II

 

Advierte Mairely Ramón Delgado que el talento, la perseverancia y la osadía son cualidades del discípulo que el maestro no puede desarrollar. Poco después se refiere a algo que distingue al maestro: debe saber servir. Nada dice empero sobre aquello que aporta, como no sea tratar de “que la economía frágil no sea un obstáculo en el acto de la creación". Si sólo en eso –facilitar papel, acceso a la información– consistiera su servicio, la función del maestro quedaría reducida a la de un simple mecenas.
Un aspecto afín a la cuestión del maestro y sus discípulos es precisamente el del amor al conocimiento, y en tal sentido el último párrafo de Mairely merece una segunda lectura: “La filosofía asiática es sabia, pero China está muy lejos. Me quedo con Martí” –dice, y añade una cita: “Hay que llevar sangre nueva a la literatura". Ha de ser muy relevante esta frase final, tanto que de ella extrae la autora el título para su texto. Sangre nueva, llevar sangre nueva a la literatura: tal vez sea esa la función del maestro. Pero detengámonos unos instantes en la oración que la antecede:
“La filosofía asiática es sabia, pero China está muy lejos." La filosofía asiática, es el tipo de generalizaciones que desconoce la complejidad de lo que intenta comprender. Mairely no dice taoísmo, no dice Lao Tsé, que es el mítico autor del Tao te king a que remite Pérez Chang, dice asiática; pero Asia es extensa y han nacido en ella corrientes de pensamiento diversas, perplejizantes hasta donde muchos siquiera imaginan. No existe tal filosofía asiática.
No es para humillar que me detengo en este detalle, pero un escritor debe estar atento a esas coincidencias de pequeños detalles que hasta entonces no tuvieron importancia y cuya acumulación, de pronto, es significativa. Pérez Chang escoge para su consejo una frase de Lao Tsé: “No hagas nada y todo estará hecho". Ignoro qué versión del Tao te king revisó; he cotejado varias y supongo que se refiere al texto 48, en el que, en una traducción no muy fiable, leo:
Aprender consiste en acumular conocimiento día a día;/ la práctica del Tao consiste en reducirlo día a día./ Sigue reduciendo y reduciendo hasta alcanzar el estado de No-Hacer./ No- Hagas, y, sin embargo, nada queda sin hacer.
No voy a extenderme sobre el Tao y su nohacer (wu-wei), tan diferente a ese “no hacer nada” que en la lengua española contemporánea implica cierta perniciosa dejadez; sólo advertir sobre el contraste entre la acumulación de conocimientos (el aprendizaje) y “la vía del Tao". Todos conocen la compleja relación entre los filósofos chinos Lao Tsé y Confucio, hay mil anécdotas. Una de ellas, anotada por Su Ma Ch'ien, ilustra la opinión que su maestro tenía del escurridizo autor del Tao te king. Dijo Confucio a sus alumnos:

