LA MISIÓN (O DE CÓMO ISMAEL PROPONE UN VIAJE DIALOGADO)1

Ian Rodríguez

 

“Llámenme Ismael”
Así pretendía comenzar la presentación de la más reciente entrega poética de González Castañer (Ciudad de la Habana, 1961) desde el día en que supe que debería tener lugar durante la celebración de la XV Feria Internacional del Libro en la ciudad de Bayazo; pero en cierta medida desistí del sentido lúdico, y preferí dejar quieto a Melville, cuando me percaté de que podía imponerse el terminar rapeando u no de sus textos, al escucharle leer en la presentación realizada en La Cabaña días antes. Y como yo soy total/mente, un poeta arrítmico (o mi ritmo es más bien heavy), me incliné (por indudable conveniencia mía) a ejercer un criterio pretendida/mente pretencioso, como lo será siempre que intentemos dilucidar las pretensiones de un autor como el que ahora nos ocupa.
Huxley escribió: “Existen dos momentos esenciales de la vida en que estamos solos: en el apogeo del amor y en el instante de la revelación mística.” No niego que sean estos los “momentos esenciales”, pero sí creo que son muchos más los momentos en que la soledad no sólo nos acompaña, sino que nos asiste, nos atenaza, “fiel como el mal aliento” al decir de Oliveira [en la Rayuela de Cortázar]. El acto de la escritura es uno de esos momentos, y para un escritor, tan esencial, como cualquiera de los otros dos referidos por Huxley para el común de los mortales”.
El reconocimiento de este desamparo también puede aplicarse a la propuesta de Ismael; los textos que conforman este libro con título de película del sábado que, si bien transpira un hálito violento, no llega a ser nunca desgarrador, si tenemos en cuenta el sentido meloso del término; o tal vez sea más justo rectificar: sus páginas ofrecen el desgarramiento contenido de un ser (¿acaso el poeta?) al que han encomendado ser feliz.

Lo particular está en que su descubrimiento (el de la soledad) no se transforma en angustia, no adquiere esa tonalidad lírico-crepuscular del lamento infinito que suele caracterizar ciertas zonas de “incierta” poesía que pulula como el aroma o la mala hierba a lo largo y ancho de nuestra ínsula (cada vez menos Barataria y sí más necesitada de voces necesariamente más solitarias, menos comprometidas con el discurso coral). Ya en su entrega anterior, Mercados verdaderos, con la cual alcanzó el Premio David de 1997, el poeta había definido esta postura de marcada oposición ante el discurso dominante o, digamos, más extendido.
La “tremenda” soledad más bien parece convertirse en una agonía que propicia la reflexión acerca de todo lo que rodea “al hombre” en los avatares de su obstinada existencia, cuando está presto a descubrir que el secreto de la felicidad radica en “saber domesticar esos animalitos salvajes que son, a fin de cuenta las palabras” (Cortázar), o en construir el poema con el reconocimiento huidobriano: “como la naturaleza hace un árbol”; pero lo terrible no radica en que haya tenido que vadear o tramontar la Montaña de España (que es segura/mente y simbólica/mente nuestra Lengua). Lo terrible es, sin dudas, el apreciar con qué insistencia hasta el propio autor tuvo, a su modo de ver, por gusto, sin ninguna pretendida inten(s)ión el secreto oculto/ocultado.
¿Cómo lo ha conseguido el poeta en este caso? Con los más simples y al mismo tiempo más complicados recursos del lenguaje analógico, pero en primer lugar con ese “beneficio” que nos asiste cuando no estamos seguros de algo: la fecunda duda; cuestionando, indagando siempre por el (Z)entido oculto de las cosas y de las acciones humanas, con su peculiar segmentación del verso.
Como en “Delicia”:

…Señora: ¿Este es el camino que toma, para ir y venir,
a diario?
… Dulce niña/ delicada
dime: ¿Había algún pulul, algún
en la madeja intransigente de tus sueños antenoche?
...Joven/ muchacho: ¿Estás seguro
de las cosas obtenidas por el ángel?
Dime, cuéntame
de las cosas obtenidas ya por él.

