Aida Bahr:
las voces inconformes
Marilyn Bobes
La intolerancia, el dogmatismo, el aislamiento
del diferente y los prejuicios
para juzgar las conductas del individuo
en ciertos colectivos constituyen las
preocupaciones fundamentales de la
primera novela de Aida Bahr que, bajo
el título de Las voces y los ecos publica
Ediciones Unión en su colección Contemporáneos.
Como afirma la editora del libro en
la nota de contracubierta, "se trata de
una obra donde sucesos comunes y
extraordinarios se mezclan armoniosamente
para contar la historia de una
familia cubana desde principios hasta
finales del siglo XX en una Cuba cambiante
y compleja".
Con un buen aval como cuentista, la
autora nos presenta en esta narración de
largo aliento una historia cuestionadora,
con gran precisión estilística, en la que
pueden leerse dos novelas en una,
engarzadas con maestría por la eficiencia
de una narradora-protagonista que,
en su proceso de aprendizaje humano e
intelectual, se decide a recuperar la
memoria de la familia.
Una muchacha inconforme, con pretensiones
de escritora, tendrá que
enfrentarse a numerosos escollos para
terminar una carrera universitaria de
Letras en el complicado ambiente de
una beca donde confluyen numerosos
personajes que se solidarizan u hostigan
a la protagonista por sus características
personales y su propósito de
crear una obra de teatro que refleja
una realidad lejana del triunfalismo y
el esquematismo que organizaciones y
autoridades le reclaman.
La postura valiente y la seguridad
en sus principios nos la presentarán
en un final optimista pero sin idealizaciones.
Al mismo tiempo, participamos de la
novela dentro de la novela a través de
esa historia tan cautivadora que incluye
a sus abuelos, padres, tíos y primos,
cada uno marcado por su experiencia
individual y muy bien dibujados como
personajes.
Para prevenir al lector de que se trata
de la novela que la protagonista está
escribiendo, se insertan entre paréntesis
numerosos comentarios y dubitaciones
sobre la propia escritura de los que
la narradora quiere dejar constancia,
como una especie de distanciamiento
brechtiano o un manual de las numerosas
dificultades que nos presenta la
escritura de un texto literario.
Obra inconforme y de gran complejidad
dramática, Las voces y los ecos
nos enfrenta a una Aida Bahr capaz de
construir una narración extensa con la
misma eficacia y calidad que ya ha
demostrado en su cuentística, que ha
sido antologada, traducida y publicada
tanto por la Editorial Letras Cubanas
como por Ediciones Unión.
Las voces y los ecos será recibida,
seguramente, con agrado por aquellos
que creeen en la literatura como una
forma de conocimiento y de testimonio,
sin que por ello deje de ser un
texto en que lo imaginativo y la fluidez
de la prosa la colocan en un lugar
cimero del movimiento novelístico que
se viene consolidando en nuestro país y
en el cual, dicho sea de paso, ocupan
un espacio nada desdeñable las autoras,
aunque como en este caso el discurso
de género sea apreciable sólo de
un modo tangencial.
Sin lugar a dudas, esta es una novela
que será disfrutada tanto por las
mujeres como por los hombres y que la
crítica no debe pasar por alto.

El dictador latinoamericano.
Fauna en extinción
Lisandro Otero
El dictador latinoamericano ha sido
uno de los temas más favorecidos por
la literatura de nuestro continente.
Alejo Carpentier, Gabriel García
Márquez, Augusto Roa Bastos, Miguel
Ángel Asturias, entre otros, han desarrollado
ese personaje. Más atrás hay
hitos como Valle Inclán, con su Tirano
Banderas, e incluso podemos ir a la
literatura inglesa en la búsqueda de
antecedentes, para hallar el Nostromo
de Joseph Conrad. En realidad el dictador
latinoamericano es la expresión del
dominio de las oligarquías nacionales
apoyadas por el imperialismo norteamericano,
que ha encontrado en el
caudillo una forma cómoda de dominio
de nuestras repúblicas.
La legión de dictadores parece
inagotable en nuestro continente.
Tenemos a los más recientes —del último
medio siglo—, como Trujillo, Somoza,
Batista, Duvalier, Rojas Pinilla, Pérez
Jiménez y Machado. A ellos se unen los
populistas como Perón y Getulio
Vargas, los paternalistas como Porfirio
Díaz y Juan Vicente Gómez. A los fundadores
como Gaspar Rodríguez de
Francia en Paraguay, Gabriel García
Moreno en Ecuador, Antonio Guzmán
Blanco en Venezuela, Mariano Melgarejo
en Bolivia, Augusto Leguía en
Perú, Carlos Ibañez en Chile, Laureano
Gómez en Colombia y Jorge Ubico en
Guatemala.
