La previa novedad
Juan Marinello
(Fragmento)
Este libro1 es la presencia feliz de un poeta nuevo.
Merece, por ello, este comentario apasionado.
Apasionado. No hay otro modo de ser sinceros.
¿Y, dónde está aquí la novedad merecedora de
alborozo? Hemos filosofado demasiado en esto de
la novedad lírica y en el pecado nos hemos traído
la penitencia. Porque no se ofende impunemente
a los dioses con ruidos perturbadores. Sobre nosotros
ha venido el más duro castigo, el castigo
babélico de la confusión. Habrá necesidad ahora
de empezar otra vez, habrá que vestir paños de
humildad para acercarse, virgen la expectación, a
los poetas. Será obligado apaciguar las sabias
malicias para oír de nuevo los candores. Y tendremos
ahora que pasar la mano sobre el poema
como sobre la llama de la vela. Y penetrar, con
rápido movimiento de la mente y de los dedos, si
el calor que nos araña la piel es rescoldo avivado
con fatiga de técnicas o fuego primigenio de finas
puntas poderosas.
Lo nuevo –¿cómo se ha olvidado?– está en
nosotros. Debemos, por ello, ir hacia el verso limpiamente,
confiadamente, con la esperanza de
encontrarnos. Cuando coincide la obra lírica con
nuestro sentido vital, cuando la adecuación entre
nuestra exaltada intimidad y el canto que se nos
da es absoluta, declaramos nuevo al poeta entre
gritos alegres. Nos aplaudimos en verdad a nosotros
mismos. Porque lo dicho en el verso nace en
último extremo de una realidad envolvente
–política, en el sentido griego y anchísimo de la
palabra–, y la forma en que lo dicho se acomoda
no es sino el modo plástico que la misma realidad
rezuma. De esta realidad está hecha nuestra
novedad interna, nuestra actualidad. El poeta nos
da lo que esperábamos. Nos contesta con nuestra
misma pregunta.
El instante presente no es de reposo clásico
sino de fiebres mesiánicas; no es de hombres
quietos sino de conciencias aborrascadas; no es
de culminaciones aristocráticas sino de pugnas
entrañables. Vive en la masa creadora el instinto
certero de su destino. En el hombre artístico una
contradicción de su conciencia y de su mano que
le lleva en ocasiones al equilibrio doloroso de las
fuerzas en contienda, camino de la más desgarrada
impotencia. ¡Y hay quienes piden versos a sílabas
contadas y poema transparente!
Los versos de este libro son nuevos porque no
recuerdan a sus hermanos de ayer y porque
–¡nova novarum!– al leerlos hemos oído removerse
nuestra tierra escondida. Es que en ella estaba
clavada ya la raíz estremecida de estos versos.
Todo aquí es nuestro.
Hemos ido a estos poemas limpios de retórica
y de exégesis trascendente, con ese humilde esperar
que dijimos. Y en cada poema hemos palpado
esquinas huidizas, sorprendidas de su inesperada
vecindad. Hemos oído cómo en cada estrofa se
adelanta el eco de un desear que quiere ver atropelladamente
la luz aunque no sea su turno, cómo se muestra a medio cuerpo
un ansia que corre desmelenada
para negar a su
compañera de matriz. Estos poemas
–como los hombres de hoy, hijos
de iluminadas tormentas– dicen cosas
que quisieran silenciar y gimen angustias
bifrontes que no pueden, que no podrán ya,
encontrar su encarnación. Todo era nuestro en
Pulso y onda. Quien no advierta aquí su propia
novedad, su actualidad, ha muerto sin saberlo.
Como Don Juan.
Pero este hallazgo en el poema, este encontrarnos
en su cálido desbordamiento, en su fiera
pelea claustral, ¿no fluye de una ineditez temática,
de la elección de asuntos que conturban y
esperanzan a los espíritus de ahora? Fluye de una
dación directa, viva, caliente –actual– de los viejos
problemas de entraña. Aquí también es el
poeta el hombre frente a sí, frente a lo humano,
frente a la naturaleza. Sólo que los conflictos centrales
están encarados de modo inusitado. El clásico
situaba el conflicto ante la norma venerable;
refería, con más o menos resistencia, el conflicto
a la norma. Ejercitaba sus fuerzas con un enemigo
invencible. En ese ejercicio estaba su destino.
