| III
Lord Byron fue boxeador, Hemingway
cazaba y pescaba. ¿Qué oficio
conjugas con la Literatura?
He padecido mi fervor hacia Byron.
Lo admiro. La mayoría de los lectores
byronianos, ¿por qué se han abrazado a
él? ¿Qué han descubierto en él? ¿La
pasión por reconocer un entusiasmo
irónico sobre las pasiones líricas, o la
valerosa identidad con una naturaleza
confundida entre las convenciones de
su genio? ¿Por lo que influyó a eslavos,
neolatinos, o al frenetismo rebelde de
las posteriores hornadas de poetas? ¿O
lo prefirieron porque era cojo, campeón
de boxeo, amigo de Shelley, por recorrer
el Mediterráneo, por bañarse desnudo
en el Rhin, por sus escándalos londinenses,
o por morir como un héroe en
una infame batalla griega? ¿Y a
Hemingway, por qué lo han idolatrado?
¿Por sus aportes al idioma narrativo
moderno, por su transposición brutal de
la escena y los personajes, por su detector
de mierda, por su iceberg enrojecido
en la montaña rusa? ¿O por sus intrépidas
aventuras en las guerras mundiales y en la Civil Española, o porque fue
cazador blanco en el África negra, pescador
de agujas en las corrientes del
Golfo, compañero de borracheras de
Errol Flynn y Gary Cooper? Poco antes de
morir, Roberto Bolaño se atrevió a visualizar
el panorama de la literatura de
nuestro idioma, la avalancha de glamour
que cercaba el ambiente; la cita es
larga y la emprende con el concepto de
respetabilidad para los escritores: “La
buscan desesperadamente. Para llegar a
ella tienen que transpirar mucho.
Firmar libros, sonreír, viajar a lugares
desconocidos, sonreír, hacer de payaso
en los programas del corazón, sonreír
mucho, sobre todo no morder la mano
que les da de comer, asistir a ferias de
libros y contestar de buen talante las
preguntas más cretinas, sonreír en las
peores situaciones, poner cara de inteligentes,
controlar el crecimiento demográfico,
dar siempre las gracias. Todo
es, a final de cuentas, folclor.”
Y yo, qué conjugo con la literatura:
pues sobrevivir. No es mucho ni es poco,
es suficiente. Sobrevivir es el peor de los
oficios, y cada día salgo a ejercerlo
como el último de los mortales, sin
nada adentro. Si sobrevivir es cazar
búfalos (a veces indefensos búfalos
como aquel al que Francis Macomber
disparó), boxear cojo contra un campeón
inglés de boxeo, sobrevivir es simplemente
un juego, una pirueta audaz,
una coreografía pública. Lo mío, lo tuyo,
lo del otro es más compulsivo, escribimos
porque no podemos matar búfalos.
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Mis primeros poemas nacieron
en situaciones nada heroicas:
en un dormitorio cuatro metros
bajo tierra, en una guardia
nocturna con un par de grados
bajo cero, en un hospital
de campaña, enfermo de todas
las enfermedades del mundo.
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La guerra, ¿cuánto influyó en tu
obra?
Escribí bajo las bombas. Esa es una
frase que muchos me envidian, en el
sentido espacial de su reafirmación,
porque pude idear uno de mis libros en
Angola, cuando Angola era mucho más
que una moda de cuentos que se escribían
acá, y mi libro respiró aires de
muerte y aires de angustia, pero si soy
honesto, admito, que bajo las bombas
nadie escribe, y yo no soy menos que
eso, bajo las bombas, cuando más, me
escondía, soterrado hasta el fondo de la
tierra arenosa, o, en el peor de los casos,
esperaba la llegada del enemigo (¿esperando
a Godot?) que no quería venir,
pero que a veces venía. Mi llegada a
Angola fue más o menos de película
(como Hair, de Milos Forman, como La
balada del soldado, de Chrujai, o como
San Pietro), yo pasaba mi Servicio
Militar en La Habana, a un par de meses
de terminarlo, y en una madrugada de
diciembre de 1987 nos despertaron en
alarma de combate, ya tú sabes. Good
bye Havana. Imagino que por eso yo
estuviera condenado de antemano, y
esas sensaciones se pegaron al encontrarme
la pesadilla de un país lóbrego,
un suburbio de país, un país lleno de
guerras. En el Servicio Militar había
descubierto, había leído, unos libros de
Neruda, Nervo, Regino Pedroso, que no
me gustaron, pero también descubrí a
Martí, Vallejo, Borges, Eliseo Diego, que
sí me interesaron y andan por ahí, aún.
