Literalmente
escribo caminando

(Conversación con Carlos Augusto Alfonso)

Leyla Leyva

 

Carlos Augusto Alfonso vive, si no a tiempo completo, buena parte de él para la poesía. No parece atraerle escribir narrativa, crítica o ensayo, como a muchos de los poetas de su generación. Cuando no hace poesía, la piensa en un reflujo de conciencia discontinuo que en algún momento procesará y llevará a la escritura.

El cosmos donde transcurren sus visiones se nutre, por lo general, de las referencias más variadas: literarias, sociales, históricas, culturales, geográficas, médicas, científicas…, a las que les dedica una atención y un tiempo incalculables, y que terminan compactando el bosque espinado de sus poemas, de su obra toda, considerada por la crítica como experiencia creativa difícil de comparar o emular.
Los modos a través de los cuales ha intentado acceder a la “realidad” y la comprensión que hace de ella, le han valido la aceptación absoluta o la indiferencia —cuando no el añadido de “creador interesante”— por parte de algunos de sus contemporáneos.
La poesía de Carlos Augusto Alfonso es vista como transgresora de toda norma vigente, aunque no sólo la dinamite, sino que, en un ejercicio extraordinario de examen y nueva construcción, se sirva lo mismo de la fraseología popular como de la consecución discordante de las ideas o el conversacionalismo lírico —al igual que de tantos otros recursos—, para perfilar su poética.


Te han incluido en la mayoría de las antologías de poesía de las últimas generaciones y se te considera uno de los más originales poetas cubanos. ¿Cuánto pesa en tu escritura este controversial “San Benito”?
Honestamente no me considero para nada un poeta renovador, ni trasgresor ni experimental. Sólo un poeta, nada más, aunque tenga mis reservas por el hecho de que cada día respete más esa denominación que tantos se atribuyen. Un simple mortal, que respira y se corta las uñas. Alguien que busca transfigurarse, levantar vuelo, oscilar para una comunicación directa con Dios a través de lo que intenta. Una voz, sí, una voz más, un juglar que ha cantado como ha podido, llegando hasta donde le han permitido sus fuerzas, que ha tratado de satisfacer una necesidad expresándose a través de poéticas diferentes en una guerra contra y con el lenguaje, lo cual lleva implícito riesgos que pudieran parecer “experimentos” y no lo son.
A lo largo de mi obra coexisten contenidos bien disímiles estilísticamente; a unos los llamaría poemas expediciones, a otros áreas, a otros, descargas, arqueología histórica; otros se proponen ser delicatessen, comestibles, etcétera, dependiendo de cómo logre resolver la escritura y plantear nuevas esencias, hurgando en mis entrañas hasta ponerlas limpiamente sobre una mesa bajo el sol. La poesía es mi “sistema de posicionamiento global”, mi especulación financiera. Es mi economía de casino, mis actas procesales, mi “agüita de Marte”, y sobre todo, por sobre todo, angustia. Angustia de la existencia y angustia por encontrar al ser y angustia por expresarlo en toda su intensidad no sólo literaria.

 

Continua...