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Paul Auster
PAUL AUSTER, hijo de padres europeos, nació en Newark, Nueva Jersey, en
1947. Estudió literatura italiana, francesa e inglesa en la Universidad de
Columbia, y poco después de graduarse viajó a París. Allí comenzó su quehacer
literario traduciendo autores franceses y publicando sus propios poemas,
piezas teatrales, cuentos y ensayos en revistas norteamericanas. En 1974, tras
diez años de arduo trabajo, regresó definitivamente a los Estados Unidos,
donde continuó escribiendo sin gran suerte hasta que su libro de relatos
experimentales Trilogía de Nueva York (1987) mereció el reconocimiento de
la crítica. A partir de entonces inicia una exitosa carrera como novelista en
la que destacan los títulos La invención de la soledad (1988), El palacio de
la luna (1989), La música del azar (1990) y Leviatán (1992), donde Auster se
nos muestra como un escritor obsesionado con el tema de las contingencias
y los pequeños sucesos casuales que en su acumulación imprimen un repentino
giro a la vida. La aparente sencillez de su estilo, marcado por sus experiencias
como poeta, esconde la compleja estructura de su narrativa: desconcertante
mezcla de realismo y fantasía, de lo ordinario y lo inverosímil, que
sorprende al lector en un juego de espejismos, de digresiones e historias que
se sumergen en el interior de otras historias, para traernos ante cuestiones
medulares de la cultura contemporánea –la identidad, la pérdida, el apego al
dinero. Novelas posteriores como Mr. Vértigo (1994), El libro de las ilusiones
(2002) y La noche del oráculo (2004), lo establecen como una de las voces
más importantes de la literatura norteamericana actual. En mayo de 2006,
por su asombrosa capacidad de creación de mundos que despiertan el interés
de los jóvenes lectores y por su meritoria renovación de los géneros literarios,
se le otorgó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
GRAVIMETRÍA
Supongo que todo se remonta a la
reina Isabel. No Isabel II, Isabel I. ¿Has
oído hablar alguna vez de Sir Walter
Raleigh? Fue la persona que introdujo
el tabaco en Inglaterra y, como era un
favorito de la reina —la reina Bess, así
la llamaba él—, fumar se puso de
moda en la corte. Estoy seguro de que
la vieja Bess debió compartir más de
un cigarro. Apostaron una vez que
podían medir el peso del humo. Es
extraño. Casi como pesar el alma de
una persona. Pero Sir Walter era un
tipo astuto. Tomó primero un cigarro
nuevo, lo puso en una balanza y lo
pesó. Después lo encendió y se lo
fumó, echando cuidadosamente la
ceniza en el platillo de la balanza.
Cuando lo terminó, agregó la colilla a
la ceniza, pesó el conjunto y restó esa
cifra del peso original del cigarro
entero. La diferencia era el peso del
humo.
EL ESPEJO
GENEALÓGICO
Hace unos veinte años un hombre
joven fue solo a esquiar en los Alpes.
Hubo una avalancha, la nieve se lo
tragó y el cuerpo nunca fue encontrado.
Su hijo era pequeño por entonces
y, cuando creció, también él se hizo
esquiador. Un día del invierno pasado
salió solo para hacer un descenso.
Cuando está en medio del camino se
detiene a almorzar junto a una gran
roca, mira hacia abajo para desenvolver
su sandwich de queso y ve, allí
mismo, a sus pies, un cuerpo congelado
dentro del hielo. Se inclina para
mirarlo mejor y de pronto tiene la
sensación de estar frente a un espejo
viéndose a sí mismo. Allí está él,
muerto, y el cuerpo, absolutamente
intacto, permanece conservado como
en animación suspendida. De rodillas
y con las manos sobre el hielo, se
acerca cuanto puede para mirar bien
la cara del muerto y se da cuenta de
que está viendo a su padre. Y lo extraño
es que el padre es más joven que el
hijo ahora.
Los textos que publicamos pertenecen a Smoke & blue in the face. Tomados de la Antología del
cuento breve y oculto, de Raúl Brasca y Luis Chitarroni. Ed. Sudamericana, 2001. |