II



Que Alfonso, doce años mayor que ella, la hubiese abandonado por una joven de dieciocho, nunca había sido lo más doloroso. En verdad, aun sin conocerla, Vivian no le inspiraba sino pura lástima. Pero jamás podría ni soñar con perdonarle a él que hasta el final le hubiese jurado gravemente que viviría junto a ella para siempre, que envejecería a su lado y que su postrer anhelo era morir a su sombra. Y todo eso lo había repetido justo el día antes de aquella tarde en que, al regresar a la casa, Yolanda halló en la puerta del refrigerador un pedazo de papel que le había arrancado a una revista vieja y donde le declaraba sumariamente que se iba para siempre, que de seguro sería más feliz sin él, que había encontrado a alguien y que ella podía quedarse con el televisor. Como si ella no hubiese tenido la invariable costumbre de quedarse cada noche escuchando la radio en la cama, incapaz de sentarse ante el televisor con verdadero interés, excepto si él le rogaba que le hiciera compañía algún que otro sábado por la noche.
Y ya no volvió a verlo nunca. No habló con ella por teléfono ni siquiera para el divorcio, que efectuaron a través de un abogado. “Un hombre así”, le aseguró Conrado, su hermano, “no merece seguir pisando la tierra”. Mientras él comenzaba su nueva vida con la paz de los justos, sin fantasmas ni remordimientos, ella pasaba sus interminables y agobiantes noches a solas con el insomnio y las pesadillas, sin comprender nada, vaciada hasta el fondo, culpándose a sí misma, asqueada del mundo. Escuchándolo parlotear ahora, Yolanda recordaba con claridad aquella época terrible en que se descubrieron uno al otro la veta sadomasoquista y comenzaron a hacerse tretas cada vez más mortificantes, disfrutando ambos igualmente el daño que cada uno provocaba en el otro.
—¿Y el televisor, Yola? —le preguntó de pronto y ella contuvo una carcajada brutal.
—Por supuesto que no tuve paciencia para venderlo. Se lo regalé a mi hermano. Y hace mucho tiempo que tuvo que comprarse otro.
No quería que Alfonso conociera el peso horrendo de su odio; no debía regalarle el menor reproche ni permitirle sentirse merecedor de su aborrecimiento. Y, sin embargo, ignoraba lo que en realidad estaba haciendo. Únicamente estaba segura de que si le había dedicado los mejores años de su vida a un hombre como Alfonso la culpa era suya y no de él; si le guardaba tanto rencor era por su propia culpa y, paradójicamente, lo odiaba ante todo por la sencilla razón de haberla obligado a odiarlo, de haberla hecho sentirse despreciable y amargada, de haberle hecho creer durante un tiempo que odiaría para siempre a todos los hombres y que debía terminar buscando la satisfacción de su cuerpo en el cuerpo de otra mujer. Pero, acaso, hoy podía ser el día perfecto para dejar el pasado definitivamente atrás.
Cuando llevaba media hora bebiendo y hablando, a pesar de que se había comido la ensalada en un par de bocados, Alfonso ya estaba bastante borracho y, tal como ella esperaba, comenzó sus insinuaciones sexuales. Yolanda le recordó que Vivian lo esperaba. Él se echó a reír, divertido:
—Al carajo Vivian.
—Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos.
—Al carajo el tiempo. Al carajo la última vez. Solamente en nombre de nuestros años felices, Yola
—Ella hizo un leve gesto negativo con la mano, como si quisiera apartar algo muy desagradable y cercano de sus ojos—. Y tírame una foto, para que te quede algún recuerdo mío.
—Qué gran hijo de puta eres —le dijo Yolanda, de nuevo a punto de soltar una carcajada brutal—. ¿Una foto con pasión o sin pasión?
—Al carajo yo, rey de los hijoeputas —Volvió a sus labios aquel grotesco remedo de sonrisa. Sin decir nada y haciéndole un gesto que, no obstante lo leve, parecía en realidad una orden, ella se encaminó al cuarto y él la siguió con el vaso y la botella en las manos, tambaleándose a todo lo largo del estrecho pasillo. Ya adentro, Alfonso dejó el ron sobre la mesita de noche, se desnudó, se echó en la cama y se quedó acostado boca arriba, con las manos bajo la nuca y una expresión placentera que obligó a Yolanda a desviar la vista y mirar por la ventana hacia afuera como si del otro lado hubiera algo que le llamara de pronto la atención—. Tírame la foto ahora, una foto con pasión —exclamó y ella no supo si estaba bromeando, burlándose de ella o hablando en serio, pero a esta altura ya daba lo mismo. Negó con la cabeza—. Bueno, pues al carajo también la foto, la pasión y lo que sea—. Se sirvió otro trago, más largo aun que los anteriores, y con una señal torpe la invitó a que se acercara a la cama.
Haciendo otra seña, para que esperase un momento, Yolanda tomó una toalla y entró en el baño. Se duchó meticulosamente, sin prisa, como si una ocasión muy importante la reclamara. Al final, dejó que el agua cayera sobre su rostro durante diez interminables minutos en los que, por fin, no pensaba en nada. No había sentimiento alguno dentro de ella. No tenía un interior desde donde pudiera llegarle una intención, un anhelo, un acto de voluntad o un recuerdo suficientemente nítido siquiera. Se encontraba aparte de cualquier acontecimiento. Tampoco estaba dejándose conducir por algo que pudiera ser considerado un instinto. Sabía perfectamente que no haría el amor con Alfonso, aunque hubiese querido, porque al salir del baño lo encontraría dormido y roncando. Cuando cerró la ducha, se secó escrupulosamente, colgó la toalla bien estirada y se miró en el espejo durante unos segundos. Entonces supo, sin el menor asomo de duda, finalmente, qué era lo que estaba haciendo.
Salió del cuarto, miró por un instante al hombre, que en efecto dormía, con los ojos entreabiertos como siempre que se acostaba borracho. Eso le provocó la curiosa sensación de que él podía atestiguar cada detalle de lo que ella hacía. Se peinó con esmero, se puso su mejor vestido, se perfumó y se miró en la luna del espejo del escaparate. Fue al lavadero y cogió las cuerdas que usaba para tender la ropa. De paso por la sala, tomó la cámara, le puso un rollo nuevo y la dejó sobre la cómoda, lista para dispararla. Fue de nuevo a la cocina, tomó la botella de alcohol (que por desgracia no estaba muy puro) y regresó al cuarto caminando muy despacio.
—Adiós, Alfonso —le dijo en voz alta y grave, casi triste, al hombre dormido, que siguió roncando con los ojos entreabiertos, y añadió unos instantes después con voz imperceptible—. Perdóname si puedes, Dios mío.