Lecturas latinoamericanas
de los clásicos
Vivian Martínez Tabares
El sentido que las obras clásicas tienen hoy para
nosotros se afirma en primer lugar en la eficacia
alcanzada por ellas en su momento, en el diálogo
con su respectiva realidad, por la contemporaneidad
que supieron defender en relación con su
público. Porque, sin dudas, los textos que han perdurado
hasta nosotros y que reviven en sucesivas
aproximaciones creadoras –no museables ni
meramente reconstructivas–, abordan contradicciones
humanas de una profundidad tal que en las
circunstancias de los nuevos tiempos las hacen
seguir siendo materia dramática útil, viva, esencial,
problematizadora, y a la vez comportan
estructuras de solidez que siguen sirviendo para
hablar, con métodos capaces de despertar el interés
de los espectadores, acerca de los problemas
del hombre y del mundo.
Concuerdo con Juan Antonio Hormigón cuando,
al intentar responderse por qué volvemos a los clásicos,
afirma que más que la pertenencia al “legado
cultural de los pueblos” –lo que reduce el análisis
a una perspectiva arqueológica–, o al “patrimonio
cultural” entendido como experiencia lingüística,
visión de costumbres y tipologías sociales
–limitadamente descriptivos–, o su cualidad como
reveladoras de un período determinado de la historia
–virtud más cognoscitiva que artística–, lo
que realmente nos importa es la potencialidad de
los textos clásicos para demostrar su “sello de
marca” contemporáneo, en términos de posibilidades
de intercambio social, ético, estético, cultural
e ideológico con nuestro contexto, más allá de
correlaciones simplistas. El director, investigador y
editor español, al enfocar el problema desde la
perspectiva de la puesta en escena, propone así
calificar de contemporáneas aquellas escenificaciones
de los clásicos “en las que los elementos de
significación teatral, se conciben y articulan en un
discurso estético que incita, empuja o provoca en
un cierto número de espectadores, a partir del
cotejo con sus propios referentes, anhelos e intereses,
a la concreción significativa individual y
específica”.1
El teatro latinoamericano se ha alimentado sistemáticamente
de las fuentes clásicas y estas siguen
siendo hoy una base efectiva y provocadora para el
espacio de reflexión y cuestionamiento (quizás más
de preguntas que de certezas) sobre la condición
humana y su rol en el mundo, que es la escena. A las
virtudes enunciadas antes se añade, en esta parte
de la tierra, el espíritu de creatividad e innovación
que ha marchado parejo a la asimilación cultural
que signa nuestra condición de mestizos y transculturados.
De modo que, en general, el acto de leer los
clásicos ha sido el de construir una espesa urdimbre
de analogías que les acercan al presente, a los problemas
contemporáneos, a las más raigales –y por
eso no pasajeras– contradicciones de aquí y ahora.
Como ha afirmado Santiago García:
Lo que podría caracterizar al movimiento teatral
latinoamericano actual es ese rasgo fundamental
de arte criollo del siglo XVIII, su asombrosa
capacidad de asimilación de otros elementos
culturales para transformarlos hasta romper con
los moldes matrices y encontrar el propio vuelo
espontáneo y vital. Es difícil encontrar ese camino
y la historia de nuestro teatro reciente está
lleno de amargas equivocaciones pero también
de excelentes aciertos.2
Me aproximaré a cuatro acertadas experiencias
latinoamericanas de reapropiación de los
clásicos, leídas y/o vistas por mí en los últimos
tiempos, las cuales se constituyen en verdaderas
creaciones, si no por la originalidad del tema o la
fábula, por la voluntad imaginativa de enriquecerlos
para dotarlas de significados nuevos, por la
confrontación dinámica con la vida que son
capaces de establecer.
Cuando el Teatro Yuyachkani, de Perú, decidió
acercarse a la Antígona de Sófocles, una de las tragedias
griegas más conocidas y representadas y la
obra por excelencia acerca del enfrentamiento
entre el individuo y el Estado,3 lo hizo para aludir
a la memoria de su propio pasado reciente, a la
etapa de violencia vivida por el Perú, que dejó más
de sesentinueve mil muertos o desaparecidos a
manos de las organizaciones subversivas o por
obra de agentes del Estado, develados por la
Comisión de la Verdad. La propuesta teatral, con
textos del poeta José Watanabe, quien a solicitud
del grupo adaptó la obra de Sófocles, e interpretada
por Teresa Ralli, que alterna seis personajes de
la tragedia, alude a heridas abiertas que el pueblo
peruano trata de cerrar, y a sus propias acciones y
omisiones tanto individuales como de la sociedad
en su conjunto. Al final descubrimos que es
Ismene, la que no hizo nada para enfrentar al tirano,
la que puede contar la historia como única
sobreviviente.
Antígona procesa diversas fuentes: la situación
de guerra y violencia que vivió el Perú, el trabajo
del grupo por mantener viva la memoria, el valor
sagrado que tiene en la tradición andina el acto de
velar y enterrar el cuerpo, el hecho concreto de la
toma de la embajada de Japón por el Movimiento
Revolucionario Tupac Amaru y la masacre que
tuvo como desenlace, y hasta la calidad de energía
del Teatro Noh. El texto griego original fue una
fuente fundamental que “cotejaron” con el testimonio
de mujeres que habían vivido el proceso de
violencia, madres y hermanas de desaparecidos
que siguen buscándolos y que han transformado
su pérdida en acciones de denuncia y activismo
político. Las coincidencias entre la historia de
Antígona y sus propias historias abrían un campo
a la creatividad, al incorporar sus testimonios y su
gestualidad, y dotarlos de una dimensión histórica.
La versión del clásico es también una propuesta
introspectiva del camino seguido por el grupo, que
ha transitado desde un estilo de realismo social; ha
explorado la creación de un nuevo tipo de teatro
que investigara el imaginario andino y sus expresiones
culturales; se ha insertado en el debate
sobre la identidad nacional (con referentes como
Arguedas y Mariátegui), para entender al Perú
como un país multinacional, heterogéneo, pluricultural
y como una nación en formación; ha procesado
las implicaciones de la irrupción de la violencia
en la escena política nacional, e indagado
en la conciencia mítica andina. Y que, en los
noventa, cuando nada parecía cierto, decidieron
mostrar el universo de caos e inmovilidad, construir
su propio imaginario y saldar cuentas con sus
compromisos ideoestéticos.4