EN CAMINO
CON EL BARDO
Osvaldo Gallardo González
“Nosotros no tuvimos tierra nunca: sólo el camino para buscar trabajo.
Nuestra tierra era la del camino […] Por eso el término encaminismo
me gusta tanto para calificar con propiedad mi poesía: la imagen
del camino es permanente, es un símbolo recurrente, porque
viene de nuestra realidad histórico-social. Nuestra tierra era la del
camino”. En este fragmento de una carta dirigida por Roberto
Manzano Díaz a la profesora Ivania del Pozo, el poeta nos aclara
hacia dónde concurren los acordes más intensos de su lira.
Encaminismo es el título de la selección poética que nos provee
Manzano. Selección que abarca treinta años de camino azaroso en
busca de la luz de la poesía. Camino que ha sido asunto de sombras
y peligros que el bardo continúa desfaciendo con humilde soberbia y
premonitoria inteligencia.
Este poeta de la tierra, del camino y de la naturaleza de todas las
cosas, más que de la naturaleza, coloca hoy, entre nosotros, la silla
de su canto y nos pregunta desde la proximidad: ¿Vives, hermano
mío? ¿Tiene sentido tu existencia?
Desde estas preguntas he querido escribir unas palabras de presentación.
Y no sé qué debo presentar ahora: si a un poeta genuino,
un libro trascendente o el feliz acontecimiento de que la Puerta al
camino abierta en Ácana para Manzano en la ya lejana fecha de
1992 y continuada con El hombre cotidiano, poemario iluminado por
esta editorial en 1996, junto a la pequeña joya que es en la literatura
cubana para niños Pasando por un trillo (Ediciones Memoria,
1997-Ácana, 2003), encuentre hoy un sitio de privilegio al regalarnos
en su Camagüey esta primera antología personal de la poesía
escrita entre 1970, fecha en que comienza para el autor su verdadera
historia literaria, y 1999, año en que escribe Synergos, poemario
merecedor del Premio Nicolás Guillén 2005.
La publicación de Encaminismo responde al Premio Especial
Silvestre de Balboa 2004, que otorga el Centro Provincial del Libro y
la Literatura a un escritor camagüeyano por la obra de la vida.
Roberto Manzano mereció este galardón en el marco de la XIII Feria
Internacional del Libro en Camagüey. El acta del jurado en esa ocasión
daba constancia de la estadía del poeta por dos décadas en la
villa principeña, la integración de su decir poético a las más arraigadas
tradiciones lugareñas asumidas desde la modernidad, y el continuado
y fecundo magisterio ejercido entre sus contemporáneos.
Como dije en otra ocasión, después de estas razones, que nos disputen
los avileños la pertenencia de Manzano dentro de doscientos
años.
Abre esta poesía escogida con Canto a la Sabana, libro publicado
con más de veinte años de retraso, canto que se levanta todavía hoy
“incólume y victorioso”, al decir del poeta Rafael Almanza. Canto que
saluda a la patria, en nombre de la sangre y de los frutos. Con él
comenzó la reacción lírica que superaría al coloquialismo. Manzano,
destinado a la autenticidad contracorriente, sufrió en su sabana espiritual
e intelectiva el olvido editorial. En el prólogo de esta selección
los criterios de Jesús David Curbelo, Ibrahim Doblado, Alex Pausides,
entre otros poetas y críticos, nos dimensionan la importancia de este
bardo que levantó su obra desde la ineditez casi absoluta. Este canto
se inaugura con la época de los talleres literarios, un poema homónimo
a la colección está dedicado precisamente a los fundadores en
Ciego de Ávila del taller literario César Vallejo. Seamos testigos del
suceso de la verdadera poesía. Dice este canto:
Me detengo en el ateje,
árbol de las uñas labradoras, y digo:
Orgullo,
compromiso de mi suerte,
que sé de dónde vengo y a dónde voy.
Se nos ofrece luego una versión actualizada y definitiva de Puerta
al camino. Poeta de reescritura constante, Manzano cree en la dialéctica
que marcha hacia la luz y en la vida como texto perfectible y
reescribible. Atendiendo a una observación del joven Carlos Manresa,
el poeta define nuevos contornos para Puerta al camino y nos regala
aquí poemas que aparecieron originalmente en la primera edición
de Canto a la Sabana, además de nuevos cambios en el decir de algún
poema. Tallerista consumado que no cesa, están ya aquí delineadas
las obsesiones que lo acompañarán siempre: los hilos que van uniéndolo
todo en lo secreto hasta cualquier ¿fin? posible. Está ya aquí su
advertencia de lo eterno:
Me será clausurada alguna puerta?
Entraré. Soy un hombre, simplemente, que canta.
Escritos en el camino: Ciego de Ávila, Isla de la Juventud y
Camagüey, estos poemas guardan el aliento de quien anda en franca
observación de las conductas humanas. Luego, en El hombre cotidiano,
en el reposo activo instalado ya en la poesía que respira en
Camagüey, se consume en el acto de observar lo exterior para proveerse
de los insumos que concreten su viaje a lo interior del ser:
Yo soy soldado de una milicia invisible y no desertaré jamás. A su
momento tocaré en los umbrales: He aquí, hermanos, lo que os dejo.
