El último de los grandes*
Jorge Fornet
Cuando oigo decir que William Faulkner es un
“autor difícil”, que el Thomas Mann de La montaña
mágica es un “autor difícil”, que Hermann Broch se
muestra un “autor difícil” en su esplendorosa Muerte
de Virgilio, llego a preguntarme si la proliferación de
digests, de revistas ilustradas, de “libros condensados”,
no están creando deplorables hábitos de pereza
en el público. Basta que un escritor se aparte de
los esquemas novelísticos tradicionales (…) para que
se le califique de “autor difícil” o se declare, más llanamente
aún, que su obra “no es una novela”.
ALEJO CARPENTIER
Al festejar en 1930 el bimilenario del más celebrado
de los poetas latinos, Ernst Robert Curtius llamaba la
atención sobre el hecho de que “el actual extrañamiento
de Virgilio que se advierte en Alemania,
podríamos interpretarlo como un estado de preparación,
garantía de un cambio inminente”.1 Faltaban
aún varios años para que un escritor austriaco hiciera
justicia al presagio de Curtius. Hermann Broch
(1886-1951) llegó tarde a la literatura, después de
haber seguido la tradición familiar como propietario
de una empresa textil, y de preocuparse por las
matemáticas y la filosofía. Frecuentando los cafés de
Viena trabó relación con Robert Musil —cuya obra
fue un punto de referencia para su ambiciosa trilogía
Los sonámbulos. En uno de aquellos cafés, dicho
sea de paso, conoció también a Milena Jesenská, con
quien mantuvo un discreto affaire, aunque a ella la
recordamos, sobre todo, porque más tarde establecería
una fértil relación, al menos desde el punto de
vista literario, con Franz Kafka. A inicios de la década
del treinta Broch escribió las novelas que integran
la mentada trilogía: Pasenow o el romanticismo
(1888), Esch o la anarquía (1903) y Huguenau y el
realismo (1918). Cuando en marzo de 1938 las tropas
hitlerianas ocuparon Austria y se anexaron el
país, Broch fue detenido durante algunas semanas, y
liberado gracias a las gestiones de varios conocidos,
entre los que se encontraba James Joyce, a quien él
tanto admiraba. En aquella prisión comenzaría a
escribir las elegías que luego iban a formar parte de
la novela que presentamos hoy.
La muerte de Virgilio (Der Tod des Vergil, 1945)
parece inscribirse en una paradoja. Es notorio el
recurrente interés de Broch por acercarse al hombre
y su historia en momentos de crisis, en esos interregnos
seductores para cualquier escritor. Las
novelas que precedieron a su texto mayor, y las que
le sucedieron, se centran en un entorno más o
menos cercano temporal y espacialmente. Ellas pretenden
indagar, por ejemplo, en la desintegración de
los valores culturales en la Alemania de finales del
siglo XIX y principios del XX, o en las causas del
ascenso del nazismo. (Se le atribuye a Broch, por
cierto, la frase: “el arte que no es capaz de reproducir
la totalidad del mundo no es arte”.) Lo paradójico
es que la novela que Broch comenzó a escribir en
prisión, continuó escribiendo mientras se libraba la
II Guerra Mundial, y concluyó en el exilio norteamericano,
tal vez la más profundamente política de
todas, haya ido dos mil años atrás para adentrarse
en los dilemas de un poeta en trance de muerte.
Porque la novela narra —si se me permite usar el
término narrar con cierta laxitud— apenas unas
horas, como las de Leopold Bloom el 16 de junio de
1904, o las del cónsul Firmin el Día de Muertos de
1938. Con la diferencia de que en este caso son las
últimas horas en la vida de Virgilio, el “profeta pagano
del cristianismo”, el hombre que no sólo escribió
algunos de los versos indispensables de la cultura
occidental, sino también el guía, quien conduciría a
Dante en su viaje al infierno.
