Premio Oriente 2005
Las edades transparentes


Lourdes González Herrero


LOURDES GONZÁLEZ nació en Holguín en 1952. Escritora y editora. Ha publicado, entre otros libros, los poemarios, Una libertad real, La desmemoria y Pasajera la lluvia; y de narrativa Papeles de un naufragio y María Toda. Ha obtenido el Premio de la Ciudad en varias oportunidades, el Julián del Casal de la UNEAC, el de cuento La Llama Doble y el Premio Oriente de Novela José Soler Puig. Este último se le otorgó el año pasado por su obra Las edades transparentes, de la cual adelantamos ahora un fragmento.

(Fragmento)
Luis Rosada no deja que el agua de la ducha recorra su cuerpo, antes se la bebe con fruición, haciéndola sonar en la garganta de manera tan fuerte, que su madre, sentada en la sala, se horroriza, interrumpiendo la escritura de un poema al que ha llamado Donde te sientes más a gusto empieza la pasión: Hijo mío, si sigues así voy a tener que conseguir un pedazo de mar para ti solo; caramba, que no se te quita la sed. Rosada la escucha en medio de la angustia que lo posee, sin otro remedio que el de seguir tragando ese líquido complaciente, porque el café, el té de naranja o de menta jamaicana, aumentan su desesperación. Parece un pez.
La voz lírica de la madre le recomienda: En ayunas, frutas de mayales maduras, aplastadas con azúcar y expuestas al sereno; al acostarte, cocimiento de raíz de paraná, raíz de cayaya y raíz de coco, hervidas. Rosada deja que el chorro dé un momento en su pecho antes de gritar: ¿Y eso qué es? La receta para tus parásitos, porque tomando agua del acueducto te vas a llenar de parásitos, mi amor, qué duda cabe; me la dio Mauro Borbón, que es un poco paluchero pero sabe más de las plantas que el mismo Nono Preston; por cierto, ¿qué será de la vida de ese infeliz? ¿Infeliz por qué, mamá? Cómo que por qué, tú no ves que se le va la vida entre mentiras y vasijas, que es un hombre que no debió nacer aquí, quizás en una ciudad grande se hubiera comportado de otra manera, no sé, hubiera ido a los museos, a los teatros, se hubiera interesado por algo real y no por esas porquerías que siempre anda recogiendo; hasta podía haberse casado, digo yo, aunque de proponérselo, aquí también lo hubiera podido hacer, una vez Berta estuvo interesada en él. Pues hizo bien en seguir interpretando hachas y pedazos de cerámica indígena, porque si llega a torcer su destino por Berta, entonces sí sería un mameluco y estaría ahora descifrando las señas de su cuñada, que no son muy intelectuales que digamos. Bueno, una cosa piensa el borracho y otra el cantinero, a mí me parece un distraído que no sabe vivir, pero si tú no lo crees así, no vamos a discutir, total, es que en el mundo tiene que haber de todo; le hice un arroz con leche a Benito, para que se lo lleves, ¿ya te secaste? Sí, me sequé, y todas las pelusas de la toalla se me han quedado encima; ¿tú crees que él agradezca un arroz con leche en medio de su dolor? El paladar no tiene nada que ver con la conciencia, llévaselo y tú verás que se lo come, si no es hoy es mañana, lo nuestro es ofrecérselo y punto, escucha cómo acaba mi nuevo poema: y el cielo azul contempla tu cuerpo que en la yerba presiente la alegría, ¿te gusta? Es agradable, mamá. ¿Nada más agradable? Y sentido. ¿Y qué más? Es conmovedor. ¡Ya sabía yo que te iba a gustar!, y eso que lo escribí mientras hablaba contigo.
