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III
Con Dubois, tomamos a la revista como instancia
mediante la que se visualiza la atención entre el
campo de las posiciones (posiciones en la escritura)
y el campo de las tomas de decisión que legitiman al
artista o a determinada comunidad o grupo autoral.
Es indudable, al menos en nuestro contexto, que
“el control de visas hacia el Parnaso”18 en manos del
crítico literario, es decir, el acceso progresivo a las
funciones asignadas por Dubois a la crítica como
instancia legitimadora (la selección, el reconocimiento,
la consagración y la conservación de las
obras y autores), se ha manifestado preferentemente
entre nosotros a través de la revista, núcleo imitador
de ese campo de fuerzas que actúa de lo
inmanente a lo contextual y viceversa.
Dentro del campo cultural de la Isla, la revista se
instaura como vía de objetivación de las variaciones
de la crítica con la mediación de lo político y lo
social, a partir de sus funciones específicas. Como
práctica mediadora, a su vez, entre el autor (o grupo
de autores) y la sociedad, podemos distinguir a lo
largo de su historia las diferentes posiciones asumidas
por nuestra crítica:
Época Colonial
(Variación 1): el ejercicio del criterio trasciende
lo específico literario hacia la toma de posiciones
políticas.
Época Republicana
Etapa neocolonial
(Variación 2): un preponderante papel socialreformador.
(Variación 3): el adentramiento en el suceder literario
como forma de explicación de la historia.
Etapa de la Revolución
(Variación 4): una notoria voluntad de legitimar
culturalmente las profundas transformaciones
políticas y sociales logradas, voluntad
que atraviesa dos momentos:
un momento cuestionador
un momento de regreso al autor y su obra
Todas ellas son variaciones que no han significado
nunca un desconocimiento de las funciones
intrínsecas de la crítica literaria, pero que, en tanto
mediación, han expresado una confrontación más
desde la lucha por el poder político, pasando por el
cuestionamiento de las estructuras sociales, hasta
llegar a la necesidad de legitimar culturalmente un
proceso político y social hondamente transformador
de las estructuras antes dominantes.
Paulatinamente esta práctica ha ido privilegiando
cada vez más al texto literario, hasta llegar incluso
a negar su validez como objetivo de reflexión o
análisis (material real de su competencia), lo que
tampoco supone un abandono de sus funciones,
sino una diversificación de sus formas y una redefinición
de sus posibilidades como ejercicio escritural,
toda vez que se acercan a ella, siempre más, las
fronteras entre la literatura como objeto de estudio
y como acto de creación.
Espacios cenitales dentro del desarrollo de la crítica
literaria cubana como instancia legitimadora, fueron,
en la época colonial, La Habana Elegante (1883-
1891; 1893-1896) y El Fígaro (1885- 1933?). La primera
asiste al cierre del siglo, la segunda muestra la
transición entre las centurias. Ambas son testimoniantes
del proceso gestor y de las mejores propuestas
insulares y continentales del Modernismo. En el
caso específico de El Fígaro, también asiste al declive
de dicho movimiento y a su derivación posterior, el
Posmodernismo, alcanzando incluso a la Vanguardia.
Ya en la época republicana, revistas como Social
(1916-1933, 1935-[1936]) y Avance (1927-1930)
conceden suficiente espacio a la reflexión sobre la
literatura en diferentes modalidades dentro de la
tensión entre las determinantes intrínsecas y las
externas, del mismo modo que expresan la variación
social-reformadora expresada por un conjunto de
intelectuales interesados en equiparar arte y vida y,
por tanto, interesados en que se produjeran cambios
significativos en las estructuras de la sociedad,
enmascarando así la verdadera frustración de los
cubanos impedidos de dirigir el destino de la nación.
La reacción ante la posibilidad de “cuestionar” las
estructuras políticas, es proponer, en un primer
momento, el escrutinio social y de esta forma delinear
un proyecto cultural socio-democrático transformador.
Un poco más adelante Orígenes (1944-1956) y
su contraparte Ciclón (1955-1957) pueden ser consideradas,
desde el punto de vista de su crítica,
como una nueva variación que supone, por las mismas
razones que Social o Avance, el abandono de la
política, para proponer una reflexión que privilegia
las determinaciones intrínsecas. Ante la posibilidad
de “cuestionar” las estructuras políticas no se proponen
el escrutinio social o la reforma, sino el adentramiento
en la cultura y la literatura, pero sí como
práctica ella misma y como reflexión.
Producida una mutación significativa en la
estructura política y social de la Isla, similar actitud
será continuada, por diferentes razones, en revistas
como La Gaceta de Cuba (1962...) y Unión (1962...),
sólo que, como hemos apuntado, esta variación de
lo social hacia lo inmanente literario no va a estar
determinada por el imposible de aceptar o participar
de consuno con el orden establecido, sino por
una necesidad de legitimarlo.
Un paréntesis o momento de tránsito estará marcado
por la crítica de Lunes de Revolución (1959-
1961), en lo que advertimos un “cierto” retorno a la
crítica a la vanguardia, en su sentido cuestionador, es
decir, un volver de las determinaciones internas de su
campo al de las determinaciones externas, actitud
que si bien no fue abandonada del todo por las sucesoras,
no alcanzará como ellas su preeminencia.
No hay que olvidar que en este proceso de variaciones
por las que atraviesa durante su historia la
Crítica literaria cubana, existe una problemática. La
relación con el autor y el reconocimiento de su lugar
y de sus funciones dentro del campo cultural no ha
tenido siempre el mismo comportamiento, de ahí
que, junto con las tensiones desde dentro y viceversa,
existan otras que operan internamente.