En más de un sentido la novela nos hace recordar
otra con la que guarda ciertas semejanzas:
Memorias de Adriano (1951), de Marguerite
Yourcenar. Ésta ha corrido en español mucha mejor
suerte que la de Broch, no sólo porque exige una lectura
menos ardua, sino también porque en fecha
temprana tuvo la fortuna de encontrar un traductor
de la talla de Cortázar. Lo que las hermana, más allá
del universo latino al que recurren y al hecho de
fijarse en personajes conspicuos cercanos a la muerte,
es la elección de un lapso excepcional sobre el
que Yourcenar fue más explícita. En los “Cuadernos
de notas” que han acompañado sucesivas ediciones
de su novela, nos recuerda una frase hallada en la
correspondencia de Flaubert que ayuda a entender la
singularidad de aquel momento: “Los dioses no estaban
ya y Cristo no estaba todavía, y entre Cicerón y
Marco Aurelio hubo un período en que el hombre
estuvo solo”. Es precisamente esa soledad la que
envuelve al autor de las Geórgicas, y que, en el universo
de la novela, implica una lectura de resonancias
políticas. Virgilio, se ha dicho alguna vez, “es el
más grande de los poetas políticos, puesto que le fue
dado justificar poéticamente la eternidad de Roma
remontándola a sus orígenes, al tiempo que Augusto,
con la fundación del Principado, la elevaba a la cumbre
de su poderío”.2 Incluso Curtius ha llegado a
especular —y es una idea que vale la pena seguir
para entender varias aristas de la novela— que es
imposible imaginar “lo que hubiera sido de Virgilio de
no haberse encontrado con Augusto: pero de seguro
que no hubiera sido el poeta de la Eneida. El contacto
personal con el Emperador hizo de Virgilio el cantor
de Roma”.3 Visto así, la decisión suya de quemar
el poema excede la del casi anónimo Kafka exigiendo
algo similar a su amigo Max Brod. Renunciar al
poema que cantaba la gloria de Roma era también,
en cierta forma, impugnar su grandeza.
La novela, como ella misma hace explícito, se
divide en cuatro partes (El arribo, El descenso, La
espera y El regreso) asociadas respectivamente a los
cuatro elementos básicos: agua, fuego, tierra y aire
(o éter, como se le ha traducido; y es de lamentar, por
cierto, que la edición no dé crédito al traductor, aunque
supongo que tomó la versión de J. M. Ripalda).
El inicio mismo del libro es para mí sorprendente
porque en pocas líneas esboza el universo, el
ambiente y el conflicto que le sirven como punto de
partida: “Azules como acero y ligeras, movidas por
un viento contrario suave y apenas perceptible, las
ondas del mar Adriático habían corrido al encuentro
de la escuadra imperial, mientras esta se dirigía al
puerto de Brindis.” En una de las naves “se hallaba el
poeta de la Eneida, y en su frente estaba escrito el
signo de la muerte”.4 Sorprendente, insisto, por su
claridad dentro de una novela con frecuencia oscura,
y porque es, además, el único capítulo que des-
arrolla gran parte en espacios abiertos, en el trayecto
que conduce a un postrado Virgilio, del barco que
lo trae de Grecia al palacio de Augusto.
El segundo capítulo es, sin dudas, el de lectura
menos fácil. El delirio febril en que asoman los más
diversos temas, el flujo de conciencia de quien por
momentos parece haber descendido al otro mundo,
ponen a prueba al lector y lo llevan a enfrentar sus
propios límites, lo obligan a extraviarse en una prosa
lenta que se envuelve y que da la sensación de no
conducir a ningún sitio. Para el que persevera aparece,
ciento y tantas páginas después, el verdadero
nudo de la historia. En medio de los alucinados pensamientos
del poeta, emerge la sacudida: ¡Quemar la
Eneida! El capítulo siguiente es, para mi gusto, el
más apasionante de la novela. Es aquí donde Virgilio,
parcialmente recuperado, pide a sus amigos Plocio y
Lucio que destruyan el manuscrito, y donde entabla
unos diálogos claves con ellos mismos, con el médico
que lo visita, y con el mismísimo Octavio Augusto,
que acude a su cuarto durante una hora y decenas
de páginas. Es entonces, en la conversación entre el
poeta y el emperador, cuando se discute con mayor
profundidad sobre el papel del arte y del artista, la
relación entre poesía y Estado, entre literatura y
poder, entre la vida y la muerte. Virgilio encarna la
doble disyuntiva que afronta el artista y que a lo
largo de siglos ha dado pie a tantas elucubraciones:
la que lo sitúa ante su propia creación (asunto de
proyecciones fáusticas y ambición goethiana, lo llamaría
Carpentier) y la que lo enfrenta a su propia
época (el artista como héroe, según el acercamiento
de García Ponce).
Si comencé citando a Carpentier y lo he vuelto a
recordar ahora, no es sólo porque más de una vez él
mismo confesara su admiración sin reservas por la
novela de Broch, ni porque nos invite a prescindir del
adjetivo difícil a la hora de acercarnos a ella. Cuando
leemos La muerte de Virgilio nos damos cuenta de lo
que Carpentier debe a sus larguísimos períodos (no
es extraño encontrar en ella, por ejemplo, una oración
de treinta líneas o un párrafo de quince páginas,
incluso en una edición como ésta, de caja amplia y
letra pequeña y apretada, verdadero desafío a la
vista y la resistencia del lector), lo que debe, reitero,
a su densidad, su sintaxis, su respiración, cualidad
esta última que Elías Canetti consideraba esencial en
Broch. Más allá de esas notorias semejanzas vale la
pena leer, en una de las crónicas publicadas en El
Nacional, una cita que Carpentier hace de una reflexión
de Maurice Blanchot repetida luego con frecuencia.
