5 de mayo de 1976:
La última y mala noticia
sobre Haroldo Conti
Gabriel García Márquez
A Haroldo Conti, que era un escritor argentino de
los grandes, le advirtieron en octubre de 1975 que
las fuerzas armadas lo tenían en una lista de agentes
subversivos. La advertencia se repitió por distintos
conductos en las semanas siguientes y, a
principios de 1976, era ya de dominio público en
Buenos Aires. Por esos días, me escribió una carta
a Bogotá, en la cual era evidente su estado de tensión.
“Martha y yo vivimos prácticamente como
bandoleros”, decía, “ocultando nuestros movimientos,
nuestros domicilios, hablando en clave”. Y
terminaba: “Abajo va mi dirección, por si sigo vivo”.
Esa dirección era la de su casa alquilada en el
número 1205 de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo,
donde siguió viviendo sin precauciones de ninguna
clase hasta que un comando de seis hombres
armados la asaltó a medianoche, nueve meses
después de la primera advertencia, y se lo llevaron
vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron
desaparecer para siempre. Haroldo Conti tenía
entonces 51 años, había publicado siete libros
excelentes y no se avergonzaba de su gran amor a
la vida. Su casa urbana tenía un ambiente rural:
criaba gatos, criaba palomas, criaba perros, criaba
niños y cultivaba en canteros legumbres y flores.
Como tantos escritores de nuestra generación, era
un lector constante de Hemingway, de quien
aprendió además la disciplina de cajero de banco.
Su pensamiento político era claro y público, lo
expresaba de viva voz y lo exponía en la prensa, y
su identificación con la revolución cubana no era
un misterio para nadie.
Desde que recibió las primeras advertencias
tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero
prefirió quedarse en su casa. “Uno elige”, me decía
en su carta. El pretexto principal para no irse era
que Martha estaba encinta de siete meses y no
sería aceptada en avión. Pero la verdad es que no
quiso irse. “Me quedaré hasta que pueda, y después
Dios verá”, me decía en su carta, “porque,
aparte de escribir, y no muy bien que digamos, no
sé hacer otra cosa”. En febrero de 1976, Martha dio
a luz un varón, a quien pusieron el nombre de
Ernesto. Ya para entonces, Haroldo Conti había
colgado un letrero frente a su escritorio: “Este es
mi lugar de combate, y de aquí no me voy”. Pero
sus secuestradores no supieron lo que decía ese
letrero, porque estaba escrito en latín.
El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti escribió
toda la mañana en el estudio y terminó un cuento
que había empezado el día anterior: “A la diestra”.
Luego se puso saco y corbata para dictar una clase
de rutina en una escuela secundarla del sector, y
antes de las seis de la tarde volvió a casa y se cambió
de ropa. Al anochecer ayudó a Martha a poner
cortinas nuevas en el estudio, jugó con su hijo de
tres meses y le echó una mano en las tareas escolares
a una hija del matrimonio anterior de
Martha, que vivía con ellos: Myriam, de siete años.
A las nueve de la noche, después de comerse un
pedazo de carne asada, se fueron a ver El Padrino
II. Era la primera vez que iban al cine en seis meses.
Los dos niños se quedaron al cuidado de un amigo
que había llegado esa tarde de Córdoba y lo invitaron
a dormir en el sofá del estudio.
Cuando volvieron, a las 12.05 horas de la noche,
quien les abrió la puerta de su propia casa fue un
civil armado con una ametralladora de guerra.
Dentro había otros cinco hombres, con armas
semejantes, que los derribaron a culatazos y los
aturdieron a patadas. El amigo estaba inconsciente
en el suelo, vendado y amarrado, y con la cara
desfigurada a golpes. En su dormitorio, los niños
no se dieron cuenta de nada porque habían sido
adormecidos con cloroformo.
Haroldo y Martha fueron conducidos a dos habitaciones
distintas, mientras el comando saqueaba la
casa hasta no dejar ningún objeto de valor. Luego
los sometieron a un interrogatorio bárbaro. Martha,
que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche
espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su
marido en la habitación contigua. Todas se referían
a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a La
Habana. En realidad, había ido dos veces —en 1971
y en 1974—, y en ambas ocasiones como jurado del
concurso de Casa de las Américas. Los interrogadores
trataban de establecer por esos dos viajes que
Haroldo Conti era un agente cubano.