La casa de la calle Nueva parece un teatro abandonado. Zafiro amasa la pasta de croquetas a la que ha añadido ajíes verdes picados y sal, teme el momento de dividirla en cuatro, porque la cifra es otra demostración de la fragilidad contra la que una casa batalla. Su vestido azul cielo, de escote profundo, deja ver parte de la madurez en que se halla comprometida. Mientras sus dedos se pegan por la acción de la pasta, observa las ropas de Ignacia en el chaise longe, ordenadas para cumplir con su deseo de entregarlas a la comunidad. Desde que murió, la casa ha perdido sus habituales normas y horarios. Pedrito se jubiló a causa de la tristeza que padece. Él y La Madre, confusos, persisten en los enfrentamientos, pero a una observadora como Zafiro, le queda claro que se trata sólo de mantener las formas para no perderlo todo. Alma apenas está en la casa, todo el día entrevistándose con ese hombre que construye un infierno en el traspatio, bueno, en lo que fue el traspatio. El polvo de la construcción viene con el aire y llena la superficie de los muebles, a los que Zafiro tiene que pasarle un trapo tres veces al día. Suspira profundo, sus únicos momentos de olvido ocurren cuando el panadero entra al portal y silba. A nadie le importa ya su relación ilícita, todos sienten el menosprecio a los prejuicios que la muerte engendra. Divide al fin la pasta, con cuidado, y hace cuatro croquetas que saben a ají, la más grande para Pedrito. Se sienta a descansar un momento en el taburete de cuero de chivo, y mira las olas de polvo entrando a la cocina como señales de que algo desastroso está ocurriendo. La Madre se ha negado a ir al médico para revisarse ese dolor que no la deja en paz, que le detiene el brazo y le acalambra la mano cada vez que se pone a trabajar. Y Pedrito se dedica a leer poemas desde la misma mañana del entierro. El panadero ya le ha dicho que deben ir pensando en marcharse a otro pueblo, está dispuesto a dejarle todo a su mujer y largarse con ella. Una vida nueva, le ha dicho, pero Zafiro, que antes hubiera saltado de alegría por esa decisión, le contesta con suaves palmadas en el hombro, y silencio. ¿Será posible que la edad se establezca dentro de uno, y revise cada acto? Algo parecido siente Zafiro, que ya tiene que levantarse porque el polvero la hace estornudar: ¡Maldito cine de mierda!, ¡debería hundirse en el estreno!
Sentado en el piso, con la espalda apoyada en el armario, El Químico repasa el poema Esfinge, que ha recortado y pegado en distintas páginas de una libreta cuadriculada, regalo de Chévere, para escribir debajo su interpretación de cada verso y luego poder entender el poema completo. Se ayuda con el diccionario UTHEA, en el que lee: Monocordio, antiguo instrumento de caja armónica y una sola cuerda. Va a la libreta y lee: Yo pulso el monocordio de mi dolor secreto como quien ora y llora. Después alzo la frente y miro hacia la senda letal... Calladamente, tranquila, blanca, inmóvil, junto a un árbol escueto. ¿Árbol escueto?, déjame ver. Y vuelve al UTHEA: Escueto, ¿un árbol sin adornos, libre, estricto?, este Poveda es difícil de entender, por eso me gusta.
Desde el portal, y a través de la ventana, La Madre lo observa preocupada, con desconfianza, algo tiene que hacer para impedir que continúe leyendo poesía: Como si el mundo girara alrededor de ese Poveda, con tantas cosas en que tiene que ayudarme y mírenlo ahí, entretenido, se cree que vive en una casa de huéspedes, y yo con este dolor que no se me quita, ¡Dios mío, ayúdame! Se pasa las manos por la frente porque el sol está ardiendo, con la izquierda levanta después el cubo de agua que ha traído desde la cocina y lo lanza mojando las brujitas del parterre, que poco a poco se irán enderezando: Si uno pudiera hacer lo mismo con las personas para que mejoraran, ya yo hubiera empapado a mi esposo y a su hija, que sabe Dios dónde estará metiendo la pata con este sol de todos los demonios. Se tiende en el columpio, cansada de pensar en los demás. Se mece despacio, y está así, aletargada, cuando llega Cachán a recoger el sobrante del almuerzo, da dos pasos en la entrada y su cinta rosada descansa en las brujitas. Cualquiera diría que mira a La Madre compasivo, quizás por eso ella, que rara vez le habla, dice con voz fatigada: Hijo, creo que pronto no tendrás nada que llevarte, a menos que cargues con nuestras penas, la comida se ha convertido en un lujo, ¡un super lujo!, ¡válgame Dios! Y se calla, temerosa de que algún vecino la esté oyendo: ¡Nada más me falta eso!

