De los alucinados
de un mundo presente
(Reflexiones sobre el abuso de la crítica y las técnicas narrativas)
Daniel Díaz Mantilla
Todo intento de comprender exhaustivamente la
situación de la narrativa cubana contemporánea
tropezará de manera inevitable con dos obstáculos
fundamentales: el primero, que afecta a cualquier
indagación sobre lo actual, surge por la
imposibilidad de evaluar con justicia los múltiples
aspectos de la realidad inmediata, sus sutiles vínculos
con el pasado y su azaroso devenir, siempre
lleno de sorpresas, de intrusiones, de arduas series
causales que escapan a nuestro limitado intelecto;
el segundo, propio de los juicios sobre el arte,
radica en el hecho de que “no puede haber regla
objetiva alguna del gusto que determine, por
medio de conceptos, lo que sea bello".1
Esta indeterminación esencial, el carácter de
proceso inconcluso que afecta a lo que denominamos,
por falta de mejor nombre, narrativa
cubana contemporánea, nos coloca, paradójicamente,
ante la posibilidad de fabular sin límites,
de ofrecer vaticinios más o menos polémicos, clasificaciones
e incluso normas acerca de cómo y
qué ha de escribirse. Aunque la prudencia aconseje
no pasar del análisis provisorio de algunas
aristas, el discurso crítico abunda en agrupamientos
y generalizaciones, y es posible distinguir en él
tendencias que dialogan, con demasiada pasión a
ratos, en torno a un objeto que es devenir ante el
público escrutinio; una crítica que obcecada en
sus ciegas certezas por momentos parece olvidar
la naturaleza de ese antiguo y misterioso arte.
No es necesario ser suspicaz para ver los intereses
que se mueven entre líneas: se ha dicho que
con frecuencia la crítica la escriben los propios
narradores, y más de una vez se ha lanzado la
pregunta de hasta qué punto el discurso crítico
ignora o sobrevalora alguna porción de su corpus
al tiempo que descuida el rigor de su instrumento.
Grupos, cenáculos, premios, centros de legitimación,
multitud de ensayos, entrevistas, reseñas,
pródigos en loas a esa narrativa, semejan nubes
de tormenta, huracanes. Aunque los relatos, a fin
de cuentas, vienen usualmente a ser tan hueros
como su propia crítica, torbellinos demasiado
débiles para sacudir la más frágil de las casas.
Muchos intentos de traer luz sobre la narrativa
cubana de los últimos años no han logrado sino
obnubilar al lector. Pero decir que es la inmediatez
lo que nos ciega sería negarnos la posibilidad
de comprender el mundo.
¿Qué nos ciega entonces, esa estulticia tan
común en cualquier época, los mezquinos intereses
que se ocultan tras palabras y actos que sólo
en apariencias son diáfanos, el orgullo tan fácil de
herir y la ambición tan difícil de saciar de esos
autores? Supongamos que sí. ¿Habría entonces
que cargar contra ellos, grabar la verdad con el
filo de las letras en el alma del que escucha? ¿Qué
verdad? Ya Platón cierta vez censuró las falsas
narraciones de Homero y los demás poetas, y
antes de lanzarse hoy en semejante empresa conviene
acaso meditar estas palabras de Spinoza:
Este esfuerzo por conseguir que todos aprueben
lo que uno ama u odia es, en realidad,
ambición, y así vemos que cada cual, por naturaleza,
apetece que los demás vivan como él lo
haría según su índole propia, y como todos
apetecen lo mismo, se estorban los unos a los
otros, y, queriendo todos ser amados o alabados
por todos, resulta que se odian entre sí.2
Decir que la intención de los críticos muchas
veces no ha sido dilucidar sino encumbrarse
puede parecer injusto. Dudar de la calidad de un
autor o asumirlo como maestro, describir o clasificar
textos literarios con más o menos torpes
esquemas hermenéuticos, no es quizás moldear el
gusto como si de una vasija de barro se tratase. La
crítica literaria es un oficio ingrato. Son frecuentes
los desaciertos, los desafueros; y las polémicas
que pudieran frutecer terminan en disputasdonde el insulto sustituye a las ideas. Sin embargo,
apegarse en exceso a la prudencia, renunciar
a la aventura de interpretar el presente, no ejercer
el criterio sobre aquello que de algún modo
nos afecta, sería un sacrificium intellectus imposible
por anacrónico. Nadie puede eludir el riesgo
de equivocarse, por eso a veces la intención salva,
y aunque para algún despiadado intelectual de
hoy el error resulte en la mofa y el descrédito de
la persona que yerra, sensato es considerarse, con
Sócrates, el más ignorante de los hombres –lo
cual no niega nuestra capacidad de comprender.