Cuando uno ve morir a alguien cercano,
a uno que hablaba contigo una hora
antes, o a una niña de sólo seis años,
entonces te das cuenta de que la literatura
no va a rebasar eso jamás, pero tienes en conflicto un remolque moral
que te quiere involucrar y te involucra.
Uno de mis poemas intenta captar uno
de los momentos más terribles que viví:
el fusilamiento de alguien de nuestra
unidad, había cometido un crimen
imperdonable, pero era, a pesar de todo,
nuestro amigo, y nosotros teníamos
que asistir a su ajusticiamiento y allí
comprobar que los que dispararían las
letales balas eran sus compañeros,
quienes compartieron junto a él calamidades
e ilusiones. Uno nunca vuelve
a ser el mismo, ya estaba marcado, no
era un elegido, y si así lo fuese no deseaba
para nadie ese tipo de elección. Allí
comencé a escribir un diario que algunos
de mis amigos trataron de leer, pero
yo ni lo presto ni lo vendo. Mis primeros
poemas nacieron en situaciones
nada heroicas: en un dormitorio cuatro
metros bajo tierra, en una guardia nocturna
con un par de grados bajo cero,
en un hospital de campaña, enfermo de
todas las enfermedades del mundo.
Algún día envié algunos de esos poemas
a la sección literaria de la revista
Verde Olivo, y recibí una crítica demasiado
cruel. Decía, más o menos aquella
breve reseña a esos textos: “escoges
bien los temas, pero no utilizas los
tonos adecuados para ellos.” Y entonces
aquel critiquillo me mandaba a leer,
entre otros, a Neruda, Nervo y Regino
Pedroso. Bueno, ¿y qué?, digo ahora. Si
los hubiera leído con intensidad, o si me
hubieran agradado, quizás hubiera sido
el mismo que soy, lo imposible es que lo
fuera sin haber estado bajo tierra esperando,
por fin, a que el enemigo terminara
de llegar un día.
¿Qué oportunidad ves para ti y tu
obra en Cuba?
Vivo lejos de todas partes y eso es
malo y bueno, o al revés. Mi status es
terrible: escritor de provincia, o peor:
escritor de pueblo chiquito. Desde ahí el
salto tiene que ser más alto. Soy, lo
sabes, escurridizo para culebreos proliterarios:
acosar a editores, insistir para
colocar mis libros en algunas editoriales
con cierto poder. Me siento
cómodo actuando como actúo, aunque
no puedo asegurar que mi vida sea, por
esa razón, cómoda. Mis libros, la mayoría
inéditos, reclaman un urgente cambio
de actitud. A la larga ellos tendrán
que entenderme. No te niego que quisiera
verlos editados, consumidos, elogiados,
porque no creo que exista
alguien que escriba únicamente para sí
mismo, ni tampoco creo en escritores
modestos, quizás alguno lo fue, alguna
vez, en tiempos que nadie recuerda,
pero actuar de ese modo va contra la
propia obra, contra su propia necesidad
de trascendencia, a escritores que
comienzan así este mundo los espanta
rápido.
¿Adónde pretende llegar Carlos
Esquivel?
He tenido la suerte (o la desgracia)
de estar donde antes o después estuvieron
muchos de mis personajes. El razonamiento
no es significativo, ni siquiera
auténtico, pero lo he resumido, lo he
intentado, con un alcance dramático
fabulador y tal vez neutral. Asumo la
responsabilidad de convertirme en un
ser honesto, insatisfecho. Pero puede
que la mayoría de los escritores sientan
lo mismo. Quiero estar allí donde no
pueda fingirme más. Ni cerca ni lejos, ni
en el infierno ni en el paraíso. El infierno
según John Berger, es un lugar donde
las botellas tienen dos agujeros y las
mujeres ninguno. En el paraíso, según
Ernest Joubert, sólo hay ríos plácidos,
una larga neblina y un silencio extenso
y profundo, nada más. Si al final descubro
que no voy, que no puedo ir a donde
quería, entonces, espero. Esperar es,
ahora mismo, la manera que tengo de
acercarme al futuro.
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