Tonio Kröger: el arte y la vida.
La visión del artista en Thomas Mann



Olga Sánchez Guevara

 


Dos adolescentes, recién salidos de la escuela, pasean por las calles de su ciudad. Más adelante uno de ellos se marcha y se convierte en escritor; sólo de paso regresará Tonio a los escenarios de su amistad menospreciada por Hans, y de su no correspondido amor hacia la rubia Ingeborg. La narración lineal de un suceder sin grandes altibajos servirá como fondo para la reflexión sobre arte y vida, en una prosa cuyo preciosismo la hace lindar con la poesía, y en la que se proyecta la temprana poética de uno de los más grandes novelistas del siglo XX. Hace algún tiempo se cumplieron 50 años de la muerte de Thomas Mann, y 130 de su nacimiento. Desde el éxito de su primera gran novela, Los Buddenbrook, en 1901, su obra ha sido profusamente traducida y publicada: estos comentarios, por ejemplo, se basan en la edición 40 de Tonio Kröger por la S. Fischer Verlag (fechada en 2003, centenario de la primera edición de esta noveleta) y en la lectura de la obra por su autor, conservada en audiocassettes.
Con admirable poder de síntesis, en menos de 70 páginas, autor y personaje abordan temas como el amor, la amistad, el arte de escribir y el mundo del artista. La amistad, para Tonio, tiene un nombre: Hans Hansen. (Un detalle curioso: Hans es también el nombre del protagonista en La montaña mágica.) Tonio siente una fuerte inclinación hacia el amigo, lo que podría llamarse dependencia emocional: busca su aprobación, su compañía, trata de compartir con él lecturas, intereses; pero el amigo no le presta la atención que espera y eso le causa un sufrimiento que lo marca, como también lo marcan el rechazo y la burla de Ingeborg, la amada:

...el que más ama es el más débil y debe sufrir —esta simple y dura enseñanza ya la había sacado de la vida su alma de catorce años.*
...porque la dicha, se decía a sí mismo, no está en ser amado... la dicha está en amar y, acaso, en conseguir algunos breves, engañosos contactos con el objeto de ese amor...


Mucho después, Tonio coincidirá con ambos, el amigo y la amada, en un balneario danés: los ve, pero ellos no lo ven a él, como tampoco lo vieron realmente en otros tiempos, pese a los esfuerzos de Tonio por llamar su atención. Hans e Ingeborg personifican lo que Thomas Mann llama el buen ciudadano*: el que lleva una vida común y corriente, y cuyos gustos, deseos e ilusiones no se apartan notablemente de la media regida por las leyes ciudadanas: ir a la escuela cuando niño, aprender un oficio, tener un hobby, amigos con quienes festejar y entenderse, tener una pareja, casarse, fundar una familia, dedicarse a ella y a su trabajo, cumpliendo más o menos sus deberes; en fin, aquel que cifra y halla su felicidad en esta sólida medianía.
Es que tanto Hans como Ingeborg son parte de un ámbito normal donde la fuente de la dicha es la vida inmediata, lo cotidiano y rutinario, mientras Tonio, desde su adolescencia, ya mira con ojos de artista: siente más y ve más, quiere entender el mundo y encontrar el sentido de su vida y de lo que hace. Dar sentido, o hallarlo, incluso para el sinsentido. (Un escritor amigo me ha dicho en más de una ocasión que venimos al mundo precisamente para dar sentido.)

Y daba vueltas con mesura en torno al altar de la ofrenda, en el que ardía la pura y casta llama de su amor (...) Y al cabo de algún tiempo, imperceptiblemente, sin ruido ni revuelo, la llama se había extinguido.
Pero Tonio Kröger aún permaneció durante cierto tiempo ante el altar apagado, lleno de asombro y decepción porque la fidelidad era imposible en la tierra. Después se encogió de hombros y siguió su camino.


Y casi con las mismas palabras conclusivas del segundo capítulo, se da inicio al tercero: Siguió el camino que debía seguir (...) Énfasis no gratuito en Thomas Mann, y que recalca la importancia de andar sin detenerse, sin dejarse abatir, venciéndose a sí mismo, rumbo al objetivo propuesto. En el caso de Tonio, ese objetivo es dedicarse a la escritura, convertirse en artista de la palabra. Y elige, con plena conciencia de los riesgos y las renuncias que implica su elección.
Más adelante, en su conversación con Lizaveta Ivanovna, en el capítulo 4, Tonio dirá que la literatura es una maldición que el artista comienza a comprender cuando nota qué abismo lo separa de los normales, los ordenados.

(...) lo normal, honrado y amable, ese es el reino de nuestra añoranza: ¡la vida en su seductora banalidad! Aún está lejos de ser un artista, amiga mía, (...) aquel que no conozca el anhelo de lo inocente, sencillo y vital, de un poco de amistad, entrega, confianza y humana felicidad... Ya en el primer capítulo se exhortaba a sí mismo:

Mira a esos buenos estudiantes y a los que se caracterizan por su sólida medianía (...) Ellos no escriben versos (...) ¡Qué ordenados han de sentirse, y cuán de acuerdo con todo y con todos! Eso debe ser bueno...


Para él, vida y literatura son realidades irreconciliables que le atraen en igual medida, pero la maldición decidirá el destino de aquel sobre quien pesa: el creador está solo, separado del mundo y la vida normal. Esta contradicción es llevada al extremo en Tonio Kröger, cuya autopercepción como ser humano cede por completo ante su conciencia de artista:

Trabajaba no como quien lo hace para vivir, sino como quien no quiere otra cosa sino trabajar, porque se estima en nada como ser humano, y sólo desea ser tomado en cuenta como creador, y en todo lo demás aparece tan insignificante y gris como un actor sin maquillaje, que nada es mientras no tiene un papel que representar.

Continua...