El dictador latinoamericano es
usualmente sanguinario y despótico,
autoritario y absolutista, y a la vez
puede ser pintoresco y folklórico,
supersticioso y carismático, incluso bufonesco,
operático, cursi, delirante,
desatinado, retórico y ceremonioso.
Maximiliano Martínez, de El
Salvador, era partidario de la Teosofía y
era sobrenombrado El Brujo. Distribuía
agua coloreada con anilina para curar
todos los males y masacró a quince mil
indios en Izalco. Porfirio Díaz gustaba
vestir aparatosamente con casacas
ramadas consteladas de condecoraciones
y usaba bicornios emplumados.
El general Andrés Santa Cruz gustaba
de los títulos pomposos y se hacía
llamar Gran Ciudadano, Restaurador de
Bolivia, Capitán General del Ejército,
Brigadier General de Colombia, Gran
Mariscal y Pacificador del Perú, Invencible
y Supremo Protector de los
Estados Peruanos del Norte y del Sur,
Comisionado de las Relaciones Exteriores
de los Tres Estados, Supremo
Protector de la Confederación Peruano
Boliviana, etc., etc.
El general Antonio López de Santa
Ana no se movía si no lo precedían
procesiones con flores, música y banderas
y se hacía llamar Su Alteza
Serenísima. Pese a esa afectación vanidosa
le perdió a México Tejas y
California, la historia de América
habría sido diferente de no haber sido
por sus errores y prevaricaciones.
François Duvalier gustaba de lanzar al
voleo billetes de alto valor para tener
el placer de ver a sus ministros humillándose
en posiciones embarazosas
en la recogida del botín espurio. En
Bolivia ha ocurrido un promedio de un
golpe de estado cada nueve meses en
el último siglo y medio, pero los
Patiño, los Aramayo y los Hoschild
han seguido gobernando el país fuese
quien fuese el espadón de turno.
Galo Plaza, de Ecuador, fue un
conocido torero antes de ser Presidente.
Arosemena fue destituido de la
Presidencia tras ser declarado alcohólico
incurable. García Moreno consagró
oficialmente su país al Sagrado
Corazón por ley del Congreso y logró
que los delitos comunes fuesen juzgados
por tribunales eclesiásticos. Murió
de un balazo por una muchedumbre
enfurecida y su cuerpo fue descuartizado
en la escalinata del palacio de
Quito.
Juan Vicente Gómez falsificó documentos
para hacer aparecer la fecha de
su nacimiento similar a la de Simón
Bolívar a quien admiraba tanto como
al Káiser Guillermo II. Trujillo designó a
su hija Angelita, cuando sólo contaba
catorce años de edad, como embajadora
especial para asistir a la coronación
de la reina Isabel II. Nombró coronel
del ejército a su hijo Ramfis cuando el
niño cumplió tres años de edad.
Rodríguez de Francia admiraba ilimitadamente
a Robespierre y al final
de su gobierno exigía que las calles por
donde iba a transitar estuviesen completamente
desiertas. Ubico ordenó
construir una réplica de la torre Eiffel
en la carretera al aeropuerto. Solía
comer tortillas con frijoles junto a los
peones de su hacienda a los que condenaba
a trabajos forzados.
El dictador latinoamericano ha sido
también, en ocasiones, por obra de las
contradicciones de nuestra historia, un
opositor del colonialismo y ha comenzado
su carrera en el independentismo
y llevado por la ambición ha concluido
en el autoritarismo absolutista. Nuestro
continente ha sido rico en culturas
autóctonas y quedan las huellas generosas
del Cuzco, Tiahuanaco, Chichén-
Itzá, Uxmal, Teotihuacán, lo cual unido
a una naturaleza enérgica y ostentosa
nos ha entregado el Titicaca, el
Chimborazo, el Amazonas, los Andes, el
Atacama, la Patagonia, el Orinoco, el
Matto Grosso, el Orizaba. Nos viene la
sangre de gallegos, vascos, catalanes,
canarios, unida a mayas, aztecas, incas,
arahuacos, tainos, araucanos que se
reforzó con mandingas, carabalíes,
congos y yorubas y produjimos cuarterones,
zambos y mulatos.
Esa colorida excentricidad nos otorga
los rasgos únicos de nuestra historia,
de nuestra morfología, de nuestras
imperfecciones teratológicas y de
nuestra belleza.
Continua...  |