La crítica literaria en Cuba. Breve nota interpretativa
de su trayecto


Martha Lesmes



La sátira IV de Quinto Horacio Flaco es texto y metatexto en sí misma, pues siendo discurso poético, expone su propia teoría sobre esta especie literaria y ejerce mediante ella el análisis y la valoración. Los tópicos que entonces recorre el venusino pudieran parecernos ahora distantes: los inicios de la especie, la formación del artista (relación ars/natura), la preocupación (que los antiguos escritores latinos llamaban labor limae) por la revisión del texto, la recepción del público lector, el valor de la obra. Pero si leemos bien, advertiremos la permanencia y actualidad indudable de estas generalidades, puesto que ellas no acompañan meramente a la escritura de estos tiempos, sino que junto con la problematización que generan a partir de los textos que analizan, la Crítica es portadora de su propia consistencia teórica, problemas y cuestionamientos.

De aquella manifestación horaciana del criterio, expresado desde la creación sobre sí misma, da testimonio el siguiente fragmento:
[...] pero duro en componer versos. Pues su vicio1 fue este, en una hora, muchas veces, estando sobre un pie, dictó doscientos versos, cual si fuere una gran cosa. Por más que corriera lodoso, algo había que pescar en aguas turbias; era difuso y gárrulo perezoso en el trabajo de escribir, de escribir bien, se entiende; porque del mucho escribir yo no me preocupo.
Confieso que este tema de un trabajo escolar, “La crítica literaria en Lucilio, Horacio, Persio y Juvenal”, marcó para siempre un interés por el género a contrapelo de la mayoría tan poco interesada en el tema. “¿Quién podría interesarse en ella?”, se preguntaba un Todorov que parecía más desolado que sistematizador del pensamiento literario:
Los libros acerca de los libros, dicho de otro modo, los libros de crítica, no llaman la atención sino a una pequeña minoría de un grupo ya de por sí bastante reducido: algunos estudiantes, algunos apasionados. Pero la crítica de la crítica es el colmo; es, sin duda, un signo de la futilidad de los tiempos [...]2
Y, a seguidas, aprovechaba el momento para expresar su punto de vista clarificador acerca de este problema esencial de la literatura contemporánea:
[...] la crítica no es un apéndice superficial de la literatura. Sino un doble necesario (el texto nunca puede decir toda su realidad), [...] el interés de la crítica consiste, de alguna manera, en profundizar este comportamiento, en poner en evidencia lo que no es más que una práctica inconsciente.
El desinterés y las confusiones que existen en el contexto del campo literario cubano acerca de la crítica, están motivados por el escaso y fragmentario conocimiento del escritor de ficción acerca de los presupuestos teóricos que la soportan, y su vanidad le hace hoy día mantener el criterio decimonónico de que la crítica es una sierva de la literatura; de otro lado, la imposibilidad habita en nuestros predios académicos y conspira contra la aspiración de alcanzar una formación estable y sistemática, dentro o fuera del país.
Aquellos tópicos generales que expresara Horacio en los inicios vuelven a aparecen en el siglo XVIII cubano, su momento germinal, también con esa confusa tensión entre lo creativo y lo reflexivo que se da a un tiempo en los textos literarios de la Antigüedad. La crítica seria y la polémica ligera fueron armas en que se ejercitó la naciente inquietud cubana, afirma Fina García Marruz.3 Este espíritu cuestionador está presente también en la mirada hacia la obra escrita. Nuevamente encontramos la entropía interponiéndose en el libre desenvolvimiento de los caminos de la crítica, pero colocada desde otra perspectiva.
Como se sabe, el texto iniciador de la crítica en nuestra literatura es el comentario al Teatro histórico Urrutia, publicado en 1796 en el Papel Periódico de la Havana por el presbítero José Agustín Caballero. Si bien difiere ese ejercicio de lo que hoy entendemos por crítica a la literatura, puesto que no se realiza sobre una obra de ficción, sin embargo, apunta en esa dirección al señalarle al autor defectos que interferían en la correcta comprensión del libro, como la ampulosidad, su barroca erudición y los excesos del lenguaje figurado4 aunque, en realidad, los objetivos del Padre Caballero, iban más allá de una revisión del texto y estaba más interesado en exponer su desacuerdo con el método escolástico empleado y la falta de exactitud histórica, para lo cual, señalar al autor los defectos de composición añadía sustancia a la crítica del método empleado para el análisis histórico. El texto crítico dirige su mirada al texto que lo provoca y también apunta hacia cualidades que la crítica en general debe atender en su ejercicio: esquivar la falsa notoriedad a costa de la obra que analiza, mostrar debidas prudencia y modestia para no desviarse del terreno literario al ataque personal5 y, en consecuencia, no ofender.
La crítica ha sido siempre relegada a segundos planos por la historiografía literaria, hecho que más de una vez ha movido al desconcierto de los que se han dedicado a su estudio.6 Al confrontar numerosas historias de la literatura, pertenecientes a diversos países e idiomas, causa asombro advertir la pertinacia con que habitualmente, sólo después de haber estructurado todos los autores, épocas y géneros —especialmente cuando la agrupación es ordenada según los últimos— se deja para el final a la crítica literaria, si es que se le llega a tener en cuenta.
Este hecho expresa una contradicción evidente al interior de la llamada Ciencia de la Literatura, esa macrounidad que agrupa a la Historia, la Teoría y la Crítica. Dado que la supeditación de esta última late en el centro de la delimitación metodológica de sus objetivos y alcances, otra es la colocación que el género merece en la historiografía, ya que la Crítica debería irradiar caminos y no ser una mera reproducción especular de la trayectoria que los otros géneros literarios han seguido.

 

Continua...