LUIS SUARDÍAZ
Y SU OBRA POÉTICA



Virgilio López Lemus

Luis Suardíaz (1936-2005) fue un poeta en la extensión de la palabra: amó a la poesía como el acto esencial de su vida y el fundamento matriz y motriz de ella. Familia, Patria, labor en prosa y faena de vida consagrada a su ideario político, confluyeron en el hombre intenso que fue en un sentido vital básico: el ser-poeta y el ser-para-lapoesía. Pudo ser su consigna: “Poesía o Muerte. Versaremos”. Puede decirse que fue un ensayista, un periodista-crítico literario, un “cronista de su tiempo”, y siempre la aseveración estará incompleta; sólo podrá ser comprendido de una manera más integral, si al hombre revolucionario, militante convencido de la Revolución y a su servicio, agregamos su condición de poeta. Sabía que lo único eterno era el cambio. Apostó, como en su época lo hizo Arthur Rimbaud, por cambiar la vida, pero no adoptó el tono maudit del gran clásico francés, y ni siquiera el surrealismo de José A. Baragaño, quien en 1952 había ofrecido un libro de tal dirección y con ese mismo título-programa de lucha poética: Cambiar la vida. Para cambiarla de veras como transformación del mundo, Suardíaz se anotó en el carro del combate antibatistiano clandestino en los años cincuenta, llegó juvenil y vigoroso al triunfo de la Revolución de 1959 (tenía 23 años) y nunca descendió del barco en plena mar procelosa de transformaciones constantes, olas altas y mar de leva hacia el futuro, tan difícil de alcanzar como sueño social, ideal, utopía... Nunca lo motivó la desesperanza. Sabía que la poesía es una “Patria” universal de la especie humana, “patria” a manera de franca y bella utopía a la que era dable entregar la Vida y hasta la Muerte. Vencer versando. Convencer, con-versando. Suya era una “suave patria” o dama a la que debía servir como devoto caballero, por la cual vale la pena pelear con rumbos hacia el Bien, la Justicia y la Belleza. Podrían parecer términos abstractos, pero al leer la poesía escrita de Luis Suardíaz, nos damos cuenta de que ese era su faro, sus cimientos, columnas, pilares, fundamentos sobre los que erigió el edificio de su propia vida. Hombre de profunda eticidad, llevó al seno de la poesía escrita su mirada propia, personal y a la vez colectivista de la circunstancia. Haber vivido (1966) es el primer momento cimero de tal trayectoria, el arribo a la madurez. Y la adopción definitiva del tono conversacional, que le habría de acompañar hasta su muerte. Cuando en 1987 publiqué mi libro Palabras del trasfondo, estudio de la poesía coloquialista cubana, mantuve un grupo de puntos de vistas sobre la obra de Suardíaz que me gustaría recordar, para ratificarlos. Decía allí que el poeta había alcanzado una densidad poética propia de su elevado sentido de ideologización del texto, por su empleo no contradictorio de la palabra densa y variada en su diversidad terminológica, pero a la vez con un sano sentido de la economía expresiva, a la hora de conformar el texto. Suardíaz lograba desde el principio de los años sesenta construir una obra poética de síntesis ideológica y brevedad (en cuanto a las dimensiones del texto), a la par que desbordaba su cornucopia lexical. Parecería contradictorio ser abundante en palabras y sintético en ideas, pero ese es el signo constructivo de la obra lírica de este autor, quien, a la vez, fue un hombre ampliamente vinculado con su medio, nunca un poeta en la torre de marfil, nunca un cogitante de gabinete; toda su obra se vinculó a la vida cultural cubana de su tiempo, de la que fue un protagonista informado, conocedor, participante pleno. Su poesía de los años sesenta era sobre todo “crónica”, cronística, comentadora de la circunstancia, en la que el poeta se desempeñaba activamente, sobre todo en el plano de la transformación social. Por ello vemos en sus páginas la grave importancia del tiempo (cronologización de sucesos, incluso) y de la Historia, muchas veces vista como transcursos microhistóricos humanos. Más que un canto a la vida, se trataba de escribir una poesía participativa, por lo que un fuerte valor cognitivo y un afán testimonial se asentaban en sus poemas, que no escapaban de la realidad hasta cuando la subjetividad del poeta se hacía más visible. Dentro de la fugacidad del tiempo, él prefería ser un poeta del hoy objetivo, de la evidencia de lo momentáneo, del decursar en su etapa inmediata. Tanto es así, que se puede advertir la presencia verbal del presente histórico en poemas que se refieren a hechos pretéritos, a asuntos históricos o a la participación de individuos fallecidos en acontecimientos que repercutían en la actualidad (del momento de la escritura), porque eso importaba al poeta, la huella del ayer sobre el hoy. Su labor no es contar ni historiar y ni siquiera ofrecer una celebración, sino mantener viva la memoria, la memoria actuante, en su dimensión temporal presente, observando ese ayer que sirve al hoy, y aunque cada momento histórico tiene su valor per se, Suardíaz ve un tractus, un decursar un movimiento dialéctico.