Rosada ve cómo el arroz con leche se tambalea en el pozuelo y amenaza con caer a la vía pública. No tiene manos de camarero. Baja de la acera cuando Cladel corta con Patronato, porque no se puede caminar por donde hay tantos tubos, maderos, sacos de cemento y planchas de acero: Parece que al fin van a terminar el cine, y eso es muy bueno, porque ya no tendremos que ir a Arcada para encerrarnos a gusto en la prisión de las imágenes; Frank seguro que ya sabe la película con la que van a estrenarlo y quiénes son los actores, él lo sabe todo, a lo mejor hasta me ayuda a entender esto de mi sed, que no se me quita ni un minuto.
Dobla en Júpiter y ve el jardín del club, en el que algunas violetas silvestres acompañan a los austeros crotos. El espacio está lleno de las sombras que arrojan las columnas, y un sonido armónico reproduce la melodía de Manzanitas verdes. Es el silbido que proviene de alguien instalado en el quicio de una de las ventanas. Rosada deduce que se trata de un hombre, porque ninguna mujer tendría esos pies tan grandes que él ve cruzados sobre el piso de madera, a menos que fuera una giganta, y en el pueblo no las hay. Prosigue su camino pensando: Últimamente están apareciendo algunos tipos por aquí, que tienen la pinta del filibustero Morgan, han venido para lo del cine, pero hay que tener cuidado con ellos, porque como no son conciudadanos, nos pueden saquear. Se apresura, consciente de que cada paso destruye la decoración casera del arroz con leche; las lomitas de canela, por ejemplo, ya no se ven. Va a entrar en el portal de Benito, cuando escucha su nombre pronunciado con calma por Donato Dulse, la sed lo atropella con fuerza, es tan poderosa como el deseo que lo impulsa a virar y acercarse a la blanca figura de pelo largo, que fuma sin tensiones y sonríe sentado en el antepecho: ¿Cómo están los asuntos de tu vida?, hace mucho tiempo que no nos vemos; esta mañana, cuando ibas en el cortejo fúnebre, no te saludé porque estaba conversando con una persona. Ah, sí, yo iba, pero ya no era cortejo, ya habíamos enterrado a Ignacia. Una mosca se posa en el dulce, aumentando la ansiedad de Rosada, que se encorva por la situación en que cree estar atrapado, de frente tiene a Donato con su belleza indolente, a sus espaldas queda la casa en que el hijo de Benito contempla toda la noche el techo, y al atardecer se entrega convulso a la tarea de acomodar mechones de pelos castaños rojizos. Y para colmo, tendrá que entregarle el dichoso dulce cagado de mosca.
¿A quién le llevas ese dulce?, tienes una cara que da miedo. No, es que, mira, esta mosca frenética se ha venido a sentar justo encima del arroz con leche. ¿Es arroz con leche?, ¡qué rico!, mi tía tenía la costumbre de hacerlo, pero hace años se encontró con un carbonero que le gustó y ¡zas!, se acabó para miel postre, se fue a vivir a otro lado. ¿Y desde entonces no lo comes? Desde entonces, chico. ¿Serías capaz de probar este si le saco la mosca y le boto esa parte? No tienes que botarle nada, y la mosca, mira qué rápido se va. El hijo de la cohetera sopla sobre el arroz con leche y desaparece la mosca. El problema ahora es conseguirte una cucharita. No seas gracioso, este dulce me lo como yo ahora mismo. Donato se inclina hacia atrás, y con él el pozuelo, que poco a poco va dejando el dulce en su boca. ¿Ves?, cuando a uno le gusta mucho algo y se lo regalan así, hay que ser rápido.