Fue en silencio, y después de todo. Donde ustedes estuvieron, yo
estuve; como ustedes se hilaron, me hilé yo; yo volví, cuando ustedes
volvieron. Y luego me senté en la sombra a esculpir en silencio y
solo estas tablillas de barro.
En el cosmos del poeta no hay estructuras o normas cerradas. Son
afines siempre el contenido y el continente. La música tenaz habla del
cielo. Así El racimo y la estrella se levanta como diálogo de identidad
concretado en el uso de la décima octosilábica. Ha dicho el poeta:
“Quien dice décima, dice poesía. O no dice nada. En Cuba, posee un valor
añadido. Es la estrofa nacional. La décima es obra maestra de diseño.
Estas fueron escritas en un rapto”. Hombre del camino, nos recuerda en
este libro que “toda proyección humana es encaminista”.
Escrito desde los mismos tiempo y espacio que el decimario –y
anunciado en la última línea de El hombre cotidiano– el texto
Tablillas de barro se constituye confirmación de un cosmos muy particular
en la certeza de lo creado, en la exquisita organicidad del caos
y en la generosidad poética:
Está muy bien que yo me cante un salmo, que yo sea el arpista, el
que oye, el que dice las gracias y el deseo. Yo voy por entre el polvo,
y soy de polvo, y urdo mi destino con manos polvorientas.
Tablillas de barro II es el anuncio del nuevo día posible, es la poesía
robusta que desde la desesperanza alienta para la nueva vida.
Continuación de un ciclo poético que alcanza aquí su estatura mayor.
Poesía de estructura oratoria, de invitación a la alabanza, que nos
interpela y entusiasma. Cántico del salmista a la primera vértebra, la
cifra, el condimento, la luz, el árbol, la montaña, los padres e hijos,
religación del hombre a lo sagrado del hombre y de la vida:
Hasta dónde soy lo que soy?
Lo soy, en alguna medida.
Pues circunscrito y libre estoy.
Toda la Vida ya es mi vida.
Transfiguraciones es la confusión primigenia del arte y la realidad.
Es la visión que ya ignora los límites del espejo y no sabe
dónde se encuentra lo real y dónde su vislumbre. Es la confluencia
de la música, el calor, la imagen y la angustia del bardo por
nombrarlas con justeza. Es el anuncio de lo sinérgico que estalla y
se produce simultáneamente.
Téngolo dicho desde el primer esternón sonoro: el bosque está en
la hoja; el polvo, en este breve trozo de imán; el retablo, en este dedo
que habla; lo que va a venir ya sucede frente a los ojos.
En Synergos hablan todas las luces y todas las sombras, todos los elementos
se clarifican y confunden. Synergos es el último testimonio de la
icárica poesía del poeta, de la poesía que siempre tiende hacia lo alto aun
en la caída. Synergos es la comunión del hombre y la mujer, del vivo y el
muerto, de lo abstracto y lo concreto. Synergos es la integración del
mundo que sólo se salvará en la conciencia del todo y las partes:
Me laceran los muros, los muros, los muros, todos los muros, los
muros propios, los muros ajenos, la letanía de los muros.
Con Synergos termina esta antología personal de Roberto
Manzano, prologada por la profesora Ivania del Pozo, cubana de
nacimiento y por la poesía, quien imparte Literatura Latinoamericana
en la Universidad Estatal de Youngstown en Estados Unidos. A la
doctora Del Pozo debemos el infinito entusiasmo por la obra de
Manzano y otros poetas camagüeyanos y la expresión de Camagüey
como ciudad de connotación lírica, reseñados por ella en el libro
Espejo de vehemencia. Un viaje al Camagüey poético, publicado por
la editorial Ácana en el año 2002.
Encaminismo es un libro de sobria factura, ilustrado en la cubierta
por Yaroldi Manzano, joven artista que nos muestra su propia
visión de este camino babélico, pero no por ello menos comprensible.
El diseño interior carece de elaboración, en el justo afán de no mutilar
la selección del autor y adecuarse a una reducida capacidad tecnológica.
No obstante, este es un libro amable que Ácana agradece
a su autor y el autor de seguro valorará tamaño esfuerzo.
Encaminismo nos invita a franquear los muros de la incomunicación,
nos invita a ponernos en camino con nuestros semejantes.
Encaminismo es un mensaje que nos busca en la imperecedera luz
de la poesía.
Hace poco escribí que ser alumno de Manzano –en toda la
literalidad y sobreabundancia del término– resultó una conmoción
espiritual e intelectiva de la cual aún no me he recuperado. La
conmoción en mí crece, porque siempre tuve la certeza de conocer
y leer en Manzano a una de las más altas voces de la lírica
insular. Sí estoy seguro de una cosa, este poeta es único y sólo con
ese asombro podemos acercarnos a su obra.

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