Entre la luna y el agua
o la capacidad de revelar
Enid Vian
La poesía –esté dirigida a los adultos
o a los niños, como es el caso–, es
género de los que saben y pueden
sopesar las honduras y las interacciones
entre los objetos, el paisaje, los
sentimientos, la realidad. El ojo del
poeta vacila entre la luna y el agua,
entre la multiplicidad de espejos reales
y los forjados, entre los eventos de
todo tipo y los hechos vitales. No es
posible valorar la poesía entonces, sin
atribuirle al poeta capacidades: primero,
de observación sensible; después,
de revelación, tanto de bellezas
y esencialidades ocultas, como de
intuiciones y experiencias únicas.
Entre la luna y el agua (Editorial
Oriente, 2005), de Olga Marta Pérez,
escritora que hace poesías para niños
–aunque también es conocida por sus
narraciones para el pequeño lector– se
inserta en esta intención de penetrar en
lo que no descubrimos a primera vista,
por estar absortos en planos de la cotidianida hipnotizante y porque para
verlos hay que adiestrar la sensibilidad
y el intelecto. Para el disfrute del ingenio,
no hay límites de edad, y este breve
libro confirma que la buena poesía para
niños es eficaz para el hombre. Dice
Olga Marta:
La noche con su silencio,/ está sentada
en el parque,/ borda lo oscuro
en la esquina/ y pide a la estatua
un baile,/ entonces danzan en
vuelo/ la quieta canción del aire./
La noche con su silencio/ y la estatua
con su parque.
¿Revelador? ¿Conmovedor? ¿Bello?
¿Sugerente? Es todo eso. La noche,
una estatua, un parque. A la
poeta le bastan pocos elementos para
develar cómo actúa el misterio de la
nocturnidad, la belleza y lo ignoto, y,
desde su intuición poética, cómo se
revela en lo dado.
Con apego a la poesía tradicional
–a veces de cierto aliento lorquiano–,
sin rupturas (o explosiones) experimentales,
pero con un sentido del
equilibrio y la elegancia que distingue
estos poemas de la poesía habitual, la
autora no sólo toca las fibras más
humanas de sus lectores, sino que
apela también –en tono a veces nostálgico,
como susurrado– a la inteligencia
y a la reflexión. Lo hace con esa
capacidad que tiene el poeta para
seleccionar una parte de la realidad y
–con recursos de asociaciones, traslados,
imágenes y comparaciones–
hallar nuevas aristas de lo aparentemente
intrascendente..
Los poemas de Entre la luna y el
agua se mueven sabiamente, con
suma delicadeza, entre estos dos elementos
esenciales y eternos… la luna,
el agua. También entre la noche y la
danza, la libertad y el sueño. Además,
son un compendio de equilibrios entre Tricolor un poemario realizado por
Olga Marta junto a la ensayista e
investigadora Vivian Acosta, donde se
apela a la sonoridad de las palabras, al
ingenio y al juego conceptual–, y el
primer breve volumen escrito por la
autora –Tres lunas–, donde dialoga
con su propio deslumbramiento ante
la maternidad.
No abandona en el libro que hoy
recomiendo a los lectores de todas las
edades, ni el sentido del juego en la
concepción misma y en la estructura de
muchos poemas, ni cierto atisbo filosófico
que se aprecia desde el primer poemario
de esta autora. Pero la imagen, la
profundidad y la elaboración de la poesía
alcanzan mayor eficacia, madurez y
evocación, quizás por hallazgos tan
raros –entre otros valores ya subrayados–
como el hecho de develar elementos
nuevos de la realidad con términos
utilizados una y otra vez por los poetas
de todos los tiempos.
Palabras como mariposa, sueño, beso,
parecen objetables selecciones de lo
mismo; pero la autora se encarga de que
no sea así; y de hecho no ocurre si hay
una visión aguda, una interiorización poética,
una intención veraz y un dominio del
concepto; si se libera la mariposa, presa
bajo el cristal, y se canta a la libertad
desde un ángulo propio y sugerente:
La mariposa que vive/ en el aplauso
del beso,/ quieta en la luz amarilla/
que tiñe el cristal sereno,/ sueña un
sueño diminuto/ con cierto gusto a
recuerdo./ Apenas si la acompañan/
flores que saben de invierno,/ pero
prefieren el roce de una tarde de
aguacero.
La mariposa que vive/ con las
alas en suspenso,/ revive al sol su
aventura de volar al descubierto.
Dice Olga Marta, para que el lector
medite y sueñe.
La mirada
de Teresa de la Parra
Zaida Capote Cruz
La editorial Arte y Literatura ha publicado
Epistolario y otros textos, de Teresa de la Parra.
Esta autora, que aunque tuvo la popularidad de
Rómulo Gallegos, autor de otro de los títulos
publicados ahora por la misma editorial, sí fue
bastante conocida en su época. Teresa de la Parra
había escrito su novela Ifigenia en 1924 y la salida
del libro desató una polémica tremenda. En
aquella primera novela ella denunciaba la situación
de la mujer, la obligatoriedad del matrimonio
y varios temas afines tratados también en ese
tiempo por otras de las escritoras de vanguardia.
La mirada de Teresa de la Parra, sumamente irónica,
concitó un interés inmenso. El libro tuvo
defensores y detractores, sobre todo en Caracas,
ciudad que en una de sus cartas recogidas en este
volumen ella llama “un monasterio al aire libre”.