Para Rosada la tarde se dilata. Mira con simpatía los arroces empapados de leche que han quedado en la cara del erebano, sus labios satisfechos que vuelven a silbar Manzanitas verdes, su modo de mirar por encima de la realidad, incluso cuando pregunta: ¿Tú sabes que en mi pueblo vive un hombre que dice que es de aquí?, apareció un buen día preguntando si alguien quería alquilarle un cuarto, y allá está, huésped de una mujer que tiene más de noventa años; a mí su rostro me resulta conocido, pero no logro identificarlo, dicen que una decepción amorosa lo llevó hasta Erebo, no me lo parece, más bien creo que se escapa de algo, no sé, tiene cara de fugitivo. ¿Y cómo es ese sujeto? Es normal, quizás un poco pasado de moda, se peina así, para atrás, y tiene unas patillas extrañas. Rosada no quiere oír más, se lo dice a Donato: No me digas nada más, que yo casi no conozco a nadie. Pero no te pongas así, que tú no trabajas en el censo de población para conocer a todo el mundo, chico, mira que te ha alterado un chisme pacotillero, ¿por qué no te sientas aquí conmigo un rato?, descansas y tienes tiempo para pensar en lo que le vas a decir al que esperaba comerse el arroz con leche, te juro que no te voy a hablar más de nadie. Rosada se sienta, porque ¿cómo lo va a desobedecer?, pero no le cuenta su sospecha acerca del aparecido, si es Larralde, mejor que siga allá, en el anonimato, lejos de su trastornado amigo, cuya casa está ahora silenciosa, y aunque en ella nunca hubo alegrías ruidosas, sí se respiraba la paz que reina en los lugares donde nadie se ha muerto ahorcado, ni ha habido enfermedades contagiosas, ni mujeres estériles, ni locos. Ya no es así, y por ello se oprime el corazón generoso de Luis Rosada.
Donato insiste: Oye, el que iba a comerse el arroz con leche, ¿no se pondrá bravo? El que iba a comérselo no lo sabía, y ya es mejor que no lo sepa. ¿Es alguien que yo conozca? No lo sé, es alguien especial, un amigo, alguien que ya no sé si pueda reconocer un simple arroz con leche; sabes, la vida es muy dura para ser tan corta, nunca he entendido por qué los egipcios pesaban el corazón de los difuntos, total, cualquiera sabe que un difunto que haya vivido más de dos décadas, debe tener mucho peso en su corazón. El acongojado rostro de Luis excluye cualquier comentario. La intuición de Donato reconoce que este no es el momento de interrumpirlo, sino de conmoverlo más. Por eso toma una de sus manos con afecto, y se queda así, callado, interpretando la solidez de la aseveración: La vida es dura y pesa en el corazón. Él no es romántico, ni sentimental, pero a veces siente un cálido cariño por las personas. A Frank, por ejemplo, lo estimó, además de gustarle dejarse admirar por él, involucrándose en esa rara pasión que el zurcidor despierta, incluso antes de tratarlo en la intimidad. Pero La Araña es un expediente cerrado. Lo sucedido en la represa no fue un acto irracional de lujuria, fue una venganza, una demostración de dominio. Hoy le parece tonto haber sucumbido a su juego, a su manía de enredarlo todo, tan diferente a este chico Rosada que se apena por cualquier cosa.
Desde que Donato le cogió la mano, Rosada no piensa en la muerte. Admira la tarde que se despide llenando los crotos de matices rojos, y cada punto luminoso del sol en las violetas y en los junquillos le parece una reproducción de la felicidad natural, esa que no se arma, que viene rodando como las piedras, que es tan sencilla que no admite siquiera reflexión. En este momento lo único que liga a Rosada con sus frustraciones, es el apremio de su garganta por un poco de agua, la agobiante certeza de que si no se lleva a la boca el líquido, pronto tendrá que abandonar la dicha de esa mano que lo respalda, comienza a decir: Qué bien, y una carraspera lo enronquece, se tapa la cara teñida de rubor, mueve los pies sin control. Donato se levanta y le da palmadas en la espalda porque cree que se ha tragado un coqui. En la misma medida en que va golpeándolo leve, la sed aumenta, y ya no sólo siente perder la felicidad, sino también que va a ahogarse árido, sin consuelo, que va a asfixiarse mudo, sentado en medio del umbroso pasillo del club. Sólo le queda tiempo y resistencia para ponerse de pie tosiendo. El erebano le pide: Quédate así y no te muevas, voy a buscar agua para que te desatores, ¡no sé qué te habrás tragado! Rosada lo ve salir en dirección a la casa más cercana, que es la de Benito. Apenas puede resistir el dolor que le causa el aire que respira al pasar por los sitios resecos, y cuando al fin ve a Donato venir hacia él con un vaso y un pomo plástico azul, todo lo que quiere es empinarse, mojarse, hidratarse, empaparse por dentro, quitarse esa absurda necesidad de agua, propia de los branquíferos.
