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¿Te reconoces como un poeta de minorías?
Háblame de la validez del lenguaje, lo que esperas
de él como vehículo para articular un discurso
como el que haces, de constantes rupturas, montajes y disoluciones.
Me interesan los dos arquetipos por igual.
Confieso que me gustaría ser un poeta de minorías
y de mayorías al mismo tiempo. Y no quiero
adornarme ahora con nombres de los tantos que
han existido. Parto de una célula poliforme como
necesidad de expresión biológica, más allá del lenguaje,
de sus limitaciones, del arbitraje de la razón,
y hago por comunicarme con el hypocrite lecteur y
con el otro, que no es ni hipócrita ni lector, sin
dejar de subvertir el orden, el orden de las representaciones,
demostrando la relatividad de la lógica,
haciendo resistencia a lo humano desde lo
humano para desnudar mi sujeto, mostrando sus
miserias, su cacharrería y las que lo rodean, no sólo
el lado principesco “escritural”.
Lucho por introducir mi verdad de la historia en
la historia y el devenir a contrapelo de otras verdades
parciales, con la responsabilidad de un pensamiento
alerta hacia fuera y hacia dentro. Para
Eliot, un poeta debe ser difícil, porque nuestra civilización
es compleja para obligar así al idioma a
dislocarse hacia su verdadero significado.
Sé que te inquieta que algunas personas
adviertan la marginalidad en ciertas zonas de tus
libros como un fenómeno más trascendente de
lo que realmente es.
Trabajo con enciclopedias, trabajo con la calle,
trabajo con el lenguaje, sea popular o académico,
con el gracejo del pueblo que Dios me dio, sin
alardear de lingüista, con vocablos en hebreo,
ñáñigo, congo, ruso, polaco, italiano, inglés,
pasándolo por el control compositivo en castellano,
en un proceso de adecuación y modelaje.
Ahora sí, mis epifanías son cubanas, habaneras,
centrohabaneras, no dublinesas. Sé que hay poemas
que han espantado y seguirán espantando a
reticentes conservadores. Llamo la atención de
que son sólo parcelas, poemas, estrofas en las
que predominan formas concisas, herméticas,
más o menos radicales, a las que no voy a renunciar,
aunque no le agrade a un sector ortodoxo
que se cree dueño de verdades absolutas y que
figura en muchas tomas de decisiones.
Obstaculizadores natos, comadronas especializadas
en legrar poesía que pueda parecer “nueva”,
“extraña” o “rara”. Pero con eso hemos tenido que
vivir los artistas desde que el mundo es mundo. Y
sí, he tenido que vérmelas como un leproso, porque
no he sido parte nunca de ningún grupo
donde se trafiquen influencias o se canonice o se
excluya construyendo estados de opinión.
Cerval ha sido un libro bien aventurado,
Premio Internacional Raúl Hernández Novás,
Premio de la Crítica en 2006. ¿De qué forma
acercarías a un posible lector a un poemario
como este, que se anuncia como libro de caballería
o incursión en el caos interpretativo?
Todo código de significación para aprehender
la realidad es arbitrario, y un texto impone
muchas lecturas, Cerval es muchas cosas, no sólo
es adjetivo, no es sólo calificativo. Además de
título es el nombre del sujeto en lucha por mantener
en jaque a los poderes circundantes de un
mundo hostil, en su justa cólera contra la iniquidad
del mundo, la ingobernabilidad, la desertificación
(sobre todo del alma), la contumacia de
discursos, el filisteísmo de la “cultura”, los “macro
intereses”, las “áreas de saciedad”, las guerras
“asimétricas”, el consumismo compulsivo y la
pulsión de los desposeídos, los “santuarios tecnológicos”,
tecnológicos”,
las dictaduras mediáticas y las polarizaciones
ideológicas y económicas.
Está claro que no es un cuaderno en el que se
regale sencillez. Requiere más bien de un lector
familiarizado con determinadas claves de tu poesía.
En medio de un proceso acelerado de alienación
y despersonalización del individuo frente a
realidades que dejan de pertenecerle, Cerval es el
discurso de la incomunicación, pero no un discurso
clausurado, porque también es un ejercicio de
libertad, una cura de caballo, una manera de rastrear
y encontrar la virtud “bajo presión” en la era
del caos. Culturalmente estamos en la era de la
fusión, y Cerval es igual a fusión, y fusión es igual
a jazz, a vieja trova, a preludios, a hip hop, a
música sacra, a timba, heavy metal, songo, o polirritmia
de toques Arará de Cuba o de Luisiana.
Equivalentes todos a fusiones poéticas, en una
integración progresiva de diferentes elementos,
identidades, voces, silencios, crónicas, argots.
Obsesiones que en mí toman cuerpo abriéndose
al diálogo de la improvisación, al fraseo de instrumentos
como recursos expresivos, a modo de
scratch, graffiteo o arpegios, en un proceso de
adecuación de la palabra que encuentra su
correspondencia en la realidad, aunque la realidad
no exista, según Celan.
Casi siempre sucede que ese llamado lector
“familiarizado” que mencionas no es otro que el
hermano kamikaze que comparte nuestra visión de
la poesía como algo vivo e intenso.
Continua...  |