Premio Oriente 2005
Las edades transparentes
Lourdes González Herrero
LOURDES GONZÁLEZ nació en Holguín en 1952.
Escritora y editora. Ha publicado, entre otros
libros, los poemarios, Una libertad real, La desmemoria
y Pasajera la lluvia; y de narrativa
Papeles de un naufragio y María Toda. Ha obtenido
el Premio de la Ciudad en varias oportunidades,
el Julián del Casal de la UNEAC, el de
cuento La Llama Doble y el Premio Oriente de
Novela José Soler Puig. Este último se le otorgó el
año pasado por su obra Las edades transparentes,
de la cual adelantamos ahora un fragmento.
(Fragmento)
Luis Rosada no deja que el agua de la ducha
recorra su cuerpo, antes se la bebe con fruición,
haciéndola sonar en la garganta de manera tan
fuerte, que su madre, sentada en la sala, se horroriza,
interrumpiendo la escritura de un poema al
que ha llamado Donde te sientes más a gusto
empieza la pasión: Hijo mío, si sigues así voy a
tener que conseguir un pedazo de mar para ti
solo; caramba, que no se te quita la sed. Rosada la
escucha en medio de la angustia que lo posee, sin
otro remedio que el de seguir tragando ese líquido
complaciente, porque el café, el té de naranja
o de menta jamaicana, aumentan su desesperación.
Parece un pez.
La voz lírica de la madre le recomienda: En ayunas,
frutas de mayales maduras, aplastadas con
azúcar y expuestas al sereno; al acostarte, cocimiento
de raíz de paraná, raíz de cayaya y raíz de
coco, hervidas. Rosada deja que el chorro dé un
momento en su pecho antes de gritar: ¿Y eso qué
es? La receta para tus parásitos, porque tomando
agua del acueducto te vas a llenar de parásitos, mi
amor, qué duda cabe; me la dio Mauro Borbón,
que es un poco paluchero pero sabe más de las
plantas que el mismo Nono Preston; por cierto,
¿qué será de la vida de ese infeliz? ¿Infeliz por
qué, mamá? Cómo que por qué, tú no ves que se
le va la vida entre mentiras y vasijas, que es un
hombre que no debió nacer aquí, quizás en una
ciudad grande se hubiera comportado de otra
manera, no sé, hubiera ido a los museos, a los teatros,
se hubiera interesado por algo real y no por
esas porquerías que siempre anda recogiendo;
hasta podía haberse casado, digo yo, aunque de
proponérselo, aquí también lo hubiera podido
hacer, una vez Berta estuvo interesada en él. Pues
hizo bien en seguir interpretando hachas y pedazos
de cerámica indígena, porque si llega a torcer
su destino por Berta, entonces sí sería un mameluco
y estaría ahora descifrando las señas de su
cuñada, que no son muy intelectuales que digamos.
Bueno, una cosa piensa el borracho y otra el
cantinero, a mí me parece un distraído que no
sabe vivir, pero si tú no lo crees así, no vamos a
discutir, total, es que en el mundo tiene que haber
de todo; le hice un arroz con leche a Benito, para
que se lo lleves, ¿ya te secaste? Sí, me sequé, y
todas las pelusas de la toalla se me han quedado
encima; ¿tú crees que él agradezca un arroz con
leche en medio de su dolor? El paladar no tiene
nada que ver con la conciencia, llévaselo y tú
verás que se lo come, si no es hoy es mañana, lo
nuestro es ofrecérselo y punto, escucha cómo
acaba mi nuevo poema: y el cielo azul contempla
tu cuerpo que en la yerba presiente la alegría, ¿te
gusta? Es agradable, mamá. ¿Nada más agradable?
Y sentido. ¿Y qué más? Es conmovedor. ¡Ya
sabía yo que te iba a gustar!, y eso que lo escribí
mientras hablaba contigo.
La casa de la calle Nueva parece un teatro
abandonado. Zafiro amasa la pasta de croquetas
a la que ha añadido ajíes verdes picados y sal,
teme el momento de dividirla en cuatro, porque la
cifra es otra demostración de la fragilidad contra
la que una casa batalla. Su vestido azul cielo, de
escote profundo, deja ver parte de la madurez en
que se halla comprometida. Mientras sus dedos se
pegan por la acción de la pasta, observa las ropas
de Ignacia en el chaise longe, ordenadas para
cumplir con su deseo de entregarlas a la comunidad.