Toma, chico, toma despacio, no te la eches arriba; caramba, qué clase de atragantamiento el tuyo, fíjate que no me dio tiempo ni a explicarle al señor de enfrente para qué necesitaba el agua, ha sido una locura, si me pongo a explicarle, a esta hora estarías pidiendo entrada en el limbo, ¿ya se te pasó? Rosada abre los ojos lacrimosos, enrojecidos por la negativa de su cuerpo a vivir sin agua, y a pesar de la confusa situación que ha provocado, no se siente culpable, cree que todo lo ocurrido tiene que ver con el sentido de felicidad natural que distingue esta ocasión. Su propio ahogo quizás forme parte de un plan divino, ¿cómo sino iba a enterarse de que Donato era capaz de moverse deprisa para resolverle un problema? Se pasa un pañuelo por la cara tratando de borrar la expresión ridícula del ahogo, y admite que al lado del erebano se notan más las huellas de su acné, su cabeza llena de pasas y su falta de encanto, porque Donato es de una belleza esplendente, y como toda belleza ejerce un poder, que no debilita la noche que se instala.
¿Qué fue lo que te pasó, chico?, cuéntamelo despacio, porque me parece que estás acostumbrado a atorarte, ¿o no? Mira, no sé cómo explicarte, yo mismo no sé lo que me pasa, desde hace un tiempo necesito tomar agua, constantemente, siento una sed desgarradora que no me deja descansar ni durmiendo, será que el bagacillo me empezó a hacer daño, o el polvo de tantos libros que acumulo, quizás es una reacción metafísica y lo mejor es no pensarla, realmente no sé lo que me pasa, mi madre me llevó al médico y él dice que son alergias transitorias a las que no hay que concederle importancia; claro, lo dice porque no es él quien se pasa los días mortificado, sin capacidad en el estómago para almacenar el agua que toma; bueno, como siempre, las personas ven fácil lo ajeno. No todas, Luis, no todas, yo me asusté cuando vi lo mal que te pusiste. Perdona, es que esto me pone neurótico, ¿tú te imaginas lo difícil que es andar pidiendo agua?, yo trabajo en un lugar donde esa pedidera se confunde con ganas de comer mierda, y tengo que estar disimulando las asfixias, hasta un día que me ponga pesado y de verdad me amorate cayéndole atrás a los vagones de caña. Habla con tan triste sinceridad, que agobia. En tanto, Donato mira su perfil y descubre una línea de dormida sensualidad.
También fui a atenderme con la Barroso, una espiritista que tiene fama de acertada, ¿y sabes lo que me dijo?, que un muerto inglés quería llevarme para la tumba, y que como se murió después de hacer un voto de sed, lo que yo siento ahora es su esfuerzo de ultratumba, que eso se resuelve recogiendo en la calle a cinco perros vagabundos, poniéndoles nombres y criándolos sin que les falte nunca agua ni comida, ¿qué te parece? ¡Que esa mujer es una loca!, y que tú no tienes nada de lo que te han dicho, yo sé lo que te pasa y cómo lo vamos a resolver, porque si tú quieres, te ayudo. Le dice esto con dulzura, porque lo conmueve la inocencia con que Rosada se entrega a la amistad. Debes recomenzar tu vida, ¿no te llama la atención que sea precisamente agua lo que necesitas?, el destino es muy claro contigo, agua, sed, ¿no comprendes? Las manos blancas del erebano aprietan los fuertes hombros de Rosada: ¿De verdad que no lo entiendes? No, no lo entiendo. Tú eres de los que hay que desmenuzarles todo, piensa, ¿dónde hay agua? Agua hay en los pozos, en los tanques, en los ríos, en el mar. ¡No sigas, no sigas hablando que ya estás donde tenías que estar!, ¿tú crees que si te tomas el agua de un tanque se te quite la sed? ¡Qué va!, si ya me debo haber tomado treinta tanques del tamaño de esos que están frente al ingenio. ¿Y crees que puedas sobrevivir halando un cubo del