A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes
tuvo un gesto humano, y llevó a Martha a la
habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera
de él. Estaba deshecha a golpes, con varios
dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del
brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los
vio pasar por la sala, se burló: “¿Vas a bailar con la
señora?”. Haroldo se despidió de Martha con un
beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba
vendado, y esa comprobación la aterrorizó, pues
sabía que sólo a los que iban a morir les permitían
ver la cara de sus torturadores. Fue la última vez
que estuvieron juntos. Seis meses después del
secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro
con su hijo menor, Martha se asiló en la Embajada
de Cuba. Allí estuvo año y medio esperando el salvoconducto,
hasta que el general Omar Torrijos
intercedió ante el almirante Emilio Massera, que
entonces era miembro de la Junta de Gobierno
Argentina, y éste le facilitó la salida del país.
Quince días después del secuestro, cuatro escritores
argentinos —y entre ellos los dos más grandes—
aceptaron una invitación para almorzar en la
casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran
Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti,
presidente de la Sociedad Argentina de Escritores,
y el sacerdote Leonardo Castellani. Todos habían
recibido por distintos conductos la solicitud de
plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti.
Alberto Ratti lo hizo, y entregó además una lista de
otros once escritores presos. El padre Castellani,
entonces tenía casi ochenta años y había sido
maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le
permitiera verlo en la cárcel. Aunque la noticia no
se publicó nunca, se supo que, en efecto, el padre
Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel
de Villa Devoto, y que lo encontró en tal estado de
postración que no le fue posible conversar con él.
Otros presos, liberados más tarde, estuvieron
con Haroldo Conti. Uno de ellos rindió un testimonio
escrito, según el cual fue su compañero de presidio
en el campo de concentración de la Brigada
Goemez, situada en la autopista Richieri, a doce
kilómetros de Buenos Aires por el camino de
Ezeiza. “En mayo de 1976”, dice el testimonio,
“Haroldo Conti se encontraba en una celda de dos
metros por uno, con piso de cemento y puerta
metálica. Llegó el día 20. Dijo haber estado en un
lugar del Ejército, donde lo pasó muy mal. Dijo que
se había quedado encerrado en un baño, donde se
desmayó. Apenas sí podía hablar y no podía comer.
El día 21 pudo comer algo. Se ve que andaba muy
mal porque le dieron una manta y lo iban a ver con
frecuencia. En la madrugada del día 22 lo sacaron
de la celda. Parece que lo iban a revisar o algo así.
Estaba muy mal y no retenía orines”. El testigo no
lo volvió a ver en la prisión. No ha habido gestión,
ni derecha ni torcida, que la esposa y los amigos de
Haroldo Conti no hayamos hecho en el mundo
entero para esclarecer su suerte.
Hace unos dos años sostuve una entrevista en
México con el almirante Emilio Massera, que ya
entonces estaba retirado de las armas y del
Gobierno, pero que mantenía buenos contactos
con el poder. Me prometió averiguar todo lo que
pudiera sobre Haroldo Conti, pero nunca me dio
una respuesta definitiva. En junio de 1980, la reina
Sofía de España viajó a Argentina al frente de una
delegación cultural que asistió al aniversario de
Buenos Aires. Un grupo de exiliados le pidió a
algunos miembros de la comitiva que intercedieran
ante el Gobierno argentino para la liberación
de varios presos políticos prominentes. Yo, en
nombre de la Fundación Habeas, y como amigo
personal de Haroldo Conti, les pedí una gestión
muy modesta: establecer de una vez y para siempre
cuál era su situación real. La gestión se hizo,
pero el Gobierno argentino no dio ninguna respuesta.
Sin embargo, en octubre pasado, cuando
ya estaba decidido su retiro de la presidencia, el
general Jorge Videla concedió una entrevista a una
delegación de alto nivel de la agencia EFE, y respondió
algunas preguntas sobre los presos políticos.
Por primera vez habló entonces de Haroldo
Conti. No hizo ninguna precisión de fecha, ni de
lugar ni de ninguna otra circunstancia, pero reveló
sin ninguna duda que estaba muerto. Fue la primera
noticia oficial, y hasta ahora la única. No
obstante, el general Videla les pidió a los periodistas
españoles que no la publicaran de inmediato, y
ellos cumplieron. Yo considero, ahora que el general
Videla no está en el poder, y sin haberlo consultado
con nadie, que el mundo tiene derecho a
conocer esa noticia.
1981 |