 

 

ALGO MÁS QUE LA INFIDELIDAD


Marilyn Bobes


De Homero a Tolstoi, pasando por la Madame Bovary de Flaubert o Las Honradas de Miguel de Carrión, el tema de la infidelidad ha sido un objeto de ficción para autores de las más diversas latitudes. La novela de Hugo Luis Sánchez, Doble Jueves, publicada por Ediciones Unión, se incribe ahora, salvando las debidas distancias cualitativas y temporales, en la novelística que aborda esta temática analizando cuestionadoramente si es posible superar la crisis que sobreviene en una gran cantidad de matrimonios contemporáneos. Como bien ha expresado su autor en una reciente entrevista, en Doble Jueves no hay marginales, ni rock, ni la gente se droga; tampoco jineteras, nadie toca salsa y, para colmo, es sólo una historia de amor entre heterosexuales. Coincido con el autor y su editora en que esta es fundamentalmente una novela de amor, pero añadiría que es, además, una historia de decepciones y de soledad muy cercana a los cuadros de Edward Hooper, uno de los cuales fue escogido por Hugo Luis para la portada del libro y del cual el novelista se ha declarado admirador y heredero. Realista como Hooper, Hugo Luis Sánchez consigue en esta novela mantener el interés de la trama de principio a fin, pero lo hace con un eficaz manejo de sus recursos entre los que figura, en primer lugar, el monólogo interior que utiliza para comunicarnos el angustioso universo íntimo de sus personajes. Marcia y Miguel se nos dan a conocer entre las luces y las sombras de sus pensamientos, más que por sus acciones, y en estos pensamientos ha colocado el autor una alta dosis de lirismo y poesía. En este sentido, también Doble Jueves se aparta de los tópicos de la narrativa cubana actual, especialmente cuando aborda temas como el de la sexualidad, al que nuestra literatura más reciente ha ido despojando de su poesía para situarlo, en ocasiones, en los límites de un realismo sucio que escamotea lo que en el erotismo hay de sentimental. A diferencia de otras novelas sobre la infidelidad en las que todo vestigio de amor en el matrimonio ha desaparecido o no existió nunca, Doble Jueves se plantea la interrogante de si es posible para la pareja salir de la monotonía a través del autoengaño. La supuesta infidelidad tiene lugar en un escenario diferente y, sin embargo, como expresa el narrador “los ojos que miran siguen siendo los ojos conyugales de una mirada conyugal”. Estos desplazamientos, que tienen mucho de cinematográfico, hacen que Doble Jueves pueda ser leída como se visualiza una película. Hugo Luis Sánchez ha confesado que poco a poco se fue percatando de que era eso lo que perseguía: escribir como si se estuviera viendo una película. Sin embargo, no olvida el poder de la palabra, a la que concede un protagonismo especial, vinculándola y comprometiéndola tanto con la imagen como con la sonoridad. En una escritura donde abundan las metáforas y en la que el lector encontrará no sólo el placer de lo que se cuenta, sino el hechizo de una prosa elaborada y muy peculiar, Doble Jueves se inscribe en una tradición que, por momentos, nos recuerda la novelística anglosajona de principios del siglo XX con toda su carga de melancolía, aislamiento y soledad. Universal por su temática y por su forma, esta es la primera novela de un autor conocido por sus excelentes relatos de El Valle de los Archipiélagos, publicado en 1993 y en el cual aparece el cuento homónimo que creció hasta convertirse en este libro. En él el autor ha dado muestras de madurez para su incursión en el género. Saludamos pues la entrada de Hugo Luis Sánchez en el mundo de la novelística y el acierto de la editorial que nos da la posibilidad de disfrutar de un texto diferente, que se aparta de los tópicos con elegancia y originalidad.

Continua...