Esperar es, ahora mismo, la manera que yo tengo de acercarme al futuro (Conversación con Carlos Esquivel)


Frank Castell


No es casual que la obra de Carlos Esquivel Guerra (Elia, 1968) sea más reconocida por el lector que por la crítica. Dueño de un discurso nada complaciente y con una docena de libros publicados, Carlos asume el oficio de escribir desde la perspectiva de un intelectual comprometido con la realidad, a veces cruda. Hombre de estatura y pensamiento altos, es uno de los más prolíficos escritores cubanos, amigo de la polémica y del cine, se sabe necesario porque lleva bajo la piel las preocupaciones del ser humano, sin poses de grandeza, ni sueños de aldeano.

¿Por qué la Literatura?
Imagínate a un niño muy mentiroso, super mentiroso, un niño al que los padres le reprimen sus ganas de suplantar lo que es real y vivir en un territorio sin ningún tipo de frontera verídica. Imagínate eso. E imagina que ese niño crece y el paraíso, o los paraísos, que inventó ya no son iguales. Ya no es un niño y, sin embargo, las mentiras (que quizás a partir de ahora tendrán otros nombres) sólo le sirven para comparar. Imagina a un joven con mucha rabia, con la que se necesita. Imagina a ese niño y a ese joven testigos y participantes de unos cuantos sucesos extraordinarios: ver a un hombre suicidarse, estar en una guerra, con todas las cosas que pueden pasar en una guerra, y un montón de descalabros que no menciono porque son de la única y total incumbencia de ese niño y de ese joven. Cuando se unen esas cosas tiene que haber una explosión.

Poeta, narrador y últimamente ensayista. ¿Necesidad de expresión, necesidad económica, mercado?
Un personaje de Paul Auster dice que la verdadera ventaja del dinero no es poder comprar cosas, es el hecho de que le permite a uno dejar de pensar en el dinero.
Eso puede responder por mí, porque yo no soy de ninguna galaxia extraña. Uno es bastante humano con relación a Dios, y quizás demasiado insecto cuando nos comparamos con la cucaracha de Kafka. Podría ser por una arrogancia sociológica o por nuestro poder de sumisión. La escritura no se resuelve dentro de sí. Hay instancias, registros, hay un tiempo de reprobación, personalidades que se estrangulan, patadas de rabia, líneas de obstáculos, conmiseraciones, perdones que asumir, náuseas que tragar, mordidas de reciprocidad con otros escritores. Si a eso se le suma vivir en el último lugar del mundo, estar agujereado por carencias comunes y normales, ¿entonces qué?

Puedes romper el maldito axioma de que la poesía es invendible, uno de tus libros, Los epigramas malditos, “voló” de las pocas librerías en las que estuvo. ¿Qué aspectos consideras han influido en su popularidad?
Divertir es una palabra poco divertida. Quizás yo tengo una idea muy ambigua sobre el humor. Hay muchos lectores, críticos, algunos escritores que buscan la sofisticación de la poesía a partir de repasar ciertos moldes. Yo creo que la poesía no es sólo solemnidad, ceremonia lírica. Y si uno se encuentra acorralado por circunstancias que no son felices, y si uno sabe que no puede salir de ahí, entonces hace lo que no debía hacer: encerrarse a escribir. Pero si uno escribe con solemnidad, con convicciones luctuosas, si no se desvía para otra parte, está a unos metros de suicidarse. Escribí unos cuantos epigramas, textos breves, con una ironía muy nociva para algunos, con mucho morbo, un esqueleto de cinismo, como Dios quiso, o como yo pude. Escribí lo que otros querían oír y leer, es una estrategia simple, un método infalible, pero puede ser que eso no sea tan simple ni tan infalible. La gente con cierta civilización poética huye cuando escucha hablar de epigramas, es subpoesía, es figuralidad de chiste, pero si mal no recuerdo leí epigramas de Lope, Quevedo, Ben Johnson, Pope, Prior, Burns, Robert Herrick, y no hace tanto a otros de cuyos nombres mucha gente no quiere acordarse. Lo cierto es que cualquier broma, cualquier trampa virulenta, cualquier graffitti no es literatura, y algunos se lo creen. Sé que mis z son, tal vez, mi peor libro, pero andaba tras una tonelada de cinismo y la encontré. El cinismo, no como depravación o como jactancia filosófica, hablo de cinismo sin contaminar, parecido al que arrobó a Voltaire, Léon Bloy, Gombrowicz, o al que hizo a John Kennedy Toole inventar dos novelas cínicas insuperables: La Biblia de neón y La conjura de los necios.

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Necesitamos una crítica polemizante, no manipulada, no apologética, una crítica con un fin auténtico: ver el ideal de imperfección.
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Continua...