Siguió el camino que debía seguir, un poco descuidado y desigual, silbando y mirando a lo lejos con la cabeza ladeada, y si se extravió fue porque para algunos no existe realmente un camino recto. Cuando le preguntaban qué pensaba llegar a ser en el mundo, daba diferentes respuestas, pues acostumbraba decir (y también lo había anotado ya) que llevaba dentro de sí las posibilidades de mil formas de existencia, y esto junto a la secreta conciencia de que en el fondo se trataba de puras imposibilidades...
Ya antes de despedirse de su estrecha ciudad natal, se habían soltado sin ruido las grapas e hilos con los que ella le sujetaba. El antiguo linaje de los Kröger había ido cayendo poco a poco en un estado de desmoronamiento y decadencia, y la gente tenía razón para pensar que el ser y esencia propios de Tonio Kröger eran parte de aquella ruina. La madre de su padre, cabeza de la estirpe, había muerto, y no mucho después la siguió hacia la muerte el padre, el señor alto, pensativo, vestido con esmero y que llevaba en el ojal una flor silvestre. La gran casa de los Kröger, con toda su digna historia, fue puesta en venta, y la firma se disolvió. Pero la madre de Tonio, su bella y fogosa madre, que tocaba de un modo tan maravilloso el piano y la mandolina y a quien todo le daba igual, se casó de nuevo en cuanto transcurrió el tiempo del luto, y con un músico, un virtuoso de apellido italiano a quien siguió hacia azules lejanías. A Tonio Kröger le pareció aquello un poco liviano, pero ¿acaso estaba él llamado a impedírselo? Escribía versos, y ni siquiera podía responder qué pensaba llegar a ser en el mundo...
Y abandonó la tortuosa ciudad natal, en torno a cuyas fachadas silbaba el viento húmedo; abandonó la fuente y el viejo nogal en el huerto, los confidentes de su juventud; abandonó también el mar al que tanto amaba, y no sintió ningún dolor. Porque se había hecho adulto y sabio, había comprendido su propio caso y rebosaba de sarcasmo hacia la torpe y menguada existencia que lo había retenido tanto tiempo en su seno.

Se entregó por completo a la fuerza que le parecía la más noble de la tierra y a cuyo servicio se sentía llamado, que le prometía grandeza y honores: la fuerza del espíritu y la palabra, que se entroniza sonriendo sobre la inconsciente y muda vida. Con su pasión juvenil se entregó a esa fuerza, y ella le retribuyó con todo lo que tiene para dar, y le arrebató, implacable, todo aquello que suele tomar como pago.
Aguzó su mirada y lo hizo comprender las grandes palabras de las que está henchido el pecho de los hombres, le abrió las almas de los hombres y la suya propia, lo hizo clarividente y le mostró el interior del mundo y lo más recóndito de las palabras y los hechos. Mas lo que vio fue esto: comicidad y miseria, comicidad y miseria.
Entonces, con la tortura y la arrogancia del conocimiento, vino la soledad, pues no le soportaban en el círculo de los inocentes cuyo pensamiento era alegremente vago, y les perturbaba la marca en su frente. Pero más y más dulce se le hacía, al mismo tiempo, el placer de la palabra y la forma, pues acostumbraba decir (y también lo había anotado ya) que el solo conocimiento del alma nos haría infaliblemente melancólicos, si no nos mantuvieran despiertos y animosos los deleites de la expresión.



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Tonio Kröger se encontraba en el norte, y le escribió a Lizaveta Ivanovna, su amiga, como se lo había prometido.
Querida Lizaveta, allá abajo en la Arcadia, a donde pronto regresaré, escribía. Aquí tiene algo parecido a una carta, pero la decepcionará, pues pienso mantenerla en términos más bien generales. No es que no tenga nada que contar, o que a mi modo no haya tenido una u otra experiencia. En casa, en mi ciudad natal, hasta quisieron encarcelarme... pero de esto ya le haré un relato verbal. Ahora hay días en que a veces prefiero decir buenamente algo general, en lugar de contar historias.

¿Se acuerda todavía, Lizaveta, de que en cierta ocasión me llamó usted buen ciudadano,* un buen ciudadano extraviado? Usted me llamó así en una hora en que, dejándome llevar por otras confesiones que se me habían escapado antes, le confesé mi amor por eso a lo que llamo la vida; y me pregunto si usted sabía bien hasta qué punto había dado con la verdad, hasta qué punto son una misma cosa mi esencia de buen ciudadano y mi amor a la “vida”. Este viaje me ha dado razón para reflexionar sobre eso...
Mi padre, sabe usted, era un temperamento nórdico: observador, concienzudo, correcto por su puritanismo e inclinado a la melancolía; mi madre, de sangre indefinidamente exótica, bella, sensual, ingenua, al mismo tiempo negligente y apasionada y de una impulsiva anarquía. Sin duda alguna esta mezcla llevaba en sí extraordinarias posibilidades... y extraordinarios peligros. Lo que salió de ahí fue esto: un buen ciudadano que se extravió en el arte, un bohemio con nostalgia de la buena cuna, un artista con cargos de conciencia. Porque es mi conciencia de buen ciudadano la que me hace ver en todo lo artístico, en todo lo extraordinario, en todo genio, algo profundamente ambiguo, profundamente sospechoso, profundamente dudoso; la que me llena de esta debilidad enamorada de lo simple, lo cándido, agradable y normal, lo no genial y lo correcto.
Estoy entre dos mundos, en ninguno me encuentro en casa, y por ese motivo las cosas se me hacen un poco difíciles. Ustedes, los artistas, me tienen por un buen ciudadano, y los buenos ciudadanos están tentados de encarcelarme... no sé cuál de las dos cosas me ofende más amargamente. Esos buenos ciudadanos son estúpidos; pero ustedes, adoradores de la belleza, que me tildan de flemático y sin añoranza, deberían pensar que hay un modo tan profundo de ser artista, tan congénito y determinado por el destino, que nada le parece más dulce y digno de añoranza que los placeres de la normalidad.

Admiro a los orgullosos y fríos que se aventuran por las sendas de la gran belleza demoníaca, y desprecian a los “humanos”, pero no los envidio. Porque si algo puede hacer de un literato un poeta, es este amor, mi amor de buen ciudadano hacia lo humano, lo vivo y lo normal. Viene de él todo calor, toda bondad, todo ingenio, y casi me parece que ese amor es el mismo del cual está escrito que si alguien hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles y no tuviese amor, sería como metal que resuena, o címbalo que retiñe.
Lo que he hecho no es nada, no es mucho, o es igual que nada. Haré cosas mejores, Lizaveta: es una promesa. Mientras escribo, el mar sube hasta mí susurrando, y cierro los ojos. Miro hacia el interior de un mundo aún no nacido, confuso, que pide ser ordenado y formado; veo una multitud de sombras de figuras humanas, que me hacen señas para que las conjure y redima: trágicas unas, ridículas otras, y otras que son ambas cosas a un tiempo —y es por éstas que siento especial simpatía.

Traducción: Olga Sánchez Guevara.


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* He traducido “Bürger” por “buen ciudadano”, porque la palabra “burgués”, empleada en anteriores traducciones de la obra de Thomas Mann, ha ido adquiriendo con el tiempo connotaciones que se alejan del sentido en que la usa el autor.