Desde que murió, la casa ha perdido sus
habituales normas y horarios. Pedrito se jubiló a
causa de la tristeza que padece. Él y La Madre,
confusos, persisten en los enfrentamientos, pero a
una observadora como Zafiro, le queda claro que
se trata sólo de mantener las formas para no perderlo
todo. Alma apenas está en la casa, todo el
día entrevistándose con ese hombre que construye
un infierno en el traspatio, bueno, en lo que fue
el traspatio. El polvo de la construcción viene con
el aire y llena la superficie de los muebles, a los
que Zafiro tiene que pasarle un trapo tres veces al
día. Suspira profundo, sus únicos momentos de
olvido ocurren cuando el panadero entra al portal
y silba. A nadie le importa ya su relación ilícita,
todos sienten el menosprecio a los prejuicios que
la muerte engendra. Divide al fin la pasta, con cuidado,
y hace cuatro croquetas que saben a ají, la
más grande para Pedrito. Se sienta a descansar un
momento en el taburete de cuero de chivo, y mira
las olas de polvo entrando a la cocina como señales
de que algo desastroso está ocurriendo.
La Madre se ha negado a ir al médico para revisarse
ese dolor que no la deja en paz, que le detiene
el brazo y le acalambra la mano cada vez que
se pone a trabajar. Y Pedrito se dedica a leer poemas
desde la misma mañana del entierro. El
panadero ya le ha dicho que deben ir pensando en
marcharse a otro pueblo, está dispuesto a dejarle
todo a su mujer y largarse con ella. Una vida
nueva, le ha dicho, pero Zafiro, que antes hubiera
saltado de alegría por esa decisión, le contesta
con suaves palmadas en el hombro, y silencio.
¿Será posible que la edad se establezca dentro de
uno, y revise cada acto? Algo parecido siente
Zafiro, que ya tiene que levantarse porque el polvero
la hace estornudar: ¡Maldito cine de mierda!,
¡debería hundirse en el estreno!
Sentado en el piso, con la espalda apoyada en
el armario, El Químico repasa el poema Esfinge,
que ha recortado y pegado en distintas páginas de
una libreta cuadriculada, regalo de Chévere, para
escribir debajo su interpretación de cada verso y
luego poder entender el poema completo. Se
ayuda con el diccionario UTHEA, en el que lee:
Monocordio, antiguo instrumento de caja armónica
y una sola cuerda. Va a la libreta y lee: Yo
pulso el monocordio de mi dolor secreto como quien ora y llora. Después alzo la frente y miro
hacia la senda letal... Calladamente, tranquila,
blanca, inmóvil, junto a un árbol escueto. ¿Árbol
escueto?, déjame ver. Y vuelve al UTHEA: Escueto,
¿un árbol sin adornos, libre, estricto?, este Poveda
es difícil de entender, por eso me gusta.
Desde el portal, y a través de la ventana, La
Madre lo observa preocupada, con desconfianza,
algo tiene que hacer para impedir que continúe
leyendo poesía: Como si el mundo girara alrededor
de ese Poveda, con tantas cosas en que tiene
que ayudarme y mírenlo ahí, entretenido, se cree
que vive en una casa de huéspedes, y yo con este
dolor que no se me quita, ¡Dios mío, ayúdame! Se
pasa las manos por la frente porque el sol está
ardiendo, con la izquierda levanta después el cubo
de agua que ha traído desde la cocina y lo lanza
mojando las brujitas del parterre, que poco a poco
se irán enderezando: Si uno pudiera hacer lo
mismo con las personas para que mejoraran, ya yo
hubiera empapado a mi esposo y a su hija, que
sabe Dios dónde estará metiendo la pata con este
sol de todos los demonios. Se tiende en el columpio,
cansada de pensar en los demás. Se mece
despacio, y está así, aletargada, cuando llega
Cachán a recoger el sobrante del almuerzo, da dos
pasos en la entrada y su cinta rosada descansa en
las brujitas. Cualquiera diría que mira a La Madre
compasivo, quizás por eso ella, que rara vez le
habla, dice con voz fatigada: Hijo, creo que pronto
no tendrás nada que llevarte, a menos que cargues
con nuestras penas, la comida se ha convertido
en un lujo, ¡un super lujo!, ¡válgame Dios! Y
se calla, temerosa de que algún vecino la esté
oyendo: ¡Nada más me falta eso!
