hay luz allá en el fondo. Su océano se ha quedado
sin cocuyos, como si fuera el pozo de la descorazonada, se ha quedado sin faroles ni estrellas
y, mientras más profundo, más oscuro y, mientras
más oscuro, más silencio.
Yo abrazo a mi amiga Beba y le canto una
nana tristísima. La mayoría de las nanas son tristísimas.
Quisiera tener una flamante bicicleta
montañesa para llevarte de paseo. Llevarte lejos,
muy lejos, a un lugar donde no llueva nunca,
donde nunca se llore (tac, tac, las lágrimas sobre
la almohada). Si yo tuviera una bicicleta montañesa,
te montaría en la parrilla y andaría por la
ciudad entera pedaleando alegre mientras el aire
alborota tu pelo hermoso a pesar de la falta de
champú. Si yo tuviera una bicicleta, recorrería
contigo la isla entera y la gente saldría a saludarnos
y nos tirarían flores, nos esperarían en las
entradas de los pueblos con sus orquestas municipales,
nos despedirían con pancartas, los poetas
nos harían versos y los trovadores, canciones. Si
yo la tuviera, la pondría a tus pies como una
ofrenda, como una muestra sublime de mi amor
y haríamos el amor encima. Pero no la tengo, no
tengo una bicicleta, no tengo una bicicleta montañesa,
una flamante bicicleta montañesa. ¿Qué
hace la gente para tener? Miro a mi amiga Beba
dormir, tan cerca y tan inalcanzable. No tengo
nada que darle. No tengo nada, nada. ¿Qué hace
la gente? ¿Qué hace?
Vender el culo puede convertirse en una obsesión.
Poner anuncios en la prensa (Se vende culo
(en cantidad de dos) / en buen estado / tarifa
razonable (se aceptan proposiciones) / para más
información llame al 66 00 00), imprimir volantes
y pegarlos en todos los postes, en las paradas,
mercados y muros. Hacer un spot para la radio y
otro para la televisión. Usar imágenes sugerentes
de la mercancía anunciada (nunca mostrarla del
todo para lograr mayor impacto).
Vender una bicicleta también puede convertirse
en una obsesión. Ser conocido en el barrio (y fuera
de él) como el imbécil de la bicicleta. Echársela al
hombro para no dañar sus flamantes gomas y
andar, tac, tac, dando saltos con las muletas para
arriba y para abajo. Detenerse en los lugares de
mayor tráfico del mercado negro, ofrecerla a un
precio ridículo en comparación con su precio real
(no tiene precio), pregonarla artísticamente, insinuar
rebajas, insistir, fracasar, volver a insistir y
volver a fracasar, un paso para adelante, un paso
para atrás, estúpido baile de títeres.
Tenemos comida, tenemos ropa y detergente
para lavar la ropa y jabón, champú, desodorante,
pasta de dientes y perfumes. Tenemos un poco de
pesos, siempre hay alguien que suelta un poco de
pesos por un culo, o dos. Tenemos un poco de
pesos, pero no los suficientes. Nunca son suficientes.
Aun no alcanzan para comprar una flamante
bicicleta montañesa.
Deberíamos parar, dice de vez en cuando mi
amiga Beba con la mirada opaca de sus hermosos
ojos. Tiene toda la frente rota de tanto golpear el
concreto. También todo el culo roto. Por las noches
hay que ponerle compresas frías de manzanilla u
otra hierba medicinal para que baje la inflamación.
No puedo, responde Helena y la abraza, no
puedo parar. Sigue en su caída libre, no hay quien
la detenga. Cualquier día de estos tocará fondo y
reventará contra las piedras.
De vez en cuando me encuentro a Pupo, mirar
acaramelado, boca babeante, con su bicicleta al
hombro, tac, tac, dando saltos rumbo al mercado.
¿Cuánto?, le pregunto. Esa es mi vida, dice Tato,
es mi corazón. Me encojo de hombros. Mi corazón
hace rato que se me escapó por la boca y
quedó flotando en la superficie del pozo, allá en
lo alto, donde muy tenue brilla una luz que podría
ser un cocuyo, un farol o una estrella.
A la mañana, la brutal certeza de que todo
vuelve a comenzar.

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