Hay un momento en que narra, en una de las
conferencias dictadas en Bogotá en 1930 –esos
son los “otros textos” a que alude el título– el
cierre de los conventos y cómo las grandes familias
caraqueñas acogieron en sus casas a las
monjas expulsadas, para que pudieran seguir
guardando clausura, es una imagen que casa perfectamente
con la idea del “monasterio al aire
libre”, aunque ella se estuviera refiriendo al
ambiente provinciano que su novela había venido
a agitar.
Ifigenia ya fue publicada en la colección
Huracán; también la Casa de las Américas publicó
sus Memorias de la Mamá Blanca, un libro
mucho más vinculado con la tradición literaria hispanoamericana, específicamente con los relatos
costumbristas, que le mereciera el aplauso
unánime de la crítica. Y el libro que ahora nos
ocupa nos ofrece de modo muy eficaz la posibilidad
de completar nuestra visión como lectores de
la obra de Teresa de la Parra y tiene el mérito,
además, de mostrarnos con claridad la fascinante
personalidad de esta autora, que de seguro
resultará muy atractiva incluso para quienes no
conozcan el resto de su obra y una incitación,
espero, para completar ese conocimiento.
Para hacerle un homenaje un poco irregular a
Teresa de la Parra –a quien le gustaba posar de
irreverente– voy a empezar esta somera presentación
por los últimos textos del libro. Esas tres
conferencias, resumidas bajo el título común de
“Influencias de las mujeres en la formación del
alma americana” recorren tres etapas históricas
de nuestra América: la Conquista, donde destaca
la figura de la Malinche junto a la madre del Inca
Gracilaso; la Colonia, con énfasis en la figura de
Sor Juana, y la Independencia, donde se centra en
Manuelita Saénz. Ese modo de abordar la historia
americana desde la gestión de las mujeres, en
ella responde, lo mismo que sus novelas, al
momento histórico en que vivió y escribió Teresa
de la Parra. Esas primeras décadas del siglo XX
fueron un período en que la mujer en América y
en todo el mundo cambió mucho su modo de
vida. Y Teresa de la Parra escogió narrar la historia
desde lo íntimo, desde lo mínimo de los
hechos históricos. Hay aquí, por ejemplo, una referencia a Simón Rodríguez, el controvertido
maestro de Bolívar, cuya labor pedagógica fue
muy eficaz, según Teresa, en dotar a su discípulo
de habilidades como jinete, nadador o espadachín;
pero cuyas enseñanzas no evitaron que las
cartas de Bolívar (aquellas que escribió desde el
barco durante su viaje a Europa) estuvieran plagadas
de faltas de ortografía. Convendrán conmigo
en que es esta una visión poco usual del
Libertador.
La otra parte del libro está compuesta por
alguna de la correspondencia mantenida por
Teresa de la Parra con sus contemporáneos. Hay
cartas a Unamuno, que tuvo la gentileza de
hacerle llegar sus opiniones sobre Ifigenia, las
cartas de amor a Gonzalo Zaldumbide y otras
más que desnudan la naturaleza de esta mujer
que poseía además un agudo sentido del humor.
Recuerdo, por ejemplo, la coincidencia de dos
cartas: en la primera, agradece a Lisandro
Alvarado su crítica de la novela, abundante en
referencias eruditas a la cultura clásica; al
mismo tiempo, le escribe a su amigo Rafael
Carías, a quien le había bautizado un hijo y confiado
sus bienes en Caracas, y le comenta que
Alvarado debía decidirse de una buena vez a
escribir directamente en griego, porque de todos
modos, no se entendía nada de lo que decía. Son
esas señales de humanidad que nos acercan a la
escritora como la persona que fue. Por sus cartas
sabemos también del proyecto de escribir una
biografía novelada de Bolívar, para la cual anduvo pidiendo consejo y reuniendo bibliografía.
Infelizmente, Teresa de la Parra murió, joven
todavía, víctima de la tuberculosis, y el proyecto
quedó trunco.
Me gustaría recordar que Teresa estuvo varias
veces en La Habana. Fue muy amiga de Lydia
Cabrera, quien la acompañó durante toda su
enfermedad, ella decía de Lydia que era “muy
inteligente y muy artista” y ahí está un fragmento
donde habla de La Habana, con una visión muy
suya: “Le escribo perdida casi la conciencia por el
excesivo calor […]. Pero no he perdido enteramente
el tiempo, el paisaje cubano en la tarde y
en la noche es maravilloso, y he visto una procesión
o cabildo congo con bailes de diablito, al
dios Changó –no podía ser de otro modo, siendo
Lydia su anfitriona–, el crucifijo con sus velas y su
incienso, y una cabeza de chivo sacrificado a
Changó con canto, tambor y música africana.
Nadie que pase por Cuba sospecha que existe
esto. Si son ‘intelectuales’ se van a los banquetes
‘minoristas’ a beber pedantería y a escuchar falsos
talentos, si son ‘touristas’ van a los clubes que
en realidad están a la altura de los mejores del
mundo con la ventaja de la naturaleza y los
baños en la playa, únicos en honor a la verdad”.
Esta imagen de La Habana es sólo una muestra
mínima de las sorpresas que pueden encontrarse
en este libro de Teresa de la Parra publicado
ahora en Cuba, sorpresas que nos invitan a seguir
intimando con esta mujer de vida breve y escritura
eficaz.
Continua...  |