Rosada ve cómo el arroz con leche se tambalea
en el pozuelo y amenaza con caer a la vía pública.
No tiene manos de camarero. Baja de la acera
cuando Cladel corta con Patronato, porque no se
puede caminar por donde hay tantos tubos, maderos,
sacos de cemento y planchas de acero: Parece
que al fin van a terminar el cine, y eso es muy
bueno, porque ya no tendremos que ir a Arcada
para encerrarnos a gusto en la prisión de las imágenes;
Frank seguro que ya sabe la película con la
que van a estrenarlo y quiénes son los actores, él lo
sabe todo, a lo mejor hasta me ayuda a entender
esto de mi sed, que no se me quita ni un minuto.
Dobla en Júpiter y ve el jardín del club, en el que
algunas violetas silvestres acompañan a los austeros
crotos. El espacio está lleno de las sombras que
arrojan las columnas, y un sonido armónico reproduce
la melodía de Manzanitas verdes. Es el silbido
que proviene de alguien instalado en el quicio
de una de las ventanas. Rosada deduce que se
trata de un hombre, porque ninguna mujer tendría
esos pies tan grandes que él ve cruzados sobre el
piso de madera, a menos que fuera una giganta, y
en el pueblo no las hay. Prosigue su camino pensando:
Últimamente están apareciendo algunos
tipos por aquí, que tienen la pinta del filibustero
Morgan, han venido para lo del cine, pero hay que
tener cuidado con ellos, porque como no son conciudadanos,
nos pueden saquear. Se apresura,
consciente de que cada paso destruye la decoración
casera del arroz con leche; las lomitas de
canela, por ejemplo, ya no se ven. Va a entrar en el
portal de Benito, cuando escucha su nombre pronunciado
con calma por Donato Dulse, la sed lo
atropella con fuerza, es tan poderosa como el
deseo que lo impulsa a virar y acercarse a la blanca
figura de pelo largo, que fuma sin tensiones y
sonríe sentado en el antepecho: ¿Cómo están los
asuntos de tu vida?, hace mucho tiempo que no
nos vemos; esta mañana, cuando ibas en el cortejo
fúnebre, no te saludé porque estaba conversando
con una persona. Ah, sí, yo iba, pero ya no era
cortejo, ya habíamos enterrado a Ignacia. Una
mosca se posa en el dulce, aumentando la ansiedad
de Rosada, que se encorva por la situación en
que cree estar atrapado, de frente tiene a Donato
con su belleza indolente, a sus espaldas queda la
casa en que el hijo de Benito contempla toda la
noche el techo, y al atardecer se entrega convulso
a la tarea de acomodar mechones de pelos castaños
rojizos. Y para colmo, tendrá que entregarle el
dichoso dulce cagado de mosca.
¿A quién le llevas ese dulce?, tienes una cara que
da miedo. No, es que, mira, esta mosca frenética se
ha venido a sentar justo encima del arroz con leche.
¿Es arroz con leche?, ¡qué rico!, mi tía tenía la costumbre
de hacerlo, pero hace años se encontró con
un carbonero que le gustó y ¡zas!, se acabó para miel postre, se fue a vivir a otro lado. ¿Y desde entonces
no lo comes? Desde entonces, chico. ¿Serías
capaz de probar este si le saco la mosca y le boto
esa parte? No tienes que botarle nada, y la mosca,
mira qué rápido se va. El hijo de la cohetera sopla
sobre el arroz con leche y desaparece la mosca. El
problema ahora es conseguirte una cucharita. No
seas gracioso, este dulce me lo como yo ahora
mismo. Donato se inclina hacia atrás, y con él el
pozuelo, que poco a poco va dejando el dulce en su
boca. ¿Ves?, cuando a uno le gusta mucho algo y se
lo regalan así, hay que ser rápido.