El romántico se instaló en un plano propio, más
alto, más bajo, que el de las interrogaciones magnas.
Era un dios consciente de su deidad (“yo alzaré
el mundo”), o un enviado divino fatigado de su
virtud sobrehumana, o un ente agonal, predestinado
a fatal vencimiento, como Senancour. Jamás
aceptó el romántico los graves enigmas: o sobre
ellos, iluminado, o bajo ellos, gemidor. El poeta de
ahora se deja penetrar de las grandes interrogaciones,
las recibe como inexcusable fatalidad,
como razón única de vida. De su hermano implume
lo separa –lo une– su capacidad de canto. El
poema de ahora es –digámoslo con aquella palabra
tan cara al Marqués de Santillana– querer
artizado. De ahí que nunca el poeta nuevo deje de
saber a carne y a hueso, aunque su músculo y su
tuétano se estremezcan con clamores no esperados
y veamos en ellos nuestro latido vestido de
luces desconocidas. Nuestra raíz florecida de sorpresa,
pero nuestra raíz. Artizamiento de nuestra
humanidad. Humanización del arte.
Así, nos han de salir al paso aquí nuestras preguntas
obstinadas. ¿Vamos a nadar, una jornada
más, en los ríos sobresaltados de nuestro pecho?
Entremos.
LO POLÍTICO
Julián Benda dejaría caer sobre estos versos la
marca infame de la traición. Porque están teñidos,
leales a su esencia, del color político de la
hora en que nacen. Nadie puede negar el hecho
sorprendente: el aire afilado de las bibliotecas se
puebla de un rumor sediento hecho de viejos
dolores. De dolores que han mudado la rencorosa
expectación por el paso resuelto. Las sacudidas furiosas de un mundo en agonía
están despertando mentes
clarísimas, adormecidas hasta
hoy en ensimismados virtuosismos.
Hay signos asombrosos. Estos:
Paul Valéry y Henri Focillon, dos insignes
deshumanizados, preguntan –a través
de esa Internacional de la Hipocresía que es
la Liga de las Naciones– cuál ha de ser, en el
estado actual del mundo, la función del orden
intelectual. Y Alfonso Reyes, sorprendido por la
interrogación indiscreta, levanta las manos de
sus finísimas encajerías y señala hacia la calle
sembrada de anhelos violentos: “No dejen que
sólo el rencor, que sólo la desesperación dibujen
los contornos de la sociedad de mañana. Ábrase
paso la inteligencia: reclame su sitio en la primera
trinchera.” Si esto quiere Alfonso Reyes, acariciador
de la vida, ¿qué querrán los que, como
Navarro Luna, la muerden cada amanecer en la
entraña amarga?
¿Pero, estos versos robustos son para la calle
encrespada? No pueden serlo. Todavía a la calle le
serían poesía pura, es decir, “alquimia de la inteligencia”
y de “la sensibilidad”, aún le sonarían a
“inmaterielle musique”. Lo que no dice una ineficacia,
sino señala una acción específica distinta,
una forzada limitación. Veámoslo.
La virtud lírica no recorre camino idéntico en
todos los poetas humanados. En unos prende el
ansia del mañana liberador de un modo tan directo
que permanece el poeta indiferenciado del querer
colectivo. Esta identidad –en el tono, en la primaria
desnudez– puede producir, produce, obra del
más alto valor. Porque se engaña quien busca la
excelencia de lo lírico en la manera poética, en el
motivo del canto, o en la magnitud de la tragedia
cantada. Habrá poesía si lo que se quiere mostrar
ha plasmado adecuadamente, si se han poseído
fuerzas bastantes para sintetizar –¡la síntesis, he
ahí la tarea!– el sentido hondo de la tragedia.