Lo consigue cuestionando siempre cada una de las maneras de manifestarse (propongo leer “Novio antes de España”), desentrañando cada ocasión en cada espacio impre¿visible?: Monterrey (“un pueblo cercano o lejano”) según se quiera ver, “según lo relativo que quisieses”; Checoslovaquia; Uganda; o “el Puente, incalculado, hermoso, que no podía ser...”; el Reino; Bulgaria; “las playas para visitantes de un día”; “el jardín de Arabia”; el PARK; la Lengua (verbigracia): la Patria del Poeta; la casa/ una casa que “es mayor que cualquier inventiva finalmente” aunque, no la última finalidad, aunque: “Hay unos hombres que ellos mismos construyen sus casas./ Los adornos, y los materiales, fueron conseguidos / al modo furtivo / y a la manera subterfugiada, mi Amor./ Mi Amor, la manera de Aquí”; “una calle que la llaman Vía”, “una de muy larga Avenida;/ (que) tiene muchas casas de la otra etapa / todavía/ y una Iglesia”; la Quinta, la de Molinos del Rey, lo único que se aclara significativa/mente, quizás con extenuada obsesión de Grupo (pudiera parecerle a muchos, a mí no me molesta en modo alguno: el hombre es, a nuestro pesar, un animal doméstico: hasta los anarquistas buscan la comunión). Y esto mejor que yo lo explica el texto “Poema de una parte significativa de la Historia” que recomiendo leer con atención por la manera en que ilustra lo expresado hasta el momento y como ejemplo sugerente de cómo el espacio a veces se sugiere, se prefigura, dejándole al lector la posibilidad de escoger:

Cuando veo a un antiguo compañero
de hace mucho
lo primero que yo hago es darle gracias
porque no se ha ido
de aquí o del lugar.
No se las digo: las gracias viven en mi adentro
como las flores de una angustia ríspida
que no revelaremos nunca/ nunca jamás.
Lo abrazo/ le abrazo.
Me preguntará después cómo es que andamos
y la mentira o la verdad practicará su juego
de fuertes caballos/ fuertes caballitos.
Como si fuese a realizar alguna fiesta
yo lo invito, lo invitamos al picnic;
y entonces, caminando levemente hacia el
regreso
están unas listas de la gente sobre el mar
en diversas balsas/ barcazas,
y unas muchachas en un barco griego
hasta el Peloponeso.

