II


Lecturas… lectores…

Imagino que debo citarte una serie de autores que me influyeron o me influyen, o a otros que disfruto perennemente, y luego trataría de concertar una definición o mi punto de vista sobre los lectores. Entre los autores no me van a faltar Roberto Bolaño, Mario Vargas Llosa, Léon Bloy, Faulkner, Babel, Borges, George Steiner, Malcolm Lowry, Roberto Arlt, Paul Celan, Michel Butor, Cortázar, Vallejo, Ángel Escobar, Kafka, y no en ese orden y quizás con desorden, pero además te aseguro que dentro de un mes, o de un año, voy a cambiar de predilecciones. Soy demasiado promiscuo para estas cosas. Hay otros escritores, cineastas, pintores, muchos más, pero en todo caso, reduzco mis omisiones a la justificación de una falta de memoria del tamaño de un Guinnes. La relación con el lector es mucho más compleja, o sea, ahora invierto los papeles. Los lectores engendran una parasitaria cultura del consumo y el compromiso. Compromiso supuesto a una relación de estímulos (solubles e insolubles) entre el objeto artístico o literario y el receptor de ese objeto. En estos terrenos las definiciones son muy riesgosas, porque entre otras cosas, el artista se ha desnutrido continuamente por la incomunicación (que no aceptación) desbordada del público ante su obra. ¿Acaso la mente del lector es más subversiva que la del escritor? Estoy situado en un lugar como lector. Tengo una paciencia, como lector, y tengo un gusto idealizado, eso subyuga las proporciones de mi intelecto: invariablemente he preferido una cosa y luego otra, a veces me encanta San Juan de la Cruz, pero a veces paso con él; a veces me estremece escuchar a Schubert, pero es un gusto emparentado con una obsesión, con un nervio de mi interior, interior que socava el reconocimiento de un lenguaje que me arrastra a la razón y luego a la infidelidad, porque como mismo me atrae Schubert, luego me interesa Tracy Chapman o Deep Purple. Soy un lector, un espectador, infiel. Hay otras categorías de lectores, según los conceptos de otros escritores: lector malicioso, lector de sobremesa (Jeremy Taylor), lector rana (Amélie Nothomb), lector araña (Diana Burgess), lector cómplice (Tacca), lector presentado, el lector implícito (Henry Markiewich), lector corriente (Gabriel García Márquez), lector hembra (Cortázar). Y la lista es demasiado larga y aburrida. Lo importante, creo yo, es lograr, entre autores, un debate crítico que los lectores perciban y donde participen desde un punto mejor que los extremos. El crítico, el lector, el autor de la obra literaria, están dispersos en complejidades primitivas, desunidos por los escarceos de una relación sin cadenas, en un lenguaje de turbulencias. Necesitamos una crítica polemizante, no manipulada, no apologética, una crítica con un fin auténtico: ver el ideal de imperfección.

En varios libros asumes la recreación de hechos históricos, la guerra de Angola, la de los mambises, el cine, y hasta un libro sobre béisbol, desde la ficción. ¿Por qué?
¿Uno no está siempre obligado a encontrar una manera distinta de contar lo mismo de siempre? Yo no puedo escribir sobre deshollinadores, sobre un indio masacrado, sobre un oso que balbucea, sobre las tumbas de los trovadores filipinos. Decir que escribo porque soy igual a Dios es una ignorancia o un despotismo. El propio Dios es un fracaso como monstruo. Yo no. Vivo con un orgullo miserable y con muchas glándulas de cinismo. Si vivo así es porque vivo, puedo expresar una atmósfera y eso es mejor que la propia necesidad de sentirme vivo. Y si las cosas fueran al revés, habría novedad y no un nivel sincrónico con lo que se vivió o con lo que fue una máscara de suceso. Uso pretextos, pobre de quien no los use. Mis pretextos no purifican, son obsesivos, ni siquiera aportan una verdad, o la verdad, son una afirmación, encarnecida, de que al tener una libertad puedo usarla de la manera en que me sea más útil. Lo del cine y el béisbol fueron vicios que aprendí con acrobáticos destinos. Soy hijo de un pelotero que se quedó en tercera sin poder anotar la carrera que le diera trascendencia, yo casi pago los platos rotos, porque quiso que intentara lo que él no logró consumar, pero mi fracaso fue más estrepitoso. Después necesité explorar la construcción de un mito histórico, una guerra, una expansión críptica, una trayectoria de personajes, y ahí entró la guerra contra España. Angola es una justificación apócrifa, soy, fui, uno, uno cualquiera, otro de los que estuvieron.

Cada escritor tiene sus secretos. ¿Cuáles son los tuyos?
Conozco mejor los secretos de los demás que los míos. Comprendo que soy alguien con un compromiso demasiado profundo con todo (con todo aquello que me compromete), y por tanto siempre llevo una finitud arriba, una previsibilidad, ni siquiera el experimento de cualquier agonía me lleva a reservas, mis imperfecciones, mis esbozos de lucidez (si entraran alguna vez), mis alucinaciones, mis apostasías (que no han sido las suficientes para arrepentirme después) están en voz alta, a ras de piel, sin un obstinado silencio, a veces sin un mínimo silencio.


¿Qué opinión tienes sobre el discurso literario en Cuba? ¿Qué te desagrada de tus contemporáneos?
Es una pregunta provocadora, y no voy a interrumpir mis escarceos de honestidad con el intento de una ciega arrogancia o un exhibicionismo más bien pedestre. Es muy interesante que se le pueda llamar “literatura cubana” a un montón de cosas que intentan serlo. Es interesante, porque eso resuelve un sentido de aspersión y reto, una pugna que desgasta. Hay varios poetas que admiro y leo, a algunos narradores también. He dicho lo que es una lealtad a mi posición, pero tampoco me interesa profundizar mucho. En Alamar o en San Germán (un pequeño pueblo de Holguín), en el Vedado, Jiguaní, Puerto Padre, en otros lugares, viven escritores de literatura cubana, no escritores blancos, o escritores negros, o escritores homosexuales, heterosexuales, cerebrales, rimadores, marginales, realistas, intrasubjetivistas, yuppies, spoken works de camellos, sino seres de la literatura cubana. Sucede que en muchos importa más el acto de pertenecer a una determinada convención social o racial, que la propia connotación expresiva, aunque la preferencia, la alternativa, siempre prefigure cierta norma estética, cierto conflicto con todo lo demás. Literatura ahogada por clandestinas degeneraciones, por secundarias fidelidades. Y no es que no importe la defensa, la pertenencia a algo, a alguien, sino que eso lo instituya la propia obra, su categoría, su condición de independencia con su creador. Somos una raza dividida, importan más los deslumbramientos de generación, clase, raza, sexo, ergotismos superficiales, que la sustancia de un país, que el entretejido padecimiento de una cívica, que una conquista de proximidad al hombre y a su identidad. Hay muchos que no logran deslumbrar ni a una gallina, pero ya tienen una confluencia grupal, una actitud de cátedra con eso. No hablo en un sentido romántico, porque estoy limpio de subversiones, picapedrero yo, curador de serpiente yo, tampoco purista, o bolchevique cristiano, o hijo de Husserl, o de Adorno, o filósofo en una noche de brujas. Un escritor es un escritor mientras pueda entender su prolongación bajo un credo de caos, como un traidor de los demás, frase de alguien, o frase de nadie. Esa es la unidad de la que hablo, porque creo, y parodio más o menos a Marek Hlasko en El octavo día, lo único que une a los escritores cubanos, a casi todos, es el ron.

Continua...