Vladimir Maiakovski visita Versalles, recorre los
jardines suntuarios, las frondas nemorosas, las
fuentes irreales, los salones deslumbrantes. Y a
tanta magnificencia culpable opone, triunfante, el
hueco que dejó en la mesa de María Antonieta la
pica violenta de un sanscoulotte. He aquí realizado
con elementos primarios, con la misma materia
en que quiere el poeta infundir su aliento, un instante
pleno de eficacia lírica. Porque en eso, en eso
está la eficacia: en la temperatura poética que nos
cuaja la obra de arte. Si está logrado el instante de
saturación, habrá virtud realizadora, realzadora,
transformadora. Si el grito dilacerado ruge su ira
justa en la realidad lírica lograda, tendremos gran
poesía. Y, además, gran canto de combate, gran
arma de pelea, gran herramienta perspicaz.
Manuel Navarro Luna no ha llevado a su verso
una realidad sangrante para enseñarla a la masa doliente, para que el humillado y el ofendido se
vean redivivos en estos poemas. Ha temblado
virilmente ante el horror de lo actual y ha dicho
en alta voz su esperanza en el gran salto. La ha
dicho para los que como él son hijos de una
estructura mental agonizante, para los que como
él vienen de un pasado lleno de prestigio osificador,
para los que como él están crucificados por
los caminos impacientes, despedazados por los
hilos azules que tiran con suave y fuerte imperio
hacia la música ritual y sabia de ante ayer, por los
hilos rojos, estremecidos en su marcha hacia un
clamor agresivo, audaz, monocorde, implacable.
El intelectual en juvenil madurez, resabiado en
el viejo sentido de la cultura, pero con la fe antigua
resquebrajada ya por los imperativos nuevos, ha de
tocarse vivo en estos poemas admirables. El poeta
ha buceado en ese mundo de angustia con acuidad
indisputable. Esas voces que aquí se alzan estremecidas
llegaron muchos días y muchas noches al lector
y quedaron cerca de él suspensas en su desesperada
mudez. Ahora las reconoce en el caudal
revuelto y hondo en que el poeta las ha puesto a
fundir. El timbre peculiar de cada voz se disuelve en
el querer desmesurado de oírse la entraña guerreadora.
Y al hombre de expectaciones y meditaciones,
que será el gustador de estos versos, le dolerá muy
adentro “la traición de las Humanidades a la
Humanidad” y advertirá, entre la caliente atmósfera
de este libro, el gesto del tiempo que ordena un
saber y un cantar anchamente vertidos sobre las
bocas hambrientas de justicia y de pan y las señales
de una cultura decidida, según el buido decir de
Jean Guéhenno, a dejar de hacer jefes para empezar
a hacer hombres.
Sí. Una pugna enfebrecida ennoblece estas
páginas. Pugna del poeta con lo que estorba y con
lo que empuja su llegada a los días nuevos. Todo
hombre lírico, para serlo plenamente, ha de estar
enterrado en la limitación epocal que le han construido
sus vías formativas. Preso, así, ha de lanzar
su vista al seno del mañana. Todo mañana será un
presente negador del instante desde el que lo vislumbramos.
Apresamos el futuro con ojos pintados
de lo actual. De lo actual, residuo de pasados.
De ahí que toda vivencia proyectada sobre lo
venidero sea, para el artista hombre, un remordimiento
anticipado: la perfidia de lo gustado nos
persigue en el anuncio de lo que vendrá; la responsabilidad
de las posturas inusitadas nos priva
del fructuoso acomodo en la posición de ahora.
Pudimos hacer y cantamos, pudimos cantar y nos
embriagamos en el canto. Lloramos lo que pudo
ser y desesperamos de lo que será.
¿Gran tragedia del poeta y del hombre, pues,
en este libro? Grande. Por eso hay poesía. Fue el
viejo Anatolio quien dijo: No hay poesía sino en
el deseo de lo imposible, o en el sentimiento de lo
irreparable.
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1_ Manuel Navarro Luna, Pulso y onda, 1929.
Continua... |