Hace unas semanas leí una serie de artículos
publicados por Cubaliteraria. El primero se titula
“¿A la escuela hay que llegar puntual?", y está firmado
por Ernesto Pérez Chang, un joven narrador
cubano que a veces también ejerce la crítica. Los
otros cuatro son consecuencias de este: “Sangre
nueva", de Mairely Ramón Delgado; “No se trata
de puntualidad", de Jennifer Piñero Roig;
“Llegando tarde y mal", de Ernesto Pérez Castillo;
y “Siempre puntual, con el peor de los ciegos", de
Ángel Santiesteban. A primera vista, el texto de
Pérez Chang cuestiona la fama de un Taller de
técnicas narrativas que se imparte en el Centro de
Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y el
magisterio del narrador Eduardo Heras León.
No he estado nunca en ese Centro. Conozco a
Heras desde hace años, si puede llamarse conocer
a algunos breves diálogos en eventos literarios.
Algo similar puedo decir de Pérez Chang, de Pérez
Castillo y de Santiesteban: los conozco tanto
como me lo han permitido ocasionales lecturas y
conversaciones. Por otra parte, la vocación pedagógica
de Heras es ya proverbial,3 y si más de una
vez alguno de sus discípulos optó por el maestricidio
fue, creo, a causa de la también proverbial
fuerza del eterno principium individuationis: no
es la ingratitud lo que lleva al ave a abandonar su
nido, es la necesidad de volar; aunque haya
excepciones y también rupturas bruscas. A otros
“profesores” se refiere vagamente Pérez Chang en
su artículo; Jennifer nombra a dos, Raúl Aguiar y
Sergio Cevedo, con quienes tuve en tiempos de El
Establo un vínculo fuerte. Un tercer nombre se
menciona en estas páginas, Salvador Redonet. La
fidelidad a mis amigos me obliga a dos breves
declaraciones de orden privado: admiré siempre
en Redonet su inusual respeto y su sensibilidad
estética; aprecio a Raúl y a Sergio como a viejos
compañeros, y atesoro como ellos el recuerdo de
aquellos años de juventud. A Mairely y a Jennifer
nunca las he visto. Con esto quiero advertir que
no encontrará el lector aquí ofensa voluntaria
alguna hacia ellos, y sí el deseo de contribuir al
debate. En las próximas páginas intentaré extraer
de los textos varios aspectos que me parecen de
interés y esclarecer en torno a ellos mis ideas.
1. A los pies del maestro
A primera vista, dije, el artículo de Pérez Chang
cuestiona el magisterio de Heras León y su Taller
de técnicas narrativas. Como a “meros adiestraditos”
considera a sus egresados, formados “en la
estética estrecha y clásica de un mecenas” que es,
a todas luces, Heras, proveedor “de unas cuantas
recetas que ni él mismo puede aplicar en su
dudoso ejercicio literario". Una primera vista, sin
embargo, aunque revele esos obvios “ataques personales”
que sobrecogen a Santiesteban y lo
impulsan a buscar posibles justificaciones, no es
suficiente, como no lo es la defensa del Centro
Onelio y su fundador que hace Pérez Castillo. Las
cuatro respuestas dedican mucho tiempo a reparar
el agravio, y no es que Heras y la institución
merezcan menos, sino que en el empeño se olvida
pensar la relación que se establece entre un
aprendiz de escritor y sus maestros, al margen ya del caso específico, en abstracto. Algo de esto se
observa en las respuestas, pero son comentarios
dispersos, sólo atisbos.