III

 

Si fuese necesaria una legitimación del Taller, y si en este afán nos atuviésemos sólo a las cuatro respuestas que generó el artículo de Pérez Chang, el Taller quedaría en entredicho. Veamos el texto de Jennifer, que mucho dudó antes de empezar a escribir: “Si me decido finalmente es porque lo tomo más como ejercicio de escritura que como vindicación seria” –afirma. Honestamente, no sé si otro nombre designe mejor a quien polemiza sin seriedad, por el mero placer del ejercicio discursivo, que el de sofista. Tal confesión en la primera línea de su artículo bastaría para abandonarlo, pero curioso ante la frivolidad de quien ora dice que “no hay nada que vindicar” y ora que “las razones expuestas conminan a la refutación", sigo leyendo. Jennifer da por cierto que El ánfora del diablo se publicó en 1993 y que en ella “aparecieron nombres hasta entonces desconocidos como Raúl Aguiar, Carlos Alberto Aguilera, Ena Lucía Portela y Alberto Garrandés"; cuando El ánfora… tuvo su primera edición en México, en 1996 y no circuló en Cuba hasta que Ediciones Extramuros la reeditara en 1999. Otra es la antología de 1993 a la que Pérez Chang se refiere, Los últimos serán los primeros; pero en ella, ni publicó Aguilera, ni debutaron los demás autores que Jennifer cita. En un error similar incurre Ernesto Pérez Castillo al afirmar que entre los egresados del Taller que obtuvieron el Premio de La Gaceta de Cuba se encuentra Orlando Luis Pardo con el cuento “Boring home", cuando en realidad su cuento premiado fue “Cuban American Beauty".

Otras afirmaciones más contradictorias he encontrado en el texto de Jennifer: Si “en nuestro país, […] los escritores se multiplican como la mala hierba” –lo cual, por otra parte, es una comparación tan denigrante como la de Pérez Chang al decir que Redonet presentaba a los novísimos “como a jovencitas de quince"– para qué “buscar constantemente nuevas voces". Si así fuese, la “inversión” de Heras en quienes todavía tienen mucho por andar, sería como cultivar cardos. Contra el artículo de Jennifer podría esgrimirse el argumento de Santiesteban: “No perdono la superficialidad, la frivolidad […]. Intentar escandalizar, al menos en Literatura, nunca ha sido una buena opción.

" Otro argumento usado para desacreditar la opinión de Pérez Chang es que abandonó el curso a pocos días de comenzarlo, y en tal sentido Mairely emplea contra su “incrédulo” oponente el calificativo de Judas. Santiesteban utiliza como boomerang las metáforas de Pérez Chang para comparar su artículo con el pavoneo de Naomi Campbell en la pasarela y termina proponiendo “otro brindis por el zonzo". Más dura, sin embargo, es la opinión de Pérez Castillo cuando afirma:

Problemas, desafíos, conflictos son los que les sobran a los escritores e intelectuales cubanos. Sólo hay que tener la claridad suficiente y la valentía justa para dar la batalla ahí donde es urgente y necesaria. Lo demás es perder el tiempo. O peor, es cederlo al enemigo.
Poco en realidad recuerda este presunto jardín de Academo aquella “comunidad de libre educación” que Platón soñara cuando fundó su academia. Un diálogo de sordos que se gritan improperios ante la vista pública parece, no un debate entre escritores. ¿Y quién los tomará en serio, me pregunto, si a la primera crítica, sensata o no, confunden al oponente con el enemigo?Algo encuentro lamentable en el artículo de Pérez Castillo y no es la concatenación de sus ideas, ni su afán de justicia, sino las consecuencias que emanan de esta concatenación de ideas y este afán. Me explico: los primeros seis párrafos de su texto narran la historia de la relación entre ambos Ernesto Pérez, hasta que Castillo leyó la diatriba de Chang. Hasta aquí he visto “el escozor del nombre repetido” y “un regusto a leche agria tras la lectura", pero Chang le sigue cayendo bien. Los próximos nueve párrafos exponen “verdades [que, según Castillo,] valdría la pena apuntar” sobre el Centro Onelio y las críticas de Chang. No hay ira en sus palabras, sólo la pena que siente “cuando ve a alguien querido hablar de lo que no sabe". Eso y la intención de argumentar lo que cree evidente, por más que Chang no pueda verlo. Luego siguen dos párrafos llenos de pasión por el dolor ajeno que siente como propio. En ellos Castillo elogia la labor de Heras como fundador y director del Centro, su prestigio intelectual, su integridad ante el escarnio y el castigo inmerecido. ¿Cómo puede alguien no ver esto? –se preguntó acaso Castillo en el párrafo último, y entonces lo que hasta ahora fue ceguera comienza a antojársele alevosía. Un acontecimiento antiguo se torna súbitamente significativo: Chang abandonó el Taller justo antes de que Castillo entrara. Ergo, Chang no quiere ver, es el peor de los ciegos. Así resulta Chang punta de lanza para un nuevo ataque contra el ya una vez vejado, y ¿quién estará detrás de esa lanza si no otra vez los extremistas de ocasión y los dogmáticos? De aquí concluye Castillo que Chang cede su tiempo al enemigo.
Comparto con Castillo la incomodidad tras la lectura de “¿A la escuela hay que llegar puntual?". Pero nunca me gustó llegar puntual a la escuela. Incluso a veces, de camino a ella, doblaba en cualquier esquina, a la izquierda o la derecha, para darle a mi alma la experiencia de la libertad. Y no es que reniegue tenazmente de escuelas y maestros, pues por terribles que algunos fueran, siempre aprendí algo de ellos (aunque a veces sólo fue el áspero sentido de estos versos de Blake: He who has suffered you to impose on him, knows you). Por eso concuerdo con Santiesteban: “me satisface que todos expresemos nuestros puntos de vista sobre un mismo tema.”
Por otra parte, recuerde el cubano que use con ligereza la palabra enemigo para referirse a otro de su tierra aquel afán de Martí por constituir una república para el bien y la prosperidad de todos, para que cupieran en ella sin peligro. "¡Valiera más –dijo– que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!" Y recuerde quien tema hablar asuntos difíciles esta frase suya que es más que petición, ley: “sáquese a lucir, y a incendiar las almas, y a vibrar como el rayo, a la verdad, y síganla, libres, los hombres honrados". Estas dos ideas, creo, son los pilares de cualquier polémica.
Es evidente que se hacen más lamentables la superficialidad y la frivolidad de los intelectuales cuando sobran los problemas. Pues cuando somos superficiales, cuando no medimos el efecto de nuestras palabras, se nos agravan los conflictos. Por eso creo en la necesidad de profundizar en los temas que Chang roza y aja en su diatriba. Sin ataques personales, sin otra intención que hallar la verdad y mostrarla. No importa cuán elusiva y múltiple pueda ser esta verdad, será siempre una verdad que otras sustituyan; pero en el proceso de buscarla y debatirla, creceremos.

3. Sobre el abuso de las técnicas narrativas
Una segunda lectura del artículo de Pérez Chang deja ver el cuestionamiento de la utilidad real que las técnicas narrativas puedan tener para el escritor, y el riesgo que implica apegarse a fórmulas hasta el punto en que la literatura –que es pensar con palabras el mundo– se convierte en un acto mecánico, puro “ejercicio escritural". Una suerte de relojero sería el cuentista en tal caso, me digo; una estructura perfecta, un cristal inmensamente sólido, sería el cuento, sin vida. Para no extenderme demasiado: El deseo de asimilar ciertas cualidades del estilo de otros autores, el aprendizaje y el uso calculado de sus “técnicas", puede inducirnos a creer que de ese modo seremos mejores escritores. Hay un viejo adagio de la alquimia que es extrapolable a cualquier obra del espíritu, y que me parece útil recordar a quienes ven la literatura como un asunto de técnica: “Todas las recetas son despreciables en el arte."
Si alguna vez hubiese fabricado un relato como mero experimento, para aplicar fórmulas previamente estudiadas, diría algo diferente; pero creo que estudiar “técnicas narrativas” no es imprescindible. Cuestionar su utilidad sería, sin embargo, como negar el valor de la gramática y el resto de las ciencias.
Tales son las materias con que trabaja un escritor: el lenguaje, los pensamientos que a través de él se expresan. Si nos ocupamos de uno en menoscabo del otro, el resultado podrá llegar a ser tan vano y brilloso como una joya, o acaso tan sólido y contundente como un ladrillo. No hay fórmulas. No hay camino, ni metas, ni premio que nos salve. No es vencer la muerte escribir, ni una cualidad que nos torna inobjetables, inolvidables; no se es mejor ni se sufre menos. Una pregunta no encuentro en los textos de Pérez Chang et al, una cuestión que subyace a la idea de “formación literaria": ¿Qué significa ser escritor? Preguntaría además, ¿por qué se desea serlo? Mucho de pose y ambición se agita detrás de las palabras.

Julio de 2006.

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1
_ Immanuel Kant, Crítica del juicio, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1990, §17, p. 108.
2_
B. Spinoza, Ética (parte III, proposición XXXI, escolio).
3_ Cf. Eduardo Heras León, “La visita", Anuario de Narrativa, La Habana, Ediciones Unión – Casa Editora Abril, 1994, pp. 227-32.
4
_Jiddu Krishnamurti, La libertad primera y última, Barcelona, Editorial Kairós, 1996, p. 163.
ILustración: La serpiente con el corazón, de Edvard Munch.