pozo y tomándotelo y sacando otro y así? Bueno, tendría que decidirme a vivir junto al pozo. ¡Claro!, ¡correcto!, ¿y en el río, resolverías tu problema en el río? El agua del río lleva y trae desde suelas de zapato, pasando por basura, hasta llegar a ratones muertos. Entonces, no te das cuenta de que el problema no es el agua, ni la sed, y que la manía de tragar es un guiño que la vida te hace para encaminarte. ¿Para encaminarme adónde? Al mar. El vigilante de la zona enciende las luces amarillas del club, que no eliminan las sombras en las que están envueltos los amigos. ¿Al mar? Al horizonte, tu sed es de belleza; créeme, yo nací en un cayo, un lugar salvaje con la orilla en el Atlántico, donde los árboles más altos eran tres palmas; mi madre también nació allí, pero la aburrió el ruido de las olas, ese chschschschschs que hacen al mezclarse, aspiraba a un sonido que ella pudiera controlar, y nos mudamos cuando yo tenía diez años, para que fuera cohetera en Erebo; tengo recuerdos preciosos del Cayo, al despertar me acostaba desnudo en la arena, con los ojos cerrados, esperando que los cangrejos arañas me recorrieran, era un sensación de gusto y sorpresa que duraba todo lo que yo quisiera, cuando uno está siempre cerca de la costa, el calor se espanta por el aire que cruza sin tregua de un lado al otro, así me acostumbré a recibir a la naturaleza, ustedes en los pueblos no conocen esa exposición, al contrario, se tapan como si los fueran a violar, ¿verdad? Es cierto que yo no podría desnudarme donde hay animales, me daría miedo sentir sus patas hurgándome, y no dejaría de pensar en sus picadas o mordidas, pero también es cierto que debe producir libertad. Cuando dice esto, piensa en Alma dentro de la bañera, moviendo los dorados muslos para agitar a los peces y haciendo olas con las manos. El erebano lo interrumpe diciendo: No sólo eso, chico, imagínate sentado en un bote, remando hacia el sol cuando empieza a subir, te crees un campeón aunque no seas más que un niño.
Luis y Donato tienen las caras embelesadas. Alrededor, los crotos y junquillos no son más que bordes iluminados en la oscuridad. Los que pasan por la calle no pueden escuchar la charla que continúa: Podemos hacer un viaje al Cayo, no es nada complicado, cogemos un tren que pasa por el Cruce del Limón y nos deja cerca del camino que se divide, nos vamos por el de la derecha, andamos casi un día entero, haciendo paradas para comer debajo de las matas de mango y tamarindo, tú llevas una cantimplora con agua para la sed que, estoy seguro, se te quitará en cuanto veas el horizonte. Rosada prefiere verlo a él, y para seguir viéndolo caminaría no sólo hasta el Cayo, sino hasta la muerte. En su garganta se renueva la sed como una explosión, arde, lo intranquiliza, no va a poder aguantarla, ni está dispuesto a reeditar la visita de Donato al hogar de El Hijo del Pitcher, que ya tiene bastante con su locura de amor. Por eso se despide con torpeza: Bueno, me tengo que ir, pero quisiera conversar más, y hasta ir al Cayo, ¿por qué no?, ¿verdad?, podríamos ir este fin de semana, que ya empieza mañana, o, no sé, cómo tú quieras, cuando puedas.
Los ojos de Donato se oscurecen al decir: Vamos mañana mismo, acuérdate de traer trusa que allí todo es playa, yo paso por tu casa temprano, digamos que a las seis, ¿bien?, ¿de acuerdo? Su mano sujeta un momento el ancho cuello de Rosada para sellar el pacto, y ambos salen al pueblo por el camino de las violetas. Cuando se alejan y no pueden ya escucharlo, Cachán grita desde el portal de Benito: ¡Ánimo, ánimo, que la ilusión es dicha! ¡Bienaventuradas las nubes y las sombras azules! ¡Que no se diga! El vaso y el pomo azul, se quedan abandonados en el antepecho.