Para Rosada la tarde se dilata. Mira con simpatía
los arroces empapados de leche que han quedado
en la cara del erebano, sus labios satisfechos
que vuelven a silbar Manzanitas verdes, su modo
de mirar por encima de la realidad, incluso cuando
pregunta: ¿Tú sabes que en mi pueblo vive un
hombre que dice que es de aquí?, apareció un
buen día preguntando si alguien quería alquilarle
un cuarto, y allá está, huésped de una mujer que
tiene más de noventa años; a mí su rostro me
resulta conocido, pero no logro identificarlo, dicen
que una decepción amorosa lo llevó hasta Erebo,
no me lo parece, más bien creo que se escapa de
algo, no sé, tiene cara de fugitivo. ¿Y cómo es ese
sujeto? Es normal, quizás un poco pasado de
moda, se peina así, para atrás, y tiene unas patillas
extrañas. Rosada no quiere oír más, se lo dice
a Donato: No me digas nada más, que yo casi no
conozco a nadie. Pero no te pongas así, que tú no
trabajas en el censo de población para conocer a
todo el mundo, chico, mira que te ha alterado un
chisme pacotillero, ¿por qué no te sientas aquí
conmigo un rato?, descansas y tienes tiempo para
pensar en lo que le vas a decir al que esperaba
comerse el arroz con leche, te juro que no te voy
a hablar más de nadie. Rosada se sienta, porque
¿cómo lo va a desobedecer?, pero no le cuenta su
sospecha acerca del aparecido, si es Larralde,
mejor que siga allá, en el anonimato, lejos de su
trastornado amigo, cuya casa está ahora silenciosa,
y aunque en ella nunca hubo alegrías ruidosas,
sí se respiraba la paz que reina en los lugares
donde nadie se ha muerto ahorcado, ni ha habido
enfermedades contagiosas, ni mujeres estériles, ni
locos. Ya no es así, y por ello se oprime el corazón
generoso de Luis Rosada.
Donato insiste: Oye, el que iba a comerse el
arroz con leche, ¿no se pondrá bravo? El que iba a
comérselo no lo sabía, y ya es mejor que no lo
sepa. ¿Es alguien que yo conozca? No lo sé, es
alguien especial, un amigo, alguien que ya no sé
si pueda reconocer un simple arroz con leche;
sabes, la vida es muy dura para ser tan corta,
nunca he entendido por qué los egipcios pesaban
el corazón de los difuntos, total, cualquiera sabe
que un difunto que haya vivido más de dos décadas,
debe tener mucho peso en su corazón. El
acongojado rostro de Luis excluye cualquier
comentario. La intuición de Donato reconoce que
este no es el momento de interrumpirlo, sino de
conmoverlo más. Por eso toma una de sus manos
con afecto, y se queda así, callado, interpretando
la solidez de la aseveración: La vida es dura y pesa
en el corazón. Él no es romántico, ni sentimental,
pero a veces siente un cálido cariño por las personas.
A Frank, por ejemplo, lo estimó, además de
gustarle dejarse admirar por él, involucrándose en
esa rara pasión que el zurcidor despierta, incluso
antes de tratarlo en la intimidad. Pero La Araña es
un expediente cerrado. Lo sucedido en la represa
no fue un acto irracional de lujuria, fue una venganza,
una demostración de dominio. Hoy le
parece tonto haber sucumbido a su juego, a su
manía de enredarlo todo, tan diferente a este
chico Rosada que se apena por cualquier cosa.
Desde que Donato le cogió la mano, Rosada no
piensa en la muerte. Admira la tarde que se despide
llenando los crotos de matices rojos, y cada
punto luminoso del sol en las violetas y en los junquillos
le parece una reproducción de la felicidad
natural, esa que no se arma, que viene rodando
como las piedras, que es tan sencilla que no admite
siquiera reflexión. En este momento lo único
que liga a Rosada con sus frustraciones, es el
apremio de su garganta por un poco de agua, la
agobiante certeza de que si no se lleva a la boca
el líquido, pronto tendrá que abandonar la dicha
de esa mano que lo respalda, comienza a decir:
Qué bien, y una carraspera lo enronquece, se tapa
la cara teñida de rubor, mueve los pies sin control.
Donato se levanta y le da palmadas en la espalda
porque cree que se ha tragado un coqui. En la misma medida en que va golpeándolo leve, la sed
aumenta, y ya no sólo siente perder la felicidad,
sino también que va a ahogarse árido, sin consuelo,
que va a asfixiarse mudo, sentado en medio del
umbroso pasillo del club. Sólo le queda tiempo y
resistencia para ponerse de pie tosiendo. El erebano
le pide: Quédate así y no te muevas, voy a buscar
agua para que te desatores, ¡no sé qué te
habrás tragado! Rosada lo ve salir en dirección a
la casa más cercana, que es la de Benito. Apenas
puede resistir el dolor que le causa el aire que respira
al pasar por los sitios resecos, y cuando al fin
ve a Donato venir hacia él con un vaso y un pomo
plástico azul, todo lo que quiere es empinarse,
mojarse, hidratarse, empaparse por dentro, quitarse
esa absurda necesidad de agua, propia de los
branquíferos.