Los finales del siglo XIX, será el gran momento de
la crítica literaria cubana como práctica social, pero
será también un momento de fuerte cuestionamiento
de su validez, de ahí que, cuando los escritores
se sitúan frente al hecho literario, lo hacen
desde la propia literatura, equiparando la función
estética y la cognoscitiva.
Similar actitud será asumida en las primeras dos
décadas del siglo XX, en donde apenas se conoce la
actividad de la crítica. Pudiera decirse que es el
momento en que menos importancia se le ha concedido
a la reflexión, si una investigación a fondo de
la etapa no se apresta a cambiar lo que la historiografía
se ha dado en acuñar.
Durante la Vanguardia, en cambio, la crítica
alcanza un lugar preeminente. Si es un momento de
continuo diálogo y polémica, se debe, precisamente,
a la atención que sobre ella logra o a su papel rector
de la opinión pública o la recepción. Es momento
también, paradójicamente, de equiparación de
las funciones estéticas con las valorativas, lo que no
se convierte en elemento obstaculizador, sino más
bien en su reto y estímulo, y lo será todavía más en
las décadas posteriores, próximo ya el triunfo revolucionario
de 1959.
Después de esa fecha, la validez de la crítica literaria
frente a su objeto ha sido también sometida a
fuerte cuestionamiento, a pesar de que la misma ha
encontrado nuevos y muy numerosos espacios de
circulación, no simplemente porque sus instancias
realizadoras o dispositivos editoriales, las academias,
los concursos, las revistas, reaparecen y se
diversifican de manera natural, sino como parte
integrante del proyecto institucionalizador de la
cultura, asociado al programa político de transformación
revolucionaria.
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1_Se refería a Lucilio, escritor latino a quien se atribuye la invención
de la sátira como género literario de la Antigüedad.
2_Todorov, T. (1984): Crítica de la crítica. Venezuela, Monte Ávila
Editores, p. 7.
3_Vitier, C; Fina García Marruz y Roberto Friol (1990): “La crítica y
la polémica en el Papel Periódico de la Havana”. En La literatura en el
Papel Periódico de la Havana 1790-1805. Ciudad de La Habana,
Editorial Letras Cubanas, pp. 19-43.
4_Ver al respecto el epígrafe a cargo de Salvador Arias,
Manifestaciones iniciales (hasta 1790), en Instituto de Literatura y
Lingüística. Historia de la literatura cubana. Ciudad de La Habana,
Editorial Letras Cubanas, tomo I, p. 30.
5_Como todos sabemos, mal se ajustarían estos preceptos a la realidad
histórica de nuestro quehacer crítico, plagado de sustanciosas
polémicas que desde finales del siglo XVIII han hecho notables aportaciones
a las ideas literarias en Cuba, pero tal vez han provocado
mayor número de estériles desencuentros que sólo han contribuido
a aumentar la maledicencia y la animosidad entre los críticos y los
escritores de ficción.
6_Guillermo de Torre advirtió tales inconsecuencias metodológicas
en el Prólogo de su libro Nuevas direcciones de la crítica. Madrid,
Alianza Editorial, 1970.
7_Aullón de Haro, P. (1994): “Epistemología de la Teoría y la Crítica
de la literatura”. Teoría de la Crítica literaria. Madrid, Editorial Trotta,
pp. 11-26.
8_Barthes, R. (1967): “¿Qué es la crítica?”. Ensayos críticos.
Barcelona, Editorial Seix Barral.
9_Slavinski, J. (1994): “Las funciones de la crítica literaria.”
Criterios. n. 32, pp. 233-253.
10Slavinski, J. Op. cit.
11_Valdés, M. “De la interpretación”. En Angenot, Marc y otros
(1989): Teoría literaria, Siglo XXI Editores, México, España, 1993.
pp. 317-330.
12_Alvarez, F. (1996): “Crisis de crecimiento en la teoría de la literatura”.
Conjuntos. Teorías y enfoques literarios recientes. Instituto de
Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de
México — Instituto de Investigaciones Literarias y Semiolingüísticas
de la Universidad Veracruzana, México, pp. 503-513.
13_Huerta Calvo, J. (1994): “La teoría de la crítica de los géneros literarios”.
Teoría de la crítica literaria. Ed. Trotta, Madrid, pp. 166-170.
14_Con independencia de las razones que justifican puntualmente
estos criterios, en lo que respecta a la necesidad de lograr, en materia
de Teoría literaria y Teoría de la crítica literaria, que la formación
del crítico deje de ser, como suele ocurrir en nuestro país, autodidacta,
y encuentre un espacio formativo más sistematizado por parte de
nuestros predios académicos, con el consiguiente intercambio con el
mundo académico foráneo, la Crítica en sí misma posee una dimensión
intrínseca que es tensional y esa tensión entre la producción de
la Crítica a través de sus diferentes tipos de textos y los tópicos que
aborda, son, a mi modo de ver, no consecuencia de momentos de crisis,
sino característica suya medular.
15_Bordieu, P. (1989-1990): “El campo literario, requisitos críticos
y principios de método”. Criterios. n. 25-28, p. 21.
16_Dubois, J. (1987-1988): “Del modelo institucional a la explicación
de los textos”. En Criterios; n. 21-24, pp. 44-51.
17_”[...] después de haber sufrido una reestructuración tanto más
importante cuanto más autónomo es el campo, cuanto más capaz es
de imponer su lógica propia, es decir, el producto acumulado de su
historia propia. También es inútil intentar establecer una relación
directa entre la obra y la clase productora del productor o consumidor,
haciendo caso omiso de que entre ellas hay todo un mundo
social que redefine el sentido de las demandas o de los encargos.”
Bordieu, P. Op. cit.
18_Schücking, L. Sociología del gusto literario. La Habana, Instituto
del Libro, 1969.
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