Algún recuerdo mío
Ernesto Santana
Nació en Puerto Padre, Las Tunas, en 1958. Ha
publicado, entre otros, los libros de cuentos
Nudos en el pañuelo (1993), Bestiario Pánico
(1995), Mariposas nocturnas (1999), el poemario
Escorpión en el mapa (1998) y la novela
Ave y nada (Premio Alejo Carpentier 2002).
—Qué lástima si nunca podrá ver estas fotos
susurra ella para sí misma, recostada de pie al
marco de la puerta de su cuarto, inmóvil como el
cuerpo que yace sobre la cama, humeante aún.
“Por lo menos ya no me diría que les falta pasión”,
pensó, asombrada de su propio sarcasmo, sin
mirar aún a los vecinos que han acudido a los
espantosos gritos de Alfonso y que ahora la observan,
horrorizados por la visión que tienen ante sí—
.
Los gritos duraron tanto porque el alcohol no
ardía bien —les dice con voz absolutamente neutra,
y es cierto, pues gracias a eso tuvo tiempo
suficiente para tomar varias fotografías mientras
los vecinos, llamándola, aporreaban la puerta,
hasta que decidieron derribarla. Pero cuando por
fin entraron ya Alfonso estaba silencioso.
—De veras que me alegra mucho volver a verte
—le había asegurado él cuando, dos o tres horas
antes, se encontraron en la esquina, a unos metros
del edificio donde ella vivía, y Yolanda no necesitó
oler el tufo del ron para saber que Alfonso se había
dado algunos tragos, pues le bastaba con verlo
sonreír como si jamás hubiesen ocurrido aquellos
ingratos acontecimientos que llenaron los dos últimos
años de vida en común.
Ella se limitó a asentir levemente con la cabeza,
conteniendo aquella mezcla de repugnancia y desdicha
que le provocaba la persona entera de quien
fuera su esposo, incluyendo recuerdos, pertenencias
dejadas en la casa, noticias suyas que le llegaban a
través de otros y, ahora, su presencia y el sonido de
su voz, que insistía en subir al apartamento sólo
para conversar un rato. Como si él supiera lo que es
una conversación. A pesar del desagrado, Yolanda
sentía cierta curiosidad, un anhelo vago y frío, algo
indefinible que le hizo aceptar finalmente su repentina
compañía. Pero en ningún momento, ni entonces
ni luego, le mostró la más leve sonrisa.
—Vengo de visitar a un amigo de la universidad
—decía él, disculpándose absurdamente— y tomamos
un poco de añejo en recuerdo de los tiempos
añejos —Se rió solo, abrió los brazos de un modo
que quería parecer cándido—, pero me quedé con
ganas de seguir. Si tuvieras un trago sería magnífico,
también en recuerdo de nuestros buenos tiempos —
Y, mirando alrededor, con fingido interés, añadió—: El
apartamento no ha cambiado casi nada. El cuartico
está igualito —canturreó antes de sentarse en una
butaca, sin abandonar aquella mueca trabada en
que se había convertido su sonrisa de un momento
antes. Ni cuenta se dio (cosa muy natural en él) de
los visibles cambios que Yolanda había hecho.
Por puro azar, ya que ella nunca bebía, conservaba
intacta la botella que le había traído su hermano
Conrado una semana atrás cuando vino a felicitarla
por su cumpleaños, como hacía cada 24 de
noviembre aunque tuviera una pierna enyesada, o
su esposa estuviese enferma e incluso si había
ciclón. Además de la botella y un vaso, le puso en la
mesita de mármol un plato con ensalada fría:
—No es añejo, pero es lo que hay —apuntó y se
fue hacia la cocina para hacer café.