Toma, chico, toma despacio, no te la eches arriba;
caramba, qué clase de atragantamiento el
tuyo, fíjate que no me dio tiempo ni a explicarle
al señor de enfrente para qué necesitaba el agua,
ha sido una locura, si me pongo a explicarle, a
esta hora estarías pidiendo entrada en el limbo,
¿ya se te pasó? Rosada abre los ojos lacrimosos,
enrojecidos por la negativa de su cuerpo a vivir sin
agua, y a pesar de la confusa situación que ha
provocado, no se siente culpable, cree que todo lo
ocurrido tiene que ver con el sentido de felicidad
natural que distingue esta ocasión. Su propio
ahogo quizás forme parte de un plan divino,
¿cómo sino iba a enterarse de que Donato era
capaz de moverse deprisa para resolverle un problema?
Se pasa un pañuelo por la cara tratando
de borrar la expresión ridícula del ahogo, y admite
que al lado del erebano se notan más las huellas
de su acné, su cabeza llena de pasas y su falta
de encanto, porque Donato es de una belleza
esplendente, y como toda belleza ejerce un poder,
que no debilita la noche que se instala.
¿Qué fue lo que te pasó, chico?, cuéntamelo
despacio, porque me parece que estás acostumbrado
a atorarte, ¿o no? Mira, no sé cómo explicarte,
yo mismo no sé lo que me pasa, desde hace
un tiempo necesito tomar agua, constantemente,
siento una sed desgarradora que no me deja descansar
ni durmiendo, será que el bagacillo me
empezó a hacer daño, o el polvo de tantos libros
que acumulo, quizás es una reacción metafísica y
lo mejor es no pensarla, realmente no sé lo que
me pasa, mi madre me llevó al médico y él dice
que son alergias transitorias a las que no hay que
concederle importancia; claro, lo dice porque no
es él quien se pasa los días mortificado, sin capacidad
en el estómago para almacenar el agua que
toma; bueno, como siempre, las personas ven fácil
lo ajeno. No todas, Luis, no todas, yo me asusté
cuando vi lo mal que te pusiste. Perdona, es que
esto me pone neurótico, ¿tú te imaginas lo difícil
que es andar pidiendo agua?, yo trabajo en un
lugar donde esa pedidera se confunde con ganas
de comer mierda, y tengo que estar disimulando
las asfixias, hasta un día que me ponga pesado y
de verdad me amorate cayéndole atrás a los vagones
de caña. Habla con tan triste sinceridad, que
agobia. En tanto, Donato mira su perfil y descubre
una línea de dormida sensualidad.
También fui a atenderme con la Barroso, una
espiritista que tiene fama de acertada, ¿y sabes lo
que me dijo?, que un muerto inglés quería llevarme
para la tumba, y que como se murió después
de hacer un voto de sed, lo que yo siento ahora es
su esfuerzo de ultratumba, que eso se resuelve
recogiendo en la calle a cinco perros vagabundos,
poniéndoles nombres y criándolos sin que les falte
nunca agua ni comida, ¿qué te parece? ¡Que esa
mujer es una loca!, y que tú no tienes nada de lo
que te han dicho, yo sé lo que te pasa y cómo lo
vamos a resolver, porque si tú quieres, te ayudo. Le
dice esto con dulzura, porque lo conmueve la inocencia
con que Rosada se entrega a la amistad.
Debes recomenzar tu vida, ¿no te llama la atención
que sea precisamente agua lo que necesitas?,
el destino es muy claro contigo, agua, sed, ¿no
comprendes? Las manos blancas del erebano
aprietan los fuertes hombros de Rosada: ¿De verdad
que no lo entiendes? No, no lo entiendo. Tú
eres de los que hay que desmenuzarles todo, piensa,
¿dónde hay agua? Agua hay en los pozos, en
los tanques, en los ríos, en el mar. ¡No sigas, no
sigas hablando que ya estás donde tenías que
estar!, ¿tú crees que si te tomas el agua de un
tanque se te quite la sed? ¡Qué va!, si ya me debo
haber tomado treinta tanques del tamaño de esos
que están frente al ingenio. ¿Y crees que puedas sobrevivir halando un cubo del pozo y tomándotelo
y sacando otro y así? Bueno, tendría que
decidirme a vivir junto al pozo. ¡Claro!, ¡correcto!,
¿y en el río, resolverías tu problema en el río? El
agua del río lleva y trae desde suelas de zapato,
pasando por basura, hasta llegar a ratones muertos.