Esta meditada confusión de latitudes, esta “curiosidad” constante, esta desnudez que no busca la verdad establecida, esta imposibilidad de respuestas absolutistas, se refuerzan cuando apreciamos cómo confluyen, coherente/mente, con una descomunal coherencia, elementos del lenguaje que pudiéramos llamar inglan, o pretendido lenguaje de la calle, con elementos ya ganados poética/mente en nuestro idioma por tendencias barrocas como el culteranismo de Góngora y el conceptismo de Quevedo, ganancias, heredades actualizadas que pasarían inadvertidas, si en la organización del conjunto no se hubiese incluido un texto como “Entrevista” con evidente función fáctica, pues vislumbro en él la justificada necesidad que tiene el autor de comprobar la orientación del contacto con su posible receptor, el establecimiento, la prolongación o la interrupción de la comunicación; la complejidad de su discurso (que nada tiene que ver con el hermetismo) remite a que necesaria/mente se compruebe el funcionamiento correcto del canal para encaminarlo, encausarlo, si es que se ha perdido el rumbo, pues todo viaje ofrece el peligro de fundar senderos que no habían sido previstos.
Con este texto además, como en tantos otros a lo largo del cuaderno, pero en ellos sucede en menor medida o con un razonado encubrimiento que celebro (“Más de 50 traidores”, “Montaña de España”, “Novela”, “Raya”, “Siempre existe una canción”, “40 días”, “Tres o cuatro”, “Lontananza”, “Solo raquídeo”, “Poema del análisis de La evolución de la naranja”, “Patio de la lista de Tener y no tener” y en “Cambio de armamentos”), se manifiesta de una manera particular la función metalingüística o metapoética en la que tanto insistieran formalistas y estructuralistas en sus estudios literarios al explicar que tiene lugar cuando “el escritor introduce en el enunciado o discurso literario algunas reflexiones que conciernen a tales o cuales propiedades del habla poética”.2
Cualquiera que fuera la pretensión del poeta, lo que lleva implícito como recurso es que se consigue sortear los peligros de otro inconveniente mayor para cualquier poeta –como aquel de meditar sobre la soledad–; me refiero al riesgo de colindar con lo patético que toda inocencia lleva consigo. Infancia e inocencia, como se sabe, suelen ser directa/mente proporcionales. Pero aquí el autor sabe algo que es significativo conocer: la infancia termina cuando decimos la primera “mentira”, cuando descubrimos que con ella podemos sobrevivir, no obstante saber que las infancias felices te atrapan, porque nunca terminas de irte, nunca encuentras “nada” que compense el haberte marchado. Y ya que hemos sido llevados a esta dimensión, sólo deseamos una inten(s)ión parecida en el lenguaje, ese que nunca debe decir directamente, y que semejante a una formación geológica, su superficie visible sea el resultado de un largo proceso de “sedimentación”, alterado por la violencia de convulsiones y catástrofes, donde es necesario seguir desplazándonos. De modo que al leer La Misión hacemos un viaje de indagación de la única manera posible, participando de ese diálogo que todo ser ha de entablar consigo mismo. El resultado de posibles transformaciones revela final/mente el sedimento mítico; gracias a un recorrido similar es que conseguimos intuir las huellas de los nombres olvidados.
El lenguaje, por tanto, es metáfora, y tal es su violencia. Una “misión” de esta índole lo advierte rigurosa/mente. La percepción que en este libro se da está comprometida con algo más que reflexionar sobre el asunto de la soledad. Más allá de sus discutibles o no excelencias lingüísticas y/o tropológicas, Ismael, como otra excelente poeta del llamado “Palenque”, Caridad Atencio en su libro La sucesión, trabaja un recurso tan manido como la reiteración; al parecer los poetas de hoy sólo conocen una posibilidad: la anafórica. Ellos proceden con cautela al combinar con eficacia la derivación y el polípote en aras de otorgar la profundidad que requieren ciertas aseveraciones que sin esta enfatización resultarían triviales o en el mejor de los casos: pedantes, herméticas. Como los metafísicos del Renacimiento inglés, estos poetas consiguen hacer del idioma esa alquimia que es el resultado del dominar y doblegar al mismo tiempo las tres potencias esenciales del ser humano: Entendimiento, Voluntad y Sentimiento, de manera que ninguna menoscaba a la otra.
A mi modo de ver, la mayor efectividad discursiva de ambos poetas, radica en la introspección y su manera de ver el mundo, sorpresiva, a mi parecer, en tanto que uno tropieza a diario con tanto libro de páginas insulsas que pretenden hacernos creer en quiénes y dónde está lo poetizable, sin mostrar el menor atisbo de convencimiento, proclamando, sin ton ni son, y eufórica/mente, que “los fines específicos, estéticos, de la literatura, siempre se vinculan con algunos fines extraestéticos”. Y no es menos cierto, el problema está en cómo se hace, en cómo saber hacerlo.
Este poemario es una invitación no convencional a la reflexión sobre un mundo más o menos conocido por nosotros, pero que no todos nos atrevemos a develar. Buena suerte, me aventuro a augurar, para los viajeros que se empecinan en testimoniar o describir cómo pudiera ser esa ballena inmensa que es siempre la página de otro autor.

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1_ Con este texto el autor obtuvo el Premio Nacional de Reseña Crítica “Segur” en el 2006.
2_
M. Glówinski, A. Okopien-Slawinska y J. Slawinski, Zarys teorii literatury, Varsovia, 1972, pág. 87.