Como era de esperar, Alfonso seguía siendo el
insensato de siempre, justificándolo todo con tal de
no perder su apariencia de autoestima, sin darse
cuenta de que ella siempre le había admirado aquella
energía para el
trabajo que no lo
dejaba permanecer
inactivo ni como arquitecto
—y talentoso
que era— ni
como albañil o plomero,
oficios que ejercía
cuando su profesión no le
daba suficiente desahogo
económico. Aun así, nunca
se le veía físicamente cansado
y aparentaba tener mucho
menos que cincuenta y dos años, al
contrario de ella, que con cuarenta parecía mayor
que él. Sin embargo, acostumbraba a sentirse frustrado
y a regodearse con su autocompasión como si
la vida se ensañara con él.
—Tu café es inolvidable —le aseguró con demasiado
énfasis antes de probar el primer sorbo—, y
déjame decirte que no he encontrado a nadie que
tenga tan buen gusto para hacer el café. Nadie en
absoluto, Yola —”¿Café?”, se preguntó ella. “¿De qué
habla?” Claro, el único recuerdo que guardaba de su
ex mujer era el café, y ya eso resultaba bastante. Ni
remotamente podía suponer que Yolanda jamás
había vuelto a tomar café, aun cuando lo hiciera
para brindarle a una visita. Pensar en la palabra café
era ya pensar en él y en todo lo que había significado
en su vida—. Cuéntame de ti —le pidió mirando
la cámara y los accesorios fotográficos que ella
había puesto en el sofá cuando entró, y Yolanda, sin
entrar en detalles, le contó que hacía tiempo que
había abandonado el periodismo y se ganaba la vida
haciendo fotos en bodas, cabarets, cumpleaños,
donde fuese—. No está mal, aunque, francamente,
nunca me gustaron tus fotos. Por lo menos las que
hacías antes. No sé, era como si les faltara… pasión.
Pero, ¿quién sabe? ¡A lo mejor como fotógrafa
ambulante eres genial!
No resultaba un chiste bueno, ni malo, y ni
siquiera era un chiste, sino sólo un intento de escapar
de su rígido foco de atención, pues ella le provocaba
ahora la turbadora sensación de hallarse
frente a una persona absolutamente desconocida
pese a que, pensándolo bien, eso no debiera resultarle
asombroso si no se habían vuelto a ver desde
que se divorciaron doce años atrás.
Por su parte, Yolanda supuso siempre que, si
alguna vez se encontraban de nuevo, a Alfonso le
habría sido imposible guardar en la memoria rastro
alguno de todo el daño que le hizo, si es que alguna
vez tuvo conciencia de eso. Ninguno de sus
defectos llegaba a ser tan odioso. Cualquier persona
hubiera podido seguir infaliblemente la pista de su
vida guiándose sólo por las ruinas que iba dejando
a su espalda, invisibles para él incluso si en algún
momento volvía atrás la mirada. Y no porque careciera
absolutamente de sensibilidad, sino porque
entre su corazón y el mundo, incluyendo a Yolanda,
se alzaba, ignorante de sí misma, la muralla de su
propio ser.
Como de costumbre, hablaba hasta por los codos,
incapaz de sufrir una pausa de cinco segundos,
empatando de cualquier modo palabras y más palabras
para escuchar su propia voz y no verse a sí
mismo. Gracias a eso, ella no tuvo que contarle ni
verdades ni mentiras de cómo le iba en la vida, ni
darle detalles de lo que estaba haciendo o de lo que
pretendía, ni de si tenía a alguien o se hallaba sola.
¿Podría decirle que en los dos últimos años había
comenzado de pronto a asistir a la misa del domingo
en la iglesia de Las Mercedes, e incluso a algunas
en mitad de semana? Bien poco hubiera significado
para él cualquier cosa que ella pudiese confesarle
y bien pronto la habría borrado de su pensamiento
sin siquiera darse cuenta. Escuchándolo, se
preguntaba sobre el hecho, tan inconcebible en ese
instante, de haber pasado seis largos años de su
existencia junto a aquel hombre, de haber presumido alguna vez
que fuera posible
alcanzar a su lado
algo semejante a la
dicha y nunca haber
querido terminar tajantemente
el matrimonio.
Continua... |