Los pájaros vuelan, los peces nadan, los cuadrúpedos corren. A todos ellos se les puede coger: al pez con el anzuelo, al pájaro con la flecha, al cuadrúpedo con la red. Sólo al dragón, que se eleva hacia el cielo sobre las nubes y el viento, yo no sabría como cazarlo. ¡Lao Tsé es un dragón!
En realidad poco se sabe de la existencia de Lao Tsé. La anécdota quizás sea apócrifa, pero tanto el Tao te king como la supuesta opinión de Confucio, resaltan su actitud poco dada a maestros y discípulos. Es curioso que incluso tan hosco personaje, Lao Tsé, tuviera su admirador, Chuang Tzu, de cuyas parábolas quizás los egresados del Taller recuerden la incluida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en su antología Cuentos breves y extraordinarios, esa en la que Chuang Tzu soñaba que era una mariposa. Yo recomendaría hoy, a propósito del tema que nos ocupa, aquella en la que un carnicero habla de su técnica para manejar el cuchillo. Pero China parece estar muy lejos y, a fin de cuentas, esa actitud que encarnan Lao Tsé y Chuang Tzu es frecuente también en la historia de la literatura occidental.
Veamos por ejemplo a Harry Haller ante un grabado que representaba a Goethe. El pintor, nos dice Harry, “había conseguido dar a este viejo demoníaco, […] un tinte algo académico y a la vez teatral de autodominio y de probidad, y representarlo, dentro de todo, como un viejo señor verdaderamente hermoso, que podía servir de adorno en toda casa burguesa". A Harry esos cuadros le resultan necios, “lindos redentores, apóstoles, héroes, genios y políticos producidos por aplicados artífices". Es la escena en que visita la casa de un joven profesor, donde están en su elemento maestros antiguos bellamente estilizados y grandezas nacionales, pero no lobos esteparios.
Salvando la distancia, encuentro cierta similitud entre el artículo de Pérez Chang y los reproches de Harry a Goethe. Harry acusa al viejo maestro de “insinceridad", casi como Pérez Chang a Heras de “dudoso ejercicio literario". Veamos lo que responde el propio Goethe desde la muerte:
Hijo mío, tomas demasiado en serio al viejo Goethe. A los viejos, que ya se han muerto, no se les puede tomar en serio, eso sería no hacerles justicia. A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la broma. La seriedad, joven, es cosa del tiempo; se produce, esto por lo menos quiero revelártelo, se produce por una hipertensión del tiempo.
Claro que no imagino a Heras dando una respuesta semejante a Pérez Chang. Heras no es inmortal, no ha muerto y tiene serios asuntos de qué ocuparse como para invitar a nadie a hacer bromas contra su persona o sus empresas. Por eso, señala Ernesto Pérez Castillo, “ha dolido a quienes sienten respeto –cuando no gratitud– hacia el Centro Onelio, […] la arremetida contra su fundador". Y con certeza ha de haber sido mayor el dolor de quien, “en uno de los peores momentos de la cultura cubana, recibió el castigo y el escarnio de los extremistas de ocasión, y de los dogmáticos que detentaban el poder y la palabra para decidir a su antojo quién podía escribir y sobre qué". En la novela de Hermann Hesse, Harry reconoce su exceso: “Por desgracia –dice–, es una costumbre, un vicio en mí decidirme siempre por la expresión más cruda posible." Tampoco imagino a Pérez Chang admitir algo semejante ante Heras, aunque en verdad sería un acto noble. Por eso hablé de “salvar la distancia". Poco importa en este sentido si Heras es comparable a Goethe en calidad literaria, porque no hace falta escribir para dar lecciones a un escritor. Quizás deban recordar los egresados del Taller que uno aprende de todos y se hace a sí mismo, aunque sienta por alguien especial gratitud.
Ejemplos hay miles de la tensa relación entre el escritor y sus maestros. Para no fatigar la paciencia de quien lee, recordaré sólo uno más. Nacido en la extensa y lejana Asia, Krishnamurti también fue llamado Mesías, mas no del modo irónico en que escribe Chang; para muchos fue el “Instructor del Mundo", pero su necesidad de ser honesto lo llevó desde joven por el camino de la ruptura. Ya viejo, el autor de A los pies del maestro, escribió:
Limitarse a depender de la información, de las experiencias ajenas, de lo que alguien haya dicho, por grande que este sea, y tratar de que nuestros actos sean parecidos, todo esto es conocimiento, ¿verdad? Mas para descubrir algo nuevo debéis empezar por vosotros mismos; tenéis que emprender un viaje completamente despojados de todo, especialmente de conocimientos.
Volviendo a la situación actual y siguiendo esta corriente de reflexión, uno podría preguntarse qué utilidad tiene estudiar las técnicas narrativas. “No hagas nada y todo estará hecho", aconseja Pérez Chang, pero sus palabras no deben tomarse al pie de la letra de Lao Tsé, pues antes elogió a quienes “se han mantenido, a la sombra de una modesta casa de cultura de un municipio modesto, orientando lecturas, despertando el interés por la literatura". Su crítica a la acumulación de conocimientos no es tan drástica como la que propone Krishnamurti. Si así fuese, como advierte Jennifer Piñero Roig, sería difícil convencerlo de razones. La crítica de Pérez Chang es, sin embargo, más específica. Tiene que ver, en parte, con la utilidad del estudio de las técnicas narrativas.

2. El jardín de Academo
Acaso sea un error de su artículo el no haber medido las palabras, dejar rodar la bola de nieve para deleitarse con la visión de la avalancha. Su exageración y su ironía invitan a responder:
He leído cuentos, centenares (por exagerar y no por penitencia), salidos de ese molde de yeso que alguien se ha dado en llamar “Taller de técnicas narrativas” y, lo peor, he escuchado frases como esta: “un cuento al estilo del taller del Chino Heras".
La respuesta que recibe es numerosa y a veces también cargada de ironía. Casi todos los polemistas apelan a una serie de nombres y premios más o menos prestigiosos que serían prueba suficiente de que el Taller no es esa pretendida “escuelita” donde se enseña “el mero oficio de redactor de relatos". Lo malo de este argumento no es tanto que en su artículo Pérez Chang advertía ya contra esos profesores del Taller que funcionan “como jueces y parte de certámenes diversos", sino que ni los premios ni los nombres son un indicador fiable de la calidad literaria.

Continua...