Entonces, no te das cuenta de que el problema no
es el agua, ni la sed, y que la manía de tragar es un
guiño que la vida te hace para encaminarte. ¿Para
encaminarme adónde? Al mar. El vigilante de la
zona enciende las luces amarillas del club, que no
eliminan las sombras en las que están envueltos
los amigos. ¿Al mar? Al horizonte, tu sed es de
belleza; créeme, yo nací en un cayo, un lugar salvaje
con la orilla en el Atlántico, donde los árboles
más altos eran tres palmas; mi madre también
nació allí, pero la aburrió el ruido de las olas, ese
chschschschschs que hacen al mezclarse, aspiraba
a un sonido que ella pudiera controlar, y nos
mudamos cuando yo tenía diez años, para que
fuera cohetera en Erebo; tengo recuerdos preciosos
del Cayo, al despertar me acostaba desnudo en
la arena, con los ojos cerrados, esperando que los
cangrejos arañas me recorrieran, era un sensación
de gusto y sorpresa que duraba todo lo que yo quisiera,
cuando uno está siempre cerca de la costa,
el calor se espanta por el aire que cruza sin tregua
de un lado al otro, así me acostumbré a recibir a la
naturaleza, ustedes en los pueblos no conocen esa
exposición, al contrario, se tapan como si los fueran
a violar, ¿verdad? Es cierto que yo no podría
desnudarme donde hay animales, me daría miedo
sentir sus patas hurgándome, y no dejaría de pensar
en sus picadas o mordidas, pero también es
cierto que debe producir libertad. Cuando dice
esto, piensa en Alma dentro de la bañera, moviendo
los dorados muslos para agitar a los peces y
haciendo olas con las manos. El erebano lo interrumpe
diciendo: No sólo eso, chico, imagínate
sentado en un bote, remando hacia el sol cuando
empieza a subir, te crees un campeón aunque no
seas más que un niño.
Luis y Donato tienen las caras embelesadas.
Alrededor, los crotos y junquillos no son más que
bordes iluminados en la oscuridad. Los que pasan
por la calle no pueden escuchar la charla que continúa:
Podemos hacer un viaje al Cayo, no es nada
complicado, cogemos un tren que pasa por el
Cruce del Limón y nos deja cerca del camino que
se divide, nos vamos por el de la derecha, andamos
casi un día entero, haciendo paradas para
comer debajo de las matas de mango y tamarindo,
tú llevas una cantimplora con agua para la sed
que, estoy seguro, se te quitará en cuanto veas el
horizonte. Rosada prefiere verlo a él, y para seguir
viéndolo caminaría no sólo hasta el Cayo, sino
hasta la muerte. En su garganta se renueva la sed
como una explosión, arde, lo intranquiliza, no va
a poder aguantarla, ni está dispuesto a reeditar la
visita de Donato al hogar de El Hijo del Pitcher,
que ya tiene bastante con su locura de amor. Por
eso se despide con torpeza: Bueno, me tengo que
ir, pero quisiera conversar más, y hasta ir al Cayo,
¿por qué no?, ¿verdad?, podríamos ir este fin de
semana, que ya empieza mañana, o, no sé, cómo
tú quieras, cuando puedas.
Los ojos de Donato se oscurecen al decir:
Vamos mañana mismo, acuérdate de traer trusa
que allí todo es playa, yo paso por tu casa temprano,
digamos que a las seis, ¿bien?, ¿de acuerdo?
Su mano sujeta un momento el ancho cuello de
Rosada para sellar el pacto, y ambos salen al pueblo
por el camino de las violetas. Cuando se alejan
y no pueden ya escucharlo, Cachán grita desde
el portal de Benito: ¡Ánimo, ánimo, que la ilusión
es dicha! ¡Bienaventuradas las nubes y las sombras
azules! ¡Que no se diga!
El vaso y el pomo azul, se quedan abandonados
en el antepecho.
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