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Cito en extenso un testimonio de Teresa Ralli,
actriz, y Miguel Rubio, director, sobre la base conceptual
de Antígona:
Leímos Antígona muy jóvenes, como parte de la
cultura de cualquier persona que decide dedicar
su vida al teatro. Quedó, en el fondo de nosotros,
una persona que lleva hasta las últimas consecuencias
un pensamiento que considera justo.
Años después, a comienzos de los ochenta,
vimos una exposición fotográfica. Eran fotos en
blanco y negro. Había captado imágenes
impresionantes de la violencia de esos años. La
que más nos conmovió fue la de una mujer
cruzando los arcos de la Plaza de Armas de
Ayacucho, parecía una figura en fuga, una
exhalación bajo la sombra que creaba un sol
cenital. Vestía de luto. En ese momento, espontáneamente,
esa mujer formó para nosotros
una sola frase con Antígona.
De este modo el texto clásico nos mostraba
su poder: cruzar siglos para encajar en una
situación y tiempo cercanos. Desde ese entonces
empezamos a pensar en la puesta en escena
de Antígona. Y el desarrollo de la violencia
que vivió nuestro país fue haciéndonos más
conscientes de la necesidad del proyecto:
¿Quién no recuerda a las mujeres buscando
familiares desaparecidos, las tumbas NN, la
soledad de los desplazados?
[...]
Recurrir a Antígona es una manera de apelar
a la memoria histórica universal para buscar
en ella señales que nos ayuden a entender
nuestra propia tragedia. El objetivo del personaje
Antígona es enterrar a su hermano muerto,
pese a un decreto que prohíbe hacerlo. Para
nosotros enterrar no es una metáfora del olvido.
El enterramiento de un suceso o una persona
implica evaluarlo, conocer su significado y
ponerle un nombre para no olvidarlo, es ubicarlo
como un hecho vivo y ejemplar en nuestra
memoria. Allí debe estar como quien ocupa un
espacio, dispuesto para el diálogo con nosotros,
ahora o en el futuro.
Recurrir a Antígona es también pensar en las
consecuencias del poder ejercido sin controles.
Antígona, como imagen, no existiría sin su
contraparte, Creonte, el rey que en su soberbia
se atreve a retar a los cielos al querer extender
su dominio sobre los cadáveres. “Recuerda que
sólo los dioses tienen mandato sobre los muertos”,
le increpa Antígona. Ella, al margen de las
facciones en pugna, quiere cumplir con su hermano,
desea ardientemente que la tierra lo
acoja. Su gesto sólo está motivado por el amor:
“Yo he nacido para amar, no para compartir
odios”, dice, con voz al mismo tiempo antigua
y contemporánea.5
Así, Teresa, Miguel y Watanabe construyeron un
discurso de la escena en el que literatura y dramaturgia
dialogaron como parte del propio proceso de
escritura,6 y dieron vida a un espectáculo unipersonal
que estremece por el universo de ideas y hechos
cercanos que remueve, a la vez que por la perfección
artística que alcanza. Con extrema precisión,
la actriz narra e interpreta, transita de un papel a
otro, de la estoica convicción de la heroína al ciego
autoritarismo del gobernante, y desarmada, nos
desarma desde el dominio total de la organicidad
con que asume al final a Ismene, “la hermana
maniatada por el miedo”.7 Con austeridad y extrema
economía de medios, con un vestuario modular
crudo y neutro que se adapta con mínimos cambios
a las alternancias de roles, con una silla como único
elemento escenográfico y una pequeña caja desde
la cual lloverán las cenizas del hermano en un cierre
insuperable, Yuyachkani revisa su propia historia
y la de su país y valida la efectividad de un clásico
que sigue dialogando y hablando de las tensiones
entre los derechos de los hombres y las leyes
arbitrarias del poder
En una cuerda diferente, también transgresora
pero irreverente e irónica, la actriz, dramaturga y
directora brasileña Denise Stoklos lee la Medea de
Eurípides y la convierte en su Des–Medea. El montaje
se construye como un todo, según los principios
del teatro esencial que defiende la Stoklos,
término que designa una forma de expresión pautada
en la “presencia viva del actor” y que tiene
como principios el uso del movimiento, de la voz y
de la dramaturgia, sin parafernalias escénicas. Ella
misma es el coro y el personaje central de Medea,
que aquí, de heroína trágica culpable y culposa
pasa a mujer que revisa la historia, con abierta
vocación política desde una perspectiva de género.
La acción se ubica según la acotación inicial en
Grecia o Brasil, y aunque el nuevo texto conserva
los motivos espaciales que ubican o refieren pasajes
en Yolcos, la Cólquida o Corinto, también hay
una referencia permanente al contexto inmediato
de la actriz y de su público.
