La música
de la poesía
T.S. Eliot (Gran Bretaña 1888–1965)
El tipo de poesía que se hace está determinado, cada
tanto, por la influencia de una u otra literatura contemporánea
en lengua extranjera; o por circunstancias
que hacen más afín un período de nuestro pasado que
otro; o por aquello en lo cual se insiste dentro de la
educación. Pero hay una ley natural más poderosa que
estas corrientes cambiantes, o que las influencias llegadas
de fuera o de la historia: y es que la poesía no
debe apartarse demasiado de la lengua corriente que
empleamos y oímos a diario. Se apoye en el acento o
en la sílaba, sea o no rimada, formal o libre, la poesía
no puede permitirse una pérdida de contacto con la
lengua cambiante del trato común.
Parecerá extraño que, hablando sobre la música de
la poesía, subraye tanto esto de la conversación. Pero
me gustaría recordarles, primero, que la música de la
poesía no existe aparte del significado. De lo contrario,
habría poesía de gran belleza musical carente de sentido,
y nunca me he encontrado con semejante poesía.
En las aparentes excepciones sólo hay una diferencia
de grado: hay poemas cuya música nos conmueve y
damos por supuesto el sentido, así como hay poemas
en los cuales prestamos atención al sentido y, sin que
lo notemos, nos conmueve su música. Tomemos un
ejemplo extremo, los versos sin sentido de Edgard Lear.
Su no-sentido no es ausencia de sentido: es una parodia
de sentido, y ese es su sentido. The Jumblies es
un poema de aventuras y de nostalgia por la emoción
de viajes y exploraciones; The Young-Bongy
Bo y The Dong with a Luminous Nose son poemas
de la pasión no correspondida —en realidad,
“blues”. Gozamos con su música, que es grande, y
gozamos con la sensación de irresponsabilidad
frente al sentido. O tomemos un poema de otro
tipo, el blue closet de William Morris. Es un
poema encantador, aunque no podría explicar qué
quiere decir y dudo de que el autor hubiera podido
hacerlo. Produce un efecto un tanto parecido al
de una runa o un ensalmo, pero las runas y los
ensalmos son fórmulas prácticas destinadas a
producir efectos definidos, como por ejemplo
sacar una vaca de un pantano. En cambio la intención
evidente del poema es producir el efecto de
un sueño, y creo que el autor lo consigue. Para
gustar del poema no es necesario saber qué significa
el sueño; aunque los seres humanos creen sin
vacilaciones que los sueños significan algo: antes
creían —y muchos creen aún— que los sueños
descubren los secretos del futuro; la creencia ortodoxa
moderna es que revelan los secretos —o al
menos los secretos más horribles— del pasado.
Es trivial señalar que puede ser totalmente
imposible parafrasear el significado de un poema.
No es tan trivial señalar que el significado de un
poema puede ser más amplio del que se propuso
su autor, y algo remotamente alejado de sus orígenes.
Uno de los poetas modernos más oscuros ha
sido el francés Stéphane Mallarmé, de quien los franceses
dicen a veces que su lenguaje es tan peculiar que
sólo puede ser captado por los extranjeros. Roger Fry y
su amigo Charles Mauron publicaron una traducción
inglesa con notas para descifrar los significados: cuando
me entero de que la inspiración de un soneto difícil
provino de la visión de una pintura de cielo raso
reflejada por la espuma de un vaso de cerveza, sólo
puedo afirmar que esto tal vez sea una buena
embriología, pero no es el significado. Si un
poema no nos emociona, como poema carece
entonces de sentido. Podemos conmovernos
profundamente oyendo recitar un poema en
una lengua de la cual no entendemos una
sola palabra; pero si luego nos dicen que el
poema es un galimatías y no significa nada,
consideramos que hemos sido engañados
—aquello no era un poema, sino una mera
imitación de música instrumental. Si, como
sabemos, solamente parte del significado puede trasmitirse
mediante una paráfrasis, es porque el poeta se
ocupa de las fronteras de la conciencia más allá de las
cuales faltan las palabras, aunque existan todavía significados.