La muerte de Virgilio, decía Blanchot, está
“construida como un cuarteto, o, más exactamente,
como una Sinfonía, compuesta como podría estarlo
una obra musical… con cuatro movimientos bien
definidos”. Tal reflexión lleva a Carpentier a pensar
que si bien el género novelístico es uno de los pocos
medios de expresión en arte que suele prescindir de
disciplina formal, “hallamos casos, como el de la
novela de Hermann Broch, donde el afán de cuidar
la estructura, la forma, el equilibrio entre las partes,
ha dado magníficos resultados”, y pide al género que
insista en experimentos similares.5 Lo interesante es
que dicha crónica apareció el 8 de noviembre de
1955, y en ella, de alguna manera, Carpentier estaba
preparando el escenario de lectura en que pocos
meses después habría de aparecer su noveleta El
acoso, que ahora me siento tentado a leer como respuesta
a la novela de Broch y a su propio llamado.
Otro ejemplo puede ilustrar, en forma de homenaje,
la fidelidad al maestro. Todos recordamos el inolvidable
inicio de Concierto barroco (“De plata los delgados
cuchillos, los finos tenedores de plata, de plata
los platos donde un árbol de plata…”), cuya fuente se
me hace ahora más clara. En el segundo capítulo de
La muerte de Virgilio podemos leer: el día “venía
hacia él con la clara precisión mañanera, con el plateado
aliento salino del mar, brotado con leve plata
de plateadas rompientes en suave lejanía, brotado
del primer resplandor de la orilla húmeda y fresca,
que en su clara arena, en sus claras piedras, lavada
por las plateadas olas mañaneras de plata, estaba
dispuesta a recibir el sacrificio matutino”.6 De modo
que la deuda de Carpentier con Broch va mucho más
allá del mero elogio.
Quiso el azar que la publicación entre nosotros
de La muerte de Virgilio coincidiera con los sesenta
años de aparición del libro, y con la primera edición
en español (a cargo de la editorial Adriana Hidalgo)
de El maleficio, la novela que Broch estaba escribiendo
cuando fue sorprendido por la muerte. Quiso el
azar, además, que esta presentación diferida coincidiera
con los 120 años del natalicio y los 55 de la
muerte de su autor. Ojalá esta dudosa cábala tenga
algún sentido e incida favorablemente en la acogida
del público cubano.
Me gustaría concluir con un detalle que nos
devuelve a los orígenes: la edición de La muerte de
Virgilio en Nueva York, en 1945, tuvo lugar casi
simultáneamente en el original alemán y su traducción
al inglés. O a la inversa, porque lo cierto es que
la traducción precedió al original. Ambas contaron
con una tirada de 1500 ejemplares, pero si ésta
encontró rápidamente sus lectores y se agotó casi de
inmediato, la versión inglesa —según se ha dicho—
tomó veinte años en venderse. La Editorial Arte y
Literatura ha tenido la osadía de imprimir cinco mil
ejemplares, más de tres veces lo que aquellas ediciones.
Es una opción arriesgada que parece apostar por
nuestro presunto —y ciertamente oculto— costado
germánico. En cualquier caso, los lectores cubanos
tienen ya la oportunidad de contar con uno de los
pocos verdaderos clásicos del siglo XX, casi el último
de los grandes-grandes con el que aún estábamos en
deuda. Si esta edición demorara veinte años en agotarse
podremos presumir, para el 2026, de que al
menos cinco mil cubanos han leído La muerte de
Virgilio. Quienes nos encontramos hoy aquí no
podremos sustraernos entonces al superfluo pero
inevitable escozor de recordar que estuvimos entre
los primeros.
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*Palabras de presentación de La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, en el Instituto Cubano del Libro,
el 29 de abril de 2006.
1_ Ernst Robert Curtius. "Virgilio", en Ensayos críticos acerca de literatura europea, t. 1. Barcelona: Seix
Barral, 1959, p.18.
2_ Curtius, p. 18.
3_ Ibid., p. 21.
4_ La muerte de Virgilio. La Habana: Editorial Arte y Literatura, 2005, p. 7.
5_ “Novela y música”, en Letra y solfa. Literatura. Poética. Comp., pról. e índices América Díaz Acosta. La
Habana: Editorial Letras Cubanas, 2001, pp. 217-218.
6_ La muerte de Virgilio, p. 156. Las cursivas son mías.
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