Desde allí se revisa el personaje Medea, que no
es un ser de carne y hueso sino un mito, creado
como símbolo y reflejo de ese lado oscuro de la
naturaleza humana, para que podamos reflexionar
y transformarlo. Pero en sentido inverso, el mito
también es desmontado y acercado a la cotidianidad:
Jasón, “el hombre amado por Medea”, “tiene
un nombre que rima justo con su personaje:
Jasón–templón, Jasón–cagón, Jasón–nalgón.”8 Y
la realidad brasileña, con sus conflictos sociopolíticos,
la pobreza, el hambre, la corrupción, son
puestos en tela de juicio, pero también el espíritu,
el “alma brasileña” que necesita enmendarse en
una utopía reivindicadora.
He aquí elocuentes fragmentos:
CORO.
El autor griego Eurípides escribió la primera
obra sobre Medea hace muchos años.
Medea nació para el teatro en el año 431
antes de Cristo.
Hace mucho tiempo que asistimos a tragedias
sobre traiciones, mientras traicionamos
incansablemente a través de los siglos todas las
causas humanas.
En esta cuna del vientre de Medea que es
este Brasil, nuestras aspiraciones son plañideras
cesarianas que lloran la posible reafirmación
de la muerte.
En los ganchos de carnicería de Brasil se
balancean nuestros sueños traicionados.
Las pasiones están colgadas de un hilo de
acero.
En el ladrillo blanco del piso de la carnicería
se diseñan los coágulos de amor con la sangre
que quiere volver a las carnes.
Que surjan en simientes de vida, que broten
en revolución.
Sin embargo, en este momento interrumpimos
nuestra transmisión.
Nuestra transmisión del mito será deconstruida.
[...]
Subversiva y creyente perenne en la justicia,
creo en un sistema político comprensible. La
vocación dinámica del ser en evolución iluminaría
las elecciones.
Es duro el destino de esos tantos brasileños
que asolan nuestro país.
Duro en la caída, no libre, en su para siempre
perdido vuelo de Ícaro, envuelto en inútiles
paracaídas hechos con cédulas huecas, vacías,
falsas.
Nuestra Medea brasileña ha de encontrar
otro destino.
Pues nosotros, los brasileños, queremos una
nueva Medea, una que se deshaga del odio
destructor en pro de una reflexión positiva
sobre el momento en que también estamos,
como ella, sin ningún vínculo.
Sin vínculo con el sentido de patria, sin vínculo
con hermanos, con nuestros vecinos, sin
vínculo con nuestros hijos: nuestro futuro,
nuestros rasgos, nuestra herencia.
Entonces, como hemos repetido destrucciones,
nunca está de más abordar el tema, pero
subvirtiéndolo esta vez. Que en nuestro Brasil
no se vuelvan a repetir las Medeas. No volvamos
a asesinar a nuestros hijos diariamente, a
nuestros sueños, nuestros frutos, (nuestra originalidad).
Ni a nuestra patria –la casa de la ética (la
convivencia dentro de la justicia).
Ni a nuestros hermanos (todo coterráneo,
todo contemporáneo).
Ni a nuestros rivales (la competencia es
siempre la base del capitalismo criminal).
Ni a los reyes traidores (la afirmación ha de
ser sin intrigas, pero definitivamente sin contemporización,
sino con cambios a favor de la
paz).
En esta lectura de Medea que hace Denise
Stoklos, como en las de otros clásicos de la antigüedad,
la protagonista no mata a sus hijos y
burla así los designios de la tragedia,9 como una
de sus más radicales transgresiones. Y la partitura
física, gestual de la actriz, con movimientos
ralentizados y deconstruidos por medio de técnicas
como las de la pantomima, o subrayados
hasta el grotesco, provocan también una profusión
de planos de lectura que subvierten límites
genéricos y estilísticos.
Desde La Habana, el Teatro Buendía reescribe
Bacantes –versión de Raquel Carrió y Flora
Lauten sobre Las bacantes de Eurípides– y focaliza
un tema recurrente: “La tierra está seca, la tierra
está muerta”. Entre las pequeñas representaciones
que rescatan las tradiciones del culto
agrario y revelan los orígenes del mito, la nueva
versión afianza y subraya el vínculo, la pertenencia
con la tierra, con el lugar de origen, para
reflexionar desde aquí en torno al tema del exilio
y las migraciones, caro desde siempre para estas
tierras caribeñas fruto de cruces y migraciones,
ligado al mito insular y particularmente sensible
en los últimos tiempos para Cuba, ligado a razones
que tienen que ver con la política, la supervivencia
y las aspiraciones de carácter económico,
como para el mundo todo.
Continua...  |