Distintos lectores pueden hallar significados muy
diferentes en un mismo poema, y todos esos significados
quizás sean diferentes de lo que quiso decir el autor. Así,
por ejemplo, el autor puede haber escrito sobre alguna
experiencia personal que veía sin relación alguna con
nada exterior; y sin embargo para el lector del poema
puede transformarse en la expresión de una situación
general, así como también en la de alguna experiencia
suya particular. La interpretación del lector puede diferir
de la del autor y ser igualmente válida —o hasta
puede ser mejor. En un poema puede haber mucho más
de lo que sabe el autor. Todas las diferentes interpretaciones
pueden ser formulaciones parciales de una cosa;
las ambigüedades pueden deberse al hecho de que el
poema signifique más, no menos, de lo que puede
comunicar el habla corriente. De modo que aunque la
poesía intenta trasmitir algo que va más allá de lo que
puede trasmitirse en ritmos de prosa, sigue también
siendo el habla de una persona con otra; y esto sigue
siendo verdad si se la canta, porque cantar es otra forma
de hablar. La cercanía de poesía y conversación no es
tema sobre el cual puedan darse leyes exactas. Toda
revolución en poesía tiende a ser, y a veces se anuncia
como, un retorno al habla común. Esa es la revolución
que anunciaba Wordsworth en sus prólogos, y tenía
razón: pero la misma revolución había sido llevada a
cabo un siglo antes por Oldham, Maller, Denham y
Dryden; y la misma revolución habría de producirse otra
vez poco más de un siglo después. Los partidarios de una
revolución ensanchan el nuevo idioma poético en una u
otra dirección; lo pulen o lo perfeccionan; y mientras
tanto la lengua hablada continúa evolucionando, y el
idioma poético se torna anticuado. Tal vez no nos demos
cuenta de lo natural que ha de haber resultado el lenguaje
de Dryden para los más sensibles de sus contemporáneos.
Desde luego que ninguna poesía reproduce jamás
exactamente el lenguaje que habla y oye el poeta; pero
tiene que estar en tal relación con el habla de su tiempo
como para que el oyente o lector pueda decir “así hablaría
yo si pudiera hacer poesía”. Esa es la razón por la cual
la mejor poesía contemporánea puede darnos una sensación
de animación y una sensación de plenitud diferente
de cualquier sentimiento provocado por la poesía del
pasado, aún cuando fuera poesía más grande.
La música de la poesía, entonces, debe ser una
música latente en el habla común de su época. Ello
significa también que debe estar latente en el habla
común del lugar del poeta. No me propongo en este
momento lanzar invectivas contra la ubicuidad del
inglés uniformado o “de la BBC””. Si todos llegáramos
a hablar igual, no importaría que escribiéramos igual:
pero hasta ese momento —que espero se retarde bastante—
incumbe al poeta emplear el habla que
encuentra a su alrededor, la que le resulta más familiar.
Siempre recordaré la impresión que me produjo W.
B. Yeats leyendo poesía en voz alta. Escucharlo leer sus
propias obras significaba tener que reconocer cuánto
se necesitaba el modo de hablar irlandés para hacer
resaltar las bellezas de la poesía irlandesa: escuchar a
Yeats cuando leía a William Blake era una experiencia
de otro tipo, más asombrosa que satisfactoria. Claro
está que no queremos que el poeta reproduzca simple
y exactamente el habla suya, de su familia, de sus amigos
y su región particular; pero lo que allí encuentre ha
de ser el material con el cual deberá hacer su poesía.
Igual que el escultor, debe ser fiel al material con el
cual trabaja; con los sonidos que ha escuchado deberá
crear su melodía y su armonía.
De: Sobre la poesía
y los poetas.